sábado, 6 de junio de 2009


has ido del todo y tu presencia en la historia humana sigue siendo real para dicha de los que confían en Ti.
Los escribas y fariseos se pasaban el tiempo buscando el modo de comprometerte ante la Autoridad Pública. Sus conocimientos religiosos no debieron ser muy profundos cuando al ver que se cumplían todas las profecías en Ti no te aceptaron como Hijo de Dios. Bien aquí, bien allá, en todas partes, te ponían trampas para dejarte en evidencia. Me refiero al repudio. Al consentimiento temporal del repudio de la mujer, cuando estaba establecido desde sus orígenes la indisolubilidad. El relato es breve. La controversia es breve. La deducción es la misma desde la creación de la pareja. Leyendo el pasaje da la impresión de un desacierto o equivocación de tu sabiduría. Pero es sólo aparente. Toda la historia humana contraria al fin de la creación del hombre, del mundo y del comportamiento social no implica a tu Padre un yerro, sino que es una consecuencia de la libertad que respetas hasta quedar en evidencia tu divinidad. Si por algo ha luchado el hombre cuando el hombre entorpece su facultad de obrar libremente es precisamente el poder ánsar y proceder libremente. Por tanto, en la intervención de los escribas y fariseos hay una mala intención en la pregunta y que Tu trasladas al Génesis de cómo debería portarse la pareja. No voy a ahondar más en esta plaga de despropósitos y me limito a seguirte en esa etapa gloriosa a la vez que incomprensible hacia el Gólgota.
No es Jerusalén tierra abonada para ser acogido como Mesías. Tu entrada es la de un político de menor relieve, de niños curiosos y limpios de corazón. Ni tropas escoltándote, ni autoridades en las escalinatas del templo esperándote, ni colgaduras en los balcones, y en un medio de locomoción ya conocido en Belén por el buey y la burra. Con estos datos era imposible que te reconocieran como tal. Claro que de poner en acción los atributos de la divinidad inserta en tu naturaleza humana dejando a esta última relegada a un plano inferior, tu revelación tendría los mismos efectos que cuando intervenía tu Padre en el Antiguo Testamento. El ambiente no es el más adecuado. Hay intereses políticos y una concepción religiosa extremada y ciega que en nada te favorece. Con una máxima “No vine a traer la paz, sino la guerra”, con los instrumentos que tenías, me trasladas al tiempo presente donde la lucha entre Israel y Palestina es tan desigual, como la que narra la Biblia entre David y Goliat. Históricamente tu suerte está enunciada. Lo que menos podía pensar el pueblo de Israel es que el Hijo de Dios, Tú, vinieras al mundo para morir como un ladrón. Así atendían a los profetas con indiferencia, ante tanto desatino, inclusive con el poder de adivinación futura y cumplimiento consiguiente.
Aun tienes un tiempo para ilustrar a tanto rabino equivocado, que como moscas te siguen a escondidas para cogerte desprevenido y para no mezclarse con la chusma, como actualmente sucede con los cardenales y otras altas instancias jerárquicas.
Y cambias de método y de lenguaje. Todo cuanto atenta al Padre o al Espíritu tu mansedumbre se convierte en un serio reproche de condenación. Y si bien las películas recogen la escena como si se tratara de un vaquero furioso, he de entender que no ha sido así la cosa, pues en el mismo patio del templo y a la misma hora tuviste el cuidado de atender a cojos y ciegos y devolverles la salud, hasta el extremo de que escribas y fariseos, testigos oculares de tus prodigios te lo dejaron entrever. Le respondiste con una cita profética y te fuiste a Betania.
También muestra cierta seriedad cuando de vuelta a Jerusalén quieres paliar tu hambre y la higuera sólo te puede ofrecer ramas secas. Y la maldices. Por más que intento sacar una consecuencia, no soy capaz. Los exegetas silencian este apartado, pues la higuera no tiene voluntad propia para merecer castigo superior al que ya sufría por falta de sabia. ¿Acaso no abundaste en maravillas y alertado que con una fe del grano de mostaza basta para mover montañas? No acabo de comprender nada, pero queda dicho aunque no tenga en qué apoyarme tan singular suceso que no fuere un referente de alguien que te seguía de cerca y dudaba de Ti.
De acuerdo, Señor. Hubo un tiempo en que creí que mucha gente era leprosa y yo no. Hubo una etapa en que me anticipaba al juicio Final. Hubo un tiempo en que el llanto y crujir de dientes eran los otros. Un tiempo en que estudiaba para ser sacerdote. En que era fácil dibujar una divisoria entre buenos y malos. Un tiempo perdido, pues tu parábola de los dos hijos del que dice “no” y luego se arrepiente y del que dice “si” y se queda a ver la televisión. Los más. Un repaso fugaz al ayer y me veo en la necesidad de que me englobes entre publícanos y meretrices aunque a los ojos de los hombres me vea condenado.
Tus parábolas tienen un contenido intencional. Me refiero, Señor, al de lo viñadores infieles e invitados a la boda. Lo del tributo al César. Catequesis de altura, sin componendas y casuísticas. Sin tapujos. Tiene la palabra en Ti una luz y una energía que dicha por el hombre huele a podrido.
El preámbulo del tiempo final no puede ser más brillante. Los saduceos no creen en nada, pero han oído que eres la resurrección y la vida, y te lanzan un dardo venenoso que solventas fácilmente, y para mí ininteligiblemente. Respondes a mentes diabólicas que en la resurrección no se casarán ni se darán en casamientos, sino que serán como ángeles en el cielo. En cambio no tengo dudas de que tu Padre, Dios, sea el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, entre otras razones, porque no soy capaz de situarte en el principio y en el final de los tiempos, aunque no abarco el concepto de eternidad.
Señor, un sacerdote no sólo ha de responder como persona, sino como sacerdote. Una pareja que vive tres cuartas partes del tiempo de vida juntos, ha de responder como casados, aunque la justicia afecte a la conciencia de cada cual. Y porque mi identidad personal no la puedo separar de mi naturaleza como componente del ser. Distinto, sí, pero como persona. El barro de que habla el Génesis en manos de tu Padre no es materia que siga el curso de los demás entes que tiende a la nada. Momento habrá que me exija retornar a este tema.
No estás cómodo en Jerusalén. Te indigna tanta hipocresía entre los guardianes de la Ley y del Templo. Fuego sale de tu boca, fuego de aviso, de advertencia, de esperanza, fuego que nada destruye. No tiene nada que ver con la gehena que dices que les espera. Ignoro si esta carta será juzgada el día del juicio Final, pero lo que dices de ellos: “Ensanchan sus filacterias y alargan los flecos, gustan de los primeros asientos en los banquetes y de las primeras sillas en las Sinagogas y de los saludos en las plazas y de ser llamados por los hombres “rabí”, me recuerda el dibujo de la iglesia, fuente de santificación y piedra de escándalo en su proyección. Nada de esto se predica desde los púlpitos o presbiterios, recoge las encíclicas o son materia de reflexión

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