
Antes de que se inicie el vía-crucis que no falta en ningún templo cristiano, expones la parábola de los talentos que desemboca en el Juicio Final. Te recreas como un presente próximo tu magnificencia, como Señor que eres, y cuál el proceso a seguir con sentencia definitiva. De nuevo asoma la gehena para quien no tenga un balance positivo en el amor. Lo volverás a repetir más adelante: “que os améis los unos a los otros”. Independientemente del historial, del cumplimiento profético, de evidentes dogmas, de altura teológica, el amor lo envuelve todo. Amor, allá en el corazón del Padre, cuando te ofreces encarnarte. La encarnación. En el mandamiento principal, sepultando la Torá. En el trato con la muchedumbre. Al partir el pan. En el travesaño de la Cruz. En el contenido en el juicio Final. En la transfiguración. En la presencia Trinitaria en el bautismo. En la fundación de la Iglesia. En el vivir y en el morir. Amor por fe y confianza en Ti. Y cuando instituyes sacramentos. Todo en Ti gira alrededor de lo que eres con el Padre y el Espíritu. No pides nada extraordinario para sentarse a tu derecha. Un vaso de agua, un vestido, un pan, un afecto, una visita a la cárcel, una cama en el peregrinaje. Una atención en el hospital. Lo que es expresión de un corazón limpio y que no precisa de acreditación de una vasta cultura bíblica o teológica. Y todo esto que hoy se conoce por solidaridad al prójimo. Si es posible no mirando al necesitado, sino al cielo y en acción de gracias.
La profecía no coarta la libertad, simplemente anuncia qué va ocurrir. Y aunque estaba escrito en el libro, esta última etapa, se desconocía su intensidad.
Se está fraguando la conspiración de los judíos. No es de extrañar después del alboroto que has armado tras el severo discurso a los escribas y fariseos por su hipocresía: “•… hermosos por fuera, más por dentro llenos de huesos de muertos y de toda suerte de inmundicia”.
Judas se mueve entre dos aguas. De una parte, se ofrece para entregarte; de otra parte, se presenta a la última cena pascual. Está confundido. Mi padre me decía que no lo maldijera nunca. Al dirigirme a Ti para que santifiques a los muertos, entra en la lista. Y el demonio, también. Y Adán, coprincipal de este desastre. Yo no estoy fuera de este galimatías y me obliga a ser respetuoso en asuntos de conciencia.
Aún no se ha celebrado cena tan sublime como esta última tuya. Siguiendo tus pasos parecía imposible una expresión de amor como la que has mostrado a lo largo de tu vida. Hasta este momento, tu humanidad muestra una exquisita sensibilidad para enamorarse de Ti. A partir de este instante, tu divinidad resulta impactante. Enlazo el misterio de la eucaristía con aquel pasaje en que el lunático no es curado por tus discípulos por su poca fe y te preguntas qué va a ser de la humanidad sin tu presencia en el mundo. Y perpetúas tu estampa viva y real cuando tomando el pan, lo bendices, lo partes y repartes y pronuncias: “Esto es mi cuerpo”. Repites el mismo rito con el vino: “Esta es mi sangre”. Si la cosa quedara en un mero pronunciamiento, no dejaría de ser un hecho puntual con significación profética de su muerte. Y añades ante la mirada incomprensiva de tus discípulos que no saben de qué hablas: “Haced esto en mi memoria”. Ellos recogen el recado, pero necesitan de una aclaración. “El que come mi carne y bebe mi sangre mora en mí y yo en él”. No hay que estudiar, hurgar, tratar mensaje tan apodíctico. Toda la teología vertida sobre este tema no ha logrado rozar el misterio inherente de este sacramento. No hay razón, pues, para creerte y no participar de Ti, cualquiera que sea el color del alma. Dirigirse al Padre y olvidarte en el templo. No tener hambre de Ti. Sustituirte por un sucedáneo cualquiera.
Nada es comparable en tu misión mesiánica con esta oblación de tu parte. La iglesia podrá pronunciarse por la cruz, pero como te decía al principio la cruz ha sido para Ti un medio de coronar tu obra, no tu obra. Que eres Hijo del Dios vivo”. A pesar de todo, sigues viviendo en soledad. Lo que pasa es que con este ofrecimiento, independientemente de la respuesta humana, la justicia divina se alarga en el tiempo y ese tiempo hasta el día del Juicio Final. Si el mundo no está más podrido obedece a tu constante solicitud al Padre para que retenga su irritación como en otro tiempo con Abraham cuando el pueblo daba la espalda a sus mensajes proféticos. Yo estaría confundido como Pedro ante esta lluvia amorosa de tu parte. Y, posiblemente, te negaría más de tres veces, habida cuenta de mil promesas incumplidas.
Me preocupa Judas. El no causó tu muerte. No intervino como Adán tan directamente en tu encarnación. No soportó su crimen y se ahorcó, tal vez en la higuera seca. Consciente del hecho, maldijo al diablo que le estuvo mareando una y otra vez para que te traicionara. Lo menos son las treinta monedas. La conspiración de los judíos facilitó la fechoría. Y me pegunto sin que espere respuesta: ¿Y si no te entregara Judas qué pasaría? No puedo pensar que estaba determinado como si le fuera sustraída la libertad y actuara como un autómata. Y si pensó que hacia bien ¿será reo de castigo? Tu muerte y resurrección no dependía de esta circunstancia. Te temía más que te amaba y por eso vino a Ti con una gran turba armada. Le pasó lo mismo que cuando era pequeño o estudiaba en el seminario y me ofrecían el rostro de tu Padre serio, temible, distante y con la mano en alto a punto de cachetarme. Pero mi tiempo no es el tiempo de Judas. A los que somos después de Ti, tenemos una referencia más directa del rostro de tu Padre más dispuesto al perdón que al castigo.
Esta previsto el juicio ante el Sanedrín, como después ante la Inquisición, como después ante La Curia. ¡Qué prisas tiene la Iglesia por anticipar el Juicio Final a los santos! ¡Y que psicopatía por emular a los escribas y fariseos!
Debió sacudirse los cimientos del Sanedrín a la pregunta del pontífice: “Tú lo has dicho”. La aclaración siguiente fue la gota que colma el vaso de la paciencia. Sólo a Ti se te ocurre decir que verán al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y viniendo sobre las nubes del cielo”, fijación del de día del juicio Final .Lo del Hijo de Dios, lo entiendo; lo del Hijo del hombre, no. La incomprensión no acaba con la mofa de los que te escupen a la cara en el mismo Sanedrín, sino que a la salida, tu mejor amigo, el futuro Papa de la Iglesia, el hombre todo corazón, el de la barbas blancas, el que llega a la barca caminado por las aguas, el que corta la oreja al que se atrevió apresarte, el confidente, el que no pudo reservar la felicidad el día de la transfiguración, Pedro, no quiere confesar que eres su amigo.

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