sábado, 6 de junio de 2009


De nuevo, y de un modo más solemne, te lanzas a la vida pública y tus milagros tendrán carácter colectivo. Renuevas el lenguaje intimis0a, coloquial por otro más teológico. Una teología que contrastada con las Sagradas Escrituras a los rabinos le parece intolerante, fanática, herética. El revuelo de las masas inquieta a los gobernantes. Insistes en el orden de la catequesis: primero, pan, luego, doctrina. La iglesia, Señor, primero adoctrina y, luego, normativa el hambre. La dicotomía está servida. Y lo curioso de este contraste es su duración, terquedad y ceguera en mantener una línea de conducta poco edificante. Siempre bajo el punto de vista histórico y de expresión evangélica. Me viene a la memoria otra vez lo de la Teología de la Liberación. Has de reconocer conmigo lo difícil que es aceptarte sin una pregunta, sin una duda, sin una reflexión previa, sin un certificado visual de tu divinidad. Si a los que estaban contigo les asaltaban la vacilación, Judas, Tomás, Pedro, testigos oculares de tanto milagro, oidores de excepción de tus confidencias, actúan escépticos, ¿qué le queda al hombre a dos mil años de tan excepcional acontecimiento cósmico y en un ambiente de secularización tan brutal? Que después de intimar contigo, Pedro te pida una prueba para cerciorarse que eres el Hijo de Dios, y que esta prueba se opere en él, como el de caminar por las aguas. Y dubitó. Y se hundía. Y le ayudaste con la ternura que una madre ayuda a su hijo de un trance. Y deduzco, para relajación de mi conciencia, que esta actitud con Pedro lo tendrás con toda la humanidad. Con la gente sencilla no actúas como profesor, experto en Dios. Hay una conexión afectiva, y cualquier síntoma de confianza en Ti lo pagas con un milagro. En el corazón radica la fuente del bien y del mal. Lo mejor del ser humano está escondido: el alma, la conciencia, la mente, el corazón. Y con tu proverbial lenguaje sencillo despliegas tu sabiduría sobre la pureza exterior e interior. Lo que entiendo por protocolo y la intención. La palabra inadecuada y el sentimiento. El pronto y el afecto. La contradicción del ser humano es evidente. Centras con meridiana claridad la importancia que tiene un corazón limpio. Lo dijiste al principio de tu vida pública:” Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios.” Los únicos. En otra ocasión instarás lo mismo: “Si no os hiciereis como niños…” Y pienso lo absurdo que es hurgar en la teología si esta no se convierte en corazón. ¡Cuán lejos me encuentro estando a tu lado! Acabas de repetir el milagro de los panes y de los peces. De saciar a miles de personas y aún quedo para alimentar a miles de pájaros, y te piden una señal del cielo. Y no los complaciste. Y te fuiste. Y muchos pasaron de tu glorificación a la crítica de que eras un embustero. Y te buscaron de nuevo las cosquillas. Y les reprendiste con tu proverbial sabiduría, al decirles que no dejasen embaucar por la doctrina de los escribas y fariseos. Dos hechos asombrosos anteceden a tu entrada en Jerusalén.: El papado y la transfiguración. Al menos así lo interpreta la Iglesia respecto al carisma que le asiste al Obispo de Roma. Pones a prueba la fidelidad de los tuyos con una pregunta capciosa. Quieres saber de ellos si piensa igual que el pueblo que no lo ve claro lo del Mesías y te confunde con otros profetas. Después de todo, los profetas también gozaban de la facultad de hacer milagros en casos puntuales. No es de extrañar que tuvieran dudas, aunque te hicieras llamar Hijo de Dios, que nunca brotó de labios de tus elegidos. Dos tiempos desiguales con Pedro y una misma querencia amorosa a dos situaciones contrarias. Pienso, y a lo mejor me equivoco, que el hecho de que se callaran tus discípulos es porque no estaban muy convencidos de tu estirpe divina. La espontaneidad de Pedro estaba envuelta por el fulgor interior de la revelación por parte del Padre y te definió en plenitud, si la palabra humana es capaz de descifrar tu esencia divina: “Eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. El Espíritu se adueñó del corazón de Pedro, y pues según Tú de la boca salen palabras que anidan en el corazón, habló por boca del Espíritu, el olvidado del dogma de fe de Uno y Trino. Y surge la broma del arte pictórico, menos dibujar a Pedro con una cabeza de granito. Barba y unas llaves. Y luego, se censura a los protestantes su predisposición a interpretar las Escrituras literalmente. Acaba de producirse un contrato de confianza. La autoridad eclesial. Mucho antes, la metodología. La seguridad histórica de la iglesia. La facultad de decisión. Y cuando te confidencias de tu inminente destino de muerte y resurrección, dejándose llevar Pedro de su fogosidad, con la potestad que le asiste de ser cabeza de la iglesia todavía en embrión, se opone a que dicha profecía se cumpla. Tus palabras con Pedro son como para dejarte en tus delirios, y seguro que aquella noche lloró su torpeza, porque acto seguido te promete seguir tus pasos y lo eliges para un evento de esperanza del hombre. Permíteme, Señor, una reflexión al reproche que le haces a Pedro y que tiene mucho que ver con el devenir de la Iglesia. “Tú me sirves de escándalo, porque no sientes las cosas de Dios, sino la de los hombres”. Ya sé que Tú tienes autoridad, conocimiento, razón, para hablar en estos términos, dignidad, profetismo, humanidad para no equivocarte, pero también quiero que sepas que se trata de un sentimiento particular y no quiero que me llames hipócrita porque lees página en blanco. No intuyo la desazón que debió sentir Pedro y de cómo aplicas la justicia y el amor entre los hombres que le reservas uno de los misterios más bellos como ser testigo ocular de tu transfiguración. La que espera a la humanidad en el Juicio Final; la que había oculta en el cuerpo de Adán; la que gozan los santos. Se trata del diseño último y definitivo más allá de la sentencia definitiva, porque los demonios volverán a Ti y la obra del Padre, por tu mediación, fijará el principio de la eternidad como lo fue antes de crear a los ángeles y a los hombres. Un acto intimista con tres amigos y resonancia cósmica. Instante Trinitario para paliar la tristeza que empieza a envolver tu tránsito hacia la cruz y desamparo total. Los discípulos no son capaces de curar a un lunático. El padre confía en ellos porque son tus amigos. Se pudo ir defraudado para siempre y no querer nada con tu mensaje. No es un cuadro donde resalta tu mansedumbre y, por primera vez, te muestras quejoso y cansado y temeroso de que sin tu presencia en el mundo la cosa no vaya bien. Esta decepción, Señor, que deduzco del pasaje no minimiza tu grandeza mesiánica, y es comprensible cuando culpas a los tuyos testigos directos de tanta taumaturgia, pedagogía intimista, sabedores de tu proyecto global, la poca confianza o fe en Ti. No pides más que una fe del tamaño del grano de mostaza, y, sin embargo, hablas de la mujer cananea o del centurión hasta el extremo de pensar que el Espíritu ha amigado con ellos sin tu permiso. No sé si atino si digo que más allá de la fe lo que te enamora es la pureza de corazón. Por suerte, Señor, no te

No hay comentarios: