sábado, 6 de junio de 2009


Entiendo el primer mensaje y me turba el segundo mensaje. Cuando el centurión, el jefe, la hemorroisa, el ciego, el paralítico, el endemoniado acudieron a Ti para que les curaras, ¿interviniste anteriormente en sus conciencias para ser acreedores de tu confianza, o, libremente, en ese despertar de la creencia, por sí mismos confiaron en Ti? Es la fe, acaso, un posible en el hombre o una connotación de su semejanza con el Padre? Mi fe en Ti es fruto de tu operatividad en mí o una libre disposición de mi parte por tu revelación? Como no puedo contestar a esto, espero una pausa en tu glorificación con el Padre y por el Espíritu me respondas como quieras. Te digo esto porque me parece una concesión desmedida a mi proceder contigo si de Ti dependiera creerte y no del Padre cuando creó al hombre y por el hombre nací a la vida. Me tranquiliza mucho más personal y comunitariamente.
La trinidad de Dios queda patentemente revelada en la aitorevelación de Hijo de Dios y del respeto que hay que tener con el Espíritu. Una culpa a Ti, dices, no deviene la condenación, en tanto que contra el Espíritu no será perdonado en ningún tiempo. La justicia será implacable. No te habrás excedido en este pasaje anunciando la condenación eterna que de existir sería darle al espíritu del mal categoría infinita? Justicia y misericordia conforman un binomio excitante a la hora de examinar inequívocamente términos contrapuestos. Nada hay en criatura sea angélica o humana una culpa infinita para que la sentencia sea a perpetuidad en uno u otro sentido. La idea que tengo de tu Padre es tal que de vez en cuando paseo por la eterna Jerusalén en compañía del demonio, redimido igual que el hombre y se fije para siempre una armonía existente entre tu Padre, Tú y el Espíritu antes, en y después de la creación del mundo y del hombre. No le des categoría de dios infinitando el mal.
Cual catedrático doctorado en pedagogía, vas dedicar un tiempo a la enseñanza a través de la alegoría. Con los milagros suscitas una admiración. Con la parábola un modelo de vida que debe seguir todo hombre que crea en Ti. Y esto es vital.
Con la parábola del sembrador - ¡qué contraste la del mar para hablarles de siembra! – Los discípulos le pidieron una explicación a una alegoría tan asequible a toda mente humana. Señor, es más misteriosa la explicación que la parábola en sí. Y lo que es más grave, me veo en esa muchedumbre que no merece tu intimidad al querer oír aquello que me gusta y desoír aquello que provoca el colorete de la vergüenza. La cosa no queda en una mera confesión personal cuanto en el albur de la riqueza espiritual en las gentes. Los que estaban allí tenían curiosidad de Ti. ¿Qué extraño misterio es ese que deseándote no te encuentra, y distraído es acreedor a tu intimidad? Tú mismo diste gracias al Padre de que le revelara a gente sencilla tu mesianismo, y por sencilla, a gente ignorante. Dos tiempos le dedicas a esta parábola. Un tiempo a los tuyos para que sepan que son unos elegidos y otro tiempo a la muchedumbre. Te fastidia que la gente no crea en tu palabra. Que la crea, y al no entender nada, se olvide de Ti. Se ve que no quedaron ilustrados que insistes con otra parábola similar como el de la cizaña. Esta claro que te refieres al día del Juicio Final. Más consoladora y poética es la parábola del grano de mostaza, hasta que a petición de los discípulos desgranas con esa exactitud de lenguaje claro y concluyente. De soslayo pronunciaste la gehena con un añadido de que habrá llanto y crujir de dientes.
Te agradecería, Señor, que recibieses como una alabanza de que esa gehena tendrá su consumación. Ahora pienso que, si no tengo ninguna reserva para creerte uno y trino, para sentirme querido por tu obra, para mimarte en tu inigualable donación personal, existe el infierno. Sabes bien, Señor, que creerte o no creerte no depende tanto de una comprensión racional de tu divinidad en una naturaleza humana cuanto de no replicar tu revelación. Aún así, Señor, se barajan conceptos que ni por aproximación son asumibles. Y quien cree en Ti ¿está liberado de no plantar cizaña? Me pones difícil el reino de los cielos. Ojalá, al tiempo que ilustras con lenguaje llano el reino de los cielos semejante a un tesoro escondido, al fermento, a la mostaza, a una red barredera, y aun entendiendo su similitud en vida, no deja de ser un misterio. A oscuras, ¿Dónde podré encontrar esa perla? ¿Cómo podré encontrar el fermento? ¿De qué manera sabré que pescado es bueno o malo? Si cuando llegas a Nazaret y te pones a enseñar en la Sinagoga, los ilustrados se mostraban incrédulos, ¿qué deparará a los que ignorantes siquiera reparan en tu dedicación salvífica?

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