sábado, 6 de junio de 2009



Que lo que no es capaz la mente de comprender, sean los sentidos. Y después de traer a tu proyecto a Mateo, seguiste fijando por las tierras de Israel tu bondad infinita. Quien se acerca a Ti es un jefe cuya fe en Ti es mayor, si es que no cometo un juicio tan temerario, que la del centurión. Resulta que acaba de morir y cree que con poner tu mano sobre su cuerpo resucitará. Está rodeada de gente que llora y de flautistas. Es hija de un jefe. No habla de dinero, de posesiones. Lo que te pide supone creencia en la resurrección. Lo que te pide implica una absoluta confesión de fe de que eres el Hijo de Dios. Lo que te pide tiene conexión con el corazón y con la creencia. No entiendo cómo se puede tejer una fe tan fuerte que no obre el Espíritu en él. Tú lo sabes y le complaces. La gente dice que está muerta. Tú que duerme. Y pues tu palabra tiene el significado de la palabra, la niña dormía. ¿De qué manera? Porque de la risa o mofa, la gente divulgó la cosa más allá de sus fronteras. Lepra, parálisis, muerte, endemoniados, flujo de sangre. Y, ahora, dos ciegos. Y un mudo. Los fariseos no están por la labor y justifican los hechos a la magia provocando la fe. La gente que acude a Ti vive de la fe y Tú le correspondes. A algunos condicionas la salud a la declaración expresa de confianza en Ti. A otros, les salvas de la dolencia, por la fe que les asiste. Corazón limpio y confianza es el bípode que acelera tu taumaturgia. Tu nombre se extiende por toda la región. Los ilustrados te ven de reojo. Los gobernantes están alterados. El pueblo está embobado. Has repetido por dos veces que eres el Hijo de Dios. Alrededor de esta proclamación discurre el debate en las Sinagogas. En Jerusalén te esperan con dientes afilados. La aristocracia política y religiosa está deseando tener una justificación de tan semejante blasfemia de creerte Hijo de Dios. Tienes en mente ir a Jerusalén, pero antes quieres fijar las coordenadas de la futura Iglesia a tus discípulos en el obrar y en el aparecer, y, lo siento, Señor, en nada se asemeja a tus consejos. Tu enseñanza sólo ha durado la generación apostólica, aunque siga viva cumpliendo así tu profecía de duración hasta el final de los tiempos. Consuela saber que su guardián sea el Espíritu. Me explicaré con el mayor respeto y posible inquietud anímica. En cuanto a la foto, el oro y la plata están presentes en los pectorales de la jerarquía eclesiástica, en los baptisterios, en las vestiduras, en los museos, en los iconos de los templos y catedrales, sin que un sucesor de Pedro haya tenido coraje de eliminar el supuesto histórico de la iglesia perpetuándola en el tiempo a través de la magnificencia y tesoro. Ni siquiera aconsejas el bronce en los cintos. No tiene justificación alguna, aunque provenga del pueblo cristiano tan dorada donación, en tanto la hambruna crece como un grano de mostaza. Les pides que no se valgan de dos túnicas, sandalias ni bastón, y visten ropones pomposos, escarpines de marca y báculos. Les pides que en misión se alberguen en casa cuya gente sea digna, no en palacetes dignos de un mandatario de relieve. Y que cuiden de las ovejas perdidas, mientras son vistos en actos públicos de solemnidad. Que se muestren convencidos de su fe. Esto supone estar en constante misión bélica contra la injusticia, la herejía, en tanto se acomodan a las variables políticas para resguardarse de la cárcel y del martirio. Esto sí que es tu cruz después de confiar en los hombres tu misión redentora, y no la que supuso un soporte donde entregarte al Padre definitivamente. Esta permisividad contraria a tu deseo tiene su explicación con aquel tiempo en que por la dureza de corazón del hombre permitió tu Padre ciertas concesiones de repudio en la unión matrimonial. Quiero entender que esta permisividad es una gracia añadida y no un consentimiento explícito. Lo que no puedes cambiar es lo que creó tu Padre. Tu Padre creó al hombre libre y de él depende el curso de la historia, pero la iglesia, Señor, tiende a la ultra historia y ésta ha de desplegar su esencia aunque sea dentro del contexto real. No veas en esta decepción un átomo de hipocresía o un recordatorio de la viga y la paja. Que crea en Ti acentúa la angustia, que no descanso del alma que prometes a los que te abrazan, posiblemente porque se opera en mí tu advertencia de que no basta con reconocerte que no sea cumpliendo tu voluntad. El hombre desea conocerte en toda su comprensión inagotable. Yo creo que esto es bueno siempre y cuando parta del principio de que es imposible. Tú mismo lo dices: “Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiere revelárselo”. Entiendo el primer mensaje y me turba el segundo mensaje. Cuando el

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