lunes, 20 de abril de 2009


necesidad de ir a Madrid. En mi tiempo necesitaba diez, doce horas. En vuestro tiempo, una hora o cinco depende del medio de locomoción que utilicéis. Antes había que comprar un libro para todo; hoy, con el ordenador, televisión, prensa y otros, lo podéis lograr al momento y en colores. Esto hace que vuestra mente actúe con mayor celeridad y la capacidad de sorpresa sea menor. Así, pues, no es mi intención prolongar la fantasía indefinidamente sabiendo lo que os espera. Si hay algo que sustancia el término de vida – insisto - este algo es el desigual ritmo del cambio con el pensamiento humano. Si me ciñera a mi tiempo, a mi experiencia como única fuente de verdad, trataría de que vuestra niñez se alargara hasta los catorce años. Yo, a los catorce años seguía soñando como vosotros ahora a los cuatro o cinco. Muchos tebeos. En días solemnes, Walt Disney. Buscaba por todos los medios la compañía de Pedrito y Roberto Alcázar, de Juan Centella, del Guerrero del Antifaz, de Rabanito y Cebollita. También de Zipi y Zape, Carpanta, Filemón y Mortadelo. Hoy, a los catorce años, ya conocen los efectos del alcohol, del porro, de la relación carnal, la tecnología punta y toda clase de botones eléctricos en sustitución de un diccionario. Así, pues, no voy a caer en la tentación de escribiros tonterías. Creo que no hay estancia más favorable para que crezcáis en conocimiento que la niñez.
Sois como folios en blanco que esperan ser soportes de un poema, de una carta, de un cuento, de una tesis, de una historia. Y en la medida en que se acierte con la forma y el fondo de lo que se escriba en esos folios seréis el mañana que no lo verán mis ojos por un natural proceso biológico. Dicho así, sin música gramatical, no parece que haya sido feliz con mi fantasía que duró – aún me queda un remanente para seguir soñando – más allá de la juventud. Ignoro la causa o causas de este extraño fenómeno por alterar la realidad de la vida. En el fondo el ensueño no debe de desaparecer entre vosotros para no decaer en esta lacra que define mi tiempo y que se conoce por depresión psicológica, pero en su justa medida, si no el batacazo puede ser grave.
Me resisto a que la historia de la humanidad siga escribiéndose a tortas. Y dado que no atisbo tiempos amables, es por lo que he rechazado la fábula.
A vuestra edad la gente mayor tiende a modificar el lenguaje más grata al oído, pero vaga en el significado a la hora de nombrar las cosas, a definir las cosas como son y a marginar el diccionario insustituible instrumento para hablar con propiedad por aquello de que no estáis en edad de comprensión. Cuando por uno u otro motivo, de”motu propio”, sin parlamentos cruzados, tengáis dificultad de razonamiento acudid a él como al mejor de los amigos. No discute, no es caprichoso, no espera nada, siempre está presente, callado, deseando la relación táctil, pulcro y ordenado, y al día. No conviene, pues, alargar por mucho tiempo el análisis de las palabras que no sea en casos puntuales y anecdóticos para bien de vuestra formación. Es una cuestión de pedagogía y de educación que para mí está en el uso correcto del lenguaje y progresiva maduración mental.
Que la vida sea bella no anula que sea dura, incluso hasta cuando las cosas discurren sin sobresaltos. Se vive en constante ansiedad por su incertidumbre y fluctuación. Y porque se mueve dentro de una burbuja trascendente, se quiera o no aceptarla, conviene estar alertado desde siempre, y siempre es desde el seno materno.
Luego está la sociedad en contraposición con uno mismo. Todo esto no se asimila en plenitud sin la debida atención educacional desde el primer día de contacto con la vida.
Cuando Mozart siendo niño ya tocaba maravi- llosamente el piano, nadie pensó que había sido educado en la música antes que a andar, y era preciado como un niño prodigio. Lo mismo se puede decir de Beethoven y de otros muchos en el mundo de las artes y de las ciencias. El talento en vosotros también es un folio en blanco. Nacéis con la lengua atada y con los ojos ciegos a la mirada, pero no sin el subconsciente donde se fija la palabra desconocida, el sentimiento orgánico y el color de la mirada mostrando una mueca o una sonrisa según agrade o no. De este modo tan sencillo se va modelando una psicología que definirá vuestra personalidad cuando el raciocinio suplante la fantasía.
Un ejemplo del subconsciente.
Había una familia que eran muchos hermanos. El más pequeño cumplía tres años cuando murió la única abuela que quedaba en vida. Al parecer el niño había agrandado sus pulmones con su llanto que no tenía fin. Sólo la abuela era capaz de hacerlo callar.
Como sabéis antes la gente moría en casa. La abuela había muerto en casa. En estos casos se reservaba una habitación al que acudía la gente para dar el pésame. La sorpresa de este luctuoso acto la produjo el pequeño que no quería salir de la cabecera del ataúd. Terqueaba una y otra vez y no pudieron sacarlo de allí.
No sé que le hablaría la abuela, qué sensaciones transmitía cuando lo cogía y le sentaba en su rodilla, qué canciones le cantaría, el caso es que el chaval quiso acompañarla los últimos momentos. Por supuesto, no era consciente de sus actos. Ese chaval era yo, según mi madre.
Tal vez os suene por primera vez el nombre de Marco Tulio Cicerón, un hombre que rechazaba la retórica inútil, un mal endémico de vuestro siglo y gran parte del mío. Ya en el siglo I a. de C. se decía que el poeta nace y el orador se hace. Cicerón puntualiza que efectivamente el orador se hace, pero que se empieza en el seno de su madre, y que tenían un estilo u otro según su madre los hubiese llevado en el vientre, en el corazón o en el bolsillo.
Lo ordinario es veros crecer como una planta. De la planta lo principal es verla crecer saludable. De la raíz no sabemos nada, de aquí que cuando se deslustra nos cause extrañeza su efecto y no se quiera saber nada de ella. Al no ver su alma vegetativa, la atención para que no se aje es prestarle el debido masaje del riego y de la poda. El hombre culto remueve la tierra, ausculta su hoja, analiza la raíz, la medica en su totalidad. Lo que no se ve en vosotros es para mí lo esencial: la mente, la afectividad, la palabra, la rebeldía, el argumento,

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