sábado, 6 de junio de 2009


SEÑOR.
No me acuses de insensible porque no me suscite un sentimiento de dolor verte en la cruz. Me lo ha robado el poeta anónimo. Tu revelación como Hijo de Dios se produjo antes y después de ese instante supremo. Nada cambiaría en Ti si hubieses muerto de otra manera. Históricamente, posible; eclesialmente, mucho: teológicamente, en absoluto. Me anonada su mensaje. Si el foco de la vida se centrara en la cruz, no celebrarías la cena pascual para perpetuar tu presencia en el mundo. En casa no hay ninguna foto de papá y de mamá en el lecho de muerte para reavivar el recuerdo. Sus mensajes no tienen dibujo. Y los tuyos, tampoco. No es la cruz el instrumento principal de tu divinidad, sino una circunstancia histórica para que se cumpliera la profecía. Me quedo con tu virtual revelación del hecho. La iglesia que tú fundaste hasta la parusía tinta con trazos gruesos la cruz. Remarca este episodio para conmover el corazón hacia Ti. Han borrado el pasaje de la compasión camino del Gólgota con un aviso de tu parte muy serio: “Llorad por vosotras mismas, que no quede toda mi obra en este periodo de dolor”. Yo quiero a mi iglesia pero no remarcando con morbosa intención tu obra de glorificación. Y celebra una liturgia donde el sol no entra por ninguna vidriera del templo. Yo entiendo, Señor, que no es justo ceñirse a este intervalo como único sustento de la fe. Si metafórica y teológicamente la cruz es el trasunto de la vida cristiana, entiendo, Señor, que lo que antecede es más substancial que el éxtasis de una visión puntual. O sea el antes y el después. Tú mismo reprochas amorosamente a los que lloran tu suerte, porque no van más allá del puro sentimiento. Te acomodaste a los hombres. Tu respeto a la conciencia humana es total. No eras el primero en llevar a hombros el madero. Te esperaban dos hombres en el Gólgota. Otros muchos habían sufrido tu prueba. Tú eras uno más, y te asignaron la cruz como podría haberte asignado otra forma de morir. La cosa va mucho más allá de lo histórico, de la curiosidad, del sentimiento. Se ve que la gente ya estaba acostumbrada a que el reo cargara con el patíbulo a cuestas. No hay nada excitante al considerarte uno más en la historia de los delictivos. Aún así, no es la cruz el modelo de vida a seguir tu ejemplo. Eres Tú. En ningún momento te has dirigido al mundo diciendo que la cruz es tabla de salvación como predica la iglesia por donde vaya. Precisamente tu venida al mundo ha sido para descrucificar al hombre de su pecado original. Es decir, para hacer de Cirene con el hombre. Siendo niño, tu Padre, Dios, me sobrecogía por culpa de una ilustración errónea, como en la época de los profetas cuyos mensajes estremecían al pueblo de aguda sordera. Me sentía culpable de todo sin tener conocimiento de nada. La historia bíblica, Señor, tenía para mí una gran similitud con la confrontación entre David y Goliat, reducida a mi persona. Tu Padre era Goliat a punto de aplastarme. Hoy se habla del rostro materno de Dios. Sabes de quien te hablo. Tú no habías entrado en el mundo de mis pensamientos. A tan temprana edad, esta sensación puede marcar toda una vida. No ha sido así, al salir a mi encuentro aquella mañana de Mayo sin saber conscientemente quien eras. Sin la cruz, resucitado. Y al instante pasaste a ser mi confidente. Algo así como si hubieses tocado un botón y despertara la creencia adormecida por el imperio de los sentidos. Y empecé a entender todo: el mundo, la muerte, el dolor, al hombre, la conciencia, el bien, el mal. Con estos conceptos, a entender la vida como un viento suave que pasa de largo hasta residir en un plácido valle para nutrición de las plantas y su reverdecer. Aún me quedaban residuos de mi visión apocalíptica de tu Padre hasta que trasladé su imagen a tu imagen. A esto habías venido al mundo, a que reconocieran al Padre por Ti ya que no quisieron reconocer a Ti por los profetas. Un poco fuerte e irracional que Tú siendo Dios con el Padre y el Espíritu, te hicieras hombre, a pesar de cumplirse en Ti los pronósticos y de evidenciar con tu taumaturgia la unión hipostática. Tú lo sabías, y a pesar de todo, quisiste que fuera como fue. Y como fue pienso que no podía ser de otra manera, consumado el hecho. Esto mismo se produjo en Adán con los dones preternaturales, por eso su culpa tuvo el estruendo, menor que el de los ángeles y mayor que el de los demás hombres. Tú mismo lo aclaraste en el supremo instante de la muerte: “Perdónales, Señor, porque no saben lo que

No hay comentarios: