
Volviendo a mis años de pubertad. Cada día que cumplía vida, mi curiosidad por Ti aumentaba. La creencia se remozaba y la visión trascendente de la vida se cristalizaba en el corazón y en la mente. Esto me obligaba a ser consecuente con tu revelación siguiendo las pautas de conducta meridianamente definidas por Ti. Y en este sentido es como comprendí el significado de la cruz, pues emularte exigía aceptar en plenitud el despego al mundo y a la carne. No es que considere uno y otro contrafuertes de la santidad, porque todo es bueno lo que creó el Padre, sino por que son dos fuerzas tendentes a fijar en este mundo la felicidad en menoscabo de los demás contraviniendo la ley suprema del amor.
Sin una continuidad por reforzar la creencia, esta se vuelve fofa y condicionante a eventos de la vida. No repara en lo esencial y acompaña al hombre como una pegatina que se resiste a despegarse causando muchas dudas. No fue mi caso, ni cuando trataron de explicarme que Dios era Uno y Trino. Lo que pueda ser un increíble al hombre no lo es a tu Padre a quien acudes en los momentos difíciles y pides aquiescencia para realizar un milagro. Completas la trinidad acudiendo al Espíritu que actúa cuando debe.
A medida que iba creciendo, este dogma nunca supuso un inconveniente en el reforzamiento de mi creencia en Ti, por la sencilla razón de haber aceptado a tu Padre como es sin que atentara a la metafísica. No es que este segmento de la filosofía me aclarara en toda su comprensión la esencia divina, como no la tuvo Pedro al decir que eras el Hijo de Dios, pero explicaba el gran misterio de la creación, de mi estancia en el mundo, la vida misma. Sólo en la trinidad de personas fue posible tu encarnación, pues de ser Dios Uno, no sería posible acaecimiento tan extraordinario. Tu respuesta a Pedro es axiomática, como la respuesta de Pedro a tu pregunta.
A partir de esta premisa, el proceso de tu navidad es más comprensible. Y cual un tercer discípulo de Emaus, quiero hablar contigo sin las prisas del anochecer.
Entiendo, Señor, tu enfado al proceder del hombre. La expectativa del pueblo al anunciar tu venida al mundo. El embeleso del mundo por el transcurso sabio de tu encarnación. Un enfado amoroso al tomar la decisión de asemejarte al hombre de modo singular. Nada en Ti sería igual si nacieras de pecado. De otra parte, tenías que nacer de mujer. De haberte encarnado sin el concurso de la criatura no habría una explicación lógica, ni la naturaleza humana sería igual a la del hombre. Aún dentro del misterio que envuelve tu incursión histórica y salvadora te acomodaste a las leyes naturales para no parecer un mito. No sería buen comienzo de cercanía con el hombre si no te adecuaras al hombre. Concuerda todo con aquella expresión del Génesis: “Y vio que todo era bueno” Lo que no entiendo bien es por qué naciste pobre siendo dueño de la creación. Esto me inquieta, pues implícitamente me sugieres que es el estado social mejor en orden a la escatología. Y nada hay de extraño en tus mensajes que no invites a los bienes del mundo con medida y reparto equitativo. El contraste es muy fuerte, aunque estaba predicho. Inclusive el lugar. No acabo de captar en profundidad este evento eligiendo como compañía a un burro y a un buey. Tu iglesia a todo le aplica un mensaje, pero sin que armonice con el tuyo. Esto es lo que me obliga a conectar contigo directamente y discrepe de mi bautismo eclesial. De entre otras explicaciones, resalta tu proclive voluntad por los indigentes. Yo creo, Señor, que no es toda la verdad, y en Ti las medias verdades son herejías. Tú has venido al mundo a redimir a la humanidad, y, por el modelo de vida que como persona. El barro de que habla el Génesis en manos de tu Padre no es materia que siga el curso de los demás entes que tiende a la nada. Momento habrá que me exija retornar a este tema.
No estás cómodo en Jerusalén. Te indigna tanta hipocresía entre los guardianes de la Ley y del Templo. Fuego sale de tu boca, fuego de aviso, de advertencia, de esperanza, fuego que nada destruye. No tiene nada que ver con la gehena que dices que les espera. Ignoro si esta carta será juzgada el día del juicio Final, pero lo que dices de ellos: “Ensanchan sus filacterias y alargan los flecos, gustan de los primeros asientos en los banquetes y de las primeras sillas en las Sinagogas y de los saludos en las plazas y de ser llamados por los hombres “rabí”, me recuerda el dibujo de la iglesia, fuente de santificación y piedra de escándalo en su proyección. Nada de esto se predica desde los púlpitos o presbiterios, recoge las encíclicas o son materia de reflexión sinodal. ¡Qué difícil es estar dentro de este Monumento sin que revuelvan las tripas! No seré quien tire la primera piedra y esconda la mano, que bastante preocupado estoy, pero no puedo por menos que solicitarte que intervengas de nuevo por medio del Espíritu y dejes oír tu voz como si empezaras de nuevo. El mundo tiene rostro de higuera seca. No repitas tu sentencia.
Antes de que se inicie el vía-crucis que no falta en ningún templo cristiano, expones la parábola de los talentos que desemboca en el Juicio Final. Te recreas como un presente próximo tu magnificencia, como Señor que eres, y cuál el proceso a seguir con sentencia definitiva. De nuevo asoma la gehena para quien no tenga un balance positivo en el amor. Lo volverás a repetir más adelante: “que os améis los unos a los otros”. Independientemente del historial, del cumplimiento profético, de evidentes dogmas, de altura teológica, el amor lo envuelve todo. Amor, allá en el corazón del Padre, cuando te ofreces encarnarte. La encarnación. En el mandamiento principal, sepultando la Torá. En el trato con la muchedumbre. Al partir el pan. En el travesaño de la Cruz. En el contenido en el juicio Final. En la transfiguración. En la presencia Trinitaria en el bautismo. En la fundación de la Iglesia. En el vivir y en el morir. Amor por fe y confianza en Ti. Y cuando instituyes sacramentos. Todo en Ti gira alrededor de lo que eres con el Padre y el Espíritu. No pides nada extraordinario para sentarse a tu derecha. Un vaso de agua, un vestido, un pan, un afecto, una visita a la cárcel, una cama en el peregrinaje. Una atención en el hospital. Lo que es expresión de un corazón limpio y que no precisa de acreditación de una vasta cultura bíblica o teológica. Y todo esto que hoy se conoce por solidaridad al prójimo. Si es posible no mirando al necesitado, sino al cielo y en acción de gracias.
La profecía no coarta la libertad, simplemente anuncia qué va ocurrir. Y aunque estaba escrito en el libro, esta última etapa, se desconocía su intensidad.
Se está fraguando la conspiración de los judíos. No es de extrañar después del alboroto que has armado tras el severo discurso a los escribas y fariseos por su hipocresía: “•… hermosos por fuera, más por dentro llenos de huesos de muertos y de toda suerte de inmundicia”.

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