sábado, 6 de junio de 2009


remarcando con el clima invernal las necesidades del parto por la que pasó tu familia, se repita a mayor escala, el contento por casi todo el planeta y suscite una extraña sensibilidad poética y afectiva en la gente. No es que sea por un motivo de singularizarme, dado que lo heredé de mi padre a través de la simple observación silenciosa, pero sabiendo lo que te deparaba después, el modelo a seguir data tan cósmica es la de tu padre adoptivo y no la algarabía festiva de un pueblo inclemente con tu destino al darse cuenta que no personificabas el ideal de su incursión histórica.
Desde la misma cuna pudiste obrar taumatúrgica mente, y quisiste esperar treinta años. Este longo silencio concuerda con la vida real de una persona que mientras está creciendo, no representa gran cosa en el mundo social y doméstico. Si algo me maravilla de Ti es esa adaptación total a comportarte como hombre en forma y manera reglada en el contexto social, en el contexto humano. Actitud evidente para no fijarte en la leyenda, en el fantástico mundo de la mitología, en una anómala concepción del hombre. Quiero entender que la única vez que sin permiso te alejaste de tus padres, encaja perfectamente con el joven que empieza a enamorarse y reserva para sí hallazgo tan excelente. Sin permiso de tus padres, pero con el permiso de tu Padre para admiración de tu sabiduría genética incomprensible a los ojos de los rabinos de la Sinagoga. De todos modos, sería gratificante conocer tu dedicación en ese tiempo para conocimiento de la juventud, de mi juventud un tanto errática. Alguien aclaró ese tiempo diciendo que crecías en sabiduría y santidad. No entiendo nada, Señor. Admito, en ese ajuste por no alterar el proceso natural del hombre, como hombre, lo de la sabiduría, porque esta va penetrando secretamente con la apertura mental, no así en santidad siendo Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero.
Ya eres mayor. Siempre fuiste mayor, menos en el proceso humano como hombre sometiéndote a las leyes. Cuando cometiste aquella deliciosa travesura de visitar la Sinagoga dejaste aturdidos a los rabinos. Quedó patente tu sabiduría. Ya estabas preparado para proyectar tu obra pedagógica de la vida, pero para no alarmar a las gentes, te aislaste del mundo hasta que creíste que era la hora.
A mí hay cosas de la iglesia donde tu imagen no es la misma que se deduce de la pseudo-biografía evangélica. No es fácil conservar la creencia si la conciencia no amiga contigo directamente. Por eso hablo de Ti en todos mis libros sin otro propósito que el de verter en ellos lo que anida el corazón.
¡Qué extraña aparición la tuya confundiéndote entre los impuros en el Jordán! Y de cómo de este rito sacramental la teofanía resuelve el misterio de un ritual que ya se celebraba en Egipto, Babilonia y la India en sus respectivos ríos del Nilo, del Eufrates y del Ganges sin intención escatológica alguna pero con igual significado de purificación. De todos modos, Señor, con ser el sacramento más sencillo y universal, hecho de menos una explicación directa de tu parte de este misterio tan dispar en su interpretación teológica. Y te sometes a la tentación seguidamente. La más común entre los hombres como es la vanidad, dos veces, y el poder, signos indiscutibles en el diseño actual de la iglesia. En el primer caso cuando pide que conviertas la piedra en pan y que le adores. En cuanto al poder, al ofrecerle el mandatario de un reino.
Está clara la hipóstasis en Ti. Como hombre nada se opera en Ti anormal. Sin tener necesidad de purificación, porque eres la santidad misma, adviertes al hombre que mediante el rito bautismal se produce en él la presencia trinitaria, si no teofaníca, dentro de su espíritu. Igual pedagogía muestras sometiéndote a la tentación en aquello que más fácilmente procura su desgracia, como es la soberbia y la jefatura temporal. Y viendo el demonio que era tiempo perdido conquistarte, reservó su malicia para el resto de la humanidad. Está bien, pero desde mi perspectiva humana tal proceso real en Ti no tiene una ilustración tan definitiva como lo explica la iglesia. No es una queja, sino una inquietud a la hora de elaborar el final de esta pelea entre el bien y el mal.
Deseo decirte que lo que me parece incomprensible no es razón para que no lo acepte. Tal es así, que, aunque no fuera más que por higiene y costumbre, el bautismo no deja de ser un compromiso psicológico y religioso y una riqueza explicita de amistad en este intento por retornar al principio de los tiempos.
Tu tiempo está determinado en la tierra. La humanidad va a seguir existiendo más allá de tu obra redentora. Te reclama el Padre a tomar asiento que no debiste dejar nunca siquiera transitoriamente y formas tu grupo. Gente sencilla, gente sin dinero, gente confundida, gente de mente corta, Israel no esperaba nada de esto, y menos aún, los rabinos. Y los gobernadores. Todo al revés de toda concepción humana de la vida, de la historia, del proyecto humano. Así la cosa, el resultado no podría ser otro que el que fue. ¿Qué candidato a una Presidencia se arrima a los pobres? ¿O es que no había empresarios en tu época? Los que no creen en Ti dicen que eres el primer comunista. Y los que creen en Ti que hay que analizar el hecho dentro de un contexto que justifique el propio. Está la liturgia del jueves Santo para lavar los pies de gente del pueblo con nombre y apellidos conocidos y colonia por calcetín.
Aun cuando no es muy respetuoso aplicarte el calificativo de político, tu predicación en Galilea se centró en la curación del dolor humano, para pasmo de los pueblos que agradecidos te seguían a todas partes. Al llegar a este apunte de tu primera acción pública, se me revuelven las tripas al ver que la Iglesia frunce el ceño con los apóstoles de la Teología de la Liberación. ¿Acaso la gente veía en tu proceder una sibilina ideología política para dominar el mundo? Te limitaste a romper las cadenas del dolor para, luego, escampados por las laderas de la montaña animarles a la esperanza de una nueva Jerusalén. Aquí y ahora, la iglesia antepone la compleja filosofía de un diseño opuesto construyendo sedes, templos, un cuerpo administrativo, una jerarquía, la palabra, y, si queda algo del tesoro público, pan, hospitales. Por fuerte que sea su influencia, por muchos escritos de sesudos teólogos, por determinante que sea vivir un tiempo de dominación de las conciencias, no lo entiendo así, porque al ser Tu el Mesías de la Liberación, no puede la Iglesia permitirse el lujo de contrariarte al ser su fundador y modelo de vida a seguir en la complicada y variable circunstancia histórica. ¿A quién hago caso a la Iglesia o a Ti? Mi conciencia no tiene duda y cree que haciéndote caso no se deja de pertenecer a la iglesia. Poco después, alabarás al samaritano.
Alimentado el pueblo de salud, le animas con las bienaventuranzas a sacar provecho de la injusticia humana. Tu capacidad de adentrarte en el corazón del hombre es re almente prodigiosa.

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