martes, 5 de mayo de 2009


por culpa tuya y de los demás. No es El quien te ha dejado, sino tú a El. El sigue siendo siempre igual, aunque te lo dibujen como un demonio. No tiene, pues, razón de ser que le olvides hasta el extremo de no poder pisar una iglesia por una experiencia decepcionante. No inviertas los términos de la tesis de tu situación real.
En absoluto el “ex” debe ocasionarte ningún malestar. No es la piedrecilla que se cuela en el zapato y que te impide andar con normalidad. Yo diría que es una diminuta estrella que debe guiarte por la senda del bien. Tu pataleta me recuerda a muchos colegas de mi época de seminarista que cuando dejaron el seminario o el sacerdocio acogiéndose al criticismo kantiano para quien la sensación no es concebida ya con Leibniz como conocimiento oscuro y confuso sino como fuente de auténtico conocimiento distinto del de la razón. Nada más peligroso como fijar toda una ética y metafísica partiendo de la experiencia personal y pretender configurar una vida contraria a una sensación que no a una reflexión que te permita deslindar lo que hay de subjetividad en la decisión de dejar la Orden religiosa. Apañado estaría el hombre si su creencia dependiera de su semejante. De que la idea de Dios obedeciera a un gusto o disgusto de los sentidos. Que la teología obedeciera al capricho humano. Es decir, en absoluto tu vida puede deslizarse por la senda del fracaso vocacional. La sabiduría insinúa en estos casos que del ayer se aplique lo positivo en la nueva opción vital y se queme en el cerebro como una estopa aquello que supuso un desencanto tanto racional como humano.
De acuerdo que los contratiempos del alma son más determinantes que los del cuerpo. Determinantes por cuanto que barajan cuestiones trascendentes que al no ser asumidos en su justa medida y analizados con objetividad afecta al ser total. El alma cuando actúa no actúa unilateralmente sino que es la persona. No sucede lo mismo con el cuerpo. Pero esto obedece a la naturaleza de cada módulo con que está formado el ser humano. Un tortazo tiene su cura inmediata con un beso. Un tortazo del alma tiene una cura más compleja: requiere el perdón, la reflexión, la disculpa, el reconocimiento de la falta. Tu salida del Monasterio ha sido fruto de un tortazo del alma. En el alma anida la creencia. Esta ha sido desplazada de ti de manera brusca. Y pues en ti representa algo más que la piel, te aconsejo que sigas al pie de la letra el poema de José Mª Pemán: “Señor, yo sé de la belleza tuya, porque es igual al hueco que en mi espíritu tiene escarbada la inquietud sin paz. Te conozco, Señor, por lo que siento, que me sobra en deseo y afán. Porque el vacío de mi descontento tiene el tamaño de tu inmensidad”.
Repito le has dejado tú, no El a ti. No hay proporción entre un motivo humano y su soledad. Es a partir de ahora como mejor puedes responder con tus actos que lo que creías no estaba condicionado al mimo de la comunidad sino a una exigencia de tu creencia. No puedes decir ahora sin que te duela el corazón y se turbe el espíritu que no puedes entrar en un templo a hablar con El. Que el laicismo se imponga como respuesta a una decepción que gravita sobre acatamientos humanos de difícil comprensión religiosa. No sea que te suceda lo que canta el poeta Amado Nervo: “Cada día que pasa sin lograr que me quiera, es un día perdido. ¡Oh, Señor, no permitas, por piedad que muera sin que me haya querido! Porque, entonces, mi espíritu con su sed no saciada, con su anhelo voraz, errará dando tumbos en el aire como pájaro loco sin alivio ni paz!”
Los “exs” en el ámbito religioso tienden a dar tumbos en la vida cuando la renuncia obedece a causas extrañas. Cuando la dejación no es voluntaria y libre O dicho de otra manera, cuando obedece a una reflexión sincera y reclama una respuesta distinta que la de la vida religiosa.
Me preocupa tu “ex” no sé si lo he dicho. Por dos motivos. Uno, porque sigo pensando que es una vocación frustrada desde fuera. Y dos, porque no acabas de solventar el problema de tu creencia en la vida seglar. Y debería ser todo lo contrario, pues no todos gozan de una reflexión previa de la vida como un religioso para darle su verdadero sentido y actuar consecuentemente con ella. Dices: “no me atrae nada la iglesia, ahora procuro vivir desde la hondura del corazón y del alma una ética adecuada a la naturaleza de la persona”.a.C. falla algo. Y sabes a que me refiero. Lo que más te ha herido ha sido el transcurso vital dentro del Monasterio por una discordancia entre el ideal y el comportamiento humano. Lo que vulgarmente se conoce por hipocresía. Tampoco es así. Nadie aguanta diez, veinte años hipocritando su vida como las monjas con quien conviviste. Yo creo, y siento tener que insistir en lo mismo, que por un compromiso sagrado al articulado de la Orden han antepuesto la letra al espíritu. Con ser grave la cosa, no son ellas las culpables de verse obligadas a responder en los tiempos actuales un ideal nacido allá por los albores de la cristiandad. Y pues ellas no son sujetos de una tensión como la que viviste tú, han logrado conservar su vocación que en ti era un desatino por otra concepción de la vida más amplia y no menos generosa.
Yo no estoy por la labor de refundir de una manera drástica lo que durante siglos fue un vivero de santos. Tampoco por su conservadurismo a ultranza sabedor de que no concita vocaciones. Estoy por una reforma intermedia, donde lo básico sea una espiritualidad amable, abierta, y humana, aunque parezca esto ultimo un contrasentido. Ni en el convento ni fuera de él la santidad obliga a rechazar los bienes del Universo. Esta dicotomía religión- placer es para mí una de las debilidades de la catequesis eclesial y, por supuesto, de las ordenes religiosas, entre ellas la que viviste unos años de pubertad y juventud.
Este “ex” que llevas contigo, que forma parte de ti, que no hay ser humano que lo erradique de tu historial personal, no debes tomarlo como un grano, una peca, una gangrena, sino como un diploma inesperado que te permite ver el mundo desde balcones distintos. Y cotejar cuál de ellos te merece elegir para cumplimiento de tu vida. A veces no es un problema de elección sino de compendio de uno y otro, pues lo contrario sería caer en la doctrina maniqueísta que tanto refuerza la orden religiosa.
Tan pronto deslindes de tu decisión lo que es el proceso humano de la religión volverás a recobrar ese equilibrio psicológico que turba tu mente en estos instantes y que debes evitar para que no se convierta en algo estable. Estás en edad de romper ese nudo que te atosiga hasta el punto de “dar tumbos en el aire sin alivio ni paz”.
El caso es que estás fuera. La gente no sabe nada de tu ayer. Y aún así, un gesto, una mirada, un deje, un sentarse, un saludo, un andar, y, sobretodo, un hablar te va a delatar tu ayer. Y si esto ocurre en lo humano, en lo que aparentemente es simulable, ¿qué sucederá en el cerebro, en el alma, en el pensamiento, en el silencio de tus horas contigo misma? Es el “ex” que no

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