
Hablas de casarte, de compartir vidas. Perfecto. Sin la experiencia de ayer, el proyecto tendría otro color ritual del que te propone. De cuajo tratas de herir un corazón que además cree, y no te avienes a su enamora- miento que no sea por el rito legal. Y este fruto es del “ex” que debería ser un título, una alegría, una maduración, una propiedad, y que no acabo de saber con toda precisión por qué te lastima tanto. Esa fijación por un rostro frío como el articulado del reglamento de la Orden te persigue como un viento huracanado, llevándose todo cuanto bulle de salud el alma. Esa mirada reglamentaria de quien esperabas más dulzura y comprensión te sigue de día y de noche y cuanto tenga que ver con el sentimiento religioso te sobrecoge. Ese dedo acusándote de voluble y que pensaste que era una espada es señal que ves en todos los cruces de la calle, pero especialmente a la entrada del templo prohibiéndote entrar por pecadora. Esa llamada al despacho que creíste que era para entregarte el diploma de tu constancia y superación y que supuso un aviso de permanencia en la Orden te tiene encorsetada hasta el extremo de no querer salir de tu casa para que no te lleven a la cárcel. Empapada de temblores y sudores ante tanta acusación directa de gente entregada a la santidad te impide abrir el corazón a los demás que buscan tu confianza y que para ti es desconfianza y te escondes dentro de la caverna de tus miedos. Nada de esto puede ser consecuencia de tu “ex” donde la materia prima no tenía hábito, y que una repentina sicopatía lo ha revestido de dominación que te tiene atada de pies y manos. Así no se puede vivir, y menos sonreír, sonrisa capaz de emular un brillante amanecer o un cielo estrellado desde ese pequeño Sinaí, envidia de poetas y enamorados de la Naturaleza. Y yo quiero oírte gritar de alegría de vivir a los cuatro vientos del planeta. No tienes edad para rendirte tan pronto.
¿Qué hacer, pues, aparte del inagotable tratado de si merece o no ajustarse a un Reglamento de la Orden para superar esta crisis? Te lo dije de palabra mientras humeaba un café en la cafetería. Y más tarde, en un encuentro casual. Y cuando te fuiste huyendo de tu espacio sensible por un paisaje distinto y amado de tu tierra. Nunca me reprochaste mi consejo, pero tampoco lo has cogido convencida de que era lo mejor. Sé lo fácil que es aconsejar y lo difícil que es superar una depresión de equis tonelada en un cuerpo tan frágil, en un corazón tan herido. A lo peor no lo recuerdas. Esta es la razón de esta carta, la sublimación de tu “ex” aportándote valores vividos y malamente perdidos por un problema de neuronas. Nadie huye de la cruz para abrazarse a otra más onerosa. Nadie nace a la vida para vivir la pasión de Cristo sino para recrearse en la mañana de Pascua. Lo sabes bien. Lo has cantado muchas veces para delicia de los ojos y oídos. Has cantado con mucho sentimiento la alegría pascual. Sólo faltaba que te dieran permiso para bailar ante el atril persuadida de su contenido teológico y vital. Y si la cosa era así, ¿qué razón te asiste para que ahora no quieras saber nada que mamaste de niña?
Una prueba de que el Reglamento en que se basa el fundador de la Orden Monástica es la necesidad de una revisión psicológica cada equis tiempo. Y si esto no está contemplado en el Reglamento, por qué crees que hay que acudir a este reciclaje que no lo motive la Regla y la genes actual de sus miembros? Pero esto ya está dicho por activa y por pasiva, y empiezo a ser un tanto latoso repitiendo lo mismo.
Me importas tú. Me interesa verte con la alegría de tus primeros pasos por el convento y con esa fe reflejando un alma a la vez que sensible, espiritual. En el mundo no vas a encontrar nada que te llene en plenitud si no lo extrapolas al interior de tu ser donde todavía persiste ascuas de tu mística juvenil.
Te va a sonar a herejía. Dios te necesita (No lo interpretes al pie de la letra), como tú a El. Su presencia en absoluto altera un ápice a tus sueños de mujer, soltera o casada, madre o esposa. Antepón el “ex” con orgullo,nun- ca como un fracaso. Te ayudará a entender el mundo, la injusticia, la miseria, los continuos cachetes con que se resuelven los litigios, pero, especialmente, la vida, tu existencia, tu “yo” en toda su comprensión esencial. No sé si hoy, mañana o dentro de un año volverás a ser la novicia de los recuerdos maravillosos de tu juventud. Tampoco conviene demorar la cosa, pues si hay algo rabiosamente cierto es la contingencia de que mañana volverás a ver amanecer. Y aún en el supuesto de estar nominada a la ancianidad, esta llega a pasos de caballo desbocado. Con esta esperanza pongo fin a esta carta henchida de afecto y querencia por ti.
Es el “ex ” un freno y a la vez un motor. Según juegues con él mentalmente actuarás en consecuencia. Tú misma, por tus actos, sabrás qué sentido darle. Yo en tu caso – y puedo hablar con propiedad – asumiría el ayer como una experiencia más de la vida. Verás cómo a medida que pase el tiempo, lo que es hoy para ti un motivo de paraguas se convertirá en gafas de sol. Ojala sea así.

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