
Benavente, Palencia, Burgos y sus collares de pueblos sin gente en sus calles, de espadañas verticales, de cieno derruido, de aves lejanas me disponían a abrazar el silencio sin temores. El espíritu actúa pocas veces por si mismo, pero cuando lo hace tiene la garantía de salud y de serena quietud. Y así fue. Pero no diría toda la verdad si silenciase el trueno cerebral que supuso el primer impacto, menos fuerte que el de otros compañeros que temían ahogarse una vez cruzado el umbral del espacio disonante por el de una algodona nube preceleste. Algo así como inmerso en la batahola del televisor, una mano invisible lo apagara sin saber qué decir, qué hacer, qué contar, o lo que es lo mismo, para caer en el vacío. De todos modos he de decirle que no sentí ese efecto del apóstol Pedro para levantar una tienda para quedarse así para siempre. La tienda – léase celda- ya estaba levantada, aseada, cumplimentada. Yo mismo me extrañé de haber asumido el cambio tan brutal, habida cuenta que estrenaba una hornada de gente que iría llegando días después. La sensación del cambio se deshizo como un azucarcillo al asistir a Vísperas y operarse el aforismo del trascoro de la Catedral de Toledo: “Canta y calla”. Y entre gregoriano e incienso empezó a dilatarse por todo mi ser la poesía muda de sus instrumentos decorativos, mitad vida, mitad arte, todo en conjunto de una pureza inédita hablándome sin palabras, en silencio y a entender la nota del Tribunal de Periodismo al suspenderme después de contestar convencido de mi verdad de que no se oía el silencio porque era carencia de sonido, cuando el silencio es una palabra sin voz, sin estructura, una especie de trueno que sólo lo oye quien se abraza a él. Tiene la virtualidad de

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