
Una mañana me pregunté donde podía estar el alma receptora de lo sublime. Y no la encontraba. En cambio tenía el corazón lleno de gritos y de tonterías. Se había convertido en un baúl de juguetes rotos. Con ser un diagnóstico serio esta impulsiva manera de vivir de la sociedad, no había llegado al extremo de una urgente operación extrayendo lo maligno para volver al yo consciente de valores humanos perdidos. La cosa alcanzó signos de Apocalipsis cuando el papagayo también dejó de ser él mismo y se convirtió en un vulgar y aburrido interlocutor con tendencia a la vulgaridad, a lo que después de muchos años, se conocería por papagayo-basura. Ni bajando el botón de intensidad era posible que no ocupara el centro de la vida doméstica con su histeria crónica. Del debate científico se pasó al debate de los cerebros planos; de la música sinfónica, a la música de los instrumentos chirriadores; del divertimento al chiste soez. En fin, una mierda bien orquestada haciendo creer que con esta filosofía se acentuaba la democracia y la cultura.
Hasta que sentí lo que Bernanos:” Existen cosas que no amamos, pero que nos fascinan, Una de ellas es el silencio. El alma, pues, debería encontrarla en el silencio. En principio Plutarco me señaló con su cita donde podría encontrarme y cómo. Pero quien de verdad me señaló con el dedo el lugar donde compartir un silencio sonoro fue Jacinto Benavente, que partiendo de una frase escrita en el trascoro de la Catedral de Toledo: “Canta y calla”, deduce: “Si se habla por cualquier cosa la palabra es vana e insustancial, pero cantar supone exaltación espiritual; sólo el corazón canta. Se puede cantar sin palabras y convencer con el silencio cuando el silencio es voz del corazón”. Me estaba señalando dónde ir y cómo enamorarme del silencio convertido en armonía y belleza.
Antes de pasar el portalón de su Casa, la antesala, inmensa, plana, austera, sin horizontes que es la ancha Castilla, me adelantaba el ámbito conque

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