lunes, 11 de mayo de 2009



cual se impone una ética, una moral, una religiosidad que obligan todas ellas a ser consecuente con la conciencia humana.
A Diana le tocó vivir este tiempo de confusión en que está sumida Europa desde mediados del siglo XIX, y de un modo más radical, del siglo XX.
Una vez que la India deshace el último nudo con Europa, recobra su constante naturaleza religiosa ajena a estas innovaciones ideológicas derivadas del Modernismo. Por este tiempo surge como una estrella del firmamento la incomparable figura humana de Tagore, poeta lírico, ensayista, dramaturgo, intentando despertar en los hombres una especie de espiritualidad más allá de toda creencia determinada basada en la comprensión entre los pueblos y en el sentimiento de la igualdad humana. Asimismo, para Aurobindo “La vida espiritual debe ser, necesariamente, una vida de ascética frugalidad, una repulsa a todo lo que no sea absolutamente necesario para el mero mantenimiento del cuerpo.” Radhakrihsnan manifiesta que “La finalidad de la religión es elevarnos desde nuestro efímero provincialismo, carente de sentido, a la significación y al estado de lo eterno, transformar el caos y confusión de la vida en aquella pura e inmortal esencia que es su posibilidad ideal”. Ghandi practica la no-violencia.
El ser humano si no se preocupa de mirarse al interior resulta ser un monigote de la circunstancia histórica que le toca vivir, un pelele de la sociedad que como masa ahoga todo intento por desligarse de ella. No así el misticismo, que en la persona de Teresa de Calcuta se convierte en una preocupación por los demás, pues aun cuando el significado de los ismos conllevan un deterioro de la conciencia y del pensamiento de quien se acoge a ellos, en Teresa su testimonio muestra a las claras no estar contaminada por una concepción psicopática de la religión.
Si la nada es el resultado definitivo del hombre, analizando objetivamente el diario de una y otra vida, aplicable a otras muchas gentes, se impone el absurdo. La aceptación del absurdo facilita el caos a la hora de programar el comportamiento humano y social. Nada es inteligible y todo depende del azar. No ha lugar una escala de valores que no se ciña a la filosofía de Epicuro.
Este siglo XX ha sido un siglo maldito. Mientras en el primer Milenio los ojos de la gente miraban al cielo, en el final del II Milenio centró su preocupación mirando al ombligo. Así, pues, Diana no dejaba de ser un personaje de ensoñación contra el aburrimiento y la desesperación y la obra de Teresa de Calcuta, un sucedáneo de la teología de la Liberación, tan perseguida dialécticamente y tan afín al sentimiento cristiano. Ha sido el contraste tan diametralmente opuesto en el modo de entender la vida lo que ha originado una cierta reflexión pública la obra de Teresa de Calcuta.
Abundancia y miseria. Frivolidad e introspección. Consumismo y humanidad. Placer y dolor.
Si reparas en el crecimiento económico habido en Europa, su capacidad de resurgimiento industrial, el progreso tecnológico y nivel social con la resignación religiosa del dolor de la India, verás que su visión política e histórica revienta por todas partes una apestosa y ególatra crítica impropia de su humanismo de siglos anteriores.
El semblante desigual de una y otra mujer define la situación real del mundo. Brillante y opaco; atractivo y desgastado. Sonrisas y lágrimas. Si tuviera luces, ahora ya es tarde, quemaría todo lo que se ha escrito en esta vida, y partiendo de cero, crearía una nueva y única filosofía sobre el equilibrio. Si algo adolece la historia es la férrea dicotomía existente entre el pensamiento y la acción como dos perros rabiosos por dominar el predio sobre el otro. Esto llevado a todos los órdenes de la vida me parece un desatino.
Como te apuntaba antes, acerca de Diana y de Teresa lo que importa es el mensaje que una y otra transfieren tras la muerte. No me preguntes por qué, el caso es que muchas veces, casi siempre, siempre, la foto de una persona muerta transmite una culta lección de temas que pasan desapercibidos en vida. Es el caso de la muerte trágica de Diana. Tanto psicológica como socialmente, lo extraer- dinario de su desenlace es que responde a un estilo de vida donde impera el capricho complacido. No se puede enfrentarse a la muerte de forma y manera que intentaba Diana queriendo volar sin alas, en tanto Teresa con serena quietud trataba de superar la injusticia social, sin sermones añadidos. Al esbozar la vida de cada una de estas dos mujeres que convocan la mirada del mundo a finales del segundo milenio, se está barajando modos de entender la vida, bien desde el tejado al suelo, bien desde el tejado al cielo. En el primer caso, un resbalón puede ocasionar la muerte; en el segundo caso, la ascensión al planeta Jerusalén.
Desde el momento en que la muerte no significa nada porque desemboca en la nada, todo esfuerzo por vivir lo mejor posible no deja de ser una alabanza si no fuera que el logro por alcanzar este ideal es a costa de la esclavitud de mucha gente. Esto bajo el prisma de un positivismo ideológico, lo que no deja de ser una contra- dicción quien así piensa y actúa para sí mismo. Europa ya no siente la misma preocupación por elevar el nivel de vida a otras latitudes con la misma fuerza que sentía antes. Ningún país le atrae, una vez despojado de sus bienes y logrado un sometimiento socio-económico de total dependencia de los demás. La India es uno de esos países cuya tremenda realidad soporta dignamente por su inmersión en el mundo religioso como tabla de salvación, que no viene dado en la forma que piensa Marx al decir que es el opio del pueblo, sino desde siempre, en la abundancia y en la escasez. Desde el principio. Esta servidumbre por la religiosidad le permite a la nación asumir el dolor en silencio, pacíficamente. Pero, aun siendo así, habría que buscar la causa o causas para aceptar sin sonrojo situación tan extrema. Diana lo sabe, se ofrece, se presenta, compara, sufre y deja parte de sí misma que Teresa acepta con singular sonrisa porque reconoce que es fruto de la Providencia. Cabe pensar de tan singular visita que en el subconsciente latía un sentimiento distinto de lo que la gente presumía de ella. Pero no basta. Europa sigue dormida a la suerte de muchos países que como la India, con mujeres emulando a Teresa, se entregan incondicionales por redimir tan aguda esclavitud. Porque si es cierto que muchas jóvenes siguen el diseño de Diana, no es menos cierto que Teresa de Calcuta ha dejado una estela de seguidores por la causa.
Yo no sé si he atinado con tu propósito al desglosar a mi modo de pensar la dicotomía existente en el mundo a través de dos mujeres que se han apropiado de la historia final del siglo XX. Lo que es un pecado mortal es que el problema siga latente como si nada hubiese pasado para vergüenza de un continente que dilapida el trigo para engordar las arcas de unos cuantos piratas de la economía.
De Diana mi sorpresa consiste en su ausencia tan temprana. De Teresa, nada porque lo ha dejado todo y en abundancia. Una y otra siguen desgranando desde la muerte el insoluble problema de la justicia humana, que de espaldas a Dios, actúa interesadamente, o, dicho de otra manera, no la practica por egoísmo.
Los medios de expansión de la fama han rendido culto de forma extraordinaria a Diana, y de cumplida diplomacia a Teresa. Lo importante no es la muerte, sino la forma de morir, como si el resultado fuera distinto. Hasta en esto, la sociedad juega con dos barajas. A la princesa Diana como princesa y a Teresa de Calcuta con una velada religiosidad que la Iglesia, aún admirándola, teme que se extienda tan bella misión al margen de la autoridad eclesial caso de la Teologia de la Liberación, en donde la obediencia se resiste
al hombre y se amplía en la creencia.
Ya todo es historia olvidada, que nada dura más allá del impacto que produce el hecho. Que un día de historia equivale a un siglo de antaño. Lo que si pulula en el aire es a quien acudir como modelo al ser imposible fundir dos rostros de miradas hacia uno u otro espacio. Y en qué termina todo este guirigay del pensamiento y de la conciencia en conflicto permanente.
Se apagó una estrella y ha nacido otra. De aquí lo de lágrimas y sonrisas. La balada y la misa. El verdor de Londres y el colorido de Calcuta. Flores y rezos.
Un final de siglo XX para pensar.
Un abrazo
Félix J. Eguía

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