martes, 23 de junio de 2009

que venga en gana para usarla caprichosamente. Menos aún dictaminar unas leyes positivas contrarias a su naturaleza intrínseca. El jurista lo tiene claro: toda ley ampliando posibilidades de autodestrucción de la vida es en sí una ley injusta, lo defina o no la Constitución de cualquier país por extraña concepción filosófica o religiosa en que se mueva la comunidad humana. Que lo apruebe un país u otro en absoluto es un argumento para acompañarle. Erróneamente se considera un adelanto de la civilización lo que no lo es. Cualquier país que atente a la ley natural moral no es un país adelantado como se quiere ver, sino un país trastornado. Lo que es irracional se trata de buscar en un tercero lo que sigue siendo irracional aunque tenga el beneplácito del cien por cien del pueblo. O lo que estuvo permitido ha de permitirse en un reajuste de costumbres.
No ha lugar siquiera a una controversia científica a raíz de la definición de vida que no está supeditada a la historia ni a la razón humana al adentrarse en el misterio. La mera insinuación a disponer de ella inclusive en situación límite ya es en sí un motivo de advertencia jurídica para el que se exprese en términos ambiguos.
“Esse aut non esse, haec cuestio est”.(Hamlet) Y lo será siempre, incluso desde la misma existencia. Una vez aceptada irremisiblemente la vida, ésta ya no puede cuestionarse según las circunstancias que derivan una estancia más o menos feliz. La persona a que te refieres no deliberó la vida cuando las cosas sucedían amablemente, sino desde el dolor o debilidad orgánica para valerse por sí mismo. La mera formulación de que la vida es bella cuando discurre saludable es un planteamiento falso de la propia vida, pues conlleva el mismo potencial de sufrimiento que de bienestar y ha de respetarse hasta su conclusión natural. Nadie tiene acceso a acortar la existencia humana que no le pertenece en su totalidad. Ni por sí mismo y menos aún por terceros sin que estos no sean acusados de asesinos. Únicamente por una causa superior, como devolución al hacedor de la vida gratuita cabe exponerse a la muerte como un bien mayor.
Sólo lo propio o lo próximo reporta interés. La historia reciente de Pedro Sarmiento no es una historia nueva. El dato más novedoso es su anuncio, su seguimiento a través de los medios de comunicación social, el procedimiento definitivo de su suerte.
Precisamente días antes de recibir tu carta leía a Séneca acerca de la brevedad de la vida. Y me llamó poderosamente la atención algunos subtítulos como la adversidad, prueba del justo, el provecho de la adversidad, factores que Pedro Sarmiento no puso en juego al acordar poner fin a su vida en día y hora.
La diferencia entre eutanasia y suicidio está en el agente provocador de la muerte. En la eutanasia se contempla un suicidio y un asesinato. En el suicidio la operación empieza y acaba en uno mismo. En el primer caso puede intervenir la jurisprudencia. En el segundo caso, lamentar la desgracia. En ambos casos el desequibrio mental es evidente.
La valoración moral no depende primordialmente de los motivos exteriores del hecho, sino de la índole intrínseca de la misma. Es una usurpación del derecho sobre la vida humana reservada al creador; está, pues, absolutamente prohibida por la ley moral natural que obliga a todo hombre, e igual medida que el asesinato o el suicidio. Poetas, escritores, pensadores, iluminados, lisiados, mesiánicos, solitarios, desenamorados, por gente que nunca han entendido la vida en su justa valoración metafísica al no admitir la infelicidad como un componente de la vida natural. Y bien ante el vacío que ocupa el corazón o la sinrazón del dolor prefieren morir a enfrentarse con la realidad de la vida misma.
Ya Ortega y Gasset en su obra “El espectador” describe con la elegancia que le es propia no exenta de sencillez y de un equilibrio argumental admirable la razón del desasosiego por parte del hombre que le induce a usar la eutanasia y el suicidio como solución a una cuestión no resuelta:. Dice: “Vivimos entre antítesis. La religión se opone a la ciencia; la virtud al placer; la sensibilidad fina y estudiada al buen vivir espontáneo, la idea a la mujer, el arte al pensamiento. Alguien al ponernos en el planeta ha tenido el propósito de que sea nuestro corazón una máquina de preferir. Nos pasamos la vida eligiendo entre lo uno o lo otro. Un penoso destino. Y remata: Prefiramos no preferir. No renunciemos a gozar de lo uno y de lo otro. Cierto que no se ha resuelto todavía la antitesis. Es al hombre a quien le toca resolverlo”. Platón afirma:“ El mayor y auténtico valor por ceder a favor de un bien moral, lo manifiesta el hombre resistiendo aun en las más duras aflicciones en el puesto asignado por Dios”. Como buenos filósofos, siempre respetaron la ley moral natural por encima de la ley natural física. En Ortega y Gasset con su exposición magistral de qué se entiende por vida. En Platón, la gloria del hombre que ante el dolor se somete al puesto asignado por Dios. De aquí que no hay ser humano por muy poderoso que sea que establezca la pena de muerte – en este caso Estados Unidos merece la repulsa mundial – sin atentar al principio de la ley moral natural. La Jurisprudencia al amigarse con la causa política contradice su verdadera función al aplicar una ley contradictoria con la justicia.
Quien solicita la eutanasia sufre de desequilibrio mental. Y el que la aplica de una compasión enfermiza. Al suicida sólo resta rezar por su suerte. Si bien, a veces es causa indirecta de su resolución la sociedad en que se mueve.
¿Te preguntaste alguna vez, qué sería de la humanidad si se abriera una espita a través del derecho positivo consintiendo la eutanasia como solución al problema de los lisiados, enfermos mentales, compasión humana o simple alusión personal de morir antes de tiempo? Pues el gran peligro de la extensión criminal a muchos otros casos, así como el de la socavación de la fianza en el médico y en los parientes. Y el mismo asesino podría tener la coartada de que era lo que deseaba la víctima.
Cuando Pedro Sarmiento fue elaborando mentalmente su final con palabras aparentes de serena actitud psicológica jugaba al despiste. La inquietud del más allá tiene dos vertientes muy distintas. Una primera basada en la fe, pues el desconocimiento del estado formal después de la muerte o la suerte según la justicia divina procura al ser humano agarrarse a la vida hasta su agotamiento. Y una segunda basada en la nada, concepto de imposible asunción que obliga a amar la vida antes de no ser para siempre. Se trata, pues, de un desequilibrio

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