
martes, 23 de junio de 2009

Amigo Pepe: Al parecer la película “Mar Adentro” te ha producido un mar de confusiones y me pides mi opinión. Supongo que te referirás a la tesis que plantea la película, no a la película. Yo no la vi, pero si te refieres a la polémica ultra fronteriza que se produjo antes del fatal desenlace, y, después, a raíz de la controversia que suscitó el hecho que por otra parte no es nuevo a no ser el método, trataré de complacerte. Vaya por delante mi gratitud al confiar en mí, ya que no intuyo cuál pueda ser la razón para que me propongas tan delicada misión que como discípulo haya dejado entrever cierta propensión por estos temas sin que sirva de algo positivo a la hora de arreglar el mundo. Me asusta la ligereza con que se trata estos temas que requieren una profunda reflexión que no nazca de la mera dialéctica impulsiva sin recurrir a disciplinas que fortalezcan la argumentación a favor de una u otra tesis, pues como tu bien sabes, en una confrontación temática se empieza por cómo hacer un buen cocido, para seguidamente, sin punto y aparte, meter por medio el deporte y sin llegar al área contraria mezclar la moda con la política y ésta con la religión. Y en razón de las posibilidades bancarias, cada cual se diploma en todas las disciplinas, y además de ser lo que es, se añade la de médico, filósofo, teólogo, político, Papa, filólogo sin pasar por el esfuerzo del estudio pausado que supone a la vez un recorte en la pretensión de mejorar su posición sociológica que tiene su baremo en la aritmética. Un tema que se basa en la ley moral natural acerca de su legitimidad o no, el político no tiene acceso a imponer un juicio de valor que no tenga más trascendencia que la de una opinión cualquiera que pueda albergar una persona de la calle, máxime si parte de una condición abierta o cerrada a sus siglas, pues con esta actitud que suele ser común trastoca un hecho objetivo en una subjetividad interesada. Tampoco la iglesia ha de tomar parte en el asunto que no sea desde una perspectiva pedagógica. Ni el jurista a entrometerse en el significado moral natural. La cosa ha de examinarse con rigor desde una concepción filosófica que determine con claridad sus consecuencias. Del resultado final dependerá una legislación jurídica, moral, humana. Para ello habrá que cuidar mucho el lenguaje que obliga una cuestión tan delicada y sutil como es el derecho a morir antes de tiempo. El mero hecho de vivir tiene una altísima proporción axiomática. Se trata de una obviedad que no admite otra discusión que la poética, y de utilizar la mente, la filosófica. Y me voy a agarrar a esta disciplina para no divagar en una cuestión tan importante como es la eutanasia. “Se entiende por ley moral natural a diferencia de la ley natural física, el conjunto de las normas morales que resultan de la situación del hombre en la realidad y ligan a la totalidad de los hombres de manera radical con anterioridad a todo convenio” De esta definición extraída de un diccionario filosófico se deduce que no admite proposición alguna por sutil que sea si conlleva una alteración de comportamiento que atente al principio de la ley moral natural. Ello no quiere decir que el hombre se abstenga del estudio y de la investigación racional que hagan posible un mayor esclarecimiento del tema. Puesto que la “historicidad” no anula las formas hu - manas fundamentales, sino que únicamente las modifica, estos módulos morales no están vinculados a ninguna articulación del hombre en el espacio y en el tiempo, sino que constituyen proporciones de validez universal fundamen- talmente accesibles siempre y en todas partes a la razón humana. Esta validez y universalidad es debido a la unidad de la naturaleza humana y a la indisoluble conexión entre ser y deber” (Dic. Filosófico- Edit. Heder 1.953) Hablar de la eutanasia presupone la vida, que no es más que una fuerza misteriosa y creadora que desde siempre anega el universo, fuerza que esencialmente se sustrae a la determinación conceptual y que en todo caso se contrapone como devenir constante a la inmutabilidad del ser. Desde el momento en que no hay opción elegible para ser o no ser, existir o no existir que sobreviene del ser, nadie es señor de la vida. Ergo nadie puede hacer de ella lo
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