Quien argumenta a su favor que es un deseo libre el uso de la eutanasia se equivoca, como se equivoca quien a sabiendas del daño que le supone drogarse no hace nada por evitarlo. Y quien asesina revela una disfunción mental incuestionable. Y quien se suicida, un desajuste racional que le catapulta al desastre. Y dado que la sociedad actual ha invertido los valores de una convivencia amable, que se mueve por determinismos incongruentes, que la religión como instrumento de cercanía con el hacedor de la vida no tiene arraigo en un acusado ambiente laicista, es fácil comprender la aparente lógica de una decisión a todas luces equivocada.
Situación todavía más penosa que la de Ramón Sanpedro habita en todas partes y llega a todos los ambientes socio-familiar. El mero proyecto de eliminación a través de la eutanasia acarrearía un desastre de carácter mundial. Es el caso de la mejora de la raza o la dejación de soluciones al alcance del hombre. Prueba de lo que digo es la pavorosa imagen de pueblos cuya tierra y cielo están definidos por el hambre. Y así, lo que parece ser algo natural dentro de un nicho o de una tumba en un cuerpo muerto, se advierte en vida de niños cuya única compañía son bichos disfrutando de un cuerpo vivo y a la vez muerto para superar la miseria. ¿Por qué no utilizar la eutanasia en esos millones de niños – y de gente mayor – ante una vida exenta de lo básico? ¿No es la compasión lo que promueve la posibilidad del uso de la eutanasia para gente desahuciada? ¿A qué juega el hombre, qué pretende, qué sucia intención esconde con un debate absurdo teniendo en sus manos la solución del problema?
Tan pronto Ramón Sanpedro fue elaborando racionalmente una decisión de muerte adelantada merecía a su lado a un psiquiatra o a un psicólogo para reordenar las neuronas o rebatir en un debate su tesis, en vez de estar jugando con las cámaras de TV al morbo.
En este tema no vale de nada la autoridad política-religiosa de cuál deba ser su actitud ante la vida que no sea un psicólogo de modo y manera que al no poder valerse por sí mismo, se cometiera tan fino y público crimen a través de la eutanasia. Y nada de esto que se sepa se ha puesto en acción para divertimento de la audiencia televisiva y de otros medios de comunicación donde impérale dinero por encima de la ética natural, que no se trata de una cuestión meramente religiosa o de una ideología donde cabe todo bajo el lema de la democracia viciada desde su implantación en la realidad que no en la definición.
La diferencia entre el suicida y el que solicita la eutanasia es que el suicida nunca avisa y cuando decide acabar con la vida se llega a la conclusión de que padecía de una patología mental a veces con datos de conducta, otras, de aparente normalidad. Es el caso de muchos poetas como Gerardo de Nerval, Ángel Ganivet, Georgg Tralk, Alfonsina Storni, M Tsvetava, entre otros (Véase y léase “Antología de poetas suicidas 1.770-1.989 por José Luis Gallero. En cuanto a los que aparentan una vida de normalidad mientras se cuece en el subconsciente la idea de matarse, sirva de ejemplo un hecho real.
Verano. Huele el Bierzo a pimientos. Estreno etapa de juventud. En una capital leonesa un joven es la admiración de la gente por su cultura y educación exquisita. Es un universitario imberbe. Seis de la tarde. Hablo con él de trivialidades. Nada de lo hablado denotaba extrañeza que no fuera su última frase de que venía a despedirse. Once de la noche. Teléfono: “Javier acaba de matarse de un tiro en la sien”. Tenía ese horrible sentimiento de “nadie me quiere”. Había elegido lo que Albert Camus plantea en el mito de Sísifo si existía alguna razón para seguir viviendo. Lamento haber perdido un poema suyo describiendo el rito fúnebre desde el ataúd. Empezaba así: “Reina un silencio profundo que sólo interrumpe el lento crepitar de algunos cirios contra el suelo y el tic a.C. acompasado del reloj contra el féretro”. La burbuja del vacío en que estaba se había apoderado de él y sentía una enorme curiosidad por conocer el más allá. En estos casos la compasión no recae en el suicida sino en la familia y su entorno social. Sin un dictamen médico de locura, la iglesia rechazó el enterramiento en tierra sacra. Esto último me desagradó tanto que después de cincuenta años aun sigo dando vueltas al asunto.
Mil son las causas para hacer uso de la eutanasia. Y una sola para rechazar todas ellas. Ramón Sanpedro creía tener las mil razones, todas ellas falaces, para adelantar el tiempo de la muerte. Tenía un ventanal para contemplar el paisaje del mar y dibujar en un lienzo la primavera. Facultad de hablar con la elegancia de los clásicos en íntima compañía. Gente a su alrededor mostrando su cariño, mientras millones de personas luchan por vivir en peores circunstancias. ¿Serías capaz de figurar un mundo en el que la desdicha fuera erradicada a través de la eutanasia? No quedaría gente suficiente para incinerarlos. ¿Acaso el dolor no entra en el sistema vital como el placer? Podrás argüirme de que yo no estoy en la lista de los desahuciados. Sé de gente que se ha adelantado a otra que no se contaba con ella. Además no es verdad que no esté en la lista de los desahuciados. Si hay algo seguro en esta vida es la inseguridad de que mañana pueda ver el sol. Conviene volver al principio de la Ley moral natural para no divagar en un tema que carece de toda especulación para admitir la eutanasia siquiera en casos de extrema gravedad.
Las consecuencias que arrastraría la simple formulación permisiva de la eutanasia, por muy rígida que fuera, serian apocalípticas. Nadie puede hacer uso de lo ajeno a su antojo y menos actuar como propio. Y la vida es una propiedad condicionada a la voluntad del hacedor. Desde siempre el hombre trabajó por buscar el origen y la razón de su estancia en el mundo. Pero su origen y su meta siguen estando en el punto negro del misterio a pesar de seguir escrutando en la temática. Misterio el nacer y misterio el morir. No es extraño, pues, que se llegue a conclusiones de que la vida no vale nada y de que la muerte lo soluciona todo cuando está en juego la desdicha. El desprecio a la vida deviene del materialismo dialéctico. La disfunción armónica del compuesto sustancial del ser

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