Si el hombre no es dueño de su vida, aunque pueda actuar como si lo fuera, tampoco lo es respecto al vínculo social al que pertenece por naturaleza. Es decir que con la eutanasia amén de desvirtuar el curso de la naturaleza procuraría males mayores en el entorno socio-familiar tanto en el orden anímico como en el orden de relación humana. Me explico. O Ramón Sanpedro vivía ese slogan de “nadie-me-quiere”, - desequilibrio psicológico - o si efectivamente reconocía el sentimiento afectivo de su familia o amigos no supo corresponder a tal querencia. – egolatría -.Y si realmente no fue así, a quien propuso su deseo ¿no confiaba en ella? ¿Y qué amor se profesaban para quererse tan desigualmente?
El suicidio ya no es un extraño fenómeno que cause extrañeza. La eutanasia ya está en el cerebro de muchas personas que no soportan la vejez y por un altruismo mal enfocado prefieren morir a destiempo. Muchos están enfermos de cáncer y casi todos de depresión anímica, indiferencia a la vida, incomprensión universal de sí mismo, resonancias de amor no correspondido, dejación a la reflexión del problema interrelacional. A cualquier distanciamiento vital del entorno, se llama depresión.
Las causas de este cuadro psicodélico son muchas, pero ¿cuál es el remedio? Si las causas son muchas, cada una de ellas debe tener su receta adecuada. Ahora bien, fuera hipocresías. No se puede estar debatiendo la conveniencia o no de legalizar la eutanasia por casos puntuales, por su repercusión social del personaje, por el método original del procedimiento, en tanto el problema del hambre en el mundo no plantea tanto interés al negarse los países fuertes de la economía a superar ese congelado 0,4 a un 0,7 0,9 del PIB, actuando igual que la amiga de Ramón Sanpedro a acortar la vida, pero con dolor, con el dolor del hambre que llega a las mismas paredes del alma. Y te diré por qué. Porque la muerte de estas tres cuartas partes de la humanidad quiere vivir, en tanto que los iluminados por otro supuesto que el conocido prefieren jugar a la aventura de la muerte.
No quiero seguir, amigo Pepe, no sea que por mucho escribir al final se te haya olvidado que la eutanasia debe estar prohibida por la ley moral natural a la que espero acogerme cuando llegue mi hora de no responder a la palabra o al paisaje que me ofrecen todas las mañanas cuando despierto y todavía suscitan en mi corazón un deseo mayor por vivir.
No sé si conoces la biografía de Amiel. No es recomendable por su propensión a la tristeza, pero aún así dejó su impronta al decir que “la vida es un aprendizaje de renunciamientos progresivos – lo contrario del consumismo – de continua limitación de nuestras pretensiones – lo contrario del racionalismo – de nuestras esperanzas - contra la prevalecía de la injusticia social – de nuestras fuerzas – contra el vitalismo, de nuestra libertad – contra el liberalismo”. Lo que va escrito entre paréntesis no es de Amiel.
Chaplin dice al respecto: “La vida es maravillosa, si no se le tiene miedo”. Kant se asocia al enunciado de esta carta cuando de la definición de la ley moral natural que funde ser y deber de la siguiente manera: “Dormía y soñé que la vida era bella; desperté y advertí que la vida es deber”. “La vida, dice Santayana, no se ha hecho para comprenderla, sino para vivirla”. Unamuno es un escritor-pensador que me enamora cuando leo sus obras: “La vida no es sueño – contra Calderón – El más vigoroso tacto espiritual es la necesidad de persistencia en una u otra forma. El anhelo de extenderse en tiempo y espacio”. Trorton Wilder de haber conocido a Pedro Sarmiento le hubiera dicho lo siguiente: “La vida es una cosa ambigua, una nube flotante, algo que no es blanco ni negro, sino eternamente gris. ¿Cómo puede el hombre rechazar la ambigüedad si es una de las formas de la vida?
Hay que vigorizar el pensamiento con el pensamiento de los clásicos, que para mí no es Cervantes sino el filósofo que llega a conclusiones inexorables partiendo de premisas verdaderas. Por eso, debatir el tema con gente profana del rigor mental, es propiciar la confusión, la ambigüedad, el desorden y la posibilidad de sostener desatino tan grande como la eutanasia. Dios quiera que no se llegue a tal cosa, porque me resistiría a ir a un hospital o a beber un vaso de agua sin analizarla. Quiero ser respetuoso con quien me ha dado la posibilidad de vivir momentos maravillosos, de tener una familia cariñosa y de gozar como levanta el vuelo una gaviota u oír el canto de las olas de una playa. Ramón Sanpedro no supo apropiarse de la belleza infinita del mar que tenía junto así como el cuadro más hermoso de la creación. Con la salvedad de que el mar habla y habla siempre al oído secretos para seguir amando la vida.
Un abrazo.
FélixJ. Eguía

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