
A mí me cae muy bien Pedro. Me veo en él en muchas cosas y me ofrece confianza de tu parte. Sé en que consiste tu amistad con Pedro, en que es limpio de corazón, y que, muchas veces, sus reacciones no son actos humanos, sino del hombre que definen una psicología. Es Pedro el personaje más común de los mortales que creen en Ti y desfallecen a primeras de cambio. Pero para alcanzar tan sentida amistad también hay que saber llorar y corregirse y ser receptivo a los enviones del Espíritu.¡Qué sería de la humanidad si te hubieses rodeado de gente pudiente política y socialmente! Ahora serías mitificado como un dios griego o romano, lo contrario de Ti.
El Pontífice del Sanedrín sólo tiene potestad para remitir un certificado de que eres un impostor. Lo que se conoce por juicio de valor, muy frecuente en la jerarquía de la Iglesia sin confesión por medio, a través de la cual reconoce interiormente lo que el confesor desconoce. Lo de rasgarse las vestiduras es una expresión directa y solemne de que miente. Pero carece de poder político y lo que empieza a ser una voz en el pueblo de reo de muerte le compite al poder político. A Pilatos.
Esta abrazadera entre el poder confesional y político es un ente que despista a gente sencilla que cree en Ti. Se trata de asegurar puestos de privilegio concertando un pacto de no agresión mutua. Así que tu presencia ante Pilatos sólo difiere del Sanedrín en el decorado. A Pilatos le preocupa menos tu presencia que al Pontifico. No tienes ejército. En su día dejaste claro que al César hay que darle lo que es del César y a Dios lo que es Dios, y ello no compromete su puesto. Y con un cierto temor de conciencia, al grito de la chusma de que fuera crucificado, hizo mutis por la tribuna asegurando su simpatía política. Sanedrín y Roma se fundieron en un abrazo.
No quiero detenerme, Señor, en la parodia de rey de los judíos. El escarnio, la mofa, la sinrazón humana, la injusticia, el dolo, el descrédito, el masoquismo, la burla, la insensibilidad, segunda corona de espinas, esta en el alma. ¿Era necesario sufrir de este modo? ¿No era suficiente con llevarle a la cruz y morir en ella? Y como Hijo del Dios vivo, consustancial con el Padre y el Espíritu, ¿No se vieron afectados la Trinidad de personas? La gente se pregunta con frecuencia ¿dónde estaba Dios en esta o aquella desgracia? Tú eras consciente en Getsemaní de la prueba. Sudabas sangre antes de que te apretaran la corona de espinas. Hay quien afirma que vacilaste a la hora de ser entregado. En todas las mínimas debilidades, la iglesia quiere justificar tu humanidad que luego irrumpe neronariamente para que sea fustigada por ser fuente de todo pecado del hombre.
Simón de Cirene estaba entre la multitud. Tu fragilidad era mucha y el camino al Gólgota largo. Nadie se ofreció a aliviar el peso del madero. A Cirene le importaba un bledo lo que estaba ocurriendo. Para evitar su cruz, aceptó la tuya, para él menos comprometida. Y de tu compañía contrajo una amistad para siempre. La burla se consumió tras el fuerte grito y muerte.
No acabo de entender tu sentimiento de abandono por parte del Padre cuando te diriges a El en instante tan supremo y sabido desde todos los tiempos. Cuando te retiraste a Getsemaní tuviste visión de este momento crucial de la historia humana y sudabas sangre. Hay episodios de tu vida como si la unión hipostática se alejara de Ti y fueses hombre de pecado, sujeto de temores y debilidades de todo ser humano. Y otros episodios, donde la humanidad dejara paso a la divinidad y tu revelación de Hijo de Dios fuera más concluyente. Me resisto a creer que la cosa fuera así, y que todo Tu intervino en la obra salvífica, respetando del hombre sus leyes y de Dios su grandeza.
Que todo este juego de pontífices y gobernantes con tu humanidad preocupaba, son las medidas de protección ante el anuncio de tu resurrección al tercer día. Tus seguidores de la iglesia no tienen espacio para almacenar tanto comentario escrito sobre la cruz, y qué poco sobre la resurrección.
La esencia, el nervio, lo fundamental de toda la revelación de tu parte se centra en esta mañana de luz. Juegas para mejor comprensión de los misterios con la luz de forma prodigiosa. En la cruz, el cielo se entenebró. No quiso herir tus pupilas muy castigadas. En la resurrección, el sol ensancho su obesidad hasta iluminar cielos y tierra. Luz y noche compone una medida del tiempo. Muerte y resurrección, un mismo tiempo. Sin este corolario, toda tu vida no dejaría de ser un mito triste y aburrido. Con esta revelación, redondeas cuál deba ser la vida del hombre y su destino. En cuerpo y alma. “No me toques”, es toda una síntesis de que el cuerpo con el alma supone la resurrección del yo glorioso. Lo que era Adán en el pensamiento de tu Padre. Lo que será el hombre por tu mediación redentora. De todos modos, sigues siendo un ser poco acogido. La misma Iglesia se preocupa más del Padre que de Ti. Cuando habla de Ti., habla de lo que hiciste, no de lo que comprometes al hombre. Tu presencia ha dado un vuelco a la vida humana que incordia, salvo los que inmersos en el dolor y en la miseria tratan de cursar y de alimentarse de la esperanza, en Ti consumada para siempre. Sin Ti, los avisos divinos eran más confusos a la hora de llevar a cabo un método de vida complaciente; contigo, no son avisos, son testimonios irrefutables de comportamiento humano. La creencia en Ti implica una catarsis mental y una disposición real de imitación aproximada de tu diseño vital.
No sé si esta carta tiene mucho sentido, pero pocas veces me he sentido tan bien rememorando un tiempo de tu vida que sigue siendo tan actual como lo será después de miles de años. Lo tuyo es invariable. Tu palabra carece de múltiple significación, porque en Ti la palabra eres Tú mismo en los hechos que, a su vez, son irrefutables,
Esta carta. Señor, no tiene despedida. La leeré de nuevo cuando no me hablen de Ti y tenga necesidad el alma por encontrar la luz necesaria que revierte de tu glorificación. Por el balance de mi vida, tienes aquí a un Tomás escéptico que encuentra tus llagas y tu corazón cada vez que me alimento de Ti. A veces me sorprendes, y aun no teniendo la casa adecentada, mi necesidad sigue siendo la del leproso, la del lunático, la del paralítico que han encontrado la salud desde la hondura de su corazón y fe.
Félix J. Eguía

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