
Aún no conozco la causa de que a Dios se encuentra en el silencio, a no ser que me apropie de una frase de Balzac para quien el silencio es una de las formas del infinito. También que el sosiego y la paz amiguen con el silencio. Nunca creí que necesitaría del silencio como el pez del agua. Le digo esto, señor, porque mi vida siempre giró como un trompo loco que no sabía como pararse. Desde siempre para mí el ruido era música, romería, mareo, serpentinas, una batalla de flores, si bien, acabada la feria, no sabría definir el extraño sentimiento interior que no sea valiéndome de un símil ya conocido del circo durante el montaje y despedida.
Cuando digo silencio no me refiero a la mudez, sino al ámbito con todo lo que le rodea. Un aleteo de pájaros, el vals de las olas de una playa: un tango en una pista de baile, un concierto de animales domésticos; los olores fuertes de un establo, el marco sencillo de un pueblo, el mismo canto gregoriano, son instrumentos vivificantes al alma, pero sin ruidos por medio.
Pocos han peleado tanto contra el silencio como yo. Unos, porque no se planteaban dicha cuestión; otros, porque se habían adaptado prontamente a vivir con él. Lo mío tenía una fuerte dosis de filosofía. En este aspecto simpatizaba más con tales de Mileto o Heráclito que con Parménides. Al menos esto es lo que yo creía. Y así actuaba. Y muy orgullosamente.
En el silencio yo no veía a nadie ni nadie me hablaba al oído. Era como la muerte misma, y yo tenía muchas cosas que contar fuera de mí. Llegada la noche, dormía seguido hasta el toque de la campana adelantándose al canto del gallo que todavía no era su hora.
No entendía el silencio impuesto como tabla de salvación que no fuera el recreo, pero era tan corto de tiempo que apenas podía vaciar parte de lo que sentía. Había más de disciplina militar que condición para la santidad. Los introspectivos asemejaban a estatuas andantes. Me sugerían más las estatuas de piedra y mármol de la ciudad que estos trapenses espurios.
Quiero dejar claro que yo no huía del silencio, simplemente que en la opción me sentía mejor en la feria que en un cementerio. Al intensificar la emoción me veía en la tesitura del poeta Gabriel y Galán: “Hay momentos en la vida, en que callar no es posible, el hombre se hace sensible y hablar es toda salida”. El término momentos lo suplía con el adverbio siempre. No siempre acertaban los superiores en el cocimiento disciplinario. No dejaba de ser el expiatorio de muchos.
Tanto sabio en la dirección de la comunidad no hubo quien me dijera al oído el pensamiento de Plutarco de que aprendemos a hablar de los hombres y a callar de los dioses, O que me citara a Mauriac para quien el silencio era una felicidad a la que sucumbía siempre.
Cuando se implantó la televisión en nuestro país no todos podían comprar el aparato de la imagen a chorro, cosa que no sucedía con la radio, compañera de los años de soltería. Quien más o quien menos tenía una cafetería cercana a su domicilio, punto de encuentro del vecindario para ver los programas. Cuando eran dos o tres, la televisión se ponía en un tono confidencial, pero al pasar de cinco, subía el tono de la tele y al final nadie oía nada y se iba a casa a dormir con la cabeza llena de grillos. Y como siempre había más de cinco seguía el ruido en sueños.
Lo que al principio parecía un descanso largo, una reunión gratificante, un desahogo coloquial, se convirtió en una guerra de nervios. La solución estaba bien clara, amarrarse a la compra de un televisor a plazos y a gozar libremente en casa sin tanto agobio. Además, tener un televisor era un distintivo de clase social pudiente que tanto envanece como lo es ahora un automóvil último modelo o una segunda vivienda rural.
Y compré un papagayo en blanco y negro. Luego, otro en colores. En casa se oía más al loro que a las personas. En casa la voz cantante era la de la cacatúa. Todos alrededor de la cotorra. Era un ruido con imágenes desplazando los libros, la conversación personal, el silencio, la creatividad mental. El contagio fue bestial. La sociedad se movía uniforme. Se repetía el parloteo del papagayo. La imaginación había decrecido. Me sentía mal, porque quería decir muchas cosas, editar libros, narrar historias, promover el corazón, y como si se tratara de un

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