
Yo había venido aquí sin propósito de visitar la necrópolis, Fue al verte en el portalón y recibir tu invitación, que para mí es un mandato, cuando decidí entrar para oxigenar el alma.
Tengo la impresión de que estás hecho de semillas de muertos que se resisten a dejar este mundo. Todos nacen contigo y tú acoges a todos. Te dejas ver antes que una torre, campanario o veleta en pueblos donde domina la piedra tallada y la orografía es plana. También sé que tiendes a desaparecer si de verdad eres fruto de cenizas de muertos, al ser sustituido la incineración en tierra por la combustión. Tampoco me disgusta este lugar de reflexión excepcional, en el que tú eres prólogo.
Simbolizas con tu solemne semblante el rostro sereno de los que se han ido como si hubiesen tomado posesión de un sueño amoroso y deseado. Sueles ubicarte a una distancia prudente avisando a tiempo el recuerdo y el afecto de gente amada. Y de gente admirada. Y de gente anónima.
Y mientras revivo lo que ya no es posible que no sea en la memoria, tú rezas al cielo elevándote hasta rozar los pliegues de la Luna. Siempre estás sosegado, inclusive en tiempo de tempestad. Se relajan los ojos al verte y esponjas la pena hasta hacerla tuya. En la noche, callas, y al amanecer, pareces salido del baño y grato a los sentidos. No obstante, la filosofía existencial está fuera de ti, porque deviene de la muerte que se ciñe en un punto concreto del camposanto.
Hay dos silencios que suenan como tambores de guerra: el silencio de un templo vacío de gente y el silencio de una necrópolis. En el primer caso se produce una fusión mística que desplaza al hombre de su planeta y lo sublima. En el segundo caso, reduce a gusano su prepotencia.
Tan pronto piso suelo de muertos se forman remolinos de recuerdos, muchos de ellos por vía refleja y de extraña composición. Y siguiendo tu consejo, me descalzo.
Si bien tenía un lugar fijo, un nombre y una data que visitar, leo en el frontispicio de un panteón el apellido de una familia de renombre social en la localidad. Y me detuve. Anímicamente no era familia de relación, pero la fecha del óbito me fijó en un tiempo y ese tiempo me ofreció un decorado que nada tenía que ver con esta familia. Se trataba de un barrio acogedor y estético que por intereses creados es hoy un callejón indecente al no penetrar la luz solar por la altura de edificios informes. Consecuencia de aquella foto primera, revivió el primer amor, sin definición, sin besos, sin un átomo erótico, no exento de fantasía y deseo de encuentro.
Al principio no me pareció que tuviera mucho sentido causa y efecto sin una causa común. Confronté una y otra data y tenían de común la inauguración del panteón con la muerte de esta chiquilla, en 1943, en que Mussolini era derrocado por el rey Víctor Manuel. A mí este hecho no me decía nada, pues contaba con diez años y en esta época empezaba a tener uso de razón.
Mi experiencia a visitar cementerios con o sin chándal, de paso que hacía un recado, nunca previa reflexión, y lo digo como su fuera un axioma, no es posible sustentar recuerdos concretos. Bien el nombre, bien la fecha, ya sea por una foto, ya sea por un conocido, por la posición durmiente de todos los mortales en una fosa ante una tumba, o panteón, al intentar entrar en contacto con él, procura recuerdos colaterales con el tiempo, lugar, clima cual si se tratara de una romería.. Hay un algo entre ellos que vincula una memoria con otra, sin que esta tenga otra conexión que no sea la muerte.
Y me dirigí a visitar el nicho de esa chica que había muerto a los doce años y que estaba al otro lado del cementerio, en un hoyo cubierto por una lápida gastada por lunas y mareas dificultando la lectura de su nombre y fecha. Y como si me viera y yo a ella, le dije: ¡cómo pasa el tiempo! También lo dice un anciano a los ochenta años de edad. La madre cuando se le casa un hijo. El cuarentón que le cuesta ligar con jóvenes. El político cuando culmina una legislación. Cuando se recibe un aviso bancario. A la vuelta de un viaje de novios. Menos los enfermos, todos dicen lo mismo. Y cuado se tarda un tiempo en visitar a un familiar y uno se da cuenta que han pasado tres, cinco años, cuando el óbito en el corazón parece que sucedió ayer.
En ese pequeño recorrido pude leer 7, 21, 85, 43,1, 58, 22. Es el cementerio un libro abierto a todas las edades, y yo entre ellos. Se trata de una aritmética, en este caso, trascendente. Esta danza de tan variado ritmo es frecuente bailarlo cada vez que se adentra en un mundo de fuertes silencios que no deja de transmitir mensajes de todos los estilos. Con los panteones suntuosos desde fuera transfieren recuerdos más históricos que intimistas. Ante un mausoleo el flash es más sonoro. A los muertos en la guerra civil. Al presidente de una nación. Encarnando a personajes de la realeza. A la memoria del soldado desconocido. Es una curiosidad extraña, fría hasta que llegando al propositillo, caso de no ser un monumento, el diálogo se torna más familiar.
Pues bien, al reavivar sentimientos dormidos, tal vez por edad similar, como quien juega a la pelota vasca, me devolvió al recuerdo a un chaval tierno y amable como no conocí nunca. Era un chico de gente adinerada. Antes robé una flor de un ramo inmenso malamente colocado ante un nicho próximo y la dejé en su tumba.
El panteón de este chaval, alumno mío, lo estrenó él Por más que me esforzaba por verle quieto y dormido era imposible. Los muertos no son como estatuas silenciosas. Hablan y hablan desde su estancia desconocida deseando conectar con la vida humana que había sido creada inmortal. Al no tratar de cosas prosaicas, el diálogo se torna espeso e ilustrado provocando una especie de levitación a la altura de ellos para tener un bis a bis intimal.
Entonces la vespa al lado de un ciclomotor era una moto de carreras. Aquella mañana, por la radio, se comentaba la revolución de los claveles en 1.974. Una canción de José Alfonso, “Grandola, vela morena”, prohibida hasta ahora, parecía haberse convertido en el santo y seña de los militares sublevados. La canción era muy pegadiza al tiempo que excitante. Pues bien, minutos antes de ser atropellado por un tranvía, me había ofrecido con una sonrisa un hasta luego de quince años del hecho. Lo normal es que los mausoleos los estrene el cabeza de familia, los abuelos, el anciano de la casa, menos en este caso. Tenía este chico catorce años, los mismos que tenía yo cuando ingresé en el seminario. La relación profesor- alumno me catapultó a mis tiempos de estudiante, y acto seguido me acerqué donde estaban enterrados bastantes profesores míos. La mayoría eran canónigos y doctores en distintas disciplinas. Estoy hablando del año 1.948, en el que un treinta de enero era asesinado Mahatma Ghandi, de honda repercusión en la India, y olvidada memoria en Europa con motivo de las Olimpiadas.
Se dice que los que van a morir, en el tiempo de una respiración se filma toda una vida. Algo semejante acontece cuando se visita a los muertos, pues en el tiempo de leer en las lápidas nombres y apellidos de mis profesores había vivido diez años de mi vida seminarística. Diez años de peleas dialécticas, castigos y alabanzas de desigual peso, abundando lo primero, retos de vanidad tanto deportivo como intelectual, sorpresas académicas, todo un rosario de sentimientos cruzados.
No es lugar de aclarar desacuerdos. De matizar diferencias. Una tumba, un panteón, un nicho engendra acritud, temor, inquietud, por el contrario, deriva de esta silenciosa comunicación un deseo de ser mejor, una desgana por ser más rico, un propósito de conversión interior, una velada catarsis a la hora de enfocar la vida.
Sin dejar de pasear por los claustros, de recorrer las aulas, de verles a todos revestidos en una misa pontifical, también me suscitaba esta visita de sotanas y bonetes un sentimiento reservado por pudor, forzando una decisión para salir del laberinto en que me encontraba.
Al entrar en el cementerio, mi intención primera era visitar el nicho de mis padres, y no fue así. Los curas estaban enterrados en un terreno en forma de cuadrilátero y sin saber cómo me vi dentro de un tiempo con dificultad para combinar sentimiento con ideal. El ideal me prohibía el sentimiento y éste atacaba el ideal. Para mí eran dos energías que podían pasear cogidos de la mano sino fuera por un adoctrinamiento pueril pero de consecuencias graves desviarse de su contenido. Lo que no podía creer era que de un recinto de sotanas desgatadas a mayor ritmo que los huesos derivara una data tan contraria al proyecto de vida meridianamente definida. Tenía nombre y estaba de espaldas del recinto eclesial.
Era ella una anciana, vecina mía. Hoy sería en vez de anciana y una señora mayor. Cuarenta años hacía que había sido enterrada. El sepulcro estaba casi desecho. En una cruz de madera de pino una inscripción a mano y una data carcomida por vientos y lluvias. Pude leer con dificultad su nombre. Y de nuevo la memoria fijó su descanso en el mismo barrio anterior. Cumplía doce años y aun cuando no es una edad para plantearse temas de filosofía y de teología que no tienen nada que ver con el

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