La piedra humana de la iglesia tiene arrugas, muchas arrugas. Tantas como las que puedes encontrar en un Asilo de ancianos. Por eso, cuando una joven decide entrar en un Monasterio o participa activamente en la renovación eclesial produce efectos fascinantes.Te aclaro que la ancianidad es un tiempo del ser humano que a mí me estimula latidos amables y me causa un respeto imponente. Espero que entiendas la metáfora.
Tu presencia resaltaba el marco monacal. Y humano, también. Cierto que te asistían unos pliegues gratos a los ojos. Figura, rostro, expresión, modos. Sin embargo, esto no causaría extrañeza si contigo hubiera, diez, doce, quince más, como sucede en un certamen de belleza sin que cause gran expectación.
Cuando vas por un camino y ves un campo de margaritas, estas facilitan el paseo. Pero si en un recodo de ese camino despunta una margarita de entre abrojos, el efecto que origina es más impactante. Y pues no es su lugar común, ni le acompaña otra igual, acabas por arrancarla y llevártela para colocarla en un búcaro del salón de la casa, y si no, la dejas previa conversación con ella Yo tengo hecho muchas veces ambas cosas.
Pues bien, este mismo efecto me lo producía al visitar una iglesia y encontrarme en ella a una joven sentada en un banco cualquiera del interior del templo. Y si era guapa, más aún. Y más aún, si vestía con clase. Y si al salir portaba un bolso de piel y taconeaba, mucho más. No sé si te extrañará el relato de esta sensación tan gratificante. Aclaro. Por supuesto que un tropiezo de esta naturaleza genera la misma impresión en la calle o en una cafetería, pero te hablo de una emoción más allá de la pura estética. Lo extraño es decidirse por un diálogo en ese banco de madera sin prejuicios amoroso.
Tu estampa albergaba una esperanza mutante tanto ornamental como vital. Y me acordaba de Juan Pablo II en su peregrinaje planetario concitando a la juventud y asumiendo de ella su vitalidad reavivando su naturaleza humana y psicológica. Y es que, al ritmo de los tiempos modernos, los templos sufren del mismo mal que las librerías. Ciudades con seis, diez, veinte librerías entonces son hoy, seis, diez, veinte bares, bocaterías, pufes. Matizo. No es que puedan convertirse en estos centros de distracción dada la dimensión y finalidad y valor artístico de los templos, aunque estarás de acuerdo conmigo que ya se utilizan como odeones, puntos de encuentro turístico, galerías de arte.
Ahora bien, este sentimiento papal, no deja de ser eso, un sentimiento. Si de verdad reconociese su necesidad y urgencia imprimir nueva sabia, debería empezar por refrescar la Curia y otros estamentos relacionados con la marcha de la iglesia.
La naturaleza humana cuando llega a una edad madura no está disponible al cambio. Asentada en una acomodación mental le asusta en gran manera ajustarse a la evolución socio-política religiosa de la humanidad. Y si es cierto que dada la naturaleza fundacional de la iglesia hay principios dogmáticos que no pueden alterarse por una simple empatía con la sociedad, está en la obligación de renovarse, y esta renovación radica no tanto en una cuestión estética cuanto en la energía mental de la juventud. Puede que de momento no adivines la intención de lo que te digo. No tengas prisa. Yo creo que sí la tiene cuando este proceso lo extrapole a tu comunidad monacal, que no a la ancianidad que merece un sagrado respeto y mimo.
Tu ingreso en la orden monacal se produjo por cercanía de vecindad, por un favorable ecosistema rural y a una edad temprana.l.Cuando se abraza una vocación religiosa, pocas veces es fruto de una convicción, casi siempre se debe a un conjunto de factores externos y a un concepto idealista de la vida. A veces,a una complacencia con la soledad. Hay más de ensoñación que de vocación. Nada que achacar a estas fuentes de encuentro con la mística. Son válidas todas ellas. Su duración dependerá de la consistencia que tengan. .Me explico. Es difícil saber si el ingreso al sacerdocio o a la vida monástica obedece a una llamada del Espíritu. Y si la hay habrá que esperar a que se confirme en el tiempo.
Quisiera centrar en esta carta la valoración del “ex” que en principio significa “fuera de “,”desde”. En latín esta preposición abarca casi todos los significados de las demás preposiciones. En la vida sólo tiene una significación: “lo que fue y no es”, salvo excepciones como cuando decimos “ex cátedra”, con rotundidad, firmeza, determinación, sin dejar por eso la concomitancia con su significación original al pronunciarse por otro ,o sea, fuera de sí mismo Por eso, cuando se cuela en la vida de una persona un “ex” no se puede hablar de esa persona en presente sino en pasado, porque el “ex” es el resultado de un ayer que no tiene nada que ver con el hoy. Si bien conviene precisar que no siendo presente lo que fue en pasado no exista una correlación vital, y en el orden psicológico, más. Tal es así, que, a veces, hay que acudir al “ex” para justificar, aclarar ciertas actitudes en la vida. Y es que, si filosóficamente está delimitado el ayer, el hoy y el mañana, estas tres medidas del tiempo conforman una unidad en el orden existencial que se llama edad, vida. O lo que es lo mismo: el hoy lo engendra el ayer que, a su vez, tiende al mañana.
Es el caso que, dejando de lado juegos gramaticales, tu presencia en el monasterio le daba un sello temporal moderno. Intuía algo extraño en tus movimientos. Por una parte, tus modos y maneras se ajustaban a las leyes de la liturgia. Por otra parte, una expresividad distinta, más abierta, espontánea, ingenua.No es que exista una contradicción en uno y otro proceder a los ojos humanos, aunque requiere un seguimiento por razones que te expondré más adelante.
La vida religiosa como la vida profana tiene mil formas de expresarse y mil maneras de ejercerla. Por tanto a nadie debe parecer mal que haya tantas órdenes religiosas, unas abiertas más que otras, y estas otras mas cerradas que otras.
Una orden religiosa fundada en el siglo V, VI, X o XV, génesis de muchos santos, no tiene razón de ser en el si-glo XX o XXI si el estatuto no se ha adecuado a los tiempos.
Es fácil atribuir a una concepción laicista de la vida la merma de vocaciones. La iglesia no cesa de apuntar a factores externos un mal endémico que no provenga de ella. La culpa de una situación concreta desfavorable la tiene el pueblo. Nunca se examinan a sí mismos los que

No hay comentarios:
Publicar un comentario