martes, 5 de mayo de 2009


pilotan la barca.
Habría que preguntarles a los santos fundadores si hilvanarían un traje de vida desde la óptica modernista como el que confeccionaron en su tiempo. Y si no les parecería antinatural aplicar una normativa creada en un tiempo que no tiene parejo con el actual.
Cuando ingresaste en la orden, pasaste a ser la niña pequeña del convento. La chica guapa que canta como los ángeles y oculta un precioso cuerpo enamorante con una anchurosa falda hasta los pies. No discuto el despliegue de sensibilidad de la comunidad por hacerte feliz. Pero tan pronto el baile de tus pensamientos diferían del de la comunidad; tus gestos, los tuyos, soltaban gotas de modernidad; tu opinión, la tuya, la propia, despedía un aroma distinto al pensamiento lineal y plano de la comunidad, hubo que acudir, como en los tiempos de la Inquisición, al dogma estatutario del fundador. La confesión pública de un desliz; la puntualidad escrupulosa; la mordaza por respuesta; la docilidad del cordero; la marginación de toda opinión personal no dejaba de ser unos grilletes impidiendo ser una misma en conciencia y libertad. Las sectas se mueven también con estos parámetros, más por retener a un presunto miembro en ella que por expulsar su presencia.
No sé si recuerdas mi aviso a quien compartía contigo tu juventud, tu tiempo, tu carácter, tu concordancia vital. La dicotomía era patente, menos clara al exterior, punzante dentro de las paredes. Decía así: “Sólo hay un libro indiscutible, una biografía que enamora, un reglamento sugeridor de la belleza humana; la sinrazón de la razón, el todo comprensible, la explicación de tu estancia en la comunidad, se llama Evangelio”. A partir de otra referencia habría que meditar qué beneficios aportaría una puesta a punto del reglamento monacal, salvo aquello que implica un orden real de convivencia. Lo que está por discutir es la porfía de un proyecto de vida que con pequeñas modificaciones podría multiplicar la vocación monacal. Y salvaguardar la autonomía de la novicia sin otro jardín secreto que no sea el de ella con Dios.
Intuyo la causa de tu salida nocturna cual ladrón “in fraganti”. El drama interior que sufriste para abandonar no sólo el Monasterio, sino, también, toda vinculación religiosa.
Tú sabes por mis libros, por charlas informales, por carta, el decurso de mi vida. En cuanto al resultado, igual que la tuya. No así en el proceso que en ti fue una rabieta del corazón, en tanto que en mí fue una liberación consciente y argumentada.
Dos son los temas centrales de esta carta. Una primera, esbozada en cuartillas anteriores sobre la incongruencia en insistir que la vida monacal ha de ser la que está predicha allá por los primeros siglos del cristianismo, cuando todo el mundo sabe que la psicología generacional, en razón de la circunstancia histórica, genéticamente es distinta. Y el resultado de tu “ex” Y no es que haya que trocar verdades por simpatías sociables, sino formas de lenguaje, de interpretacion, de ajuste, de amplitud intencional del estatuto o reglamento fundacional de la Orden.
Al saludarte “querida ex” tu rostro y tu vestimenta son otro. El “ex”, incluso para quien ignore tu ayer, va a tener una connotación irreversible en tu nuevo giro vita. Y por mucho que trates de olvidar, aunque no fuera más que por el subconsciente, tus pasos, palabras y proyectos estarán siempre mezclados con tu pasado para bien o para mal. Es lo que define una vocación religiosa de otra de tipo profesional o artístico. No es que imprima carácter, pero suele ser medular en el proceso de la vida.
El hecho de que mi primer tema haya sido tu renuncia a una vocación que todavía sustenta tu visión de la vida, por contraria que sea, obedece a mi saludo epistolar. Asimismo, a un interés por solventar un espectro de la iglesia descorazonador, al porfiar en su inmovilismo por temor a alterar lo que cree que es esencia cuando en realidad es contingencia. Toda la historia de la iglesia, salvo aquello que la define como divina, es contingente. Me refiero, claro está, al trato, expresión y justeza a la evolución de la sociedad que como humana que es tambien sufre en todos los ámbitos de la vida. Basta apuntar cuál sería el lenguaje, la parábola, la ilustración del amor, si la revelación de Dios al hombre se efectuara en tiempo de tu ingreso en el Monasterio. Prueba de ello es que a partir del medioevo, las nuevas órdenes religiosas fundadas acentúan más la actividad que el misticismo.
Aquí no se trata de culpar a nadie, ni a ti, mucho menos. Acaso a un ente abstracto cual pueda ser la pasividad de quien terquea que nada es mudable al aplicar a una fórmula de vida una sustancia que no soporta alterabilidad alguna. Y por ley natural, los mayores mueren antes que los jóvenes, y los mayores que hoy ocupan los monasterios son tan escasos que, antes de que seas mayor, podrás ver con tus propios ojos la cirugía estética de los conventos por un parador, museo, maná turístico. El argumento de que brotarán nuevas comunidades religiosas a tenor de los tiempos (la mística es tan necesaria como el apostolado) sería falaz si ello debiera a una cerrazón del carácter inmutable que tiene el Reglamento fundacional como si se tratara de un dogma.
Voy a intentar, no sé si lo lograré, dar por zanjado este tema para adentrarme definitivamente en las consecuencias del “ ex” que te acompaña como un apellido, un estigma por opuesta que sea tu vida a partir de tu salida del Monasterio. Incluso para mí, que por más que intento desplazarte al mundo real, me es imposible desligarte de esas notas externas que definen la clase de orden monástica. Es un zigzagueo que quisiera como tú desde el interior superar para siempre.
De suyo has buscado un medio nuevo de vida sin que haya resuelto el temblor de tus pensamientos que todavía aletean en tu cerebro que sigue mimando la soledad que dejaste. Incrementas la duda cual bola de nieve rodando por la ladera de un monte nevado. Cambias la dulzura por el anatema de todo lo sacro. Mantienes la rabieta por algo que deseabas cumplir hasta el final y que por motivos triviales has tenido que renunciar para siempre. Te asusta la posibilidad del retorno. Temblor, duda, anatema, rabieta, susto, no son un bagaje adecuado para recobrar el equilibrio que por un tiempo acariciaste en el Monasterio y perdiste en él. Todo esto es el “ex”.
Esta pegatina del “ex” te va a seguir hasta la muerte, aunque decidas mañana ser bailarina, reportera, soldado. Por lo tanto has de procurar que no sea un estorbo en tu nueva proyección de vida.
Hay una tendencia natural cuando las cosas no van como una quiere culpar a Dios de todos los males, sabiendo como sabes que en El la bondad es un atributo esencial definidor de su esencia divina. Mientras eras su novia le adorabas. Le adorabas por lo que era independientemente de lo que pudieras observar a tu alrededor. Tú no te has ido del Monasterio por culpa suya sino

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