
Era una mujer de pocos encantos que no fueran sus ojos verdes y grandes como lunas. Utilizaba los trabajos más humildes de su casa como el cuento de la cenicienta por culpa de dos brujas que tenía como hermanas. Ella era dueña de un tercio del chalet con finca y jardín incluidos. Ocupaban ellas el bajo, y la parte alta mi familia. Mis travesuras consistían en apoderarme de lo ajeno que por otra parte tenía en abundancia. Hablo de flores y de frutos. Cuando ella me cogía “in fraganti”, me devolvía una sonrisa. Sentía una deliciosa afectividad por ella.
A las cinco fue su entierro. Se comentaba que había muerto de una apoplejía. Yo creo que murió de tristeza. Se detuvo el coche fúnebre ante el portalón del chalet. Metieron el ataúd a hombros de no sé quienes. Se produjo el cortejo. Un mónago con una cruz; Un cura musitando unos latines. El coche fúnebre y un perro. El perro de la casa. Y nadie más. Ni siquiera un familiar mío. Y calle abajo la incineraron en el ligar en que me encuentro. Ocho de agosto de 1.945- Al día siguiente, Hiroshima y Nagasaki también eran incinerados por la bomba atómica, inclusive los perros. Quedaba todo tan lejos, tan fuertes eran las fronteras, tan sibilina la dictadura, que nada importaba que no fuera lo propio.
Y recé por ella. Me hubiera gustado como prueba de aprecio retocar el tálamo, pero no lo hice. De ella no queda nada en el planeta, ni el chalet de que era dueña, ni memoria de familia que era virgen.
Miré al reloj. Hacía quince minutos que había entrado en el camposanto y casi toda mi vida en el recuerdo. Esta complicidad del tiempo y la eternidad tiene su magia. Yo era el tiempo, el ciprés era el tiempo, las ganas de beber era el tiempo, y las flores que había en todas partes oliendo a muerto. Ellos, la eternidad. Tenía que ajustarme a su estancia para entender sus mensajes que me llegaban de todas partes.
Cumplida mi misión que acabó con la bomba atómica sobre dos ciudades japonesas, dirigí mis pasos al nicho principal del corazón. Alguien me detuvo en el recuerdo. Leyendo la lápida me era desconocida, nombre, apellidos, data. No así la foto de esta joven universitaria que tan pronto me fijé en su mirada guardaba una gran similitud con una actriz de ojos grandes y sonrisa suave que ocupaba el centro de mi fantasía durante mis años de estudios. Y le dediqué dos minutos preguntando a ella ¿a qué se debía su invitación si no entraba en el juego de mis sentimientos vitales. Una señora se quedó mirándome y me contestó por su hija: ¿Vd. dio clase a mi hija? No lo sé. No, no es esta, sino a su hermana. Puede ser, señora. Es que no se parecen en nada. Y acto seguido se puso a limpiar el cristal y a colocarle unas flores.
Como esta señora, diez, cien, mil. La higiene, la estética, la afectividad va más allá del hogar y se dedican a acicalar el recuadro de sus seres queridos con mimo y fidelidad dignos de admiración.
Deduje de esta pausa mi tesis de que aun no habiendo un familiar en el cementerio, no por eso uno se siente extraño en él, y todos abrazan a aquel que tiene memoria para ellos a través de un rezo o simple curiosidad por conocer su hábitat
más allá de un recinto determinado.
Saludé a la señora. Envié saludos a mi exalumna, me apropie de los ojos de la foto y detuve ante el nicho de mi familia.
Mi tendencia a visitar camposantos viene de chaval y las iglesias de los pueblos todavía antes, a los tres años, cuando la imaginería y las luces abundaban en ellos. Más teologal era mi entrada en las iglesias, de mayor. Hoy, es una necesidad de relajación mental, de reencuentro con la creencia, un modo de entender la vida más allá del deseo prosaico.
No hay extrañeza en la pausa ante un nicho familiar. Al menos, en mí. Tan arraigada idea de que viven no necesito visitarles para seguir recordándoles, y cuando lo hago, universalizo la plegaria en nombre de los míos.
Papá y mamá siguen juntos. El anuncio evangélico de que en la otra vida serán como ángeles y el juramento de matrimonio se diluye como un azucarcillo hasta no quedar nada de él. Lo serán al final de los tiempos, pero yo no puedo desvincularlos mientras viva y sentirles como lo que fueron, mis progenitores. Fue aquí cuando viví una experiencia inaudita.
El caso es que asistí a la inhumación. Extrajeron del nicho una caja blanda, sucia, estropeada, todavía cerrada, floja, cayendo a los lados tablillas carcomidas. Lo bello fue cuando al levantar la tapa, todavía se podía ver su silueta, un pelo rojizo rematando el rostro, y en posición dormida sin carne por medio, vacío el perímetro facial, salvo los huesos de las piernas, toda ella como si estuviera modelada por brisas. Ya lo era en vida mi encantadora dama, dejando en cada uno de los dieciséis partos su fortaleza femenina que nunca supe en qué fibra del ser se ubica tanta energía, tanta fuerza, tanta capacidad de llevar la cruz como si no la tuviere al creerse que se trata de un madero para hombres fornidos. Una estampa preciosa, asumida su ausencia en un agosto de sol abrasador. Al final, igual que reyes y zares, actrices y modelos, ricos y pobres, guerreros y tuberculosos, como las fichas del ajedrez, quedó todo reducido a unos huesos como referentes de una existencia entregada a los demás. Del fugaz e

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