Pasé rápido la película de fotos y tanto sus rostros como sus nombres me volvieron a sentarme en muchas butacas de muchos cines y, posiblemente, en “gallinero” – parte alta de un cine formado por bancos de madera, sin un atisbo de ornato, billete barato y escondite perfecto para no ser delatado por humanos y ángeles vigilantes de la pureza- Luego me detuve a verlas recreándome en ellas.
En la titulación hay un término que me obligó ir al diccionario sabiendo que no era una voz española/latina y no aparece como tal. Acudo a otros medios y elegí esta definición común en todas las estrellas del cine de un tiempo dado: “Encanto sensual que fascina”. También me atrae como explicación al efecto que producía verlas en pantalla sin recurrir a artilugios artificiales – al porno – la siguiente definición: “La capacidad mágica oculta del espíritu”. A simple vista parece una definición pedante, pero como no escribo nada pensando en lo que pueda pensar otros sino yo, ni sentimientos que no sean los míos, entiendo que se ajusta a esa especie de retención temporal de un deseo de participar en sus vidas, y que , a veces , dura toda una vida aunque platónicamente.
Por ese tiempo, el brillo de estas diosas del cine era más potente en mi país al cerrarse todas las celosías de visión sin vulnerar algunas disposiciones políticas y censura religiosa. Por consiguiente, doméstica. Potente en sus consecuencia psicológicas que con el tiempo se convertían en obsesivas. Un ejemplo. No sé quien en la película “Mambo” estaba calificada con un 3R, al borde del infierno que era el 4. Aproveché una escapada – no había por qué, -pues ya era mayor de edad – para ir al “gallinero”, a oscuras y salir antes del Thed” para que no me viera nadie. Durante la película el corazón retumbaba, no latía, retumbaba de miedos: boom. Boom, boom y el tridente del demonio corriendo tras de mí. Pues bien, ciertamente el baile del mambo era – y es - sensual, la canción también – me refiero a la voz - y el movimiento de Silvana Mangano, curvilíneo, sinuoso. Curvilíneo por las curvas del cuerpo de la actriz Silvana Mangano y sinuoso por “insinuante”, escabroso, o lo que es lo mismo, una invitación al placer. Salí del cine sin saber por qué 3R. Pasado unos años más, latente todavía el morbo no descifrado que obligaba a una censura severa, era la insinuación sensual. Gilda, por Rita Hayworth.
Todas las que entran en la relación y alguna más por mi parte son actrices que durante dos décadas han ocupado el centro de atención del séptimo arte.Juntamente con la calidad de la película es de destacar ese “glamour“o “encanto sensual que fascina”. Que fascina, (hechiza, hipnotiza, sugestiona, capta, magnetiza) El efecto fascinante implica intensidad y perdurabilidad. La iglesia era inquisicional en este aspecto; un gesto, un muslo, un ceñido, un beso (entonces no se insinuaba siquiera dormir en la misma cama), un pasaje de seducción, eran corrientes demoníacas atrapando las almas a la hoguera. Como gobierno e iglesia eran amigos inesperables, lo que era una advertencia eclesiástica se convertía en una disposición gubernativa. Y viceversa. La protección familiar era exagerada. Así, pues, no se podía hablar de política, de teología que no fuera el catecismo del P. Astete , ni de sexo. En esta materia, ni de pensamiento.
Estos apuntes de un tiempo pasado viene a colación por el término de” fascinante” que producía un enamoramiento platónico a la vez que una rebelión de los sentidos.
No todas las actrices de este email han tenido un influjo de igual grado. Una Jean Simons difiere de Lauren Bacall. Una Pier Angeli de Rita Hayworth, en dibujo, en presentación, en seducción, pero hay un sello común en el concepto glamour que es su encanto femenino. Se podrá decir que es una cualidad propia de la mujer. De acuerdo, pero de lo que se trata aquí es de especificar el hechizo que una generación de actrices ha vertido como belleza y arte dramático. Un glamour, por otra parte, con una estética generalizada en la moda que luego Europa copiaba sin remisión.
Al email le acompaña dos mensajes: “Glamour de estrellas cine en tiempo en que no éramos abuelos”, y que trato de señalar discrecionalmente. Y otro por parte del remitente: ¿Quién no se ha enamorado alguna vez de estas estrellas”. El verbo enamorar es de significación múltiple. Cierto que por un tiempo la memoria de esa actriz ocupaba el centro de atención tanto mental como del corazón, pero no con deseos de posesión que no fuera en otra mujer parecida a ella. De algún modo, esa actriz lo que ofrecía era un modelo, un estilo, una forma de ser, de la novia a la hora de elegir. En tanto que como “encanto sensual que fascina” marcaba una resolución autocomplaciente como medio de relajación y solución definitiva a la obsesión.
El desfile pelicular de estas estrellas podría dividirse en dos partes: Modelos de exuberancia somática y modelos de amable complacencia. Y es por esta razón por lo que digo que por glamour también debe entenderse esa segunda definición que no se admite actualmente: “La capacidad mágica oculta del espíritu”. (Caso Audrey Hepburn)
Hay algunas actrices que la historia las ha olvidado inmerecidamente.
Que pronto pasaron al olvido. Si bien no todas han entrado en “mi casa” por su magnetismo, ni una sola me es ajena a mi época de juventud. Este es el regalo mas preciado de estrellas “fijas” que nunca dejan de brillar o se alejan de su encuadre del firmamento ni cuando sale el sol en primavera o llueve en invierno, porque nunca duermen.

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