martes, 26 de mayo de 2009


irrepetible diseño, me despedí con una canción en el alma. Al recordar este último saludo, no puedo por menos que sentir una variante más de la poesía femenina y materna.
Era mi padre un amante de la palabra justa y adecuada, muy respetuoso con el lenguaje. Para nada me hizo mención de la guerra civil. Una guerra, siempre injusta, tiene su preámbulo y su epílogo. Tampoco mostré curiosidad por saberlo. En las guerras ya se sabe, buenos y malos. Y pues la nuestra tenía la bendición episcopal, habían ganado los buenos. De niño es fácil comprender esto. Luego, a medida que se va creciendo, quien no crea que sea una aberración, no tiene bien colocadas las neuronas.
Traigo a colación este apunte la visión no lejana de un monumento a los caídos por Dios y por España que no falta en ninguna necrópolis o en las paredes exteriores del templo con nombres y apellidos. Tal vez sea la referencia que menos suscita en mí un comentario. Posiblemente porque no haya nadie con mi apellido. Pero esto mismo no me pasa cuando al entrar en un cementerio cualquiera asoma a los ojos los datos del óbito. Si sobrepasa los ochenta años, me parece natural. A los cincuenta ya crea un cierto desasosiego, pero cuando son jóvenes me crispo. Los niños, por aquello que están en el cielo, y hacia él tiende toda criatura humana, me producen regocijo interno, pues de ser de la misma carne pensaría otra cosa, sentiría otra cosa. Tal vez, ni filosofaría.
Estos cambios obedecen a la ciega comparación aritmética. Leo, ochenta años. Pienso me quedan 37. Leo 55 años, pienso me quedan dos. Leo, 26 años. Pienso ya le he superado en 27. Leo, dos años. Y no pienso en nada, porque tan lejos me queda uno como el otro. Y en la lejanía no se puede afirmar si son dalias o amapolas.
Precisamente a mi padre le debo su mensaje: Que no hay libro de la sabiduría más excelente que este lugar. Porque enseña a vivir, a ser distinto de como se es. “El como se es” es lo contrario a como se debiera ser. Tal es así, que yo mismo noto una leve catarsis cuando de nuevo me veo en la vorágine de la vida urbana que poco a poco me envuelve en una nube amenazando tormenta.
Han pasado muchos años y si bien la vida social se reduce a un puñado de gente, pasear entre hipogeos y nichos, panteones y sepulcros, se tiene todo el historial del pueblo, de la urbe, y la sola lectura de sus apellidos pasan a formar parte de una familia más amplia, pero sin sitio en la mesa para compartir pan.
En un ángulo del cementerio hay una puerta de bronce entreabierta. Conforme se entra, aparece a los ojos un solar herbáceo que más de un empresario de la construcción le encantaría invertir dinero para levantar edificios urbanos. El aspecto es ceniciento. Es el gran sepulcro de todos los que han muerto y no son cristianos. Falso, porque son todos ellos protestantes. Posiblemente dignos de ser beatificados. En el Juicio Final se verá el temblor de la sentencia izquierda o derecha.
Así que me senté en un pedrusco y antes de hablar con ellos, memorizo la historia de aquel joven poeta que vino a mi casa para despedirse. Verano. Ama a una joven que no le corresponde. Ha escrito un bello poema profético. Yo no sé nada del drama que anida en el corazón. No me sugiere su destino y nos damos la mano. Son las doce y media de la noche. Están los campos del Bierzo llenos de vida. Una orquesta toca música para todas las edades. La joven baila con un nuevo novio. El paga su consumición. Se aleja del lugar. Se pega un tiro. Muere. Al día siguiente, se discute si debe ser incinerado en el cementerio sacro o no. Este no acoge a gente suicida, laica, de agnósticos. No son muchos, pero estos ya han sido penados por la iglesia. Nadan tiene que esperar al Juicio Final. A mí me impresionó al principio. Luego me hice mayor y hoy, para mí, Stalin, Hitler, Indira Ghandi, Juan XXIII, deben ser acogidos sin distinción religiosa bajo el mismo techo, en la misma tierra, con igual respeto por extraña confesión de fe que hayan tenido. Dios es el. Dios de Isaac, de Abrahán, de Moisés, de toda criatura humana.
Casualmente no pasó por allí el capellán que es del Opus Dei. Aquí, en esta vida, la cruz, la espada, Camino, El Capital, la Luna, en nombre de Dios son la misma cosa para lastimarle y lastimar al prójimo. En el nombre de Dios se ha cometido más barbaridades que en el nombre de Lucifer. Y negar a mi amigo que se había suicidado por amor a una joven que fuera incinerado en el camposanto, revela un desajuste religioso y mental grave.
Sin la fiebre de un Centro Comercial, hay movimiento en el Cementerio. Precisamente, ahora, entra el cortejo fúnebre que a mí me causa una cierta desazón litúrgicamente hablando, aunque mi primera pregunta es más trivial. ¿Hasta qué punto tiene sentido que lo que va a ser ceniza, envuelva la tierra, tape un nicho los ataúdes sean una especie de barómetro del nivel social? Y otra pregunta más en la misma línea que la anterior. ¿Qué vergüenza es esa que lo que debería ser un desnudo integral o, al menos un ritual ordinario, exista una larga clasificación de modelos si en este lugar todos son iguales? Mi familiaridad con estas cosas viene de niño. Por suerte, como algo genético, mi aptitud por separar el trigo de la paja no ha supuesto merma de la fe. Posiblemente, en un momento dado haya surgido la chispa de la sinrazón, pero no más allá de ese tiempo del impacto que permite por su efecto que siga analizando la cosa.
Mientras el cortejo fúnebre se detenía en la capilla del camposanto, salí del recinto con todos los protestantes muertos en una oración única, breve, sencilla, aprendida de niño.

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