martes, 26 de mayo de 2009


Hay mañanas que sin dejar de sudar, la dedico a visitar otros pequeños cementerios donde hay gente conocida esperando mi visita. Como en donde me encuentro ahora, sin la más mínima estética que no sea el rostro de esta mujer de treinta y tres años, más bella que la más bella actriz del cine universal. Soy consciente que nada queda de ella que no sea restos de un cuerpo sugerente en vida. Nadie se fija ante una tumba buscando el nuevo dibujo esparcido por tierra o injertado en el ciprés para abrigo de pájaros, nidos vivientes del mundo de las aves que tanta belleza derraman con su plumaje y su canto celeste. El diseño del muerto es el mismo que en vida. Y de esa vida, el más excitante que permite su memoria. Digo esto, porque habiendo compartido con esta mujer mantel y baile, fue en una pista pequeña de una cafetería donde el brillo de sus ojos me impedían verla que no fuera transfigurada. La causa de este dibujo lo produjo un juego de luces y un instante de íntima conexión de almas sin que alterara el orden de mis sentimientos amorosos.
Una persona que no me debe nada, de la que tal vez sea yo deudor de ella te ofrezca lo mejor de sus bienes, imprime una afectividad distinta que si es por mero protocolo. El protocolo no deja paso a la espontaneidad. Agrada, pero no enciende emociones íntimas. Es un juego que tiene unas normas que impiden que la relación sea natural, abierta, familiar, magnánima.
En este pequeño, revuelto recinto en que me encuentro no conozco a nadie que no sea a ella. Y por ella,- el muerto nunca habla por sí mismo sino que socializa el sentimiento - hago familia generalizada de toda la gente en el rezo.
Tengo la impresión de que están como atados de pies y manos y que están esperando una plegaria para volar como los ángeles, aunque mi memoria es incapaz de verlos sin una naturaleza a través de la cual fue posible la amistad, el diálogo, el afecto, la palabra. Matizo este efecto de comunicarme con la persona de que es recíproca la comunión: por mi parte, espiritual; por parte de la persona, humana. Extraña inversión ésta entre vivos y muertos.
Que la lectura de esta carta tenga un tiempo, es mucho más breve en la realidad. Y decidí visitar otro camposanto más coqueto, más arreglado, más acogedor, donde en un mismo nicho están tres familiares. Así como en el cementerio de la dama de imborrable recuerdo por el trasvase de sentimientos limpios es como una pequeña cárcel que invita a salir de ella lo antes posible a no ser que se haga una extracción mental y se centre la visita de bis a bis, como así es, en este otro, por su alta ubicación se divisa un paisaje similar al que Satanás ofreció a Cristo si le adorare. Es decir, se está bien. Matizo, para el que va a hacer una visita agrandando las ideas que puedan derivarse de este encuentro. Además, resaltan varios cipreses que lo adornan, cosa que no tiene ningún ciprés donde está enterrada la bella dama de los treinta y tres años.
En este nicho hay mucha vida sentida. La filmación es variada según asome al recuerdo una u otra persona, pero sin que por eso pierda unidad, pues se trata de la misma vida compartida de distinta manera, en tiempos distintos, pero única vida.
De todo lo dicho, se puede entender una cierta perversión este bien estar en un camposanto. No se trata de eso; tampoco creo que sea saludable pasar el día aquí. Ahora bien, si como decía al principio oxigena el alma, conviene atenderla como se merece.
Aquí la gente se ha adelantado a buscar el mejor sitio. El mejor sitio es el que mira al mar que no deja de ser una infinitud a los ojos humanos. Es de los pocos cementerios donde no hay un mausoleo al ser zona de labradío y gente anónima.
Hay una especie de asiento de piedra que mira al mar azul. Por una vez la memoria y el intelecto se avienen a un mismo acto. Y reparo en la cita de T. Campbell “Vivir en el corazón de los que dejamos detrás de nosotros no es morir”. Y es que en cierto modo resucitan y comparten la misma vida que se opera en esta singular cita donde se cruzan los sentimientos de uno y otro lado del continente humano. Y pues las aguas de la bahía están quietas, memoro a Rabindranat Tagore “Como un mar alrededor de la soleada vida de la vida, la muerte canta noche y día su canción sin fin”. Este bello pensamiento lo es todavía más al contacto de esta gente que se torna dormida y despierta a la pisada de un pájaro en el recinto.
Tiene razón Confucio cuando dice que si no se conoce la vida menos se puede conocer la muerte. La diferencia está en que hay mucho ruido y poco silencio para adentrarse en ella, en tanto que en el silencio de un claustro, a la sombra de un ciprés, sentado en esta piedra en que me encuentro ahora se intuye qué es la vida cuando transita por el valle de la muerte.
Recuerdo haber tenido en mis manos un libro en el que un autor que no recuerdo su apellido apuntaba que no basta pensar en la muerte, sino que se debe tenerla siempre delante. Entonces la vida se hace más solemne, más importante, más fecunda, más alegre. Esto explica la sabiduría de que hablaba mi padre que es, pensar, hablar, pasear, acudir a este templo de silencios sonantes.



Félix J. Eguía

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