
recuerdos del ayer
Vivía en Los Caños, en el llamado “Chalet Moro”. El tranvía paraba delante mismo del Edificio “Artes y Oficios” donde impartían clase de todo. A mí me atraía la taquigrafía. Por supuesto, esperaba siempre a que se detuviera para bajar tranquilamente. Un día quise imitar a gente que se tiraba o cogia el tranvía en marcha, pero no me había fijado cómo lo hacían. Así que, aquella mañana de invierno, segundos antes del frenazo, salté a la calle y me di de morros contra el suelo. Traté de que no se enteraran en casa. En ese día “del morro”aprendí a tirarme en marcha no de frente sino de espaldas.
El 24 de Mayo, fiesta de Mariah Auxiliadora, patrona de los Salesianos, mi hermana y yo hicimos la 1ª comunión., en la actual iglesia de los Salesianos. Aunque no se había sugerido la misa de espalda a los fieles, el altar estaba fijo en el sitio de hoy y el pavimento todavía no se había terminado de colocar. No había nada, todo era blanco, baldosas, ara, paredes y una luz solar ampliando el vacío. La pr4sencia del Sr. Obispo de Tuy, Fray José López Ortiz, ocupaba el centro de mi mirada. No hubo banquete, no hubo jaleo social. Obligaba la edad. No creo que mamá fuera feliz ese día al no poder llenarnos de cosas, que amor le sobraba. Por la tarde, en P. Sanz, mi padre nos invitó a mi hermana y a mí a un buen chocolate. Era famosa la chocolatería ubicada en el centro de la ciudad. De súbito sentí un dolor tremendo. Era un cólico cuyo origen se desconocía. Un taxi era un lujo. Bajamos hasta Colón, subimos al tranvía, hubo gente que me dejó espacio para poder extenderme y a los pocos minutos estaba en casa. Ese día el tranvía hizo de ambulancia. No fue una tontería. Dios me debe tres meses más de vida. Espero que lo haya fijado ya.
El tranvía humanista, era el tranvía que me dejaba en la misma estación de Canido. Verano. Los chalets los ocupaba los empresarios conserveros y alguno que otro entroncado con la diplomacia. Y puestos de relieve de la administración. Pagaban bien las clases. Había apellidos que valoraban el estilo, la seriedad, la pedagogía, y recrecían la paga estipulada. Por suerte, el chaletero circundaba prácticamente la estación de Canido y me permitía enlazar un portal con otro. Todavía suena en mis oídos apellidos ocupando los mausoleos de la necrópolis. Sin el tranvía no hubiera sido posible latinizar a aquellos alumnos ni ganar dinero para asistir a los estrenos cinematográficos el sábado en el Cine Fraga,
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Con una simpatía singular me esperaba en un chalet, subiendo la amplia calle de M.Olivié un pequeñajo con una sonrisa de pies a cabeza. Me llamaba profe. Como el calor era muy fuerte en Julio y Agosto me tenía preparado un zumo. Era una clase de charla, de respuestas a preguntas de niño, de conocimientos básicos. Se trataba de una familia querida en la ciudad. Su amistad venia de antaño. Para mí era un triple placer: encuentro, dinero y zumo. Le había cogido cariño al chaval. Trece años en esa época era como ocho actual. A las 5, como un buen torero, estaba en punto en el chalet. A las seis volvía a casa. Poco después me comunican que había muerto en un accidente al ser prensado por dos tranvías en dirección contraria y en curva cerrada. Iba el chaval en vespa. Iba hacia la gloria. Le lloré como si fuese una parte de mí y no le olvidé jamás.
No,no, la culpa no fue de los tranviarios. Hay quien propuso eliminar este medio de locomoción urbana que imprime una estética envidiable en las ciudades en las que todavía el demonio de la tecnología no ha impuesto su drástica ley. Si alguien pensó que el coche era más seguro que el tranvía para evitar accidentes igual no lo puede contar porque ha sido víctima del mismo.
Cuando se logró en el ámbito laboral un horario con media hora libre para comer y salir a las 4,30 de la tarde, sin el tranvía no sería posible comer en casa y volver dentro del tiempo estipulado (30 minutos). Estoy convencido de que hoy en coche o en taxi no me dejaría espacio para cumplimentar un horario tan prieto. Era el 3 y el 9. Reconozco que emulaba a Pedrin, el amigo de Roberto Alcázar cogiéndolo en marcha. Como el tramo, no era largor, aunque era cuesta arriba, incluso no le daba tiempo al revisor “revisar” el tike de pago, había que utilizarlo. Y durante dos años pude salvar este disparate de horario de trabajo, producto del sudor mental entre empresarios y sindicatos, dos bichos tan repugnantes como las cucarachas.
Tengo memoria dos momentos tan contrarios como el día y la noche con la cosa del tranvía. Fue mi coche deportivo para gozar con mi familia de la playa de Patos, en un tiempo en que una casa de comidas tenia espacio para dos personas y siempre estaba libre, por lo que disfrutamos mucho de su cocina. Se cogia el tranvía – el más largo – frente al Cine Fraga, y nos dejaba a los pies de los pinos, casi un bosque, hoy piedra por todas partes. Esto durante dos años; y una tarde dominguera que quise coger el tranvía a Balaidos, y a la altura de Plaza Fdo. El Católico, no se me ocurrió otra cosa que pasar por delante del tranvía – lo más peligroso, incluso parado – y un coche me rozo la gabardina. Se ve que el ángel me empujó lo justo para no ser atropellado. Entre este susto y el triunfo del equipo visitante me dejaron “grogy”. Desde entonces no pisé más Balaidos.

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