domingo, 24 de mayo de 2009



Cuando regreso de mi estancia de ese paraíso que se llama Silos, no quiero ver la televisión, pero la enciendo. Al encenderla, noto el mismo efecto que cuando niño robaba lo que no me pertenecía y sentía necesidad de confesarme. La gente se engaña presumiendo que su voluntad es superior al imperio de la imagen y luego, en la conversación, me repite el parte informativo y la noticia basura repetida hasta la saciedad. Desde mediados del siglo pasado en que este bicho multicolor se introdujo en los hogares, en las cafeterías, no recuerdo una conversación sobre los astros, sobre el alma, sobre la lírica, sobre el hombre y sobre Dios. Y si surge, porque hay alguien que siente necesidad de ello, ha de ser a gritos, que por donde se esté la televisión impone su decibelio aunque nadie le preste atención.
Una vuelta al neo-clasicismo sería una solución para devolver la calma a esta sociedad del móvil como voz cantante, del conjunto brutal como la mejor sinfonía, de la gasolina como el mejor ungüento, del grito como compañía frustrante. Es, pues, menester mi agradecimiento a Vd. y a Vds. la acogida que me prestan para por unos días retomar mi estancia en el mundo sin necesidad de sesiones de psiquiatría.
El silencio no sólo existe sino que resuena como un trueno sin alterar para nada la serena quietud del alma creada en silencio.
Un cordial saludo a Vd.- y a Vds.

Félix J. Eguia

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