miércoles, 22 de abril de 2009

Quisiera`
desplazarme de vuestro coqueto
jardin biológico,
de arrugas y canas
cual ensortijado mirto
dibujando
la preciosa postal que contemplan mis ojos.

Ni emerger
del profundo pozo del latido íntimo,
surtidor
de esta luz crepuscular,
utopía soñada
por el club de los poetas amadores de la vida.


Fija el proyector de la memoria
la foto
de vuestra boda nupcial
como un instante de oro del vivir.


El brillo de los aros..
La blanca nube del vestido nupcial.
El traje del apuesto caballero, emulando al pavo real.
La vena musical del Mendelsson.
La liturgia sacral.
El granizo de arroz a la salida del templo.
La foto principal.
La tarta de orfebrería culinaria.
El bolero sensual.
La creencia de no saberse mayores nunca al grito pasional.

Es rito que se itera al atardecer de vuestros
cuerpos abuelos,
y cuyos rayos de sol de invierno alumbran
lo justo
para revivir un nuevo enamoramiento
con la sabiduria
que imprime la vejez,
obra maestra de vuestro paso por el tiempo.


Si la vida no es un significado,
sólo deseo.
Si nada es bello y todo una fantasía para el sabio
y polvo y flor una misma cosa,
pienso que
si el valor de la existencia no consiste
tanto en sus horas de excitación como en los plácidos intervalos
del espíritu,
repiquen las campanas a gloria, ahora,
y
mañana, comienzo del infinito.


Ojalá ningún dios os conceda la gracia
de volver a la cuna,
retardando vuestra presencia a la divina asamblea
de las almas
donde la mirada mutua de dos enamorados
conforma un verso celeste.


Acabada la obra de arte del vivir juntos,
quiero cantar
la gloria
de revivir vuestra juventud en los hijos y en los nietos.

Hoy la liturgia despliega módulos nuevos
traducidos
en el paso lento, en la mirada tierna,
en la rugosa piel,
en la respiración espesa,
asomos notorios de un próximo
nacimiento
al origen del ser, cual dos pájaros etéreos.



Alegraos de vuestra senectud,
signo bíblico
de alegría,
según el canon de vuestro comportamiento.


Ser abuelos
no implica arrugas en el alma
que se extasía
contemplando cómo crece la hierba
y
las truchas saltando en un rio travieso
o
memorando
el estribillo de Romeo y Julieta con un “te quiero”
o
paseando del brazo cual mágica muleta
para uno y otro cuerpo
o
refunfuñando
al ladear la mirada al plumaje colorista de un jilguero
con deseo.


La mutua querencia
de dos almas, fundidas en la senectud
no deja de ser
un precioso florilegio de poemas,
un privilegio
reservado
a los que siendo de barro supieron embriagarse de las estrellas.


Senectud es vida larga, un tiempo supremo.
Una espadaña.
Bóveda.
Final de un soneto.
Síntesis de una filosofía acabada
y
de la teologia de la esperanza, su comienzo.
Plenitud.
Uva madura.
Corona del tiempo.



que ya no gozáis de la bravura del toro.
De la gacela, su celeridad.
Del orador, el verbo fácil.
De la premura sexual en otro tiempo habido,
su excitación.
A pesar de todo,
no permitais que os llamen viejos,
pensionistas,
ni siquiera por los nietos.



Sois
el dibujo natural
de la última ráfaga del viento
que
este poeta adora
como adora su obra cuando acaba un verso.

A través de las celosías de vuestros ojos
intuyo
un mundo más sereno.
Como si el alma
Igual, ahora, que de niño travieso,
me hablara
con un lenguaje más sutil, mejor hecho,
más astral,
más angélico
bosquejando un croquis del vivir
no satisfecho
ni cuando la pasión era un fuego inmenso.


Sois
el reflejo del destino final del hombre.
La tesis
de un tiempo que amiga con la luz primera
del universo.

¡Maldito aquel que confunda la senectud con un trasto viejo.
No merece llegar tan lejos!




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