lunes, 20 de abril de 2009

Quiero hacer una pausa larga y respetuosa. Resulta que en 1.829 has de recurrir al cuaderno para sostener una conversación. Tu sordera ya no admite el trueno, la detonación de una bomba, el grito de tu gente próxima. Te quedan ochos años de vida. A partir de ahora has de recurrir al recuerdo, al alma que no necesita de sentidos. Tu mirada es el todo y lo que veías te disgustaba. Lo reflejabas en el rostro. De depender de la visión tus obras serían patéticas. Te resistes, no obstante, a perder tu sello inconfundible de interiorización, y surge el milagro de tu obra cumbre la Missa Solemnis donde la súplica, la alabanza, el dogma, Jerusalén y el perdón tienen su adecuada y solemne expresividad convirtiendo la oración en arte y el arte en oración. Y pienso si es necesario sufrir para merecer tanta belleza como el “Claro de Luna”, sonata, para expresar los sentimientos que inspiraba a la joven Giulietta Guicciardi, de una gran profundidad y, posiblemente, y de tu sordera para regalarnos el “Benedictus” de una finura angélica. Te lo dijo Teresa Malfatti: “Para ti, pobre Beethoven, la felicidad que viene de fuera es completamente imposible. Debes crearte todo en ti mismo, ya que sólo en el mundo ideal encontrarás amigos” y añado, la inspiración. Con estos antecedentes ¿a quien puede gustar tu obra si no quiere pensar, si rechaza creer, si provocas misterios, si alertas lo
vulgar?
Por si la sordera te aislaba del mundo real., se suma una dolencia pulmonar. Su edición lo tuviste que festejar desde la tumba. Y por una vez, parece que hay que morir antes - el todo mundo musical se inclinó delante de tu magnifica obra que superó a su tiempo con paso de gigante y rindió a su manos, según el editor Schott, el tributo de veneración que se te debía. Y correcto con tu conciencia no tienes inconveniente alguno en manifestar al archiduque tu complacencia y que si bien en Palestrina; Bach y Haendel habías encontrado un verdadero valor artístico, que tu máximo objetivo seguía siendo “la libertad, el progreso en el mundo del arte como en toda la gran creación”.
La muerte avisa, no sé cómo y de qué manera, pero avisa. Una premonición, una catarsis espiritual, una enfoque distinto de la vida, un deseo inédito por lo trascendental, una relajación psicológica sin motivo. Yo no creo que tu sordera fuera una advertencia tan seria, aunque la dolencia pulmonar por su gravedad te enviara mensajes de un mundo nuevo, ideal por el que venías caminando dejando en cada paso la impronta de tu arte inigualable. Esa gimnasia diaria al interior del ser y esa floración de tu creatividad que nada tenía que ver con la realidad del mundo tampoco debió provocar en ti una tormenta de sentimientos cruzados, si no sería imposible dejar para el final dos de las mejores creaciones musicales, o más, pues a la producción en Si bemol Mayor opus 97 y a la Missa Solemnis habría que añadir como poco la grandiosa obra de la historia de la música europea como es la sinfonía numero 9.
Leo y leo, y me exaspera que críticos e historiadores comenten la obra vinculada a una concepción política, a un cambio de mentalidad litúrgica, a una deficiente salud, o por el método comparativo. Tu mismo, antes de que se produjera un torrente de juicios su puesta en escena, le hiciste e saber al archiduque Rodolfo tu respeto por la música sacra mencionando a Palestrina, Haendel y Bach, pero que querías dejar libremente tu huella. Luego la crítica debería centrarse si la huella es perenne, o efímera, si merece atención o dejar que una ola de mar la borre.
No es extraño que te acompañara la naturaleza en tu agonía. Cuando empecé a admirarte no quise condicionar mi querencia que no emanara de tu obra, del placer de escucharte. La noventa sinfonía es un preludio a tu visión de Europa pero sobre todo a tu espíritu de reconciliación reflejada en un pensamiento tuyo hecho palabra: “No reconozco otro signo de superioridad que la bondad. Donde quiera que la encuentro allí está mi hogar”.
Con esta carta, señor, quiero hacer justicia de tu inmensa aportación al espíritu del hombre con tu magistral obra musical. Con preferencias, por supuesto, a un reducido número de conciertos para piano y orquesta, para orquesta y violín, para piano, violín y violonchelo. Y tu Misa solemne en la que evidencias una creencia sólida desde el Kyrie cuya breve introducían orquestal dispone al hombre a solicitar tu presencia con exigencia a la vez que con respeto por lo que significas en situación tan comprometida. Una llamada insistente a la vez que pausada en conjunto y solistas más veces que tres por si estás lejos de este planeta o no llega a ti la súplica con tanto ruido externo e interno. No niego que en situación tan precaria, envuelto en el silencio más profundo trates de llamarle mil veces, pero si esto despierta o produce el mismo efecto en quien te escucha, bendita sea la madre que te parió y los pechos que te amamantaron.
La premura con que inicias el Gloria debe ser efecto de la súplica anterior atendida al momento. El ritmo impuesto aclara la influencia de Goethe en ti. En ningún momento se advierte desfallecimiento en este himno de gloria poniendo en acción a orquesta y coro, con pausas intermedias para descanso de la disciplina coral impuesta.
El credo, tú lo sabes bien, se compone de una letanía de dogmas dando prevalecía al cerebro que al corazón. Pero en momentos tan críticos, la creencia en Dios alcanza su máxima tensión cuando se traslada un concepto inabordable a un sentimiento vital que radica en el corazón. Y para cada dogma eliges un instrumento propio, un acento más penetrante, un protocolo adecuado. Y si es cierto que no provoca sensibilidades tan delicadas, la solidez de tu creencia queda rematadamente evidenciada. Si bien habías pasado por momentos de rebeldía contra Dios, al estilo de Pedro con Jesús,, inmediatamente recobras el sentido de la culpa y de ese perdón nace melodías increíbles.
Pero donde realmente, aunque sea entre ruidos de coches y camiones, de gente hablando en voz alta, entre platos y cacerolas en la cocina, incluso con el televisor encendido, es en el Sanctus y Benedictus donde la finura de tu alma, la delicadeza de tu corazón y el equilibrio mental infunde una ensoñación increíble. Por supuesto que tengo costumbre que no me ciegue la luz eléctrica o interfiera el silencio el vuelo de una mosca, porque al tiempo que acompaño con el alma el solo del violín me parece sumergirme en ese firmamento de azules y estrellas teñidas de divinidad. “Salida del corazón, para que pueda volver de nuevo al corazón”, tal es el lema que has querido dar a obra tan grandiosa. Me basta que la misa se redujera a este apartado donde tu complicidad con los ángeles o un anticipo visional antes de tu muerte de estar frente a Dios, ha sido posible verter tanta afabilidad, tanta quietud, tanta espiritualidad. La prestación de los ángeles ha tenido que ser muy espléndida, porque el solo de violín, cuyas notas proceden de la región más pura del mundo de los sonidos, aun no ha sido inventado por el hombre.
Realmente mágico. Quince minutos de composición mística como si tuvieras en tus manos el Kempis y al leerlo en alto las palabras se convirtieran notas y éstas buscaran su nido en el pentagrama. Hay mucho de transfiguración en este fragmento y de porfía de tu parte por lo ético y por lo bello. Una vez pusiste en entredicho la bondad divina, cuando la soledad abarcaba tu mundo interior, pilar y fuente de tu inspiración. Con este gran asomo musical te ha permitido reencontrar la serena quietud anímica para ultimar tu vida dialogando trinitaria mente, piano, violín y violonchelo con tu opus 97, cuyo andante de 11,56 minutos supone una traslación de la realidad al éxtasis. Incluso la naturaleza reventó de rabia a tu último suspiro, sabedora de que nadie volvería a descifrar la belleza de la creación del mundo como tú.

Félix J. Eguía






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