
Querido amigo:
Que en vísperas de Navidad no funcione el órgano de la Iglesia es para incomodarse sabiendo como sé que la música lo llena todo, lo anima todo, responde a todo y hace bailar de alegría ojos, corazón, cerebro, pies y mano. De un modo más serio, por ser la música en la liturgia religiosa un elemento esencial. Y al margen de la liturgia, propiamente dicha, en boda, romería, aniversarios. Al parecer, el sacerdote te conocía. Seguramente era un cliente asiduo de tu tienda de comestibles y conocedor de tu fibra lírica. Y la armaste con guitarras por medio. Eso dicen unos. A mí me habían contado de ti otra historia a juego con el turrón blando, más sentimental, amigando con la pena. Que nevaba, que tiritabas de frío, que no tenías mesón, que llegaste al pueblo como un mendicante, y que el cura te acogió afablemente; y que llegada la hora del canto, aprovechando un piano viejo que había en el salón, le relegaste tu música inspirada en el amor fraterno y en el placer de la comida. Soy muy perezoso para investigar, porque casi siempre se muere en la intención lo que se quiere expresar por falta de tiempo como en este caso, de que si era un cura o mesonero cuando en realidad quien me importa eres tú. Tan bello como universal villancico suscita en mí la duda de si realmente eras tú o un ángel, que pieza tan delicada parece venida de los cielos directamente. En la creación hay categorías. El mundo angélico, el mundo humano, el animal y el vegetal dentro del círculo de lo seres vivientes. Me decía el profesor a raíz del acto confesional. Si en vez de un hombre, que es un sacerdote, fuera un ángel, al primer pecado confesado huiría del confesionario. Y deduje: el ángel no puede ser hombre, pero el hombre puede ser ángel por aproximación. De hecho así será al final de los tiempos. Por otra parte, sabiendo que no corre la sangre por la naturaleza del ángel, pudieras dejar la impronta de un latido tan tierno y sensible que sólo es posible desde un corazón humano, aunque para este caso, no un corazón cualquiera, sino prestado de las alturas al menos por un instante para que partitura tan singular haya alcanzado la universalidad. Quiero pensar que tu espíritu se congeló en noche tan fría, que la nieve figuró un cuerpo, y que por un milagro proclive en noche tan prodigiosa, al calor de la acogida humana pediste prestado su corazón para revelar el misterio de la Navidad con cuatro notas que después de escucharla un millón de veces, tararearla, cien mil veces, provoca en mí una apertura romántica como si fuera la primera vez. Y llegado ese día de aniversario de tu impronta musical lo sea todo para mí tanto mística como humanamente hablando. Más allá del turrón, del abeto, del musgo, de guirnaldas, tu música no falta nunca para sentir la Nochebuena en toda su plenitud. A un “Pueri concinite o a un “Panis Angelicus”, tu música la reitero hasta la saciedad con el milagro de sentir un latido nuevo, una poesía nueva, un halito espiritual nuevo, como toda música que proviene del cielo o de un corazón empapado de lo celestial. No sé de donde venías, qué buscabas, que desconozco tu cuna geográfica. De ti no sé nada que no sea, después de trasvenar el corazón del amigo, que te hayas sacado los guantes de lana y tecleando una vieja pianola o las cuerdas de una guitarra, fueses dibujando la gloria de un hombre con notas de gratitud a través del bello villancico que canta el asiático y el africano, el americano de habla inglesa y de lengua cervantina, la pequeña Oceanía y la Europa de los solemnes coros operísticos y concertistas. Caben muchas lecturas de tan corta composición. Todas ellas lícitas. Las mismas que deduzco cada vez que una voz como la de Wilson Phillips, Kenny Rogers, Mike Oldfield Boyz ll Men, Britney Spears Bing Crosby. Enya, Andy Williams, Stevie Nicks, Elvis Presley, Andrea Bocelli, Frank Sinatra, Mario lanza, Take 6, Leontine Price, Sin Reeves, Nana Mouskouri, Gloria Estefan, o a Coros de todas las abadías, Orquestas de todos los países del mundo me regalan los oídos y me sumergen dentro de ti sin que sea capaz de agotarte porque siempre me queda algo nuevo por descubrir cuando los vuelvo a escuchar una y otra vez. Tiene el villancico el encanto del estreno. Según la voz, cada cual me habla de cosas distintas. Según el Coro, la intensidad emocional es distinta. Según la hora del día, me habla cosas distintas. Y cuando se acaba una pieza me parece que se ha cortado y que va a seguir tras una pausa. Hay mucha gente que por timidez no te soporta, sobretodo los hombres que creen que la lírica es cosa de mujer. No sé qué has querido decirme con tu precioso villancico, pero no hay corazón que al escucharte no hable consigo mismo si tiene vergüenza o exprese con la mirada una introducción celeste y un fuerte e irresistible deseo de ser abrazado. Ha habido gente que han querido retorcer su pureza original infundiendo su peculiar sentimiento personal. A mi me parece bien, pero del mismo modo que siento impotencia por desgranar mi mundo interior ante el aluvión de latidos buscando su asiento sin que lo consiga, sucede otro tanto al querer introducir un aspecto particular en una obra redonda, sacra, intangible. Ignoro si desde esa atalaya ultra física existe la posibilidad de comunicación con este mundo, pues de existir debes ser muy aplaudido cuando de tan delicada melodía se produce una conversión, procura un rezo, origina un deseo amable, impone su mística, y vierte un mundo mágico entroncado con una realidad teologal todavía no asumida por la humanidad consciente y responsablemente. Si dispusiera del conocimiento básico del arte de escribir y tuviera la serenidad suficiente para ordenar mis pensamientos en igual medida que las emociones, el Quijote, Los miserables, Guerra y Paz, la Biblia, todas las obras juntas no serían más que el prólogo de una obra interminable. No me preguntes por qué, pero así es. Y no reservaría una sola emoción porque no recuerdo una sola que me moviera a apagar el tocadiscos y similares de la nueva tecnología punta. Pero tú no has querido crear una música especulativa. Has querido infundirle un órgano que casi nunca se aplica a Dios que es el corazón. Y de ahí parte tu inspiración, o mejor, de tu humectación en el corazón de Dios y nace fluida y dulcemente un canto aproximativo de lo que bulle, siente y es su definición. Por eso, lo que deriva de su escucha no es definible y cada cual se ve en la obligación de reservar para sí su éxtasis. A partir de los tres años, cuando el oído era receptor de tan tierna y afable armonía, se impuso a todas las demás cosas, inclusive al turrón, mi placer principal. Desde entonces, Navidad es tu Silent Night que, como todas las cosas de Dios respecto al hombre son inversoras en su significación, supone para mí una Noche clamorosa de tal intensidad que no me queda otra solución que buscar en la dulzura de tu música una distracción para poder soportarla. Envidio tu suerte, tu fibra, tu feminismo interior y tu éxtasis. Tu complicidad con Dios para suplir la música de los ángeles en la noche suprema de su encarnación por este delicado poema musical que ha hecho posible que su efecto procure que todos los rostros de los seres queridos participen de tan magna fiesta estén o no vivos y el mundo vibre al abrigo de tan melodiosa música. Si esta inspiración te lo produjo un pan, un techo, una manta, un vino, una puerta, un corazón, queda bien definido cuál es la escuela de la lírica más acogedora para abrazarse la humanidad. O un simple afecto. Sonrío al verte en el coro de los ángeles y tú dirigiendo sin aspavientos el villancico por antonomasia de la Navidad en el mundo. Después de setenta navidades cantando esta dulce pieza espero seguir oyéndola hasta ese día final, o sea, durante muchos, muchos siglos. Gracias, Gruber. Félix J. Eguía

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