En absoluto mi devoción por tu música desplaza a otros autores, como una estrella cercana las galaxias, pero me bastaría tú música para realizar el más largo viaje al interior del ser e intuir el tuyo propio que me pienso que es fascinante.
Hay tres maneras de llegar a ti: Una a través de los biógrafos; dos, a través de tu obra, inagotable de ideas emulando a tu amigo Goethe, Schiller y Kant. Y una tercera, que es dejarse llevar por los efectos del corazón al escuchar tu música. Esta última me parece la más sensata. De suyo es mi filosofía, pero me temo que tampoco pueda ajustarme a mi propio mundo, que es muy reducido, y tenga que, al menos, recurrir a testimonios contemporáneos tuyos certificando mi juicio personal.
Nadie y nada me empujaron a adquirir tus obras. Ni un comentario llegó a mí que me invitara a la curiosidad. Yo no leo y después compro. Compro lo que leo en lo que voy a comprar. Y me hice con la colección de los clásicos, menos una obra tuya que me sedujo un artículo de Álvaro Cunqueiro comentando la impresión personal de tu opus 97 “El archiduque”, incomún en él, no tanto en el estilo cuanto en el tema, lo que avivó más mi curiosidad.
Salvo error, este escritor mondoñense no había escrito nada sobre música por lo que su comentario de asombro incentivó mi curiosidad. En la contraportada del disco, se recoge lo siguiente: “El primer movimiento – palabras tuyas – constituye una ensoñación rebosante de serenidad. En el segundo, se alcanza el punto de máxima intensidad. En el tercer tiempo se cambia la serenidad por la emoción, la pureza, la devoción. Para mí – dices – el andante representa la expresión más acabada de santidad y bienaventuranza”. Hiciste bien aclarar estas virtudes en conversación privada con el maestro Antón Schindler pocos días antes de tu muerte que no deja espacio a la vanidad o la mentira y mucho más desde el lecho.
Aun cuando no puedo presumir de conocer los entresijos del arte musical, creo que sería la primera obra que no necesitaría de tu aclaración porque todos esos efectos asoman, penetran y dominan al melómano de normal sensibilidad. Lo tengo casi rayado. Suplo esta deficiencia con la memoria reavivando el delicioso diálogo entre el piano, violín y violonchelo en tiempos de soledad buscada.
Estoy seguro que de seguir condicionado a los valores de proporción, simetría y equilibrio de una composición clasicista tu obra estaría dentro de la galaxia de los autores clásicos, no como estrella rutilante marginal., Y me vino a la memoria un fragmento de un crítico que entrecomillo por su contenido que no por su expresión literaria que decía así más o menos de ti: “… nunca sacrificareis una bella idea a alguna regla tiránica; …tengo la impresión de que poseéis varios cerebros, varios corazones, varias almas”. Encaja perfectamente con el “andante cantabile ma pero con moto”, porque en verdad los instrumentos hablan como si fueran tres amigos rozando los pliegues de la eternidad.
Sé qué profesabas un afecto y un cariño poco frecuentes al Archiduque Rodolfo de Austria, hijo del emperador Leopoldo II, de aquí su titulación de la obra musical, y a quien le dedicarías también la Missa Solemnis al ser elevado a categoría de Arzobispo de Olmuzt, otra obra tuya a la que dedicaré mi impresión, pero quien realmente te introdujo en el mundo de las ideas universales fue tu preceptor culto y refinado Christiam Gottob Neefe con el estudio de los poetas de la antigüedad y a Schiller en particular, investigando un nuevo mundo de las formas, la revelación de un nuevo lenguaje universal y que más tarde tú mismo aplicarás a la música definiéndole como un arte más sublime que toda la sabiduría y toda la filosofía”. Este preceptor no era tan valiente como tú, tan impulsivo y te adentra en el estudio de Haydn y de Mozart sin que influyera en ti al dejarte llevar por tu propio instinto. Y creas una nueva concepción de la música denominada romántica. No me gusta esta acepción si no es por el conjunto de autores a partir de tu muerte, que en ti la sublimación va más allá del corazón que no sea en aquellas obras de amores frustrados, y que no son precisamente estas dos genialidades mencionadas y remitidas al Archiduque y posteriormente Arzobispo de Olmutz Rodolfo. No todo lo subjetivo es romántico. Kant no es romántico y es subjetivo. Y Goethe que según tú ejerce sobre ti un ritmo insustituible en el pensamiento y en la literatura.
Un genio no pertenece nunca a su tiempo. Les pasa lo mismo a los profetas, al mártir de una causa universal. La visión que tienes del hombre, de la existencia de Dios y de la inmortalidad del alma que no eran frecuentes canapés que se servían en la Corte, es favor que debes a Emmanuel Kant. De esa interiorización de tu parte por conceptos tan valiosos es de donde deriva tu inspiración y que tu música sea un arte propio, singular e irrepetible por tus sucesores. Y dejando atrás episodios humanos, reacciones viscerales, conformas un mundo elaborado en tu interior a base de brisas y de poesía que traspasas al pentagrama. La definición de ti no la da tu entronque con el mundo social que te rodea, si no con tu parte más secreta e íntima que hace que todos los que te conocen definan tu obra, como decía al principio Franz Schubert, de misteriosa.
A ti se te puede aplicar la respuesta que Goethe dio cuando le preguntaron para quien escribía: “No lo sé supongo que para unos pocos. Nunca pretendí complacer a la multitud, pues lo que yo puedo hacer la multitud no lo quiere, y lo que todo el, mundo quiere, yo no lo puedo ni lo quiero hacer.
Tras una breve respiración, remata: “Aunque me sea posible consagrar mis últimas fuerzas a la tierra, mi pensamiento se encuentra apartado de la vida, está en otra aparte, en el mundo inefable de las cosas inciertas”.
No me extraña en Goethe respuesta que tu das con la música cuando fue engendrado por una mujer, Elizabet Textor, que poco antes de morir le escribe a su hijo: “Que tu paso por la vida sea como el paso de un hombre por la nieve, en la que deja un rastro pero no la ensucia.”
Estoy barajando, como ves amigo Ludwig, vidas, filosofías, mentes, conceptos que no encajan en mi tiempo. A igual que Mozart que pese a la estima de la nobleza, del dulce encanto en la Corte murió en la miseria, pasaría otro tanto contigo de haber nacido un siglo o dos más tarde. Se entiende, pues, que no seas el preferido en los pomposos conciertos en los odeones del planeta, aunque también quiero decirte que son legión los que te adoran. Abundan los que piensan como el joven teólogo Kart Armenda, excelente violinista de afición cuando decía: “Erudición, erudición y más erudición, pero nada natural, nada de melodía”. Le borro el adjetivo de excelente, a no ser que padeciera del mismo mal que tuviste tú y no pudiera recrearse en esos pocos pero maravillosos conciertos para orquesta y piano, orquesta y violín. Pienso a veces que los solos de violín en tus conciertos han pasado por el agua bautismal y tu conciencia por el río Jordán. Sólo así se puede extraer una lírica sin mácula y una expresividad de otra galaxia donde la pureza es el componente principal.
Es el caso de tu obra “Concierto en Re mayor, op.61” hasta el punto de condicionar en mayor grado la evolución musical posterior en compositores de la talla de Mendelssohn, Schumann, Brams., Grieg, Cjhaikovsky. Sin una facultad genética para desligarse del mundo imperfecto, conocedor de tu carácter fuerte y por tanto expuesto a la sinrazón, no sería posible dejar luego que el alma, en forma de violín, estuviera más cerca de los ángeles que de la humanidad. Si no fuera que todo es tuyo, que nadie reclama la autoría de tu ingente obra habría que darle sentido literal al que dijo que había en ti cerebros, corazones y almas varias que para un psicólogo sería un ente extraño. A mí no me alarma si lo que transmites es belleza y esa dicotomía sólo asoma en los momentos álgidos de la inspiración para que lo prosaico no se mezcle con lo sublime. Lo sublime es siempre una elevación hacia mundos soñados que sólo duran el tiempo de una composición musical tuya.

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