lunes, 27 de abril de 2009

Amigo:

“En la vida hay que tener en cuenta el acaso. El acaso en definitiva es Dios”, dice Anatole France. Y pienso que es suficiente para programar la vida sin tanta ansiedad por las cosas. Cosas que impiden pensar, creer, mejorar, ser y amar. Verbos que se ha tragado el consumismo, animal insaciable, capaz de dominar la voluntad del hombre, pues alrededor de este iguanodonte gira el hombre por consolidar su inmortalidad en un predio sin límite. Hoy por hoy no ser propietario de un piso, de un coche, de una tarjeta “Visa oro”, reduce el ámbito social a un espacio mínimo. No existe edad que limite esta angustia que se agudiza hasta el agotamiento vital.
Del himeneo entre consumismo y modernismo ha nacido un hijo torpón: el laicismo, que no sabe o no quiere saber nada del acaso. Ya no es una cuestión de comprensión del misterio de la muerte, de un interés por la teología, sino de una fiebre por miserias cuya suma define una estabilidad económica, un distintivo de poder y de sometimiento a la vez.
Para el escéptico, librepensador, despistado, el acaso podría ser un término adverbial más filosófico y vital que una tesis tomista. Y para el racionalista, una inquietud. Y para todos, un freno a considerar la vida humana con signo determinista. El “acaso” no es una exclusiva del cristianismo. En las religiones no cabe este término porque se asienta en la fe; no así a los alejados de toda visión ultra cósmica. Aún los creyentes, la mayoría, creen por si “acaso”, de aquí que la suma de todos los creyentes no es bastante para mover montañas.
De todos modos, a tenor de la cita de Anatole France, el “acaso” conlleva la acción, pues según André Maurois “es lo único que tiene algún valor”. Y lo explica así: “Soñar que se juega al tenis no es nada. Leer libros de tenis no es nada. Jugar al tenis es un placer”. El acaso exige la acción pues se asienta en la especulación que a su vez requiere la acción sobre el supuesto de que Dios exista. Por otra parte, habida cuenta que no detrae nada de lo que creó próvidamente, no supone una mutilación de la libertad para participar de ella que no sea de manera justa y equilibrada.
Resumiendo, la cita de Anatole podría reducirse a dos proverbios irlandés y malayo: “Hay que amasar según la harina y bailaré según tu música”.La harina y la música son la muerte. Para Voltaire, el acaso lo explicó de manera rotunda: “Sólo es posible afirmar en geometría”.
Respecto a la acción, no puedo silenciar a F. Pananti cuando escribió: “La buena acción refresca la sangre y produce un sueño feliz” o a Rousseau “Una de las ventajas de la buena acción está en elevar el alma y disponerla a hacer otra mejor”.
De un simple quizás deviene una actitud saludable que de llevarla a cabo mejoraría el clímax social.
“Si todo en la vida está sujeto a cálculo” que diría Napoleón, ¿qué conjeturas, supuestos caben pensar tras la muerte? ¿Tan claro está la cosa que a nadie le importe el acaso que provoca el misterio de la muerte?
Yo prefiero partir de la cita de Schopenhauer: “Una causa primera es tan absolutamente indispensable como el principio del tiempo o el límite del espacio”, y ello porque relaja la mente, serena el espíritu y me ofrece el primer brillo a los ojos dándome respuesta a lo que sería incapaz sin un principio filosófico evidente. Pero no es mi caso, sino el de aquellos que nunca reparan en esa posibilidad de seguir siendo más allá de la vida. No es mérito de mi parte. Pero en los momentos débiles o cuando la mente se desplaza por donde no debe, el “acaso” asoma también a mi vida y, si no en todo y siempre, en parte reduce el capricho, purifica la conciencia, vigoriza la voluntad y desprende esencias de grato placer.
Tal vez Anatole quiso explicar con su cita inicial de esta carta el proverbio hindú ¿Qué ve el ciego, aunque se le ponga una lámpara en la mano? Porque sin la fe, como dice el proverbio árabe “los ojos no sirven de nada a un cerebro ciego” que lo es cuando se trata de razonar la trascendencia del hombre fuera del ámbito vital. Y si esto es así, el acaso de Anatole puede ser la palanca, si se quiere la más primitiva, pero palanca al fin y a la postre para el salto definitivo de lo mortal a la inmortalidad. Después de todo, como decía Jacinto Benavente, “Nunca como al morir un ser querido se necesita creer que hay un cielo”. Con ello se busca una explicación de sí mismo y una perpetuación vital ante el temor de la nada, pues en el supuesto de que se llegara racionalmente a esta conclusión, no aclara algo aquí y en el más allá al ser un concepto inabarcable al ser humano. Los que no creen en nada se agarran al mismo concepto de la nada como si fuera un bastón, la rama de un árbol o a un poste, es decir, le aplica un dispositivo de supervivencia al ser imposible situarse sin ser, aunque de muy distinta manera
Sólo como terapia la cita de Anatole infunde una esperanza.
Contra un cristianismo de pastel, cabe pensar lo que dice Bacon: “Poca ciencia aleja muchas veces de Dios, y mucha ciencia conduce siempre a El.”, aunque no sea este el efecto común de las personas al sentirse endiosados ellas mismas. Aún pareciendo una cita estimable la de Bacon, la de Rebeláis es más concluyente y explícita al decir que “ciencia sin conciencia es la ruina del alma”. En el supuesto de no aceptar estos aforismos que son una síntesis de mínima expresión lingüística de todo un tratado de reflexión, de introspección, de análisis sobre la vida humana, sigue siendo válido el acaso como distintivo inapreciable para vivir en armonía, establecer un equilibrio sociológico y actuar consecuentemente en verdad y justicia. No hay forma de responder al acaso de Anatole con la ciencia, pues como bien dice Ortega y Gasset “la ciencia consiste en sustituir el saber que parecía seguro, por una teoría, o sea, por algo problemático”. Esta es la razón por la que la acción supera a la especulación. Esta puede valerse por sí misma como un gas imperceptible, en tanto que la acción conlleva la especulación y le imprime carácter. Esta es la gran miseria de la historia de la iglesia contraponiendo a la acción la teología teorética.
Por conciencia Chesuel dice que “es un soplo del espíritu de Dios que reside en la persona. Pascal que “es el mejor libro de moral que posee una persona”. Espíritu y moral. Para quien no entienda esta terminología que presupone una creencia por debilitada que sea, siempre queda el acaso de Anatole que infunda esperanza en la duda, en la posibilidad, en el escepticismo.
Noel Claraso suaviza el aforismo de Bacón diciendo que “la conciencia es como un huésped pesado que grita siempre, pero con el que, salvo en algunos casos gravísimos, uno termina por entenderse”. Por supuesto que lo que importa de la conciencia no es un conocimiento filosófico sino moral, en cuanto que ésta en sentido amplio del término significa la capacidad del espíritu humano para conocer los valores, preceptos y leyes morales, en tanto que en acepción estricta designa la aplicación de éstos al obrar propio inmediato. En el acaso de Anatole se supone una advertencia, un comportamiento a tenor de la conciencia moral, la autoridad interior que manifiesta al hombre de manera enteramente personal y forzosamente perceptible lo que debe hacer o dejar de hacer.
En esta melodía de apotegmas, el autor refleja una síntesis de una tesis o de toda una vida de reflexión sobre esta o aquella materia que resume en una frase para que el actor piense.
Este acaso que en Anatole es Dios exige una conducta de vida que en boca de T. Wilson “es la única prueba de la sincerida1d de corazón” y en Pitágoras “un deleite cuando se persigue y se alcanza una conducta excelente”. A mí me aclara más Kant cuando dice: “Obra siempre de modo que tu conducta pudiera servir de principio a una legislación universal” Beethoven bebía de esta fuente del pensamiento kantiano y el resultado no pudo ser más acertado pues sus obras están impregnadas de universalidad., aunque es justo decir que para ello fue necesario seguir el dictamen de la conciencia que difería en gran manera de la conciencia sociológica de su tiempo. Ese corazón de que habla T. Wilson, Goldsmith lo eleva a mayor categoría que el valor y el genio. Y es que, siguiendo la estela de A.Vigni, “el corazón tiene la forma de una urna. Es un vaso sagrado repleto de secretos”.
Precioso desmigaje los que partiendo del aforismo de Anatole establece las pautas del comportamiento humano que sin duda debería notarse en la vida socio-política de manera sistémico. Pero creer desmerece en el perímetro laicista y nada de esta melodía suena en los foros internacionales y en el ámbito doméstico. No me extraña. “Lo de somos iguales ante el deber moral” que afirma Kant, no deja de ser una frase. La gente no acaba de aceptar lo que al respecto dice Ruskin: “Dios no nos impone jamás un deber sin darnos posibilidades y tiempo para cumplirlo”. Inexplicable esta terquedad humana por no admitir el acaso que defina una vida por demostrar, pero, al fin y al cabo, vida, la única verdad axiomática del hombre hasta el extremo de no poder pensar lo contrario aunque quiera. Ni siquiera acogiendose al idealismo platónico o al fenomenalismo kantiano. Y debe ser así desde el momento en que, si bien todo el sistema orgánico de la filosofía de Platón se asienta en el concepto de las ideas, no por ello ha desistido en dejar la impronta de la dignidad moral como un bien supremo del vivir. Otro tanto sucede con Kant, que dejando de lado su ingente obra filosófica, reitera la necesidad de acogerse a la conciencia moral para dar respuesta adecuada a la propia existencia humana.
Así la cosas, Pitágoras se equivocó al decir que “El hombre es mortal por sus temores, e inmortal por sus deseos”, pues en ninguno de los dos casos se da en aquel que no admite el acaso. Primero, porque la mortalidad en quien no admite más vida que la que vive le importa un bledo y buscará la forma de complacerse en la medida de lo posible; y en cuanto al segundo punto es un término inexistente o, en el mejor de los casos, sin significado alguno que le preocupe. Schopenhauer lo explica mejor: “Quien ha perdido la esperanza ha perdido también el miedo”. Pero el proverbio hindú avisa: “No hay árbol que el viento haya sacudido”. Dado que ese viento llega a todos a su hora, sería bueno orientarse según la brújula de Anatole para no verse desprotegido al paso del viento que no ha de ser huracanado precisamente, aunque lo pueda ser. Y no siempre avisa, aunque nadie niega su visita, cualquiera que sea el nivel de vida. Oscar Wilde, aunque posiblemente con otra intención, aclara: “Un eco es muchas veces más bello que la voz que repite”. Que levante la mano quien no haya escuchado el eco del otro aplicado a sí mismo, y en todos los tonos y matices y en lenguaje llano. De aquí que Goethe advierta que “cuando el hombre no se encuentra a sí mismo, no encuentra nada”. Y sigue bailando en forma circular hasta caerse mareado. Y cuando despierta, le asusta el nuevo decorado y pregunta dónde está. Si escucha una voz humana, ladea la cabeza y sigue durmiendo. Si es una voz ultramundana se muere sin haber reparado un minuto en el acaso de Anatole.
Aunque hubiere que acogerse a la fantasía para admitir el acaso sería algo bueno. Al menos en boca de Giovanni Papini para quien, según él, “en todos los grandes hombres de ciencia existe el soplo de la fantasía”. Y digo que es bueno, porque ayuda a vivir con más rectitud de conciencia, con más sensibilidad y porque conlleva una exigencia ética y moral que se desvanecen cuando ni siquiera se pone en juego la posibilidad que por otra parte acompaña en muchas opciones y deseos de la vida.
No era mi propósito acudir a la fe en esta melodía de citas. No porque no lo considere básico y fundamental, sino porque presupone una creencia que es carne, latido, energía, pensamiento, definición, filosofía, teología, humanismo, trascendencia. Una maleta de valores abandonada en el andén de una estación cualquiera, en un banco de un parque cualquiera, en la arena de una playa cualquiera, en un trastero, junto a un contenedor donde pueda olerla un perro, y casi nunca debidamente protegida en el interior del ser donde se fragua el crisol de barro por otro más acorde con el diseño de Anatole.
En este punto la melodía pasa del allegro de la frase brillante al adagio de un corazón que late conjuntamente con lo angélico. De la fe, dice Carlyle: “Aquel que tiene fe no está nunca solo”. Chéster ton, adivinando nuestro tiempo que debe ser una prolongación del suyo, manifiesta: “El hombre que tiene fe ha de estar preparado, no sólo a ser mártir, sino a ser un loco”. Emerson parte de otra premisa: “Todo lo que he visto me enseña a confiar en el Creador por todo aquello que no he visto”. Fernán Caballero se amiga con el acaso de Anatole: “Si la fe no fuera la primera de las virtudes sería siempre el mayor de los consuelos”. Kant abraza a todos: “Sólo hay una religión verdadera, pero pueden haber muchas especies de fe”, Lamennais es tajante: “La fe comienza en donde termina el orgullo”. Tolstoi refleja un tratado teológico en dos líneas: “No se vive sin la fe. La fe es el conocimiento del significado de la vida humana. La fe es la fuerza de la vida. Si el hombre vive es porque cree en algo”. Corrijo, en tres líneas. Unamuno expresa su experiencia: “La fe aparece inquebrantable, inconmovible, rectilínea. El que no duda, no cree”.Un anónimo preocupado: “La razón que niega la fe, se niega a sí misma por falta de principio en que apoyarse, y de fin a que dirigirse”.
La fe amiga con la felicidad en este mundo y en el otro. En este, porque cualquiera que se la posición social, los medios, la salud, conforma una esperanza; en el otro, porque finita la posibilidad con la realidad suprema e inmutable de la inmortalidad. En absoluto dificulta el equilibrio psicológico, el afán por la razón luminosa, el impulso y el deseo cumplido en tanto no sea un daño a sí mismo, al prójimo, a la voluntad divina en quien cree. La fe está más próxima a un sentimiento que a una lucubración mental. No hay que pensar que la fe resuelva el problema humano cuando se acepta como una pura especulación. Exige algo más, y ese algo casi siempre detrae del creyente un segmento de sí mismo que fastidia. De aquí que, su rechazo facilita el egoísmo y alguna que otra cadena de la libertad que en Jaime Balmes “consiste en ser esclavo de la ley, la del entendimiento, esclavo de la verdad, y de la voluntad., en ser esclavo de la virtud”.
En absoluto la fe – el acaso de Anatole France –afecta a la libertad. Es más, yo creo que la amplía por cuanto que es una opción más a aceptarla o no, a cumplirla o no, a seguirla o rechazarla. Sucede con la fe extraños efectos de comportamiento humano. En el simplista una especie de persona tonta – que lo es por simplista – de vulgaridad y de inculto. Asimismo, una cadena que le impide actuar en libertad. Un freno al liberalismo. Una jácara de una religión de fantasía. Un engañabobos. Un látigo a la razón. Un sucedáneo del misterio. No es propósito de esta carta hacer proselitismo de una determinada religión, pues pienso que son muchas las circunstancia externas, variadas civilizaciones, infinitas formulaciones las que asoman al hombre para ajustarse a una creencia determinada. De aquí que vuelva a repetir el aforismo de Kant: “Sólo hay una religión verdadera, pero puede haber muchas especies de fe”. El respeto, pues, a las religiones ha de ser exquisita, amable y comprensiva ya que todas desembocan en una misma esencia que es el acaso de Anatole, o sea, Dios. Ello no es óbice para que cada cual defienda su concepción de fe en un intento por abrazar inequívocamente su propia convicción.
Sigamos la melodía inicial.
Emilio Catelar es afín a mi idea de que cada cual con su conducta escribe su propio destino, aunque usa otro lenguaje:” la libertad es el instrumento que puso Dios en manos del hombre para que realizase su destino”. No más ni menos. Víctor Hugo la define en un trípode que abarca la vida. Dice: La libertad es, en filosofía, la razón; en el arte, la inspiración; en la política, el derecho”. Concepto más universal es la que refleja Lacordaire cuando dice:” “La libertad es el derecho a hacer lo que no perjudique a los demás”. Como Se puede colegir, la libertad siempre tiene una condicionante, por lo tanto no es tan omnímoda como se cree y por la que se lucha amargamente.
En esta letanía de máximas nunca falta el sin apellido, como este anónimo que, extraído de su experiencia vital define la libertad diciendo que “no consiste en hacer lo que se quiere, sino en hacer lo que se debe”. Hay una ética por medio; una moral, un compromiso con la fe, un reconocimiento de criatura, un respeto al prójimo, una opción.
El acaso de Anatole tiene mucho que ver con la naturaleza del hombre. Goethe dice: “El hombre se cree siempre ser más de lo que es, y se estima en menos de lo que vale”, lo que no deja de ser desequilibrante en uno y otro sentido, aunque molesta más lo primero que lo segundo.
Debería ser así, según Lamartine cuando escribe que “El hombre es un dios caído que se acuerda de los cielos”. Muy indulgente Lamartine para pensar así que no fuera él mismo. Si acaso le atraiga el mundo esotérico de los astros por pura curiosidad, pero no pensaba lo mismo Anatole cuando pone el acaso como advertencia del vivir del hombre. Alegra leer esta cita que contradice Miguel Melendres para quien el hombre “es un bloque rebelde al escultor supremo”. O Saint- Pierre con visión pesimista al decir que: “el hombre es el único ser sensible que se destruye a sí mismo en estado de libertad”. El proverbio árabe describe una esencia y alerta una actitud: “Ese hombre es hombre si puede decir “Soy”; no es hombre el que sólo dice: “Mi padre era”. Sobran proyectos y faltan ideales. Y una ilusión convertida en carne según boca de André Maurois: “Una ilusión eterna, o que por lo menos renace a menudo en el alma humana, está muy cerca de la realidad”. No dice que lo sea realmente, pero sus efectos se aproximan a esa realidad.
Aunque de sabios es modificar que lamentar el tiempo presente, unas bodas de plata de democracia histórica, a tenor de Lacretelle: “No todo lo que está permitido por la ley es siempre honesto en moral”, define los primeros andares del siglo XXI, cuyo gobierno ha convertido el parlamento en una churrería de leyes y que en boca de Condillac es” en tiempos de corrupción cuando más leyes se dan”, suplantando la ética por la legalidad. O, para ser más riguroso, amputando la moral por la legitimidad. Napoleón no deja de ser un cachondo mental cuando dijo que “Hay tantas leyes, que nadie está seguro de ser colgado”. No es posible, pues, enarbolar banderas de libertad que es cada vez mayor cuando menos leyes se dictan. Y en esta confusión, en este barullo totalitarista disfrazado de apertura de libertades capciosas, tratando de borrar el acaso de Anatole, conviene estar preparado para no caer en la trampa de que con la legitimación está solventado el problema real y futuro, especialmente este último.
Parecerá extraño que haya acudido a los proverbios, algunos con ribetes de axiomas, reforzando la máxima de Anatole con la que comencé esta carta. Isócrates al respecto dice: “Una colección de bellas máximas es un tesoro más estimable que las riquezas”. Désire Nisard considera que “Una máxima debe ser fruto del árbol de la vida”, y pues todos, directa o indirectamente tienden a la trascendencia, hablan por mí dándole más brillantez y filosofía a una referencia que me parece realmente eficaz dado que tiene cabida todas las comunidades humanas de la tierra, cualquiera que sea la religión, la filosofía, la política. Inclusive los fundamentalistas.
En esta preciosa melodía del pensamiento conciso que son los apotegmas se llega al meollo del significado del acaso con el vocablo muerte. Conforta saber que ideas que creo que son de mi cosecha, ya han sido descritas por hombres sabios. Me refiero a la cita de Bacon cuando dice: “Más espanta el aparato de la muerte que la muerte misma”, o lo que es igual, el morir que la muerte. Queda reflejada esta idea de manera exhaustiva en mi libro “El ángel de la trompeta” por lo que no quiero repetirme. Más dura es el aforismo de Catón cuando dice que “No teme la muerte quien desprecia la vida”. Entiendo que encierra una metáfora que conviene descubrir, no sea que de universalizarse esta idea, la desidia por el que sufre sea todavía mayor que la que ya existe. Una no puede existir sin la otra. Y esta otra, dependiente de la vida es en la que Anatole fundamenta el acaso. De todas formas, la vida real, la única que cada cual conoce, siente, lucha, sufre y goza, merece todos los mimos posibles para que sea amable, deseada, querida y aceptada al final de su andadura por el planeta.
Lo que sigue no es gente cuya vida haya girado alrededor de este misterio irrefutable. Me refiero a Dryden: El mundo es una posada y la muerte el final de un viaje”. O Rosamond Lehman: “Feliz el que ha muerto antes de desear la muerte”. Longfellow resume la muerte como si vistiera sotana: “¡No existe la muerte! Lo que tal parece es una transición”. Y con Longfellow, Tolstoi: “La muerte no es más que un cambio de misión”. A uno y otro me atrevo a decirles que la muerte es real y la transición también y que no hay tal cambio de misión sino de contemplación, pues sólo la caridad perpetúa una vida que ha dejado de lado la fe y la esperanza. En toda misión hay un esfuerzo, un proyecto, un futuro, una obra que llevar a cabo, una responsabilidad, pequeñas cruces hasta llegar al Tabor. Ya es bastante fuerte saberse propietario de la muerte para seguir probando otros ensayos hasta completar el viaje de que habla Dryden.
Independientemente del hecho irreversible de la muerte, lo que importa es el talante, estilo o categoría de vida que fija un memorando que luego tendrá su análisis y consiguiente aprobación para que todo suceda amablemente, pues al llegar a este punto apocalíptico ya no hay recurso posible que no dependa de la infinita misericordia divina. En el acaso de Anatole obliga a ser consecuente con la conciencia, con la creencia por extraña que sea. En la creencia se asienta la fe en el acaso que es Dios.
De rancio se llama a la persona que en los albores del siglo XXI acude al lenguaje del pasado que el modernismo quiere erradicar no se sabe por qué. Digo esto porque en el acaso de Anatole además de la creencia se baraja otros vocablos que no son exclusiva de la teología tradicional y que en otro idioma y en otra religión está explicita o implícitamente tenida. Me refiero a la locución pecado en el sentido de trasgresión de la ley divina. El acaso de Anatole conlleva otros adjetivos a la hora de desplegar el adverbio, como virtud, ética, prudencia, moral, pecado, piedad, perdón, “que no está, según Cervantes, en el hecho si en la voluntad no está”. Su recuerdo mental ayuda a ser consecuente con la conciencia, pero que avergüenza inclusive mentarlo. Y sentir pena cometerlo.
Sucesivamente la vida no sólo ha sufrido una artificiosa mutación en el vestir, en el hablar, en los gustos; también, y en mayor profundidad en el pensamiento y en el corazón. Y aunque la apariencia sea vanidosa, me siento enormemente feliz escuchar esta preciosa melodía divinamente orquestada. Y acompañado. Explica mi rubor que alguien lea mi libro, aunque está escrito para que alguien lo lea. Salvo con un perro conocido, no es fácil compartir la sensibilidad, la poesía, el vuelo alto del pensamiento místico o con uno mismo copiando de las olas de una playa que van y vienen sin salir del segmento de la arena que es de su propiedad, repitiéndose indefinidamente. El efecto de esta melodía tiene su explicación en una cita de Rabindranath Tagore cuando dice: “La pena de mi corazón se ha convertido en paz como el atardecer entre los árboles silenciosos”.
Se divisa la meta. La variedad instrumental de esta melodía puede distraer la atención de su unidad temática. Ya apunté de soslayo cómo la cita de Anatole implica la religión que según el proverbio chino “cada cual interpreta a su manera la música de los cielos”. En tanto no sea un capricho o una búsqueda interesada, me parece bien si en la variedad de interpretación musical se llega al autor de la pieza.
Tiene los visos de una cita vulgar; de suyo en el seminario valía más la forma que el fondo, pero no deja de ser una perogrullada de que la religión está en el corazón y no en las rodillas, según D.W.Jerrold, ahora bien, la religión es liturgia y la forma si responde a la apertura del corazón, mejor. Lo sustancial radica en el corazón, pero las rodillas son palabras que responde al sentimiento que alberga el corazón. De entre otros, saco a colación el pensamiento de W Savage Candor por aquello de que la gente se equivoca cuando cree que la religión está exenta de razón y envuelta en una fábula histórica como remedio a la soledad y a la pobreza. Dice el autor mencionado: “La religión es la hermana mayor de la filosofía”. No hay contradicción entre razón y religión. Nadie ha visto la esencia de las cosas y se estudia en ontología la esencia que está más allá de la física y nadie se turba. Y una última de Madame Stael: Es menester religión o amor para gozar de la naturaleza”. Es bueno que se sepa que la religión no aparta la vida de este mundo sino que la eleva de categoría.
Puede que nominar a sabios que componen esta orquesta melódica del pensamiento humano sea exagerado, pero me queda la duda de considerarles miembros de una orquesta sinfónica de mediana calidad. Antistenes, y después de un somero análisis de sus vidas estoy totalmente de acuerdo, dice: “El sabio no sigue los mandamientos de las leyes, sino de la virtud “. Otra palabra maldita en el vocabulario actual. Y la virtud tiende al acaso de Anatole France. El acaso entra en la vida del sabio. El sabio escapa de la política y del mercantilismo. No sobresale por lo que tiene sino por lo que es. Ya está la esencia por medio.
Nunca creí gozar tanto de quienes apenas conozco.


Félix J. Eguía

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