No sé que bicho me despertó mientras dormía que me impedía conciliar el sueño. Como siempre tienes la conciencia limpia, dormías profundamente. Habrá que ducharse con más frecuencia el alma. Pues como te decía, al despertar no había más que una tenue lucecilla de la lámpara del pasillo vigilando a los nietos. Y me puse a pensar cómo podría ser mi vida de no haberte conocido. Y no me encontraba en ninguna parte.
Cuando después de muchos años vistiendo sotana y fajín, esclavina y bonete decidí cambiar el alzacuello por una corbata amigué con Platón en cosas del amor. Era tal el diseño que trazaba mi fantasía en la busca de ese ser amado con quien compartir mi vida que temía no encontrarla. El caso es que en la opción de lo que fue y es con lo que pudo ser me quedo con el fue y el es.
Con el tiempo se deterioran las cosas, salvo el vegetal que renace una y otra vez operándose en él una especie de reposición perdurable. En la naturaleza humana con el tiempo muere un estilo de amar en contra de la voluntad de una y otra parte. No hay institución más frágil que comprometa toda una vida como el matrimonio. Un factor principal del cambio lo provoca el primer hijo. Dos o cinco, mucho más. El tú y el yo deja de ser una relación directa para desviarse por otras rutas impuestas por la vida misma. Y es que no hay sabio, ciencia, religión, dios que infieran el mañana en ninguna pareja. Así, pues, no deja de ser una tontería bosquejar un mañana ni de novios ni de casados aun estando de acuerdo las voluntades. Amén de los hijos, otros factores también participan en el cambio involuntario del modo de ser y de amar. La mujer que se queda en el diseño de la boda y no se recicla no puede ser feliz. Admito cierta dosis platónica en el enamore al conjugar un tiempo irreal de la vida, el” plus quam perfecto”, pero no se puede permanecer mucho tiempo en una nube que acaba por convertirse en lágrimas. Y no porque sea malo una vida matrimonial anclada en el principio, sino porque no deja de ser un ensueño rozando la utopía imposible.
. A esto debe atenerse la pareja de por vida. Así lo has entendido, y así es lo que te magnifica como mujer amorosa. Así lo entendí yo y así es lo que culpa mi torpeza. En tanto tu proceder se ajustaba a la norma, en mi caso no fue así, sin que por eso me haya reservado ningún “jardín secreto” censurable.
Han pasado cuarenta años y nada cambiaría de lo que fue que no fuera yo mismo. Pero así como el tiempo nunca retrocede, otro tanto acontece con la vida pasada que va perfilando el presente. La experiencia sólo avisa con visión de futuro, pero en absoluto corrige el pasado. El hecho de no saber cuál sea el ánimo con que se levanta de la cama, cuál la psicología con que va encontrar uno con su amada, qué llamada telefónica puede alterar el programa de vida, qué tristeza o alegría deviene afectando el ánimo, hace que se actúe condicionado por un evento al que hay que corresponder no siempre en actitud reflexiva. Y como esto es una constante como las mareas del mar, se va escribiendo la propia novela no exenta de altibajos. Aún así, no por eso la vida deja de ser bella.
Con los dedos de la mano se puede contar la pareja que no haya tenido una relación amorosa anterior. Y si esta relación alcanza categoría de estilo, mejor. Fue mi caso. El mismo romance con desigual resultado que tuve contigo. En la omisión me encontré con la soledad. En la omisión, te encontré a ti. No podía ser de otra manera. En el primer caso, quedó el recuerdo. En el segundo caso, la vida misma. No hay contradicción de sentimientos, sino de destino.
Te va a faltar tiempo para leer mis cartas que guardo para ti para cuando quieras rememorar el ayer. Tengo la impresión de que de su lectura la ensoñación era más fuerte que el deseo. Entonces era un proyecto. Un proyecto, sin otro sustento que la imaginación., que dejó de serlo al operarse el tránsito de lo potencial a la realidad Por eso, el primer amor que se rompe reservando la virginidad, deja huella en el corazón por sustentarse en mundos imaginarios, como pudo ocurrir entre tú y yo de haber acabado sin compromiso alguno. Pero esto no es más que un fenómeno de la psicología humana igual que sucedió con mi vocación sacerdotal cuyo noviazgo duró diez años y que no se consumió por una idea rígida de tan sagrada misión.
Con no tener remota idea de la psicología de la mujer, de una prueba amorosa, mi tendencia natural por lo poético, que es una fórmula sencilla de transfigurar la realidad a peanas más incitantes de la felicidad, el matrimonio para mí era más que compañía, compartir vidas partiendo de una premisa común en materia prima. Más allá de los cuerpos, está el yo personal, la perdurabilidad del amor. Hago esta aclaración para que sepas que nuestro encuentro no ha sido al azar al rondar mariposas de adorable estructura femenina y de fácil acceso a la sensación que no al sentimiento. Yo pasé por ese tiempo de elección sin que me provocara una decisión definitiva. Elección por cuanto barajaba nombres y estéticas, nunca por psicologías que amigaran con la mía. La concepción religiosa “hasta que la muerte los separe” obligaba a ti y a mí a renunciar lo artificial por lo sustancial. Y creo que así ha sido, es y seguirá siendo.
En el esfuerzo por conciliar el sueño, cuando el pensamiento volaba por el mundo de la riqueza, me era fácil imaginar una vida distinta de la que había vivido. Cuando la naturaleza porfiaba por una pasión desconocida, lo mismo. Uno mismo puede multiplicar por cien, a poco que le asista algo de fantasía, crear un mundo nuevo. Pues bien, si con los años se apaga la pasión y se encienden otras luces hermosas, al intentar cambiarte de destino, me era imposible fijar otra estancia mejor que la vivida.
Del lote de cartas que supuso una íntima comunicación en la distancia, corregiría únicamente lo gramatical. Tal vez el lenguaje. La reiteración. Me reafirmo en el proyecto, aunque entre el deseo y la realidad existe un abismo que no siempre tiene su causa en el desamor, sino en la dificultad de conjugar voluntades de género distinto, de psicologías diversas de visión del mundo, del tejido del corazón de cada cual. Perdonable siempre, y mutuamente.
O en la catedral y por un Obispo, o en una ermita con el despertar de los pájaros. Y se eligió esto último. La catedral estaba a cincuenta kilómetros y el Obispo a cincuenta años luz. Y si llegara ese día que se conoce por las bodas de oro – aunque el decorado social actual obliga más a lo teatral que a la sencillez – sería bueno que se repitiera el ritual. Para entonces ni el cura, nuestro cómplice algodonando materias espinosas, ni los padres y alguna cara amiga estarán presentes, ocupando sus asientos los hijos y los nietos. El marco será el mismo y los invitados, dibujando un reloj, hablarán de otras cosas que tú y yo no entendemos por mayores.
De regreso, tú y yo nos convertimos en una W. En una sola carne. Sin ruidos, sin alharacas,
Hasta aquí lo fácil.
El preámbulo del abrazo se sustancia comúnmente en perfecta armonía y difiere poco entre todas las parejas del mundo. No deja de ser un periodo de fantasía acordado en tiempo inmemorial.
En la segunda fase, lo que entiendo por ir cogidos del brazo, empieza con el amanecer siguiente de entrada en el hogar, instante supremo en el que se produce una catarsis circunferencial. Salvo los muebles, la vivienda, la puerta de entrada, el menaje, en síntesis, lo que es cosa, todo lo demás – lo demás somos tú y yo - transmuta la vida común de la pareja.
¿Y yo qué sabia? ¿Qué sabía yo de tu mundo sino era ángel? Y tú. ¿Qué sabias tú de mí sino eras hombre? Sólo había de común que éramos. Con el barro había que modelar un pensamiento en armonía. Ya nada es de cada cual de lo que era. Lo menos imaginado cobra cuerpo y manda: El fregadero, el fogón, la escoba, el plumero; el mantel, la ropa, el mercado. Esto sólo al despertar. Antes los instrumentos eran la palabra, el latido, la estética, la brisa, y la imaginación. Has de convenir conmigo que esta inversión instrumental forzosamente obligaba a ser distinto siendo el mismo.
Recuerdo que antes “ir cogidos del brazo” no creaba ninguna pelea por adivinar qué había en lontananza, en tanto qué ahora tú porfías que es un manzano, y yo que es un nido de palomas. Tú dices que son dalias, y yo que son ninfas. .Al llegar al lugar de las terquedades ni tú ni yo teníamos razón, pero queríamos poseerla y una brisa se interpuso en el gesto y en la mirada.
Todo es perfectible al hacer inventario de un tiempo vivido, y en el amor, más aún, pero no por eso ha de cundir la alarma, la alterabilidad psicológica, la metodología comparativa, la decepción. Yo estoy por la línea de una actitud de “acción de gracias” por la asistencia providencialista de la vida, habida cuenta del misterio que encierra una vida común desde la elección hasta la muerte. Y si bien algunos sueños no han podido realizarse por estar condicionados al dólar, después de un previo análisis, apenas cambiaria del pretérito que no fuera alguna rabieta infantil ya olvidada Y aún así, anteponiendo el yo al compromiso formal. No te olvides que en la unión sólo juegan factores de relación directa y que ni siquiera tú como mujer intuyes el título de madre como una natural variable en la convivencia. Ni yo, como padre, la mutación del paisaje doméstico. Aún ahora en que los silencios son más deseados que las ferias, en el supuesto de un azar afianzando una economía desconocida, pienso si sería un bien para coronar una vida común tranquila como creo que lo fue a lo largo de estos ocho lustros, mientras siga viéndome en ninguna parte sin ti.
Aparte de toda acusación a mil pecados veniales, lo que realmente debe provocar una exultación de esta aventura común es esa estrella de cinco puntas envidia de esas otras que conforman las galaxias. Inclusive Venus, la modelo de todas las estrellas del firmamento. He de reconocer que a partir de entonces se plasmó en tu quehacer doméstico más de lo soñado, de lo esperado, asumiendo por ley natural otra manera de expresar el amor que todo hombre debe reconocer como una gloria añadida a su visión prosaica de la vida al verse ligeramente esquinado de tanta atención egoísta. Me pongo a pensar esto mismo con otra persona y aparece un borrón en vez de este dibujo incomparable fruto del deseo y del conocimiento de la música sinfónica, a través de cuyo pentagrama se produjo el abrazo. Una obra sinfónica de muchos quilates, cual fue “The Moldau” de Smetana. Una obra envuelta en la rica variedad del paisaje como la vida misma.
De todos modos, la vida común no acaba aquí., quiero decir que sigues estando más allá de la muerte, aunque en el rito de la unión hayas escuchado que todo acaba con la muerte. Acaba una existencia determinada, pero sus efectos no mueren en el tiempo. Ni a ti ni a mí nos juzgarán por libre si realmente como dice el Génesis somos una misma carne. He de esperar a que las cenizas recobre mi silueta, y, luego, las tuyas, y se produzca el instante solemne de la sentencia. Al llegar a esta consecuencia, me conforta tu ejemplo de vida como aval de una sentencia favorable. En este aspecto sí que me veo en alguna parte donde impera la luz amable y una estabilidad anímica y mental plenas. La suma de valores tiene aquí una compensación vital.
Demasiado pronto para adentrarse al infinito, cuyo mundo se desconoce como el mundo matrimonia los novios Contrasta este misterio con el mandato divino “hasta que la muerte os separe”, ya que la única referencia en este orden de cosas es la que deviene de la pura observación, mero análisis y resultados de la vida de nuestros padres, a sabiendas de que nada será igual aun cuando se mantenga el sustrato de la obra a realizar. Quieras o no, se impone la indulgencia con el otro en todo aquello que ha adulterado el pensamiento platónico con que se abraza el matrimonio. En cuanto a mí, todo ha sido perfecto ateniéndome a la composición del ser humano.
Ahora sólo queda esperar a que el crepúsculo dure tanto tiempo como la mañana. Muertos los sentidos y la ansiedad, aunque no sea fácil evitar los empujones de un tiempo consumista, sería loable rematar la obra con la serena quietud que imprime el espíritu, agente principal en tiempos de senectud. De suyo los silencios son más largos pero no por eso menos expresivos que la palabra. Los árboles ya están crecidos y exigen su espacio propio. Se repiten en ellos la evolución que se produjo en nosotros. En la medida que nos hayan visto crecer con ojos de espasmo de niño, de crítica, de mayores, de recordación en su independencia no faltará esa energía que la naturaleza ha ido transfiriendo en ellos. Lo importante no es lo que la sociedad exija, sino lo que los corazones necesiten uno del otro. Puede que a ti te quede imaginación para revivir un mundo distinto del conocido, yo soy incapaz de proyectar algo distinto de lo que pudo ser y no ha sido. En esto me baso para convencerme de que a elección ha sido la mejor.
Siempre hay algo que señalar con el dedo defectos del otro. No seré yo quien me atreva a ello después de una evidente ejemplaridad en tu misión doméstica. Así, pues, aun habiendo pájaros revoloteando en el recuerdo, puedes estar segura que todos ellos serían incapaces de ofrecerme la grata compañía a ritmo de Smetana. Es más, no le conocen. Mala cosa esta que tanto facilitó el conocimiento mutuo antes de vernos a los ojos.
Hay momentos, recorriendo el camino andado, donde la grandeza de ánimo contrasta con el anonimato. Más que el sí en el altar, que la primera noche de mutua propiedad, quiero memorar ese viernes último, esa escondida lluvia nocturna, esa tu soledad doméstica, tu fragilidad más fuerte que mi fantasía que sobrepasaba los límites siderales recogiendo y embalando mil cosillas que ya no existen por uso. Esa tu seguridad en mí, cuando yo no tenía seguridad en mí mismo. Tu aceptación a lo mínimo, no sé por qué. Fueron dos horas líricas que no hubiera soportado si el cielo no llorara por mí. Quiso Dios que la noche nos empapara con su lluvia, en tanto el pueblo se resguardaba de ella. Sonaban las dos de la mañana en el galletón de reloj de San Esteban. En Mayo todo huele a primavera, incluso el viento y la lluvia.
Nueve de Julio. Un niño se revuelve dentro de esa hermosa burbuja que se llama placenta Te está avisando que mañana quiere adorar el sol que calienta como un demonio recién salido del horno. Y me enseñaste que ningún niño viene al mundo con un pan debajo del brazo y estuviste hasta la noche elaborando un pan con un peine, un cepillo, y unos rulos como si se tratara de un roscón.
No hubo tregua en tu quehacer doméstico la víspera de una niña que por primera vez en la historia nació riendo de contenta. Como premio no recibió nunca un azote porque su promesa al venir al mundo era no dejar de sonreír. El número cuatro se repetiría en su hermano en un mes donde el geminismo se va a imponer en el cuadro familiar. La prisa de su hermana por venir al mundo nos sobrecogió de tal manera, que a partir de entonces al primer guiño del semáforo verde ya se cruzaba el paso de peatones. Las esperas fueron desiguales. Con el primer hijo el reloj se empeñaba en retroceder poniendo a prueba la capacidad de sufrimiento de una parte y de desesperación por otra. Todo lo contrario con la primera hija que quería celebrar su onomástica el once de febrero con su sonajero que dominaba con el mismo arte que Andrés Segovia su guitarra. Con el tercer hijo actué como si fuera yo quien lo llevaba en las entrañas, provocando la sonrisa del ginecólogo al confundir el teléfono con un enchufe.
La relajación de los tres primeros hijos durmiendo plácidamente por las noches nos animó a ti y a mí a emular a mis padres y a superar a los tuyos. Se logró lo segundo. No eran tiempos de epopeya para engendrar un pueblo como el de mis padres. Y haciendo honor a la película “Un rayo de luz” por la encantadora actriz Marisol, vino al mundo. Y como un día César, pude pronunciar sus palabras en el Hospital: Llegué, nació y la vi. en un tiempo de cinco minutos, menos tiempo que cuando César apuntó una victoria más en su página histórica. Lucía un sol de mayo primoroso. El ciclo no estaba acabado. Al verano del primer hijo, invierno de la primera hija, primavera del segundo hijo y segunda hija, quedaba el otoño por ofrecer sus manzanas doradas. Lo que no esperaba era una manzana rubia. Al llegar a casa los hermanos pensando que era una muñeca se pusieron a jugar con ella. Hubo que alzar la voz para que actuaran con disciplina y distinguieran a una niña de una muñeca.
No hay presente sin pasado ni futuro. El hoy se sustancia con el ayer y el mañana provoca otro presente continuado. El encadenamiento de estos tiempos se llama vida. Tiempos, si lo piensas, sin sobresaltos. Lo mejor que puede suceder para no alterar el ritmo normal de la existencia humana. Esto fue posible al dejar de lado lo superficial por una asunción responsable del juramento dado cuando a la margarita de Mayo sólo le quedaba un pétalo
Me queda la duda de si con un esfuerzo mayor, podría aligerar tu carga con una servidumbre a tu cuidado. Teóricamente es innegable tu mejoría en orden al tiempo y atención, ¿pero lo sería en la relación? ¡Es tan peligroso barajar supuestos que no se han dado! Porque la realidad es la que devino de nuestro enfoque de la vida, y si es cierto que el decurso de la pasión sigue las leyes de la naturaleza, ¿no te parece favorable la puntual instancia con que discurre la vida común y la mutua dependencia? Me pongo a pensar cómo transcurrió mi vida y no puedo por menos que dar gracias a Dios su providencia. Espero que tú estés en línea conmigo.
Has de convenir conmigo que no es posible establecer un método comparativo generacional en el enfoque de la vida común. Yo no creo que haya que añorar las posibilidades de que gozan los hijos, y con ellos, su generación, que nos negó la vida de nuestro tiempo. O la nuestra con la de los progenitores. Cuando se trata de analizar la felicidad de la pareja no creo que haya que acudir a la aritmética, sino a la sintonía afectiva y psicológica. Y cuarenta años sin truenos son muchos años gozando de un clima sereno y primaveral. Así pienso. Ojala pensarás tú lo mismo.
En un examen de conciencia o repaso vital prevalecen las sombras que las luces. Incluso esas sombras asoman dentro de las luces menos brillantes, pero no son referentes de un amor de mayor o menor calado, sino expresiones de un modo de ser de la persona. Rechazo el término genético con que se trata de justificar un comportamiento anómalo y que con frecuencia obedece a una falta de educación, a una debilidad de carácter, a una falta de disciplina. En estos movimientos de reacción impulsiva es donde me siento culpable, sin que intervenga para nada la querencia, el afecto por ti.
La vida ya está trazada. Una visión al pasado sólo sirve para corregir aquello que no debería producirse. El presente tiene visos de inalterabilidad, que la fuerza de la costumbre causa ley y que nada tiene que ver con la rutina que es un imperativo del reloj. Levantarse a la misma hora, comer a la misma hora, leer a la misma hora, arreglar la casa a la misma hora no es una rutina, es una costumbre o disciplina de vida. Nadie aplica al reloj la rutina porque se repita todos los días el mismo rito. Por rutina entiendo, amada mía, hacer lo mismo sin previa reflexión, y si de algo me ha servido estudiar filosofía y teología ha sido a analizar previamente mis actos. Lo que se conoce por actos humanos, no actos del hombre.
Aunque Pablo añade como fin del matrimonio, además de la procreación, el remedio de la concupiscencia, sin rechazar esto último como expresión directa del amor, me acojo al primer versículo del Génesis cuando Dios creó a la mujer que no tuvo otra intención que la de hacer compañía al hombre. Observa que no hay ninguna connotación previa sobre la procreación cuando crea a la mujer. No hubo descendencia antes del pecado original y es de suponer una relación mutua durante mucho tiempo para felicidad de él. Fue necesario que interviniera un ser superior para debilitar la felicidad de la pareja. No hace alusión el Génesis a la necesidad de poner remedio por parte de Adán a su concupiscencia, y cabe pensar la mutua atracción sexual. Es mucho más tarde lo que hace presumir que entraba en los planes divinos la procreación al crear la pareja, el proceso doloroso, que no estaba previsto de actuar con rectitud. Viene a colación este apunte para decirte que el principal factor de la felicidad conyugal es la compañía más que otro elemento con ser importante en la implícita misión responsable. En este sentido, sabes bien que no hubo sorpresa a la hora de escribir una sinfonía inspirada en la obra de Smetana, pero mucho más completa y brillante.
Si por desgaste me superas en el tiempo, recuérdame por lo que te rodea no por lo que te dejo. Lo que te rodea es almohada, atril, lámpara, radio, puertas abiertas, prolongación de mi yo. Lo que te rodea es vitalidad, guapura, voluntad decidida a que tu tiempo no se hunda en el vacío. Lo que te rodea es juventud madura e incipiente juventud. Inmejorable.
Retomando el tema de la presencia de la mujer en la vida del hombre, no ha sido tan grave el castigo divino. Y la culpa debió ser tremenda al tener que encarnarse el Hijo de Dios para devolver la armonía cósmica y humana. Digo que no fue tan grave porque mantuvo la idea original de seguir necesitándose mutuamente hombre y mujer como únicos participantes válidos para sentirse queridos y amados. Para seguir siendo protagonistas de la comunidad humana. Para no anular la vida común que permite que el hombre se sienta animado por la mujer y la mujer por el hombre. Sólo desde esta perspectiva es como han podido pasar ocho lustros como si fuera un momento. Lo que rubrica que no me vea en ninguna parte sin tu presencia.
Como mejor se puede entender el matrimonio es partiendo del axioma del misterio, para que lo que pueda suceder tenga justificación ajena al amor. Misterio respecto al tiempo futuro; a la secreta intención del cónyuge, a la inexperiencia para corregir posibles decepciones, a la sorpresa de factores desconocidos, a la naturaleza del ser humano, a la filosofía del pensamiento, a la vida misma. Admitidas estas premisas, por muy intensa que haya sido la ensoñación, que no deja de ser una utopía irrealizable, la aptitud debe ser comprensiva en grado mayor. De aquí que a la hora de hacer balance debe prevalecer lo principal y olvidarse de pequeños desencantos. Uno puede olvidarse de ofrecer una flor en data íntima y no por eso sacar conclusión de desamor. Ser parco al piropo sin merma alguna afectiva. Fijar los besos por semana, sin que atenten a la sinceridad amorosa. Es decir, con ser expresiones testifícales del amor, no definen su graduación. Y es que lo principal no está en el rito, sino en su significación. No está en el protocolo, sino en la sinceridad. No está en la alabanza sino en la educación. En lo esencial. Lo esencial es la fidelidad, la presencia, la concordancia en la formación de los hijos, en el respeto a las necesidades placenteras, en el pensamiento plural, en la medida igualitaria discrecional, en el deseo permanente de necesidad del otro. Y yo creo que en este aspecto, la consecuencia es favorable.
Releo la carta y deduzco que para superar la complejidad del matrimonio, que lo es sin una fuerte dosis de santidad, y posiblemente con ella, (la iglesia se resiste a canonizar a gente casada, a un matrimonio, lo que hace pensar que no es sacramento que en vida facilite una declaración anticipada de ejemplo formal) es necesario un nivel cultural medio que preste a la reflexión para superar los inevitables roces que por abundantes llegan a deteriorar la armonía conyugal. A discernir el trigo de la paja. A ser comprensivo con el otro en la misma medida que lo es consigo mismo. A valorar lo sustancial. En absoluto es una “conditio sine qua non” para ser feliz, para cumplir con la misión responsable. Me remito a la nueva visión del magno misterio del matrimonio donde la sexualidad juega un factor primordial, y que, debilitada la pasión, hace insoportable la convivencia. También es otro factor importante una sexualidad concordada, pero no la suma de todos los bienes que se conjugan en una vida común, aunque las nuevas generaciones fijen el amor y el desamor en lo puramente sexual.
De la obra musical de Smetana “The Moldau”, me quedaría como referente de nuestra larga y , a la vez, corta vida conyugal, según se analice como un hecho consumado o un deseo inacabado, con el fragmento preciosista de las aguas del río, del abanico de violines a ritmo apresurado por llegar a la mar. Para ti y para mí, la mar empieza donde acaba la vida. Una clase de vida, porque de no seguir en otro plano más perfecto, no dejaría de ser una parodia nuestra estancia en el planeta. Al parecer este vínculo que tan importante en el contexto social y trascendente es puramente temporal. Que no se echará de menos esta fusión el día después de la parusía. Puede ser, es revelación sin cuajar. De lo que sí tendrá mucho que ver con el vínculo es la estancia de ese día después de la parusía, porque una vez convertidos •”en una sola carne”, la mayoría de los actos, de las sensaciones, de los proyectos, de los latidos, de los pensamiento, de las ideas, del placer y del displacer son frutos de la unidad vital. Consuela saber de mi parte tus valores aportando un aval de felicidad suprema.
En otro tiempo del amor, antes de entrar por la puerta del hogar, mi carta tendría otro color, el lenguaje otra tesitura, un diccionario propio del poeta.
Hago una comparación mental entre el sueño y la vida y me inclino por la vida. Y en la vida la sangre es un módulo fundamental.
Ojala que en esa hora crepuscular no lejana, al leerme te sirva de compañía, fundamento de la presencia de la mujer al hombre, aunque en este caso se inviertan los términos.
Un abrazo.
Félix

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