sábado, 28 de marzo de 2009

D I O S

Un pueblo
Donde la historia nunca empieza;
Siempre igual, como en la era de piedra-

Junto a la fuente
De una plazoleta esférica,
Un viejo,
Con mil años de experiencia,
Lía un pitillo
Que lleva a su boca a seca.

Jura el viejo
Que en el pueblo no hay más ciencia
Que la que brota del silencio
En las horas muertas.

Que el aire
No es el aire de otras tierras:
Que el sol
Es el sol de otoño y primavera.


Que el tiempo
Es el mismo tiempo sin grietas;
Que las grietas de las casas viejas
Son rendijas abiertas
Por lagartijas para sus siestas.

Que todo se hizo y fue de tal manera
Que todo es igual
Y así queda.
Menos el hombre que siendo distinto
Su identidad recuerda
Sin algo en su cuerpo que parezca
A aquel niño
Que jugaba alrededor de la fuente seca.

Que no es el sol,
La blanca nieve, el verde campo
O la tormenta.
La tierra de pan, las estrellas
La fe que sustenta su creencia.
Ni el plumaje de las aves. La luz del amanecer.
Las noches cálidas
Lo que subsiste en su mente de Dios
Su esencia.

Que Dios es imperfecto
Cuando lo detecta En la sublime sinfonía orquestal
De la naturaleza
Que es mucho más
De lo que hablan los exégetas y profetas
Que es él mismo
Con trascendencia.
Que al ritmo sorprendente de su propia
Naturaleza,
Blando de niño,
Rocosa en la adolescencia,
Dominante en la madurez,
Y, ahora, hecho pelleja, dentro de sí mismo
Y no lejos
En las cosas bellas pero muertas,
Dios es una verdad
Como la muerte impresa en sus espaldas
Para él la gran pirueta
De cambio hacia galaxias nuevas.

El poeta, llama al viejo, poeta.
Los labriegos, un pozo de ciencia.
El cura, un profeta,
Todo el pueblo le venera.

Con su vieja boina en la testa,
Manos de color de cera,
Lía un pitillo el viejo;
Y en sus labios, una sonrisa de Séneca,
Trasluce un deseo de morir sin prisas
Que morir
Es dejar de ser viejo
Y volver a la vida de nuevo corriendo por la plazoleta.

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