domingo, 11 de enero de 2009

El trriangulo de cristal - cap.27

Carla no había dejado de llamar a Rosso para cumplir con la amorosa pe-nitencia que le había impuesto el Rvdo. Nicolás. Desconocía Rosso la intención de Carla. Y, ahora, Jana, ardiente y apasionada, le sugería un respeto y demora ante la grave enfermedad de Carla.
A Rosso la actitud de Carla le parecía lógica, no amorosa, lógica. Pero Ja-na, desligada de toda atadura religiosa tradicional, enamorada de él, por una mera cuestión de sensibilidad se mostraba ligeramente distante a cumplir con su deseo, a pesar de su calentura amorosa como despedida. Todas las puertas se cerraban a su propósito. Y las ventanas. Y las rendijas del cerebro.
Alargó el paseo nocturno cuanto pudo. Mantenía una conversación cósmi-ca alarmante. No había rincón celeste que no hubiera examinado con la vista, ni rincón planetario que no hubiera pisado sus pies. La última llamada de Carla a la una de la mañana no tuvo respuesta.
Pensaba Carla que pudiera estar con Jana, y como deseaba cumplir su pe-nitencia, llamó al teléfono de Jana.
- Por favor, ¿Rosso?
Jana reconoció la voz de Carla, grabada en su cerebro aquella noche en que la trágica noticia de la muerte de Álvaro y el abuelo sucedía en el instante supremo del placer.
- No está en casa, respondió Jana. ¿Algo urgente?
- Soy Carla.
- Sí, ya sé, dijo Jana. Estuvo hasta hace dos horas, pero se fue.
- Gracias. Puedo esperar.
Volvió a intentar de nuevo conectar con Rosso sin éxito. Seguidamente se metió en la cama, rendida y, a la vez, contenta. Rosso no estaba en casa de Ja-na a la hora de las horas locas. Hacía mucho tiempo que esta noticia no le había causado una alegría interior tan fuerte.
Apenas habían pasado unos minutos desde la última llamada telefónica por parte de Carla, cuando Rosso llegaba a casa. Lo primero que hizo fue abrir la nevera para coger dos botes con zumo de naranja y se fue al salón. Puso mú-sica clásica y sentado en el sofá dejó volar el pensamiento hasta quedarse con la última imagen de Jana. Luego se sentó delante de un escritorio que había en un ángulo del salón, abrió un cajón, sacó unos folios y se puso a escribir con la pluma estilográfica que le había regalado Jana por su cumpleaños.
“Querida Carla:
En primavera no sólo revienta la flor, también, de vez en cuando, sopla el viento lastimando la cereza y asoma la lluvia acariciando, unas veces, y ahogando semillas y frutos, su ropaje, otras. En absoluto altera mi enamoramiento por ella por una sencilla razón: porque viento y lluvia son buenos amigos que forman parte de su hechura poética. Y cuando se cruzan en el aire componen versos preciosos. A veces, para dicha de los ojos, actúa el arco-iris dibujando un arco triunfal por deba-jo del cual se adentra en un mundo mágico. Tú nunca comprendiste mi porfía por retocar aquel boceto del paraíso manchado por una mota de aceite, sin que conozca la razón que te movió a rechazar mi poema. ¿O me creíste perfecto como un dios? No es lo mismo viento que ruptura. También hay otoños primaverales, veranos vestidos de invierno, inviernos que se pueden disfrutar a cuerpo gentil. Hasta en el mismo cosmos, la foto no es tan pura como creemos. Nos agrada, nos deleita con su miste-rio, nos impone su dominio, nos susurra con voz de sirena, y, otras veces, nos lleva a la muerte.
Lo de Jana fue un viento. Cierto que arrancó de ti algún pétalo, pero no la flor como lo hubiera hecho una amante vulgar. Toda tú seguías perfecta. Pensando que con mi sinceridad allegaba más a tu interior, te lo dije. La causa fue mía, la ruptu-ra fue tuya. El perdón debe ser mutuo. El mío es total. Pienso que el tuyo sea el mismo que el mío.
Vives un momento crucial, más importante que el día de tu boda, porque si con la boda hubo un comienzo primaveral, lo que te acompaña es el principio de un tiempo donde la luz es perpetua. Me atrae apasionadamente esa luz. No sé qué sería de ti, qué sería de mí, qué sería de los dos, si siempre fuera amanecer o noche. En las variables de la vida es donde mejor se desenvuelve el hombre. .
Tú no me debes nada. No hay deudas entre nosotros. Cada cual dibujó la vida según el pincel de su conciencia. Recojo únicamente lo mejor de ti. Lo otro fue otra cosa que se interpuso sin causa conocida.
Te deseo la felicidad que esperabas de mí, y que no te di, a pesar de quererte siempre. Siempre es mi rúbrica. Siempre, quiere decir, hasta la muerte.
Rosso

Habiendo terminado de escribir la carta a Carla, se levantó del asiento y se dirigió al balcón. Contempló las estrellas, aspiró el aire perfumado de la no-che y volvió a sentarse de nuevo ante su mesa de escritorio.

“Amor:
Nunca te arrepientas de haber sido mi amante, palabra bellísima que define tu calidad de mujer. Tú has sido mi revelación, mi mejor argumento de la teoría del otro. Sucedió simplemente que nos separó una fresca brisa nocturna y me aferré a la primera luz que creí única. Desde entonces, pensando que al ser el amor un ente potencial, cuando llega a tiempo, aún hay tiempo para vivir en plenitud.
A ti te debo madurez, ternura, ejemplaridad y un cuerpo pre-
Coso.. No serás pasto de gusanos porque de la tierra brotarán flores de tu tumba. Yo no sé quién inventó la indisolubilidad del matrimonio, por aquello de que son “una sola carne”, cuando de nuestra unión nació de un solo espíritu. Fue mi caso contigo.
Siempre que iba a ti, buscaba la palabra. Tú eras una palabra. Tu entrega florida y hermosa también fue una palabra.
No es que proponga una dinámica de agonía en el convivir de la pareja en su permanente búsqueda del otro que genera plenitud. Para esto debería estipularse un cuerpo legislativo y de su cumplimiento la libertad razonada y nunca controvertida con la conciencia.
Amparadas las responsabilidades contraídas por un platonismo que ciega la serena visión de la realidad, inmerso en el ensueño que impone una psicología inci-piente la facultad debida para rectificar, no debería estar estrangulada por ninguna
ley humano-divina el hallazgo de la felicidad. Podía ser un bien natural si el hom-bre fuese natural en su atención con la naturaleza propia y ajena. En este caso no se pone en tela de juicio la economía divina, sino la interpretación de esa economía como una evidencia.
Es por eso por lo que esta noche te proponía de manera definitiva el compromi-so formal, sin alteración en la creencia a que estoy sujeto. Y mira tú, liberada de toda atadura impositiva canónica, por amor, por sensibilidad con la sensibilidad del otro, sin condicionamientos religiosos, me lo pospones para un tiempo mejor. Nunca creí que pudiera encontrar un amor gratuito de sublime composición lírica y acertada como el tuyo. Fue la cama para ti una especie de altar donde ofrecerte co-mo víctima sagrada.
No, amor, no se trataba de un problema de rebeldía personal, sino una cues-tión de principios que creí que podría solventar en ti, después de haber leído “La levedad del ser “. Pienso que debí haberte hecho caso cuando me propusiste el reco-nocimiento legal del amor, pero en aquel momento no tenía ordenada mi conciencia y era necesario para mí que se produjera como garantía de felicidad total. Ahora, convencido de que mi destino no depende de las leyes, ni de ideologías, ni de doctri-nas sino de mi conciencia y Dios, y no viendo en El más que una infinita esencia del amor, sobre la base del amor mismo, en su acepción más excelsa, era por lo que creí que había llegado la hora del uniser.
El mundo está falto de luz, y fuera de la rosa, de las aves y de mi amor por ti, y de ti misma, no vale un pataco. Siento en mí “la levedad del ser”. Testimonia mi amor por ti. Eternamente tuyo
Rosso

Posó los codos sobre la mesa, juntó las manos en actitud de oración, y se dejó estar así unos minutos. Luego volvió a coger del cajón de la mesa unas cuartillas en blanco y se puso a escribir con más lentitud, analizando cada una de las pa labras.
“Señores del tribunal eclesiástico:
Si por las consecuencias desfavorables del comportamiento humano a escala planetaria se niega la permisividad al cambio del amor por otro amor más perfecto, sintonizante, trascendente, su presencia funcional sobre el esquema teocentrista de la vida del hombre; si desde un principio la esencia de Dios abarca única y exclusi-vamente el concepto del amor, el trueque de un amor por otro amor mejor, no sólo es un bien en sí mismo, sino también una exigencia de la propia dignidad humana, ¿no creen ustedes que la terquedad de sostener un criterio decimonónico connota una influencia mitológica? ¿En qué ámbito de la Carta Magna cristológica no se eviden-cia la ternura y la comprensión y la benevolencia a quienes se entregaron al amor por error y su posibilidad de cambio? Sólo el desamor engendra leyes torcidas propi-ciando la agonía del hombre. Por esta razón culpabilizo a ese Tribunal que, llevado por un mimetismo histórico-mítico, desvinculado de la creencia que sustenta la fe en Dios, han actuado como jueces de la antigua Israel.
Pretender dirigir la historia de la salvación por vía jurídico-canónica, es abo-carla al drama y a la tragedia, o lo que es igual, a la muerte”.
Atentamente
Rosso

Metió cada carta en un sobre, le puso sello y salió de casa para echarlas en un buzón de Correos que había en una esquina de una calle próxima.
De nuevo alzó la mirada al cielo estrellado desde el balcón, cerró el balcón, se dirigió al baño, abrió un pequeño armario de madera de color blanco, buscó, buscó un frasco de entre otros muchos que había allí, lo abrió, dejó caer en la palma de su mano derecha unas pildoras, se las llevó a la boca y las tragó con la ayuda de un vaso de agua. Luego se tumbó en la cama.
Entre luces interiores, tantas veces deseadas en el amor humano, encendió la radio y se sintió acompañado por una melosa y dulce voz femenina que cantaba una composición de Jacques Brel “ Ne me quitte pas”, y que iba traduciendo para sí mismo:
“No me dejes, es necesario olvidar, todo puede olvidarse, quien huye ya, olvi-dar el tiempo de malentendidos y el tiempo perdido a saber cómo, olvidar esas horas que mataban a veces el tiempo de felicidad, a golpe de por qué, no me dejes, no me dejes, no me dejes.
Yo, te regalaré perlas de lluvia traída de un país donde no llueve, ahondaré la tierra hasta después de mi muerte para cubrir tu cuerpo de oro y de luz; construiré un reino donde el amor será rey, donde el amor será ley, donde tú serás reina, no me dejes, no me dejes, no me dejes
No me dejes, inventaré palabras sin sentido que tú comprenderás; te hablaré de aquellos amantes que han visto dos veces sus corazones abrazarse; te volveré a contar la historia de ese rey muerto de no haber podido encontrarte, no me dejes, no me dejes, no me dejes.
Se ha visto a menudo renacer el fuego del antiguo volcán que se creía demasia-do viejo, del mismo modo, tierras quemadas dando más trigo que en el mejor abril y cuando viene el atardecer para que en un ciclo resplandezca, ¿ el rojo y el negro no se abrazan?
No me dejes; ya no lloraré, ya no hablaré, me esconderé aquí para verte bailar y sonreír, y para escucharte cantar y después reír; deja que me envuelva la sombra de tu sombra, la sombra de tu mano, la sombra de tu perro... No me dejes, no me dejes, no me dejes”.

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