domingo, 11 de enero de 2009

El triángulo de cristal cap.23-24

Cap.23
Tan pronto Rosso cerró la puerta, Jana se duchó, secó el pelo, se puso un vestido blanco veraniego y salió de casa al Hospital General para interesarse del fatal accidente. Las calles dormían a altas horas de la noche. El silencio era tan fuerte que Jana oía sus propias pisadas. Le acompañaba una Luna mofletuda y sonriente, ajena al dolor de Rosso, de Carla, de Jana, del vagabundo, de la parturienta de turno, del enfermo, del poeta solitario. Y es que la Luna no sabe hacer otra cosa que sonreír.
Mientras cruzaba una calle y otra, pensaba en el rostro de su amado, bañado en lágrimas; en la metafísica prieta de efectos contrarios; en el juego desigual del placer y de la muerte; en el grito del alma llamando a Dios para que le dijera algo. Pero, sobre-todo, en el miedo a que la noche fuera eterna y no volviera a amanecer nunca más. Mi-raba una y otra vez el anillo para sentirse acompañada de Rosso.
Un ángel de la guarda vestido de taxista la llevó al Hospital. Por más que hizo uso de su coquetería, el portero no la dejó entrar. El taxista que la había conducido intervi-no en su favor y como quien pisa un campo de minas llegó al pasillo central. Al ver a Rosso que hablaba con Carla, dio media vuelta y regreso a casa intentado dibujar el rostro de Dios sin conseguirlo. En el portal escuchó cuatro campanadas que venían del reloj de una iglesia cercana.
A Rosso la muerte de su hijo y del abuelo en un momento tan excelso de la pasión le produjo un sentimiento de culpabilidad. La lucha interna entre la creencia y el peca-do volvía a salir a la superficie con tanta violencia que se sentía desorientado. No sabía cómo asimilar aquella transfiguración de Jana y el aviso divino. Por un lado un ángel le acusaba de que Jana era un fruto prohibido que no debería probar nunca. Otro, vestido igual que el primero, le comunicaba que no había un corazón limpio en este planeta como el corazón de Jana. Que la danza de los velos de Jana no era la misma que la de Salomé. Que en Salomé, la provocación era la muerte, mientras que en Jana era una manera sabia de llegar al corazón. Lo había comentado en una ocasión con ella:“Cuando está presente la muerte de un ser querido, en la medida que afecta al corazón, este mira a Dios”.
El chaval y el abuelo habían pasado la tarde en una verbena del pueblo donde te-nían una casa de verano. El abuelo trataba de convencer a su nieto que había que regre-sar a casa no más allá del crepúsculo, pero este insistía en probar los diversos juegos retardando la salida. Tiovivos, volanderas, tómbolas, churros, globos, carrera de coches. Se había saturado de colores y de fantasía. Un desajuste mecánico del coche llegando a una rotonda cerca de su casa rural produjo el desastre fatal.
Rosso solicitó en la clínica ver los cadáveres. La dirección de la clínica le persuadió que no lo hiciera. Carla pidió ir a casa de su madre. No tenía fuerzas para nada. Mien-tras iban en el taxi, Rosso rebobinó su noche loca, y de la noche ese instante en que hablaba de colgar el alma en el perchero del baño o el espíritu en un cajón cualquiera del armario del salón sin ninguna intención ateísta. Trataba de liberarse de toda in-fluencia ética afectando a la fantasía y al erotismo. Era una manera vulgar de decir: Hasta aquí el parlamento. Allá, las almas. Y como realidad de esta empatía amorosa, los cuerpos. Si alguien estaba exenta de culpa, era Jana.
El único lazo de unión entre Rosso y Carla había acabado. Con ser el dolor tan fuerte en absoluto propiciaba la separación para rehacer de un modo natural la propia vida. ¿Lo aceptaría el tribunal eclesiástico? Si la conciencia, pensaba Rosso, sólo fuera una energía, un instrumento similar al del cerebro, bastaría un silogismo bien estructu-rado para lograr su propósito, pero habida cuenta que venía a significar el soplo divino, implacable juez de la justicia, conectada siempre con la trascendencia, su voz imponía el cumplimiento de la ley sobre la pasión. La ley se lo había recordado el P. Nicolás, y con acento amenazador, el tribunal eclesiástico.
En casa de la madre de Carla estaba el P. Nicolás.
- Contad conmigo para lo que necesitéis, dijo el P. Nicolás, siempre amable en el tono y en los gestos.
- Muchas gracias, Padre.
En un rincón de la casa, el sacerdote aconsejó a Carla.
Deberías hacer caso a Rosso. Precisas de su apoyo. Sé que te quiere. Carla, que ve-neraba al padre Nicolás, asintió con la cabeza.
La presencia de una amiga de Carla, permitió al sacerdote un aparte con Rosso.
- ¿Cómo van las cosas?
- Sin solución. Respondió Rosso, serio, demacrado, resignado.
- Carla me solicitó una visita. Veremos qué se puede hacer.
- Se lo agradezco, Padre. También yo le necesito.
- Pues... ya sabes dónde me tienes.
Se acercó a Carla, y se despidió. Lo mismo de su amiga. Rosso le acompañó hasta la puerta.
- ¡Animo! Ya sabes, Dios escribe recto con líneas torcidas. Tu mujer te necesita más que nunca.
- Lo tendré en cuenta.
Trató Rosso de que Carla se acostara y durmiera un poco. Se encontraba tan débil que accedió, y, con la ayuda de un fármaco, se quedó pronto dormida. Rosso apagó la luz, y le estampó un beso en la frente. Las horas siguientes hasta el amanecer las pasó en el salón dejando volar la mente al mundo de Jana.
Jana, ante la imposibilidad de dibujar el rostro de Dios, se despertó a los pocos minutos de quedarse dormida. Intentó comunicarse con Rosso llamándole a su casa, pero no había nadie. Como no podía conciliar el sueño, se puso cómoda y se sentó en el sofá del salón. Puso un disco al azar y se dejó llevar por el lirismo del largo del “Triple concierto Op.56, Concierto para violín, violonchelo, piano y orquesta en Do mayor de Beethoven.
Era tal el cruce de imágenes que asomaba a su mente que por momentos notaba una ansiedad preocupante que trató de curar, según costumbre, con una ducha de agua fría. Cuando se vio en el espejo no se vio tan guapa como decía Rosso, y sacó una con-clusión: La empatía y el deseo son la regla de la belleza.
Soñaba Carla con su hijo y con el abuelo paseando de la mano de Dios por el cielo. Rosso daba vueltas en la cama buscando la manera de no ver a Dios acusándole con el dedo su desafío. Jana soñaba que caía al vacío y rogaba a Dios que le tendiera la mano.
Todos estaban impresos en el poema que acababa así: Siempre está Dios cuando se juega con nada”, pero nadie se alegraba de su presencia. Jana no podía sacar de la cabeza la pregunta de Rosso cuando sonó el teléfono en su alcoba en el instante del co-ito: ¿”Y si es Dios quién llama “? Y su respuesta: “Que espere, que es dueño del tiem-po”. No le parecía propio que en una situación tan íntima interviniera para nada. Carla sentía la culpa cuando Rosso le dijo que tenía una visión de Juez. Y Rosso por su osadía dialéctica tratando de enmendar la plana a Dios ante el Rvdo. Nicolás. Tribunal ecle-siástico y su conciencia. Y, ahora, al unísono, sentía en sus mentes la sensación del va-cío que genera la ausencia de amores en sus diversas facetas.
Con los pájaros todavía en sus nidos y la luz solar asomando la nariz por el hori-zonte, Carla se levantó angustiada. Notó una luz encendida en el salón y vio a Rosso que dormía vestido en el sofá. Preparó un café cuyo aroma despertó a Rosso.
Al ver a Carla con la bata puesta y el rostro lloroso le pareció que había envejecido diez años. Sintió por dentro una inmensa pena, y con mucho sentimiento, dijo.
- Lo siento, amor. ¿En qué puedo ayudarte?
Carla se hizo la fuerte, y con voz seca, dijo.
- Prefiero estar sola.
No hubo más diálogo. Rosso dejó el café que le había servido Carla y se fue a su casa tal como se levantó del sofá.
A Carla le dolía el corazón en igual medida que su indiferencia por Rosso.

Cap.24



Rosso supo de la presencia de Jana en el funeral, cuando al salir de la iglesia, la vio subirse a un taxi.
Habia poca gente de la boda y mucha por parte del pueblo. Ofició la misa el P. Ni-colás que aprovechó la homilía par dejar caer alguna metáfora sobre Rosso y Carla, tan sublimalmente que sólo ellos podían saber de qué iba la cosa.
Jana habia quedado atrás y entró cuando se cercioró de que habia
empezado la misa de Requiem. Se habia cuidado muy mucho de no llamar la atención que lo era por guapa dejando el anmillo de regalo en casa, el vestuario de la frivolidad en su habitación, la cosmética en el baño, y los colores vivos de la ropa veraniega. Disi-mulaba con el desarreglo del pelo que fuera doctora en Psicología y sabia en el amor.
Su presencia en el templo era puramente protocolaria, por eso quiso pasar des-apercibida saliendo unos minutos antes de acabar la ceremonia religiosa. El hecho de que Rosso la viera la tuvo el taxi que tardó más de lo debido por el tráfico que habia en la ciudad que era muy espeso..
Pasado un tiempo la vida volvió a recobrar el tono normal de todos los días. Rosso quiso ver en este suceso un castigo divino. Carla renunció al terminar el funeral que le acompañara Rosso a casa al memorar el perfume de la carta del día de su aniversario de boda que era el mismo que notó la noche anterior, cuando la visitó en la clínica y que calló por respeto al luto.
Así, pues, había llegado la hora de recoger sus pertenencias y Rosso no lo pensó dos veces.
El mundo había dejado de ser Carla y Rosso, como hace siglos, en el paraíso, Adán y Eva. Ahora el mundo era Rosso y su problema. Carla y sus amigas. Jana y su angus-tia. El mundo era, y el mundo, cuando sólo es, deja de ser refugio para convertirse en un vacío universal.
Pasado un tiempo prudencial, Jana llamó a Rosso por teléfono.
- Hola
- Hola.
- Te espero, amor.
Vivía Rosso una crisis tan fuerte que le pareció providencial la llamada de Jana.
Aun cuando se rozaron los labios, la presencia de Rosso en casa de Jana carecía de aquella sensación de gloria de verse en el tálamo de las fantasias.
Jana avivó su temperamento y se avino a las circunstancias psicológicas por las que atravesaba Rosso.
- No es bueno que te encierres en ti mismo. Lo sabes bien.
- Lo sé, dijo Rosso. Agradezco tu compañía.
- Es tiempo de dolor. No quiero con ello ablandar mi lenguaje. Por eso te pregunto ¿En qué puede afectar la muerte de tu hijo a este anillo?
Jana se levantó del asiento para preparar un café.
- No me respondas, dijo Jana desde la puerta del salón.
Rosso le ofreció una sonrisa.
Servido el café, Jana preguntó.
- ¿Quieres quedarte esta noche?
Rosso no dijo que no, y esto animó a Jana.
- No tiene por qué haber boda, si no quieres.
- Es que no siento nada de nada, contestó Rosso, dibujando en su mente la imagen de su hijo. No quiero aburrirte.
- ¿Qué tiene que ver? ¿Acaso has de visitarme únicamente para acostarnos? Somos algo más ¿No crees? Todo tiene su hora, su tiempo, su...
Rosso estaba como ido.
- ¿En qué piensas? ¿No me lo vas a decir?
Rosso no reaccionaba.
Jana le cogió la mano, lo atrajo hacia sí, y con voz dulce, le dijo.
- Si quieres llorar, llora. No tengas vergüenza.
- No sé qué decirte. No te mereces esto. Estoy en las nubes y no sabes qué extraña sensación me produce.
Pasándole la mano por el pelo ondulado de Rosso, con voz de confesionario, dijo.
- Me basta con que estés aquí.
Aquella persuasión y tenacidad femenina tuvo su premio.
- Me quedo, dijo Rosso.
A Jana se le iluminó el rostro de alegría. Le hubiera abrazado, comido a besos, vuelto al mundo de la magia, cantar un aria de ópera, poner serpentinas por toda la casa, pero se contuvo. Aún estaban calientes los cuerpos del hijo y del abuelo.
No era mala terapia la que quería poner en práctica Jana, pero temía que no fuera bien interpretada su reacción.
- Ya nada me importa en esta vida. Me paso todo el tiempo buscando la verdad y todo se oscurece a mí alrededor.
- ¿Yo soy una oscuridad? La otra noche era la aurora, la estrella
Venus, la luz matutina.
Rosso no pudo evitar una sonrisa y Jana la amplió con la suya.
- Tú eres otra cosa. Estás por encima de esta basura de mundo en que vivimos. No sé como explicarme. Dónde quiera que vaya ¿Qué ves? Un caos. Vas por el mundo bus-cando la alegría del vuelo de una gaviota, el dulce canto del jilguero, la suave caricia de la hierba, el murmullo gratificante de la brisa, el brillo amable de la mañana, una boca que besar, un cuerpo que amar, un alma a la que adorar, un espacio por el que correr ¿Y qué encuentras? La muerte, las prisas, el pájaro mudo, la noche fría, la hierba perezosa. Gritos por todas partes pidiendo socorro. Y cuando el velo de la niebla se pone delante de los ojos, no sabes dónde está el horizonte y te pierdes.
Jana estaba nerviosa.
- El caso es que está aquí lo que tonifica el alma y ansía la naturaleza. Está en ti, eres tú, ¿Y qué sucede?
- Eso, eso ¿Qué sucede? Preguntó Jana que se sentía halagada por Rosso.
- Que en la plenitud amorosa, muere mi hijo.
- ¿Y?
- Si Dios ya es, por lo que somos, una incógnita. Si tanto interviene en las decisio-nes humanas entre el cuerpo y el alma peleándose a puñetazos, ¿por qué se revela siem-pre dentro del misterio? Y si lo hace a través de otros, ¿Por qué ha de ser por medio del dolor y de la muerte? Es lo que me inquieta de mi religión que cuando se habla de Dios es
Como si hablaras del lobo feroz de Caperucit Roja
.- Me gustaría seguirte, pero..
- ... pero no sé qué me pasa. No depende de ti. Amas y dejas amar.
- No me sobrevalores, cariño, dijo Jana, preocupada de ver a Rosso tan abatido. El amor humano no está exento de egoísmo. Cuando te digo que te quiero, tambien estoy ficienco que me quiero.
- No es verdad.
- Me alegra oírte decir eso, dijo Jana, pero es así.
Tras una pausa preguntó.
- ¿En qué piensas ante un hecho como el de la otra noche?
- ¿Cuál hecho, la de los cuerpos o el de la muerte?
- Los dos afectan al cuerpo.
- Pero no es lo mismo la cama que un nicho. En la cama vibra el ser total, en el nicho sólo el ser.
- Si te relaja hablar, habla. Dijo Jana, arrimándose a Rosso, tratando de darle afecto.
- Tengo una duda enorme, dijo Rosso.
Jana le dio un beso.
- Te escucho.
- Dios habla, cuando crea la pareja, que es uniser. ¿Dónde esta mi uniser de perso-na que mi amor por tí rechaza el alma siendo parte de mí mismo? Porque a ti te quiero en cuerpo y alma, y no parece que sea saludable a los ojos de Dios.
- Cariño ¿ piensas que hay una relación entre una cosa y otra? Y
en el supuesto que lo hubiere ¿No sería más justo que pensaras de El por qué al abuelo y al hijo y no a ti?
- Es que entonces no sería un castigo
- Me inquieta tu respuesta a mi lado. O sea, que según tú, preferías morir.
- No lo sé.
- ¿Y qué tienes previsto?
- Vivir sin sobresaltos. Hacer frente a la vida al día siguiente. A veces, combino tu cuerpo con las estrellas, y no advierto ninguna diferencia porque, aunque no lo creas, cada vez que pienso en ti, vestida o desnuda, en la cocina o en la cama, la idea de Dios cobra un dominio sobre mí, y todo me parece una conjugación perfecta, preciosa, so-lemne. Luego...
Jana sólo tenía ojos para los ojos de Rosso.
- ... luego aparecen las nubes y las estrellas...
- ¿Qué le pasa a las estrellas?
- ... que desaparecen del decorado. Cierto que aún quedas tú, como un astro in-mortal, pero, entonces, el corazón limita su hábitat, y el alma, que es un pájaro volador, entabla su particular lucha, como si estuviera celoso, y te aleja de mí.
- ¡Pájaro volador! Repitió Jana en voz baja, queriendo traducir esta figura litera-ria, plena de connotaciones misteriosas, a la vez que poética.
- Sí, sí. Ocurre siempre que te desplazas de un orden establecido ya
sea por una filosofía que domina un tiempo de la historia o por una teología imbuida de contenidos sombríos, por el mero hecho de no estar a la moda. En este caso concreto el no poder abrazarte sin que una voz me diga al oído que estoy pecando.
- Te entiendo, pero el otro día me dijiste que habías tomado una resolución defini-tiva.
- ¿Y cuál fue la respuesta?
- ¡Por favor, Rosso, no pensarás que...
- Puedes decirlo abiertamente. Creo que existe una concausa entre mi amor com-partido contigo y la muerte de mi hijo y del abuelo.
- Si piensas así, tu problema es de psiquiatría. Te lo digo con todo mi cariño. Es más, te prometo no alterar tu conciencia hasta que resuelvas ese drama que llevas de-ntro de ti. Y si he de esperar hasta la vejez, esperaré.
Rosso mostró cierta desilusión.
La tarde iba dejando paso al anochecer. A través del cristal el crepúsculo era un marco que infundía serena quietud. Jana dejó entrever la cena.
- Estáte quieta.
- Sabes que no me importa, contestó Jana. Conoces mi lema: “Cada cosa tiene su tiempo”. Y apuntaló.
- Egoístamente hablando, ceno más y mejor si me acompañas. Anímate.
Rosso complació a Jana
Ya en la cocina, mientras cogía, sacaba, elegía, reponía, buscaba, abría, cerraba, y abría de nuevo y cerraba de nuevo la puerta de la despensa, de la nevera, del refrigera-dor, Jana preguntó.
- ¿Estás mejor?
- A tu lado todo es más fácil. Me das seguridad a mi propia inseguridad.
- Eso merece un beso, dijo Jana en voz alta, y acto seguido besó a Rosso.
- Me gustaría hacerte una pregunta delicada.
- ¡Jana! Las preguntas son todas delicadas si se hacen con delicadeza, y tú no tie-nes por qué hacer un acto de reflexión previo. Además, como tú dices, aclaró Rosso, mala cosa sería que sólo desnudáramos cuerpos.
- De acuerdo, pero no lo tomes al pie de la letra, que tiene su valor intrínseco en el amor, no sea que por ese camino haya que vestirse con un saco para evitar tentaciones.
- ¿Qué pregunta querías hacerme?
- ¡Ah, sí...
Mientras mondaba una cebolla, dando la espalda a Rosso, ladeó la cabeza, y preguntó.
- ¿Pensaste alguna vez en la muerte, en tu muerte, en mi muerte?
- No.
- ¿Y crees que vas a vivir siempre o que voy a vivir siempre?
- No.
- ¿Qué hay más allá de la vida?
- Vida.
- ¿Qué vida?
- ¿Qué importa qué?
- A mí, mucho.
- ¿Por qué?
- Porque no la concibo sin ti, sin mi familia, sin...
- Lo que hay que creer es simplemente que la vida sigue.
Estaba claro que para Jana y Rosso no había orden en el tiempo y en el espacio que impidieran abrirse de par en par cuando se requerían mutuamente por mor de unas cosquillas o de una inquietud anímica o de un concepto puramente racional.
- ¿Eres feliz?
Tan pronto como Jana hizo la pregunta se dio cuenta de su impertinencia y le pi-dió perdón.
- No me respondas, apuntó Jana. Ha sido una impertinencia.
- ¿Por qué?
- Jana juntó las manos en posición de rezo e insistió sobre su imprudencia. Rosso se mostró deliberadamente distraído.
- ¿Y tú?
- Sólo cuando tú eres feliz.
- Pero yo...
Jana adivinó la respuesta y no la quiso escuchar, sin embargo le venció la curiosi-dad.
- ¿Ni cuando estás conmigo?
- Tampoco.
- Mientes, dijo Jana, dubitativa.
- No, no miento. Me siento mejor a tu lado.
- ¿Sólo eso?
- Y amado
- ¿Y no es mucho en esta vida? Preguntó Jana.
- Sí, pero dentro de mí hay algo más que tú no puedes saber, porque no te esfuer-zas en llegar a ese mundo.
- ¿Te refieres a la conciencia y Dios?
- Algo así. Pero dime, ¿Cómo has acertado? ¿Quién te lo dijo? No serás una bruja.
- Pero si eres como un espejo. Contestó Jana
- Ya, pero el espejo sólo te devuelve la imagen, no lo que hay den -tro de esa ima-gen.
Uno y otro prepararon la mesa.
A medida que se bajaba al mundo de la realidad, que no era otra cosa que ellos mismos, el deseo crecía en la misma proporción. Entre sorbo y sorbo, brincando como saltamontes, caía un piropo en la sopera. Pero Jana no era mujer de situaciones fáciles, y enlazó la conversación de la cocina de una manera directa y concisa.
- Enséñame.
- ¿Qué?
Sin dejar de mirar a Rosso, dijo.
- Referente a ese mundo que dices que no me esfuerzo en conocer o en llegar a ti. Me refiero a ese mundo de la conciencia y Dios.
- ¡Ah! Y yo que creí que no me escuchabas!
- No necesitas hablar conmigo para saber cuál es el color de tu alegría o de tu do-lor. Y su intensidad. Por eso, cuando la pasión nos encadena, también sé valorar el gra-do supremo de tu amor por mí.
Rosso se quedó mirándola fijamente a los ojos, al tiempo que se preguntaba ¿Quién habrá engendrado a esta mujer que deja de lado la poesía y se preocupa tanto por el subconsciente? ¿De qué estará hecha que no conozco en Carla cuando vivíamos en la Luna?
- No, no lo haré. Sería sembrar muchas dudas y las dudas engendran dolores de parto, con la salvedad de que puede durar toda una vida, no nueve meses.
- ¿Dios es dolor? Preguntó Jana.
- No lo sé. Oyendo al tribunal eclesiástico, diría que sí.
- Entonces, ¿Para qué nos creó?
- Este es el misterio de la vida. Desde luego, en este momento, para mí, sí. Pero, también, es esperanza.
- Explícame que Dios es dolor y esperanza.
Se disponía Rosso a contestar, cuando Jana, levantándose de la silla, recogió los platos. Rosso la acompañó a la cocina con todo lo que había quedado en la mesa.
Cogidos de la mano, en el sofá, llevados por una reacción química
trataron de rozar sus cuerpos sin mucho deseo, pero lo suficiente para infundirse calor humano.
La capacidad que tenían de enlazar la última frase con la siguiente, aunque en el medio intervinieran agentes distantes del tema, era inaudita.
- Dime, dijo Jana.
- No me va a ser fácil, porque no acabo de entender como lo explica la iglesia, y lo que sé y deduzco me produce duda, y en esta duda aparece el dolor. Otras veces, me siento más sumiso, y desaparece el dolor como una pompa de jabón cuando contacta con el aire.
- No busco lecciones de teología, sino vibraciones. Tu propia contradicción que tanto me enamora, aclaró Jana.
- No creo lo que me dices.
- Bueno, puede que tengas razón, pero por igual interés.
Rosso se sirvió un vino de Oporto, y Jana encendió un cigarrillo. Ambos se mos-traron educados, rematando la acción personal del otro.
- Te amo, y no puedo casarme contigo. No me ama, y tengo que estar unida a Car-la por vida. Amo a mi hijo, y muere. Amo el amor y no puedo gozar de él sin violentar la conciencia. Quiero no creer, y no puedo, porque me puede la creencia. A nuestra reli-gión le falta una fórmula esencial.
- ¿Cuál?
- Aquella que le dijera a Moisés, o antes a Abraham, o definitiva-
mente a Cristo: “Haced lo que os venga en gana. Dios no os necesita, aunque, después de muertos, le veréis y gozareis de Él”.
-¿Qué quieres decir?
- Si es imposible comprenderle, si no hay lógica en nuestro nacimiento, si resulta que el amor no es libre, porque no lo es, dime, Jana, ¿No alegraría nuestra existencia con un” haced lo que queráis que, muertos, resucitareis a la vida anterior al pecado original?” Pero no fue así. Las barbas de Moisés siguen sin afeitar.
A Jana le produjo una leve sonrisa la barba de Moisés.
- Es de suponer que hasta aquí es el Dios del dolor. ¿Y el Dios de la esperanza? Preguntó Jana.
- La esperanza radica en el amor mismo de Dios.
- ¿Y es el mismo Dios?
Rosso miró a Jana sorprendido.
- ¿Y dices que no piensas en Él?
Jana se sinceró.
- No, no es que piense mucho en Él, me lo sugieres tú. Me explico. Nadie puede afirmar que de una u otra manera no piensa en Él, pues en la misma afirmación, ya está el pensamiento actuando en lo que niega. Ahora bien, esta obsesión de siluetar su imagen por medio de los oráculos de los profetas, como un caudillo dictatorial – los is-raelitas todavía esperan al Mesías - procurando leyes y más leyes, se me antoja una imagen pueril. Prueba de ello es que, cuando se encarna en la naturaleza humana de Cristo, los celotes de la Ley son recriminados por su intransigencia, por su mentalidad cerrada al perdón, al sentimiento sincero, al espíritu de las leyes. En ese Dios es en el que no creo.
- Sí, es el mismo Dios, respondió Rosso serio, conectando con la pregunta del Dios de la esperanza, pero antes y después de la muerte. Y esto genera, también, otra duda. Todo es muy curioso cuando se mezcla a Dios en las cosas, ya que se mueve por otros parámetros que no son los nuestros.
- Si es así, como tu dices, ¿Por qué te inquietas tanto y hieres tu propia conciencia con tanta duda?
Jana sirvió otro café.
- No voy a dormir esta noche.
- Ojalá no durmiéramos nunca, ni antes ni después del amor.
- Nunca, ¿no es la eternidad?
La mía comenzó contigo. Dejemos que duerman los muertos.
Y se fue del salón, dejando solo a Rosso con su teología personal.
Rosso la detuvo.
- ¿Se puede saber en qué piensas?
Jana sonrió, y, moviendo los dedos de la mano derecha, contestó en voz baja.
- Tranquilo, cariño.
Rosso temía las ausencias de Jana. Cada vez que pasaba la noche con ella le sor-prendía con algo. Ese algo tenía misterio, y el misterio estaba siempre enfocado con el placer.
Al poco rato, cuando apareció Jana en camisón de seda cosido a su
se abrió un poro de lujuria en Rosso.
- ¿Me acompañas?
Había llegado el momento de fundirse más allá del pensamiento, que es una parte del ser, y más allá de los cuerpos, que es otra parte del ser.
- Eres un demonio, dijo Rosso.
- No, no es lo que piensas,respondió Jana.Voy a respetar tu cuerpo como si fuera una hostia consagrada.
- Rosso cambió su piropo.
- Eres un ángel.
- ¿Por qué te empeñas en situarme en un mundo que no me pertenece? Ni demonio ni ángel, simplemente Jana, mujer.
Y se fueron a la habitación, sembrando de besos el pasillo de la casa.
Ya en la cama, Jana inició la conversación.
- Siempre que está en juego la sexualidad, se establece un mundo extraño. Si es la iglesia, retorciendo con sus sermones lo que constituye algo tan bello de la vida huma-na. Si es la sociedad, ensuciando la pureza del amor. Siempre hay un pero, a veces, in-cluso entre los mismos amantes. Si todo fuera así, ¿Qué valor teológico tendría la natu-raleza humana de Cristo, su muerte y resurrección, el nacimiento de una criatura, en fin, la única realidad tangible de la vida?
- Tienes razón, dijo Rosso. Las almas se divorcian, y no pasa nada, pero tocante a la carne, todo se convierte en un drama. ¿Qué teología es esa que afirma que los espíri-tus se entienden mejor que los cuerpos? ¡Qué empeño tiene la religión – todas – que la criatura humana sea un espíritu!
- ¿Y si tú y yo, dijo Jana, pensamos distinto, ¿Por qué esa resistencia a que hablen nuestras naturalezas como sabios libros de amor? ¿No será, cariño, que tu cerebro ima-gina un dios vengativo?
- ¿Quién te dijo a ti eso? Preguntó Rosso.
- El sentido común, respondió Jana.
- Vamos a ver. No es verdad que la revelación por parte de Dios respecto de la con-ducta del hombre sea una moda, para un tiempo limitado, para un episodio de la histo-ria. Otra cosa es que, según la civilización, el mensaje tenga una aplicación distinta, pero no su contenido.
- Si es como tú dices, replicó Jana, ¿A qué vino Cristo a la tierra? Algo anormal habría en aquella época que merecía una aclaración. ¿Y cuál fue esa aclaración?
Rosso era feliz como un niño oyendo a Jana en materia que era su diversión ra-cional.
- El amor antes que la Ley.
- ¿Y tú en qué posición estás?
- A fuer de ser sincero, me mueve más la Ley, no porque la prefiera, sino por el temor que impone su quebrantamiento.
- De acuerdo, dijo Jana.
Aunque abrazados no hubo cópula, y la mañana amneció entre dos cuerpos ju-gando a teólogos. Un baño puso las cosas nuevamente en
su sitio y la vida recobró su cauce normal.
Mientras desayunaban en la cocina, Jana propuso a Rosso ir al cementerio. No quedaba lejos, y se fueron andando, cambiando impresiones sobre el futuro.
Ante la tumba, uno y otra se quedaron como estatuas, y, en profundo silencio, ca-da cual fue dibujando su propio destino en el más allá. Rosso rompió el silencio con un comentario en voz alta.
- ¡Hay que ser imbécil para no extraer de esta verdad absoluta otra actitud en la vida!
Jana no hizo comentario alguno al monólogo de Rosso y se limitó a darle ánimos cogiéndole de la mano y dejándose estar quieta y callada, esperando una leve insinua-ción de su amado que le distrajera del lugar.
Entretanto, al otro lado del continente de Rosso y de Jana, Carla compartía su so-ledad con su madre. No había encontrado otra terapia mejor para superar la fuerte de-presión que estaba sufriendo que retornar al vientre de su madre. Parecía imposible que en tan pocos años, aquella chica tan vital, celosa las flores de su diseño animal, avejen-tara tan deprisa. También había dejado para otro tiempo sus charlas con sus amigas en la cafetería. La muerte del hijo y del abuelo justificaba su talante. Toda ella era una isla, rodeada de un mar de tiburones. Rosso tenía su consuelo en Jana, mujer equilibra-da y culta. Poseía un don especial para que el nervio animal se trocara en un lenguaje decoroso y humano, centrando en su fantasía la seducción y en su análisis lo concep-tual. Esta manía recíproca por ahondar en las cosas definía la calidad humana de am-bos. Sentían una mutua complacencia cuestionar las cosas más triviales desde una pers-pectiva trascendente. Para Rosso, este enfoque de la vida tenía un carácter singular cuando estaba en juego la conciencia y Dios. En Jana, vivir la vida en plenitud era su mayor afán. Pero la ley estaba ahí, vigilante y acusadora, y el dogma, y la sociedad con ojos de búho inspeccionando todo aquello que le era ajeno como si fuera propio.
La creencia de que la muerte de su hijo había sido un castigo de Dios por su desa-fío a las leyes bíblicas a favor de sus criterios había acrecentado cierto desasosiego. Ne-cesitaba cerciorarse de que la decisión que había tomado respecto a vivir con Jana enca-jaba en el pensamiento eclesial. No pretendía huir de los principios en pro de una libera-lización caprichosa, pero sabía muy bien que, muchas veces, el sofisma podía jugarle una mala pasada y temía inventar su propia iglesia de espaldas a la de Dios.
De regreso del cementerio, Rosso invitó a Jana a comer en un restaurante que es-taba a dos kilómetros.
Jana se encogió de hombros dejando a Rosso que decidiera por sí mismo.
- No se trata de celebrar nada, ni de olvidar nada, ni de...
- Está bien, asintió Jana.
Y allá se dirigieron en un taxi al Mesón “Caravana del gusto”.
La enciclopédica conversación durante el almuerzo tomó un giro de ciento ochenta grados cuando, al iniciar los postres, Rosso, dijo.
- Ni cuando estoy contigo, aun viviendo los mejores momentos de mi vida siento esa serena quietud que se advierte en los monjes de un Monasterio.
Jana, sorprendida, abrió los ojos como dos naranjas, y sin dejar de mirar a Ros-so, aspiró profundamente para controlarse. Acto seguido, con voz suave, aclaró.
- Lo sé. No vuelvas más, si nuestra relación te engendra dudas de conciencia.
- ¿Por qué dices tal disparate? Preguntó Rosso.
Jana aclaró.
- He soñado con lo que hemos hablado ayernoche, y empiezo a entender esos sue-ños bíblicos que no son otra cosa que una luz reveladora.
- Jana, por favor, te considero más inteligente.
. Sabes, amor, que tú eres para mí como un mar infinito, pero me asusta su oleaje. Prefiero que seas un lago quieto y tranquilo y..
- Sólo he insinuado una demora, nada más. Todo lo demás sigue igual, dijo Rosso.
- Ya. ¿ Sabes qué pasa?
- ¿Qué?
- Que la conciencia es común a todos los seres humanos, no una exclusiva del cre-yente.
- No sé qué me quieres decir, dijo Rosso.
- Pues que han de armonizarse la tuya y la mía igual que los cuerpos.
- ¿Y?
- ... que no sólo es tu problema, también es mi problema.
- Está bien. Si así lo deseas... mejor para los dos, aunque no te prometo nada defi-nitivo.
- Sí que lo será, dijo Jana.
- Me conozco, dijo Rosso, aunque esté confuso, y sé que estos problemas surgen siempre que el cuerpo ha quedado satisfecho por el amor sexual, aunque no haya sido esta noche. Pero, mañana, o, al otro día, cuando esté solo en casa o cuando mi cerebro te dibuje con deseos de pasión, bien porque lo reclame la naturaleza, bien porque tu presencia da sentido a mi vida, sé que volveré a ti para, después, sentir el dolor de si atento a Dios y a mi conciencia.
Jana, que estaba maravillada de la sinceridad de Rosso a la hora de exponer cual-quier tema por delicado que fuere, respondió.
- Te creo.
Rosso estaba receptivo.
- Te quiero estable y risueño antes y después del amor, con mente lúcida, para que la vida común revierta sobre el ser total.
- Ya sé, ya sé qué me quieres decir, contestó Rosso, pero tan importante es para mí la fe como la sexualidad, y, porque no quiero separar ambas cosas es por lo que...
- No sigas, interrumpió Jana. Me halagas al saber que no soy para ti sólo una mu-jer objeto, una sensualidad, un cuerpo.
Tras una breve pausa, apuntó Jana.
- ¡ Por favor, amor, la próxima vez procura que todo lo nuestro esté fundido en una unidad tan prieta, tan intima que ni nosotros mismos sepamos qué es de uno, qué es del otro, quién es mujer y quién es hombre, porque hasta los cuerpos están fundidos en uno solo.
Lo que parecía un discurso de fortaleza de ánimo por parte de Jana, acabó en un sollozo al intuir en sus palabras una premonición dolorosa. Intuición femenina que no dejaba de ser una ciencia sin argumentación, pero ciencia.
- Está bien, amor.
Rosso pagó la cuenta y solicitó un taxi que se detuvo delante del portal de la casa de Jana.
- Adiós.
Jana forzó una sonrisa y se dijo para sí misma, llena de turbación: “Adiós se dice a los muertos”.
Al entrar en casa le entró una llorera hasta tener que retocarse de nuevo en el ba-ño, pues se veía en el espejo como si acabara de presenciar el acto fúnebre de Rosso.


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