domingo, 11 de enero de 2009

El triángulo de cristal - Cap.21-22

Cap 21

Dedujo Rosso a raíz de la última charla con Carla que la situación no tenía reme-dio: que lo único que les unía era la presencia del chaval y una cierta nostalgia del pasa-do. Para Carla no existía el presente y el futuro. Y la vida eran estos dos tiempos del verbo vivir.
Antes de tomar una solemne decisión analizó los pros y los contras. Es decir, deci-dió actuar según la conciencia dejando de lado la casuística, la teoría bíblica tan oscura como la noche misma.
Y llamó a Jana y le habló del sábado-fiebre de cuarenta y ocho horas.
Antes de visitarla, recorrió tiendas para comprarle un detalle. Flores a juego con su sonrisa; bombones a juego con su dulzura pasional y un anillo a juego con el brillo de su mirada. Y una sorpresa más, pendiente de una situación favorable.
Jana no quiso perder tiempo y se puso un minivestido trasparente
negro. Ya se lo había probado varias veces y se gustaba a sí misma. Con esta anestesia erótica inicial la cosa no podía fallar, pensaba ella. La razón por la que Jana quería demonizar su relación con Rosso era por la necesidsad que tenía de relajación sensorial y de liberación de tanta pugna eclesiologica limitando libertades que Dios respetó hasta el desastre.
Cuando pulsó el timbre de la casa de Jana, Rosso notó una arritmia infrecuente. Le temblaba el dedo, la mano, el corazón. No podía evitar la imagen del tribunal ecle-siástico acusándole de adúltero. Y a la Inquisición por desviarse del círculo de la creen-cia. También le parecia ver el dedo de Dios taponando el sol. Estas estampas apocalípti-cas desaparecieron al momento en que Jana al abrir la puerta apareció tan bella. Una vez dentro, cerró la puerta con llave,se puso de puntillas para abrazarle y con voz sen-sual le dijo al oído.
-Eres mío.
Y se fueron al salón.
Mientras colocaba en un búcaro las flores que le habia regalado Rosso, preguntó.
- ¿De qué tiempo disponemos?
- Por mi parte no hay tiempo.
- ¿Es que te vas ya?
- No, simplemente que la eternidad no tiene tiempo, y hoy empieza para ti y para mi la eternidad.
- ¡No!
- ¡Si!
- Préstame un momento tu alma.
Acto seguido abrió la ventana y la dejó volar por otros planetas adecuados a su esencia.
- ¿Y la tuya? ¿Preguntó Rosso.
La mía voló tan pronto llamaste por teléfono. Además no son todas iguales en el campo existencial que no filosofica. Mi alma compagina con la moda. La tuya, no.
- Hace calor.
- Desvistete.
Al quedarse en cueros Jana le ofreció un tanga blanco que había comprado para ella.
Cuando Rosso se puso un tanga, a Jana le subió la líbido.
-¿Qué significa todo esto? Preguntó Jana al tiempo que abría la caja de bombones. ¿Quién te dijo a ti que me gustaban los de licor? Y sin mediar palabra, acercándose a Rosso apretó un bombón dejando caer todo el licor por el pecho y bajo vientre. Y la-miendo parte de su cuerpo, exclamó.
- ¡ Qué rico!
Rosso apuraba con los ojos la belleza de Jana posesa por el demonio. No estaba dispuesto a continuar con la cruz racional de sí actuaba bien o mal según la conciencia, como tampoco a renunciar a sus ansias de vivir por una utopía de aunar criterios encon-trados, fórmulas dándose de cachetes, silogismos con conclusiones disparatadas. Así que a la alegría sugerente de Jana, se propuso bailar el vals de las emociones con igual rit-mo e intensidad que ella.
Jana era una mujer muy intuitiva. No quería jugar con ventaja sin antes conocer las apetencias de su amado por muy moldeable que era a sus insinuaciones.
Cada cual se recreaba con la vista en el cuerpo del otro.
- Cariño, quiero combinar el amor y el sexo en toda su plenitud. Para ello conviene dar rienda suelta a las fantasías, perderse en ellas. Espero que no haya inhibición o fre-no al placer. Estás disponinble?
-Siempre y cuando lleves tu la iniciativa.
- Por supuesto, pero antes he de tener tu aprobación. Aquí no se trata de que goce de ti o tú de mí, sino los dos en igual intensidad y deseo y por métodos locos.-
Rosso calló.
-Dime una fantasía que no hayas podido cumplir.
- Son varias, pero para practicar no para clasificar o decir en voz alta porque entre otras razones son contextos que aceptados en silencio tienen mas morbo.
- Me lo suponía. Cuenta con mi complicidad.
- ¿Conoces el decálogo del arte de amar?
- No
- ¿Quieres saberlo?
- Sí.
Y sin dejar de acariciar las partes erógenas de Rosso se puso a relatar:
- Sentirse a gusto con el otro estando desnudo.
- Como ahora, dijo Rosso.
. Dirás como después, nos separa un tanga.
- Me lo quito?
- No que estás muy sexy.
-Te escucho.
- Dar masajes sensuales por el puro placer. Masajes eróticos sin provocar el or-gasmo. Conocer los genitales del otro. Masturbarse delante del otro. Aprender a amas-turbarse el uno al otro. Practicar las fantasias eróticas. Posicion variable. Iniciativa recíproca.
- Estoy dispuesto a que se lleve por orden y en tiempo ilimitado.
- A qué parece una ofensa a la religión?
-Pues sí.
Jana se tumbó provocativa imitando a la maja desnuda.



Cap.22

Como preludio de una noche de pasión, pusieron en práctica el decálogo del arte de amar. Gozaba más Rosso por su novedad que Jana, pero Jana era más feliz al ver que podía poner en juego sus hechizos sin tapujos por medio. Algunos puntos eran más difí-ciles de llevar a cabo que no fuera en otra circunstancia como la masturbación y el fetichismo.
Entre una y otra cosa, el reloj del salón marcaba la hora de los duendes y de las brujas. De las ninfas y de las hogueras. Del baile febril. La hora de los astros. A Jana le sucedía lo mismo. Le había llegado la hora de la transfiguración invertida.
Pero antes de entrar en acción, quería saber cuál era la postura de Rosso respecto a Carla.
- Así las cosas, dime Rosso, ¿Qué piensa Carla de todo esto? Preguntó Jana.
- Un bledo.
- ¿Así, tal como dices?
- Puede que haya elegido un vocablo desacertado, pero el resultado es el mismo. Con el divorcio estaría en igual situación que ahora. Y en cuanto a la anulación, no depende de ella. Se trata de un sacramento, no de un contrato civil.
- No creo que sea así, dijo Jana.
- Sólo cambiaría algo en el orden jurídico, no en el religioso. Y dado que ha habido un total acuerdo en todo, no se necesita de jueces por medio.
- ¿Y?
Antes de venir aquí he estado meditando las consecuencias de mi decisión. No había mucho que elegir. La lógica me da la razón. Dios habló a través de los canonistas. ¿De qué me vale la conciencia si voy a perder la razón? Cuando se tiene conciencia es porque amiga con la mente. Un loco no tiene conciencia de sus actos.Yo no busqué esto. No sabía que existías tú. De haberlo sabido hubiera parado los relojes del mundo el día que me ofreciste la primera sonrisa. No quiero enfermar. La naturaleza reclama lo que le es propio. Mi razón de vivir tiene un nombre y una hechura, y esa eres tú.
Jana se quedó mirando a Rosso
- Te prometo no volver a recordar este tema.
. Por qué?
- Te desorienta ¿no?
- En absoluto.
Jana hizo un movimiento como de evadirse, pero Rosso la retuvo.
- Mira, Jana, no quiero bloques temáticos que no se puedan comentar porque es el principio de limitar muna querencia que ha de ser diáfana en todo. Del mismo modo que tratas de que el erotismo nmo tenga fronteras, lo mismo quiero que sea en otros aspec-tos de la vida.
Rosso sin dejarla de coger de la mano a Jana, continuó.
- No quiero que te pase a ti lo que a Carla, que cada vez que te menciono se pone celosa y se le bloquea la mente. Es decir, puede que alguna vez la mencione, pero no ha de promover en ti ninguna rabieta. De acuerdo?
- No te conozco, dijo Jana. Es la primera vez que hablas por mi, que piensa como yo, que eres mi dibujo.
Y se quedaron los dos en silencio jugando con las manos a dominar el cuerpo del otro.
- ¿Qué quieres hacer mientras me arreglo? Preguntó Jana.
- Arreglar ¿qué?
- Muy galante, pero necesito un baño. ¿Me acompañas?
- Por supuesto, amor.
-¿ Invito a los del tribunal eclesiástico? Preguntó con sorna Jana.
- ¿No seremos muchos para tan poca cabida? Respondió Rosso con igual sorna.
- Espérame que prepare la bañera.
- Nada de eso. A partir de hoy quiero que todo sea compartido, aunque sea para cortar una cebolla.
- ¡Rosso!
- Dime, guapa.
- Déjame ver tus pulsaciones. Uno, dos, tres... Normal. Atiéndeme, sabes como se prepara una bañera?
- ¿Me estás examinando?
-Sí.
- Abriendo el grifo de agua caliente hasta un tercio de su capacidad.
-No existe ese grifo. Si sabes de él patentalo que ganaras mucho dinero.
Mientras Rosso dibujaba sirenas al tiempo que chorreaba agua caliente en la ba-ñera, Jana escogía aquella lencería que reavivara su cuerpo según la libido masculina y la sagacidad femenina. Quería ofrecerse bella como una rosa roja, golosa como un bombón, brillante como un brillante. De la cómoda sacó unas medias negras de seda. Del armario, una blusa transparente de color negro. Del cajón de una mesilla lateral, unos guantes negros. De la coqueta toda la batería cosmética.
- ¿Ya? Preguntó Rosso, asomándose a la puerta de la habitación.
- Ahora mismo, contestó Jana.
Del armario empotrado del pasillo cogió unas toallas y se las llevó al baño.
- ¿Necesitas algo para ponerte? Pregunto Jana.
- Todo y nada. Eso es a tu gusto. Hoy quiero ser tu caramelo.
- ¿Te atreverías a imitarme?
- Si lo que tienes pensando para ti me va a electrizar de placer, no sucederá lo mismo conmigo respecto a ti?
- Estoy sorprendida, dijo Jana. Desconocía esa faceta tuya.
- Es que salvo dos cosas teóricas, tú y yo estamos en situacion de sondeo, y hoy puede que sea el día ideal.
- Dirás la noche ideal.
El vapor del agua caliente que salía del grifo había empañado los espejos permi-tiendo que el desvestir no desluciera el rito.
Jana antes de meterse en la bañera cerró con llave las puertas, bajó las contras de las ventanas hasta el final, apagó luces, salvo una lamparilla de su habitación y otra muy tenue del baño.
- No quiero que se interponga siquiera el aire.
Rosso vivia en una nube.
Tras echar unas sales en el agua de la bañera, se metió en ella . Le ofreció la ma-no a Rosso y se dejaron quietos mirándose a los ojos con deseo. Poco tiempo duró la paz de los cuerpos cuando Jana, cubierta por el manto níveo de la espuma dejó entrever deliberadamente una pierna al aire que Rosso la fijó en su hombro para pasar su meji-lla por ella.
- Hay que soñar con estas cosas, dijo Jana.
- ¿Qué cosas? ¿Tú eres una cosa? ¿Una cosa que se mueve, ríe, piensa, seduce, enamora, promueve deseos, es una cosa?
- ¡Payaso! No entiendes nada. Mira que sois torpes los hombres en este orden de cosas, dijo Jana convencida.
- ¡Puñetas! Otra vez la palabra cosa. ¡Qué no tienes tú dominio del vocabulario!
- ¡Estáte quieto con los pies! Dijo Jana. Aquí, no.
- Ya me dirás qué hago, respondió Rosso necesitado de besos y de abrazos.
- Primer punto del decálogo. Relajación.
- Rosso cogió a vuelo el mensaje y se puso a darle masajes.
- Refuerza tu mente. El contacto sexual, dijo Jana, tiene sus pasos previos. La sensualidad, la fantasía, el deseo, un ritual complejo.
- Todos estos pasos ya los he cumplido al llegar aquí.
- No me entiendes.
- Sí, sí que te entiendo.
- Estate quieto. - ¿Ves como no me entiendes, bribón? Somos cuerpo, pero un cuerpo animado por otros agentes superiores. Para que el cuerpo despliegue su grande-za, primero hay que amordazar aquello que distrae la mente. ¿O crees que no siento lo mismo que tú?
- ¿También aquí y ahora vamos a filosofar? Preguntó Rosso.
- Estás a punto, dijo ella. ¡Pues no te queda poco que sufrir!
Acto seguido cogió el mango de la ducha y abriendo el grifo de agua fría palió la calentura sensual.
La risa de Jana hacía juego con la espuma.
-Ya te pillaré, dijo Rosso saliéndose de la bañera.
- Vuelve y acariciame.
- Lo que tú digas, amor.
Rosso pidió un segundo. Como su madre lo trajo al mundo en pequeño cogió de la nevera unos cubitos de hielo.
-¿Qué haces? preguntó Jana
- Acariciarte.
Y antes de que terminara el vocablo le paso por la espina dorsal los cubitos de hielo que Jana aguantó con amenazas de muerte amorosa. El juego había concluido y se de-jaron estar quietos todavia mucho tiempo sin dejar por eso de explorar el mapa por am-bas partes, pero con ánimo de amigarse con el silencio que se habían impuesto para agrandar la escena.
Ya en la habitación, Rosso seguía atento a la metamorfosis de Jana que relantiza-ba a próposito para excitarle.
Trataba Jana de recoger el pelo en forma de moño para lucir su cuello de cisne y solicitó la ayuda de Rosso con aviesa intención.
- Cariño, serías capaz de ponerme esta pinza…
Rosso, cada vez que se acercaba a Jana o la veía a través del espejo, le temblaba el cuerpo. Con o sin tanga, era fácil adivinar su tensión.
- Apaga la luz. Y siéntate a mi lado.
Asi hizo.
El color platino de la barra de labios brillaba en la oscuridad de manera que cuan-do Jana acabó de pintarlos se podía apreciar en el aire su diseño. Otro tanto hizo con los ojos que aumentaba todabía mas la excitación al conformar una carátula de miedos. Cuando Jana creyó que debería seguir actuando, Rosso la sorprendió con un beso de pasión. Y de nuevo hubo de repetir la historia que por excitante estaba dispuesta a iterar las veces que hiciera falta.
Tumbados en la cama se dejaron estar un tiempo acariciandose.
Tras un rato largo de complacencias mutuas, Jana encendió una luz.
Me hubiera gustado estar asi, abrazados, sin fiebres, toda la vida.
Y yo, pero aún quedan cosas por descubrir.
-- Quiero que me vistas.
Rosso empezó a temblar ante esta sugerencia demoníaca de Jana.
- Jana eso no está en el decálogo.
-Pero sí en las fantasias y en la intención última del amante apasionado.
- ¡ Jana ¡
- ¿Qué te avergüenza?
- Nada, pero no sé si lo resistiré.
- Intentalo.
Rosso le puso las medias negras, muy tensas resaltando la belleza de las piernas de Jana. Antes de calzarle los zapatos de tacón intervino Jana.
- ¿Has probado masajear con la boca los dedos , pantorrilla y pospierna?
Cuando creyó que estaba suficientemente atractiva, le ayudó a vestirse una prenda tambien negra, transparente, remarcando su silueta. Se trataba de un vestido de cuello a los pies, muy prieto a su cuerpo, resaltando curvas eróticas con aberturas laterales para facilitar el movimiento de las piernas, si bien con una botonadura para cuando lo requi-riese el caso como ahora.
- Estás divina.
- Siéntate. Suplicó Jana suavemente.
Rosso se acercó a ella rozando muslos
- ¿Qué más te gusta de este artificio que se llama fetichismo y que yo entiendo que debería llamarse arte de seduccción.
Rosso no reparó en sincerarse. Tus medias, tu ceñido, tu imagen, tu silueta, tu mensaje, tu insinuación.
- Pues esto mismo voy yo a hacer contigo sin que te sientas sarasa, porque este dibujo corporal atrae a todo aquel que sienta la sensualidad como un anticipo de la sexualidad. Es un placer anticipado que potencia a su vez otro sin que sea definitivo.
-Siéntate.
El pene de Rosso resultaba ser un certificado de la altura pasional que vivia.
Jana sin dejar de acariciarle, le puso unas medias blancas muy lentamente. Luego un tanga blanco, casi transparente, muy ceñido, resaltando los atributos de Rossi. Tras un beso, una blusa blanca transparente. Y se dejaron ver ante el espejo.
- Y esto?
- Lo compré hace tiempo para una ocasión.
Rosso no resistió tanta brujeria femenina e incluso su propia mutación y solicitó de Jana su colaboración. Ella se dejó caer en la cama mientras él formalizaba el coito. Y como si de pronto estallara una tormenta, un grito de júbilo los ahogó en una sola car-ne.
Rosso no pudo contenerse y le dijo a Jana.
- Además de un bello animal eres una diosa. Y este milagro de la seducción donde lo aprendiste?
-? ¿Acaso no se estudia aquel adjetivo, aquel sustantivo, aquel rit- mo, aquella metáfora y, según se la vista produce este o aquel efecto? ¿Si el alma, por su naturaleza no tiene maneras de expresarse que no sea a través del cuerpo, no ha de esmerarse el cuerpo para que lo que exprese sea un acabado perfecto de sensaciones? Pero quiero que sepas algo más a tenor de esta estampa erótica: Toda religión silencia esta virtuali-dad del cuerpo capaz de potenciar la sexualidad a través de la sensualidad y esta a tra-vés del ritual de la fantasia. No solo lo silencia, sino que también lo ataca, como si este juego de fusión de tu cuerpo y el mío atentara su definición. Yo con el alma me ofrezco parte de mi yo; yo con el cuerpo, toda mi yo porque participa el alma.
- Pero Jana, no la habiamos mandado a otro planeta.
- Si. ¿Y?
- Entonces de qué me hablas.
- Cariño, me chiflas cuando te muestras tan ingenuo. Lo que desplazamos de noso-tros fue el espíritu, no el alma sensitiva que aporta una jerarquia superior al placer humano.
Jana, te quiero pedir una cosa.
- Estás maravillosa. No hables, no te muevas. Déjate estar así.
Un largo silencio produjo el hechizo de sentirse mutuamente fundidos.
A Jana se le olvidó parar el reloj del salón que empezó a sonar una y otra vez. Eran las once de la noche..
El taconeo por el pasillo remarcaba las curvas de Jana para goce de los ojos de Rosso, que siguiendo las órdenes de su amada le habia abotonado el vestido de manera que apenas podía moverse que no fuera a pasos cortos y contoneándose toda ella.
- Hueles a mujer.
Y por dentro a hombre, respondió Jana con voz de caramelo.
¿Preparamos una cena fría?
- Prefiero de momento marcar en mi memoria foto tan fascinante.
- Lo que tu digas.
- Dime qué hago, pero no me gustaria desabrocharte un solo botón.
La luz de la cocina era tan fuerte que Rosso sólo tenía ojos para el cuerpo que se adivinaba a través del transparente vestido negro.
- No cariño, la bandeja está encima de la nevera.
Tal era su obsesión por apretarla a su cuerpo que Jana tenía que repetirle tres ve-ces lo mismo.
- Lo estás haciebndo muy bien, dijo Jana.
-¿Cenamos aquí? Preguntó Rosso con intención de poner la mesa.
-¡¡Rosso!! ¿No crees que vaya vestida de salón?
- No es para tanto, guaseó Rosso. Me recuerdas a una chacha que tenía mi madre en casa, más fea que una farola sin luz.
Jana hizo intención de tirarle un paño de la cocina
Rosso no tenía adjetivos para Jana. Además de lujuriosa, aquella cabeza pensante chorreaba ingenio y chispa.
Dejaron sobre una mesita de cristal que había en el centro de la sala las bandejas y se sentaron en el sofá.
¡Hueles a hombre! Dijo Jana, complacida.
- Y por dentro a mujer, contestó Rosso copiando de Jana.
Acto seguido, Jana escogió un disco que por su poema e insinuación reflejara el instante, “ El poder del amor” de Jennifer Rusch. Luego buscó una posición sugerente.
- ¿Sabes?
-¿Que?
- ¿Por qué los hombres os inhibís del ritual?
- Por temor a que nos insulten. Esto que has hecho tú conmigo lo hago yo ante Carla y no me deja entrar más en casa. Ante ti no lo haría jamás para no decepcionarte. Y por muchas otras lecturas.
- No mientas, dijo Jana.
- No miento.
Pero ¿verdad que os gusta que la mujer vista insinuando su cuerpo? ¿Pensaste al-guna vez que ese mismo gusto tiene la mujer con el hombre? Lo importante de todo esto es sentir ciertas complacencias que se ignoran.
Y mientras llevaba a la boca de Rosso una aceituna, dijo.
- Hay muchos ritos que una ética reduccionista considera anómalos en el juego sexual. Y no es cierto que sea así. Se trata de potenciar el placer hasta donde es posible. Para ello, como para otras muchas cosas conviene cultivar el arte de la expresión corpo-ral más allá del arte convencional.
-Mano con mano, ojos con ojos, muslo con muslo, cosidos ambos, oyeron la can-ción traduciendo cada cual el grado de deseo no saciado sin decir palabra. Acabada la canción, que llegó a transferir sensualidad hasta aquellas zonas impermeables del ser, se pusieron a hablar.
- Rosso, me siento muy feliz. Espero que mi fantasía sea a su vez la tuya.
- Por supuesto.
Jana, dándose cuenta que Rosso estaba en apuros, apuntó.
- Usa la mente, pero aquí tampoco es mal sitio.
- Estas fiebres no aparecen en circunstancias aburridas.
- Sé controlarme.
- ¿Qué no sabes tú?
- ¿Qué tal tu hijo?
- El otro día estuve en casa de Carla para verle, pero se había ido con los abuelos a la finca.
- Le añoras ¿verdad?
- Mucho.
- Debe ser una maravilla tener un hijo, dijo Jana con voz amorosa.
- ¡Jana!
Jana se revolvió como un animal que acecha el peligro.
-Rosso alargó la mano a una mesita lateral con fotografías de Jana, cogió una ca-jita de joyería que estaba detrás de una de esas fotografías, y al tiempo que le daba un beso, le dijo.
- Para ti.
- ¡Oh!
- No es necesario, dijo Jana, emocionada. Prefiero tu brillo.
Cuando abrió el estuche y miró el anillo, sus ojos se llenaron de lágrimas y se abrazó a Rosso.
- ¡Amor!
Luego, mirando aquel anillo de compromiso, dándose cuenta que aquello signifi-caba algo muy serio, sin antes solventar cuestiones de conciencia y de creencia, curio-seó.
- Pero sin la nulidad del matrimonio ¿Cómo...
Rosso reaccionó al instante tapandole la boca con la mano.
- Por favor, te pido por favor, que no menciones el tema por respeto a nosotros mismos y a este instante íntimo. Quiero empezar una nueva vida, renovar la que tengo contigo.
Jana sirvió un Oporto en dos copas y, entrecruzando los brazos, bebieron al mismo tiempo. Jana, mucho más pilla, dejó correr por sus senos el dulce líquido que secó Rosso con la lengua. No era más que el principio de una locura consciente de entrega total.
- ¡Es precioso!
Jana estaba loca de alegría. No daba crédito a la profunda catarsis que había su-frido Rosso desde su última visita en que la mente se imponía al corazón y el alma a la pasión.
- Te ruego que olvides la filosofía. Quiero vivir como si en este instante empezara la historia entre tú y yo, y en el planeta sólo hubiera animales y plantas a nuestro servi-cio, y decirle a Dios: Hasta aquí tu obra. A partir de aquí, la nuestra.
- No me siento bien que hables así de Dios, vestida de diablo.
- Yo no te veo así. ¿No acabas de decir que entra en el mundo religioso el arte de amar liberal y que la religión rechaza por sistema?
-¡Chist! Intervino Jana, sellando con dos dedos de la mano los labios de Rosso. No digas nada y abrázame.
No podía hacer otra cosa Rosso ante una estampa de carne y hueso tan provocati-va, y con mucho control mental, la repasaba una y otra vez con sus caricias que, a ve-ces, Jana, inmersa en el placer, respondía del mismo modo.
El deseo de fundirse en una sola piel no impedía el diálogo. Se trataba de una pare-ja que hacía honor a un pensamiento de Gabriel y Galán que dejó escrito: “Hay momen-tos en la vida, en que callar no es posible, el hombre se hace sensible y hablar es toda salida”. El nivel erótico de Jana y Rosso tenía graduación universitaria.
- Y tú, ¿Qué piensas tú de todo esto? ¿Te preocupa? Que una cosa es el deseo y otra cosa es la vida, Dijo Jana adoptando una postura para una revista porno.
- ¿Qué quieres que te diga? Confío que sea algo más que un prólogo de un libro por escribir.
- Dices bien, los noviazgos son muy engañosos.
- No es tu caso. Contigo no hay misterio.
- ¡Malo! Dijo Jana.
- Malo, por qué. No me refiero a la facultad de sorprender, sino de conocimiento.
- De acuerdo.
Jana se arrimó todo lo quepudo y se puso a jugar con Rosso. Luego adoptó la postura de la Maja vestida de Goya, resaltando sus curvas.
-¿Ya?
Y volvieron a ver lluvia de estrtellas
De nuevo los sentidos iban recuperando su hegemonía sobre la razón. La locura sobre la serenidad. A Rosso este juego le producía una especie de éxtasis y trató de con-trolar el impulso de la sangre. Cada esfuerzo potenciaba su deseo por Jana.
Sometido por la brujería de Jana, preguntó.
- ¿Quieres casarte conmigo?
Jana era toda ojos.
- Tú sabes que no es posible.
- Es verdad.
- A mi no me importa, contestó ella sin moverse. No me importa si a ti no te im-porta. Lo fundamental es el amor.
- Eso es lo que le dije al tribunal eclesiástico.
- ¿Y?
- No saben cómo salir del laberinto y...
La comunión de los cuerpos cada vez era más prieta. En un amago de Rosso por efecto de las caricias, Jana detectó, al jugar con el instrumento más apreciado de su amante, su punto álgido.
- Debes estar incómodo. Te acepto.
Rosso la preparó con mucha delicadeza y se fundieron en un abrazo íntimo.
Y se dejaron estar asi un tiempo largo con mínimos cambios para respirar.
Jana no quería que el orgasmo desplazara la elegancia de movimientos. De nuevo Rosso se puso el tanga, ella abrochó lo desabrocha-
ble, colocó los cojines del sofá en su sitio, jugó con la luz del salón hasta llegar centrar toda su fuerza a su cuerpo, y aunque a Rosso le costaba recuperar la excitación ante-rior, se sintió de nuevo con deseos de abrazarla.
- ¿Realmente me amas? No será que tu abstinencia sexual te está reclamando un cuerpo más que una persona enamorada? Preguntó Jana, que no podía evitar su capaci-dad de reflexión, incluso en los inicios de la gloria del placer.
- ¡Tonta! ¿De qué otra manera puedo confesarte mi querencia? ¿O es que me re-chazas?
- No
- ¿Y si te poseo ¿Qué otra cosa puedo conseguir de ti que no sea tu misma?
- ¿Has dicho poseso?
- Esa facultad es una exclusiva tuya.
- Nada y todo. Nada, por cuanto que te seguiré amando lo mismo que ahora. To-do, si por la legalidad, se debilita el misterio de la pasión y se extrema la rutina, que es muy común en el matrimonio cuando falla el arte creativo y el interés erótico.
Jana hizo un intento de cambiar de postura que Rosso impidió amorosamente porque le gustaba verla, y se dejó estar.
- ¿Sabes una cosa? Preguntó Rosso.
- Tú dirás.
- Voy a dejar a un lado la formalización, y si me aceptas hoy po -
día ser el primer día de una vida marital.
Jana recompuso su postura de maja vestida por otra más afín con el diálogo. Y para ponerle a prueba, repitió la escena después del baño.
- Ténsame las medias, dijo Jana diabólicamente.
Rosso volvió a sentir una sacudida eléctrica que detectó Jana.
- ¿Por qué tiemblas, si soy tuya?
- Te las voy a romper.
- No.
- No ¿Qué?
- De abajo a arriba. Así.
Y como quien toca el arpa fue dibujando en los ojos de Rosso dos largas piernas de cine..
Rosso quiso aprender.
- Eso es, suave, suave... así, asi...
Jana acompañó a Rosso en el centro de su sensibilidad erógena.
- Una última pregunta.
Rosso, muy excitado, casi no podía articular palabra.
- Dime, amor.
- Antes quiero decirte que mientras te escuchaba, mi corazón latía contento. Pero quisiera poner punto final al juego cerebral. ¿Acaso con Carla no vaciaste el diccionario de adjetivos? ¿No agotaste la poesía cósmica con ella?
- Es posible, pero en el yunque de la prueba se va acrisolando el hierro de las con-tradicciones exitentes entre la creencia y la libertad.
- Que se puede volver a repetir, dijo Jana.
- No.
- ¿Por qué no?
- Porque el deseo de morir y de nacer, con la sabiduría que da la experiencia del vivir, ya se ha cumplido en mí plenamente.
- Te creo, dijo Jana, pero tengo el presentimiento de que tu convicción religiosa afectará tu conciencia al no haber logrado extirpar el dolor que supone el que te hubiera negado la anulación del matrimonio.
- Ya lo pensé, pero para todo llega su tiempo de madurez y tengo que responder por mí mismo a lo que creo que es trascendente: la vida, la fe, la muerte, Dios, la pasión, el amor.
Lo que parecía al principio una escena para una película frívola con los atavíos de Jana, la disposición de Rosso, el ambiente del salón, las sugerencias eróticas, se estaba convirtiendo en un parlamento de altos vuelos, ajenos al deseo inicial del encuentro. Jana, consciente de su innegable atractivo, incentivada por mor del artificio, pensando que había llegado la hora de suplir la charla por la rúbrica amorosa, cual serpiente sa-bia, se levantó del sillón, y como quien rueda ante las cámaras una escena pornográfica, pidío a Rosso que le desabotonara el vestido hastala cintura, y mientras Rosso la iba besando por toda la pierna, distraido, se encontró con un cuerpo desnudo salvo las me-dias y los zapatos de tacón alto.
- Yo creo que el alma ya se ha ido, dijo ella.
- No, dijo Rosso, pero recojo tu mensaje.
Rosso, rodeando con su brazo la cintura de Jana, la llevó al dormitorio.
Jana, que para las cosas del amor sabía tanto o más que como doctora en psicolo-gía apartó el brazo de Rosso, adelantó el paso y se dejó ver a lo largo del pasillo.
A la alcoba no le faltaba un solo detalle de cálida acogida para que la cosa no su-cediera cual dos perros en la calle. Jana tenía muy asumida el tema de la relación car-nal, no sólo como una necesidad primaria, sino como principal lenguaje de expresión amorosa. Procuraba, siempre que lo requería el caso, elevar a categoría de arte esta asignatura maltratada.
El ceñimiento blanco de Rosso en la oscuridad encendía el deseo de Jana. A cáma-ra lenta le fue despojando de su vestimenta y fundiso en el abrazo final hasta donde es posible que dos materias se conviertan en una sola, en el momento más álgido del pla-cer, sonó el timbre del teléfono que había sobre la mesilla de noche.
- No contestes, dijo Jana con voz jadeante.
- ¿Y si es Dios?
- Que espere, que es dueño del tiempo.
Pudo haber sonado el teléfono hace tres horas, dos horas, una hora, y resulta que un bicho, con voz atiplada, llamado teléfono, estaba estropeando el último verso del soneto del amor, escrito, elaborado, gratamente versificado durante la noche en el salón. Antes que Jana extendiera su brazo para coger el teléfono, miró a Rosso con ojos de fuego, y al grito máximo de un cuerpo plenamente complacido, le dijo.
- ¡Maravilloso!
Rosso seguía abrazado a ella con la alegría de haber enamorado a una diosa.
- ¿Quién llama?
Por el auricular se podía oír una voz femenina que repetía.
- Oiga, oiga.
Jana quiso rematar aquel incordio, y preguntó.
- ¿Quién llama?
- ¿Está Rosso?
. Es para ti, susurró Jana, sobona y amadora.
- Soy yo. ¿Quién llama?
El llanto impedía a Carla articular dos palabras seguidas con claridad. Taponando el oído del teléfono con una mano, se dirigió a Jana.
- Creo que es Carla. Está llorando.
Sin dejar de recrearse en los pechos de su amada, componiendo entre los dos la fi-gura de un centauro, preguntó.
- Dime Carla ¿Qué sucede? ¿Por qué lloras?
- Nuestro hijo...
- ¿Qué le pasa al chaval?
Jana, que seguía con sus ojos iluminados por el placer los gestos de Rosso, pre-ocupada y seria, se sentó en la cama, y dejando descansar el mentón sobre uno de los hombros de Rosso, siguió atenta la conversación.
- ... y el abuelo.
- ¿Qué la pasa al abuelo?
- Han muerto.
- ¿Quién ha muerto?
- Los dos. Contestó Carla, entre sollozos.
Cuando colgó el teléfono, Rosso rompió a llorar como un niño, dejando caer su cabeza sobre el vientre desnudo de Jana que trataba de consolarle con caricias y mimos.
Nunca una escena de ternura había llegado a cimas tan altas sobre dos cuerpos desnudos, dominantes, caudillos de la noche.
El alma seguía dentro de ellos mismos y le tocaba su turno.
Sin saber cómo y por qué, Rosso rememoró la escena de aquella tarde estival en que, súbitamente, tuvo que recoger los trastos de la playa y regresar con su mujer a casa. El sol era Jana. El calor, la pasión. La tormenta, su rabia interior. La lluvia, el llanto. La casa, el regreso a las cuestiones vitales.
Rosso dejó entrever a Jana que tenía que marcharse.
- Te acompaño.
- No, querida.
Jana le enseñó el anillo.
Rosso se movió sin prisas. La cara de Jana, que hacía unos momentos seducía por su sensualidad, ofrecía una inmensa dulzura.
- ¡Te necesito, amor! Confesó Rosso, abrazándola.
Jana se dejaba esponjar por la sensibilidad de Rosso. Aún estaban húmedos los órganos genitales, cuando, íntimamente abrazados, le salió de lo más profundo del ser un grito que retumbó por toda la alcoba.
- ¡Oh, Dios!
Y de rodillas, posando sus codos en el borde de la cama, mientras se duchaba Ros-so, se puso a rezar.


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