domingo, 11 de enero de 2009

El triángulo de cristal cap.16-17-18


Cap.16

Al abrir la puerta, Carla se extrañó ver a Rosso en día y hora distintos.
- Hola.
- Hola.
Viendo Carla que Rosso se quedaba en la puerta, dijo.
- Pasa.
En el hall, Rosso besó a Carla en la frente.
Reinaba un silencio sepulcral.
- ¿El chaval?
- Está en cama. Tiene fiebre.
- ¡Vaya, vaya, vaya!
Álvaro no dio muestras de nada al ver a su padre que lo primero que hizo fue po-ner la mano en la frente.
- Tiene mucha fiebre. ¿Avisaste al médico?
- Sí, claro.
- ¿Y?
- Nada importante.
- Debiste decírmelo.
- No me pareció que fuera algo grave, ni lo es tampoco ahora con haberle subido la fiebre dos décimas.
Por el pasillo masculló unas frases que Carla intuyó por el gesto que estaba disgus-tado.
- ¿Te apetece un café?
Rosso galleguizó la respuesta.
- ¿Y a ti?
- Está bien. Es cuestión de unos minutos. Si quieres espérame en el salón.
- Quiero aprender como lo haces.
- Pero si ahora no hay nada que aprender, todo son botones.
- Ya. ¿Y las medidas?
- Te lo dice el prospecto.
- Como quieras, respondió Carla, de espaldas a Rosso.
Efectivamente, era una cuestión de segundos.
Rosso se limitó a llevar a rajatabla los avisos del prospecto.
- Oler huele bien, dijo Carla, que puso todo en una bandeja y se fueron al salón. En este tiempo, Rosso hizo una furtiva visita a su hijo desde la puerta de la habitación.
- Me has cogido desprevenida. Si llego a saber que vendrías hoy me hubiera arre-glado un poco mejor.
Mientras le servía el café, Carla preguntó.
- ¿Sucede algo especial?
Rosso se puso a remover con la cucharilla el azúcar que había echado al café. Te-nía dificultad en iniciar el tema frontalmente, pero al final decidió elegir el estilo direc-to.
-¿Has pensado en algo sobre lo que te dije el otro día?
- ¿A qué te refieres?
- A nuestra relación. ¿O es que ya te has adaptado plenamente?
- ¿Otra vez? ¡Si aún huele a flores el comedor del otro día! Creo, dijo Carla en tono defensivo, que no hay nada que decidir. Acaso tú que...
Rosso, tras analizar la fría mirada de Carla y su postura de desafío, cogió al toro por los cuernos.
- ¿Me hablas así por Jana?
- Tú sabrás. ¡Qué pronto sale a relucir su nombre!
El ambiente se enrarecía cada vez más. Rosso dejó en la bandeja el pocillo de café que tenía a la altura de la barbilla, y tras una aspiración profunda para serenarse, con voz coloquial, dijo.
- Te agradecería que esta charla estuviera exenta de juicios de valor o de acusacio-nes apriorísticas.
- Como tú quieras.
- Escúchame con mucha atención. En principio mi propósito en el día de nuestro aniversario era encontrar una reconciliación definitiva y, creas o no, actué en conse-cuencia la noche anterior en casa de Jana. Ahora bien, esta reconciliación requiere dos voluntades.
- Es decir, interrumpió Carla, que según tú la culpa es toda mía.
- No quiero entrar en grados de culpabilidad. Lo único que sé es que ante tu acti-tud intransigente he pensando que si no es posible la reconciliación total al menos me facilites los trámites de la separación en regla.
Carla se vio desarmada por el viraje tonal de Rosso.
- De acuerdo, dijo Carla, y de verdad que siento que mi orgullo haya estropeado un día tan significativo para los dos. Ahora bien, ¿Qué propones? Porque tal como van las cosas no me parece que haya mucho que hablar del asunto a no ser que tengas un pro-yecto en marcha.
- En lo que a mí atañe, mi deseo es retornar al principio de nuestras vidas.
- ¿Así de sencillo?
- Si el otro día, aniversario de boda, no hubo boda, me preguntas ¿cuál es mi pos-tura? ¿No te parece que tiene morbo la cosa?
Tras una breve pausa, como quien busca un puñal para clavarlo en el corazón de Rosso, preguntó.
- ¿Sigues viendo a Jana?
Terminada la pregunta, Carla se levantó del asiento y corrió por el pasillo para atender a Álvaro que estaba quejándose. Otro tanto hizo Rosso. La cosa quedó en un pequeño susto. Lo único que pedía el chaval era agua. Atendido, volvió a quedarse tran-quilo.
Durante este episodio, Rosso maduraba la respuesta mientras vigilaba a su hijo. Carla había ido al baño a lavarse las manos.
- ¿Duerme? Preguntó Carla en voz baja.
- Sí.
- ¿Te apetece una copa? Preguntó Carla, de nuevo en el salón.
Rosso ni la escuchó.
- ¿Me acusas de que no hubo boda el día de nuestro aniversario? Sabes bien que te lo propuse. Que me atraías. Que quise poner punto final confesándote que había estado la noche anterior en casa de Jana y que dormimos en habitaciones separadas por respe-to a ti, a la fecha, a la esperanza, al perdón de tu parte. ¿Te acuerdas qué me contestas-te?
- Que no me creía tu historia. Y sigo sin creerla ¿No dices que es atractiva?
- ¿Te lo dije yo o lo piensas tú?
- ¿Es o no es?
- Sí, ¿Y qué?
Rosso cogió con las dos manos el sí y el no para atacarla.
- O sea, te digo que Jana es atractiva, y lo crees. Te digo que he sido fiel a ti y no lo crees. ¿A qué juegas?
- A nada. Tú lo revuelves todo.
- No sé qué bicho merodea por esa cabeza que te sentiste ofendida por... No me ex-traña nada después de mencionar a Esther que no significó nada.
- Pero vamos a ver, intervino Carla, alzando la voz ¿Cómo puedes ofrecerme un poema con perfume de otra mujer?
Rosso guardó unos segundos de silencio, los justos para que la lucha interior entre el sentimiento y la razón dejaran de pegarse puñetazos.
- Aquel día había roto con ella para siempre.
- ¿Así, sin más? Preguntó escéptica Carla. ¿Por quién me tomas?
- No es así como tú dices. La dejé para siempre con una herida en el alma.
Carla echaba fuego por los ojos.
- O sea, que la sigues queriendo ¿No?
- ¿Es que sólo se puede querer a una mujer en esta vida por el hecho de estar casa-do? Oyéndote me pareces una niña caprichosa.
- ¿Así que niña? No me decías esto cuando éramos novios.
- Esto no puede seguir así.
- Entonces, ¿Qué me pides?
- Yo no te pido nada. Lo único que te digo es que con esa actitud tuya no es posi-ble que tenga sentido la vida, y a mí la vida me reclama otras cosas.
- ¿Jana ¿Tal vez?
- ¿Por qué, no?
- Y si en tu ánimo está vivir con Jana, ¿Qué demonios haces aquí, o a qué viene esa historia de que volvamos a la normalidad?
Carla con la mano hizo un gesto de que aquella conversación carecía de resonan-cias provechosas. Y recordó.
- ¿Qué me dices del agua violada?
- ¿Otra vez con la misma historia?
- No es historia, es como me veo respecto a ti.
- Que la metáfora es preciosa, contestó Rosso, pero está impregnada de sofismas. En primer lugar, porque no hay relación proporcional entre elementos ciegos y perso-nas. Aún así, acogiéndome a tu débil argumentación, en un caso límite ¿Preferirías morir de sed, si necesitaras de esa agua violada? ¿No adviertes una enorme despropor-ción entre causa y efecto? Acontece que en ningún momento has adentrado en el pro-blema bajo la posibilidad de tu culpa, y la tienes también.
- ¡Aaaahhhh! Ahora resulta que la culpa es mía, dijo enfadada Carla, llevando la mano al pecho.
- No dije eso.
- Pues ¿Qué has dicho?
- Insinuaba tu espíritu puritano. Mas aún, sabedora de que la
causa primera de esta situación nació de mí, una de dos: o tu amor no era tan fuerte como para superar una prueba de tono menor, o, si lo ha sido, tu orgullo era mayor que el amor que jurabas que me tenías al no haber cabida para el perdón.
La autodefensa de Carla no se hizo esperar.
- ¿Te has preguntado alguna vez qué motivó esta ruptura?
- Sí.
- ¿Y?
- Ya te pedí perdón mil veces.
- ¿Acaso Jana es un perchero?
- No mezcles las cosas. Antes que conociera a Jana aprobaste que me fuera de ca-sa.
- Tu lo propusiste.
Rosso hizo un ademán de servirse otro café que Carla se apresuró a prepararlo. En tanto Carla cumplía el deseo de Rosso, éste se explayó.
- Un día te confesé mi tropiezo. Lo hice por dos razones: por razón de conciencia y buscando tu perdón. Surgió cuando tu maternidad te hizo olvidar mi necesidad de ti. Sucedió, ya te lo dije, sin saber por qué. ¿Sabes qué es el otro en la vida? El hijo en ti, la amante en mí, la pluma de un pájaro en un poeta, el tesoro para el pirata, una nube, un cuerpo, un derrame cerebral, una fisura en el corazón, y cuya sorpresa ejerce una in-fluencia superior a la propia voluntad humana, debilitada o presa por la sugestión. Des-pués de consumado el hecho, la reflexión personal deslinda lo que hay de anécdota o de formalidad y toma una decisión. Pero tú convertiste lo que era un episodio en un pecado y el pecado en una condenación al estilo inquisitorial. ¿Pensaste en la naturaleza de tu amor? No. Diste vuelo a tu amor propio más que a tu generosidad y ya no eres capaz de rectificar.
- Pero tu seguiste con...
- No es cierto. Mi relación con Jana fue después que tomaras una postura intran-sigente. Ni siquiera la conocía. Ni siquiera la busqué.
- ¿Cuál sería tu reacción si fuera al revés? Preguntó Carla un tanto arisca.
- No puedo acogerme a la hipótesis, dijo Rosso, lleno de razón. En el supuesto de que fuera igual que la tuya sería, como tu, ahora, sujeto de censura.
- ¿Y quién me asegura que más tarde o más temprano no retornarás a ella? Pre-guntó Carla convencida de que no habría respuesta satisfactoria por parte de Rosso.
- Su juramento.
- No basta.
- Y mi amor por ti.
- ¿Y por qué primero su juramento y tu amor por mí en segundo término?
Rosso aspiró profundamente, adoptó una postura de hombre pensativo y sin dejar de mirar a los ojos de Carla, contestó.
- Porque la decisión de Jana partió de mí, a sabiendas de que me ama, y me juró fidelidad.
- ... y juró... murmuró Carla en voz baja.
- ... y con mucho dolor por ambas partes, remató Rosso.
- Hablas como si todavía la amaras, dijo Carla.
- Es que la amo, respondió Rosso, sin tapujos y melindradas, pero antes estás tú.
Carla mordió los labios de rabia, si bien la última declaración le complacía.
- ¿Cómo es posible eso?
- Exactamente igual que un músico ama su piano o su violín, el poeta sus versos, el arquitecto su obra, el pintor su pincel, el astrónomo los astros, en fin...
- Pero Jana es una mujer, intervino Carla, no una partitura, un soneto, un obelis-co. Jana exige un cuerpo y un alma que ya están ofrecidos y sacralizados.
- Ya.
- Ya ¿qué?
- No me sorprende lo que me dices. Lo sabía de antemano. Precisamente, porque es mujer debería ser más comprensible el perdón de tu parte.
Carla no entendía nada, y su silencio lo aprovechó Rosso para matizar.
- O las palabras sirven para algo o de nada vale que sigamos ha -
blando, no sólo de este tema, sino de cualquier otro tema por prosaico que sea. Quiero decir que me crees o no ¿De qué vale tener la sabiduría de Salomón si tu actitud previa es la de no escuchar? Es más, te estoy pidiendo el reencuentro sin otra exigencia que no provenga de ti.
Carla que desde que vivía sola había cambiado de carácter, sin perder la compostu-ra, respondió.
- La razón me dicta que en el fondo de tu argumentación hay premisas mal enfo-cadas. No es que no te quiera, y creo que no volveré a tener ninguna relación amorosa con ningún otro hombre, pero veo en todo esto como si se tratara de un puzzle que me es imposible rematarlo porque falta un trozo que se perdió en aquel primer beso con Est-her, y que se quemó después con la presencia de Jana.
- ¡Carla!
- ¡Que!
- Escuchándote me parece que no estás actuando con el corazón, con el sentimien-to, con esa sensibilidad que me enamoró. Dime sin prejuicios mentales ¿Qué es, en defi-nitiva, lo que te inhibe volver al ayer?
- Nada y nadie. Contestó Carla, aturdida.
- Nada y nadie. Iteró Rosso. Sin ánimo de ofenderte, creo que la razón es tu orgu-llo.
La respuesta de Carla fue dura y rápida.
- No. Es una cuestión de dignidad.
- Eso es orgullo, insistió Rosso.
Carla hizo un gesto distante y despreciativo que suavizó con un...
- Lo que tú digas.
- ¿Entonces?
Las quejas de Álvaro pusieron fin al diálogo. Lo que empezó con categoría y dis-ponibilidad, a medida que se iba hurgando en la herida del amor propio estaba cayendo en un vulgarismo atroz.
Carla se levantó inmediatamente y con Carla Rosso. Al entrar en la habitación oyeron como el hijo, rojo como una grana, preguntaba por papá. Rosso lo abrazó tier-namente.

Cap. 17

Desde el primer día que decidió separarse de Carla, la vida de Rosso se reducía a ir de casa al trabajo y del trabajo a casa. De su casa a casa de Carla y de casa de Carla a casa de Jana. De casa de Jana a la suya. No le atraía la calle, el cine, el bar. Y menos aún, cuando conoció a Jana que era como habitar en el paraíso. Una puerta y tres por-tales. Este era el diseño de la ciudad para Rosso. La puerta de entrada a la oficina y los tres portales la de Carla, la de Jana y la de su casa. Sin duda alguna, las peores horas eran las de la noche.
De día el pensamiento lo ocupaba Carla y su hijo. Desde el crepúsculo hasta el amanecer, Jana. Y desde la noche de la desvirginidad, más. Algo similar sucedía con los días de la semana. Los días laborales los llevaba mejor que sábado y Domingo hasta que conoció a Jana y con ella la solución al problema de la soledad y de la sexualidad.
Cada vez que trataba de seguir el dictamen de la conciencia, le dolía el alma. Se-gún su formación religiosa y, sobretodo, a los ojos del Opus Dei, Carla era la virtud y Jana, el pecado. Y se preguntaba una y otra vez, ¿ por qué? ¿En qué se asentaba la igle-sia para antes del Juicio Final colocar a” dextra o sinistra” a la gente?
En la calle dudó si ir a su casa o visitar a Jana para cambiar impresiones sobre la charla que había tenido con Carla.
Tan pronto entró en casa, abrió la nevera, sacó un bote de zumo de naranja, se descalzó, y se sentó cómodo en el sofá. Abrió el libro al azar (era una manía que tenía en libros de ensayo) que le había dejado Jana.
“El divorcio no resuelve nada en el aspecto formal del matrimonio que no sea una situación puntual de la pareja que, por vía legal, se compromete a vivir como céli-bes dejando que siga sangrando la herida que provocó el drama.
El derecho natural no admite componendas arbitrarias que contradiga su razón de ser, que es anterior al derecho positivo. Así, pues, en todo matrimonio sacral, nin-guno de los dos puede vivir con un amante sin que cometa adulterio. Y entre tanto, con fiebre o sin fiebre, rubio o moreno, alto o bajo, triste o alegre, vago o activo, el hijo, que no tiene una pestaña ni una uña de su padre o de su madre, porque nada hay en él que no sea propio y, a la vez, común de sus progenitores, ha de ajustarse a los inconvenientes de una pareja mal avenida.
Si el matrimonio se sustantiva en el amor, debería ser normal que el desamor de-terminara, sin otra intervención añadida jurídico-eclesiológica la anulación, salva-guardando la prostitución de oficio. Por eso, toda pareja que forma una unidad, no sólo jurídica, sino, también, religiosa, por cuanto que libremente son dueños de sí mismos, nada y nadie, que no sean ellos mismos deberian tener potestad para alterar la resolución,asumida comúnmente.
No hay poder humano sobre la pareja que la pareja misma para definirse. La sa-cramentalidad no afecta en absoluto a la naturaleza intrínseca del matrimonio, por lo que carece de validez cualquier mandato que, por parte del juez o de un eclesiástico, pueda inferir en la decisión de los cónyuges. Lo que produce el uniser es el amor nacido de una voluntad recíproca, y en reciprocidad ha de solventarse de manera cívica y racional la disolución. No es el amor solamente su sustento vital, también es la esencia del matrimonio.
El sexo...
Rosso se levantó con desgana para coger el teléfono.
- ¿Sí?.
- Hola, amor.
- ¿Qué tal?
- Bien. ¿Qué haces?
- Leyendo un libro.
- Dirás mi libro. ¿No?
- Tu libro.
- Me agrada oírte. ¿Por qué no lo dejas para otro momento y vienes a mi casa?
- ¡Jana!
- Está bien.
Por el tono de voz, a Rosso le pareció que se resignaba amargamente y le propuso que invirtiera la visita.
- De acuerdo.
Rosso recogió con cariño el beso de Jana y retornando a su posición anterior, si-guió leyendo:
“ El sexo es, ante todo, algo biológico. Varón y mujer guardan entre sí mutua atracción como ser fecundante y receptor, sin que afecte a la sustancia espiritual que asiste a uno y otro.
Si se admite el mito platónico, la unión sexual, amén de ampliar los medios de consecución más arbitrarios, rechaza por su base la ética y la ley moral, abocando al hombre a un estado de permanente agonía. El libertinaje sería un bien positivo, la prostitución un bien mayor, pues en su ejercicio se concretaría una tendencia natural. El divorcio, una solución envidiable, sin necesidad de colaboración de terceros, ya que con un simple acuerdo bastaría para rectificar el desacierto en el juego de la búsqueda de esa energía dividida; antinatural, la virginidad; un ente de razón, el adulterio; plau-sible, el animalismo.
Resulta evidente que la sexualidad constituye una dimensión esencial de la con-ducta humana; participa del conjunto humano como el pensamiento, la memoria, la facultad de amar; es decir, asume una función específica a través de la comunicación o trasvases de deseos naturales necesarios.
Partiendo del significado de persona, el matrimonio alcanza su plenitud cuando el amor rige los destinos de la pareja más allá de la piel, libre, potenciadora de bienes fundamentales del destino humano. Y esto tiene su origen exclusivamente en la propia voluntad individual compartida con otra voluntad del sexo opuesto, sin que interven-ga la ley o el adoctrinamiento eclesial. Luego, cuando el amor muere, no hay razón para seguir manteniendo una comunidad de vidas, rota en su base.
La indisolubilidad del matrimonio, pues, sólo tiene valor en cuanto les une el amor, perfectible siempre en la elección o en el chispazo fortuito por alguien o por al-go, cuya revelación obliga al cambio, condicionando esta resolución a una exigencia ética del ser humano”.
Pero hablando del sexo...
Rosso cerró el libro, dejó enmarcada la hoja para seguir leyendo en otro momento, y se fue a la ducha. Al verse desnudo en el espejo pensó que necesitaba de otro cuerpo más bello con nombre propio a punto de llegar.

Otro tanto pensaba Jana mientras corría la colonia por las onduladas zonas de su cuerpo. El lema de Jana cuando dejaba en el cajón de su mesilla el pensamiento era sencillo y rotundo. “ El amor humano merece la máxima exquisitez artística y litúrgi-ca de manera que la sexualidad de la pareja humana no se parezca en absoluto al del animal”. Y lo explicaba muy convencida: “ No hay nada más bello y comparable que la fusión de espíritus por el cuerpo, porque entonces esa fusión es humana. Lo otro está bien para los ángeles o para los perros”. Así, pues, con sábanas o sin sábanas por me-dio, el amor que ofrecía Jana lo traducía siempre con elegancia, y si por la fatiga del trabajo o por la indolencia biológica no estaba en disposición, buscaba un pretexto para no hacerlo.
Preparaba Rosso un “piscolabis” en la cocina, cuando llamaron a la puerta. Pen-sando que era Jana cruzó el pasillo silbando una canción común. Su sorpresa fue ma-yúscula al ver que era un joven de dieciocho años.
- ¿El Sr. Rosso?
- El mismo.
- Le agradecería que firmara...
Cuando el joven le hizo entrega de una carta, Rosso la examinó y vio en el sobre el sello del Obispado. Firmó, le dio una propina al chico, cerró la puerta. y un poco azora-do, abrió la carta. En cuatro líneas le citaba para presentarse ante el tribunal eclesiástic

Cap.18
Minutos después llamó Jana. Rosso la recibió con alegría, pero sin la euforia que minutos antes electrizaba su ser.
Notaba Jana a simple vista que la casa necesitaba de una mano femenina. Le fal-taba ese toque, ese detalle que se escapa al hombre y que en la mujer es parte de ella misma. Ni un jarrón con flores. El salón- comedor parecía un despacho de un cura an-tiguo. No despedía la cocina ese tufo del horno cuando se trabaja con él. En una pala-bra, carecía de brillo, vida, familia, mujer.
Pero Jana no había venido a casa de Rosso a inspeccionar nada, sino a responder a la invitación de su amado antes de recibir la carta del Obispado.
Rosso fue el primero en darse cuenta.
- Observarás que esta casa no goza de bienestar.
- Lo importante es quien la habita, dijo Jana para consolarle.
- Ya, pero recuerda el vestido negro de la otra noche, y de lo que me dijiste.
- ¿Qué te dije?
- Que sin dejar de ser la misma se puede mejorar
Jana sonrió.
- Este piso está alquilado con los muebles que estás viendo.
- No te acomplejes. Lo único que me importa es el mobiliario de tu corazón.
Rosso hizo una mueca extraña que Jana no advirtió.
- Oye, guapo, perdona que sea reiterativa. ¿Qué tal el libro?
- Estaba leyendo esa parte acerca de la indisolubilidad...
- ¿Y?
Luego, melosa, con una sonrisa de felicidad de compartir el piso de Rosso, pregun-tó.
- ¿Cómo va ese ánimo?
- Siéntate.
-. Es la primera vez que usas el imperativo conmigo.
- Te voy a sorprender.
- No será con un striptease. Sí que sería una sorpresa muy agradable.
Esta idea de Jana duró el tiempo que tardó Rosso de traer de la cocina algunas be-bidas y algo para pinchar. Cómodos, Rosso le enseñó la carta del Obispado.
- ¿Qué es esto del tribunal eclesiástico? ¿Qué pintas tú en ese mundo de leyes y de biblias, de códigos y de ajustes éticos?
- Mi solicitud de anulación matrimonial.
- ¿Lo sabe Carla?
- No.
- ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Estoy yo en el medio de la cosa?
- Por supuesto.
- Pero tu sabes que no tienes posibilidad alguna. Una nulidad no es lo mismo que un divorcio.
- Es que para el divorcio no se necesita ninguna ley. Por decirlo de otra manera es el mismo divorcio lo que se convierte en ley.
- ¿Quién te dijo a ti eso?
- Tú misma lo haces saber en el libro cuando fundamentas la unidad de la pareja en el amor y su ruptura en el desamor. ¿Qué hago yo con solicitar el divorcio? De hecho ya lo estoy. Aquí la ley no juega para nada que no sea legalizar una situación real afec-tiva y económicamente, pero no hay autoridad civil con facultad para anular el divorcio sin cometer una barbaridad.
- Pues yo creo que la ley del divorcio sirve para regular tu vida, dijo Jana..
- ¿Y esa regulación permite casarme contigo?
- ¿Es eso lo que te preocupa? Preguntó Jana. Yo no estoy en la ola de tu creencia.
- Pero yo, sí.
- ¿Y en qué vas a fundamentar tu solicitud?
- En su apatía, desinterés.
Jana esbozó una sonrisa.
- A ti como no te afecta lo tomas a broma, dijo Rosso en tono desenfadado.
- No es por eso, guapo. Es que con esos argumentos te van a despachar en dos mi-nutos. Te puedo adelantar la sentencia.
Y llevándose una patatilla a la boca, la expulsó envuelta en una risotada.
- Estás preciosa cuando te ríes.
Jana no esperó un segundo para darle un beso.
- Déjame que te diga dos cosas: Yo creo que no va a ser como tu quieres.
- Y la otra cosa?
- Que me encantas cuando te poprtas como un niño grande.
Estaba el corazón de Rosso igual que la casa, sin flores y sin tapete. Sin el aroma de un exquisito guiso.
Jana se libró de una chaqueta de punto color azul que Rosso colgó en el perchero que había en la entrada. Subió un poco con la punta de los dedos la falda roja que lleva-ba puesta y se puso cómoda. Rosso disipó el deseo de rozarla con una invitación.
- ¿Qué te sirvo?
- Un zumo.
- Es de lata
- Es igual.
- ¿De limón o de naranja?
- De naranja.
- O sea que según tú no debo ni presentarme.
- Tampoco es eso. Después de todo no te van a crucificar, pero tendrás que refor-zar los argumentos que no deriven de una conformidad o disconformidad sobre cosas de tipo doméstico..
- Quiero aclararte que no fundamento la petición de la nulidad matrimonial por apatía o desinterés como te dije, sino en la tendencia natural del hombre por buscar la felicidad. Y si Carla no quiere, ¿Tú crees que es normal que viva el resto de mi vida como un monje que ha hecho voto de castidad?
- Eso ya me parece más sólido.
Rosso cogió la mano de Jana, y sin dejar de acariciarla, dijo.
- Has venido en un gran momento.
Jana calló.
- A mí sólo me puede iluminar la convicción de un razonamiento que hermane con la conciencia o con la potestad eclesial mediante la anulación de mi matrimonio con Carla. Quiero sentirme libre como tú.
- Difiero de ti, dijo Jana, que tenía una facultad especial para ordenar pensamien-tos cruzados. Mis creencias me permiten libertades de que careces tu. No seré yo quien por amor a vivir contigo genere en ti cualquier desplazamiento de la fe. También Dios significa mi esperanza de muerte, pero no más. Es decir, creo que tengo otra concepción de Dios mucho más generosa, más abierta, más acorde con la felicidad del hombre.
Después de varios encuentros, era la primera vez que el término Dios salía de la-bios de Jana. Esta percepción de Rosso aumentaba el carisma de Jana y la creencia de que estaba ante una mujer en la que no se agotaba el misterio.
- Si es así, ¿Por qué me aceptas en pecado, sabiendo que después de realizar el amor contigo me produce un drama interior por razón de mi fe? Preguntó Rosso bus-cando una luz mental de que gozaba Jana.
Jana se limpió la comisura de sus labios con una servilleta, y sin dejar de ladearse a un lado y a otro, dibujando su silueta y despidiendo efluvios eróticos, respondió.
- En cuanto a mí, cada vez que disfruto el amor, más le tengo presente en mis ac-tos. No me pronunciaré jamás en aquello que es propiedad de tu conciencia. Yo sé que hago bien. Si mi presencia te resulta agónica, me voy. Te juré que nunca me prostituiría con nadie.
- No se trata, dijo Rosso, de que tu y yo estemos valorando la moralidad del amor mutuo. Un mismo acto tiene mil interpretaciones según se analice y según quien la ana-lice. Precisamente, porque estoy en periodo de aclaración a este caos mental de amor y pecado, de fe y de vida, de esfuerzo e ilusión, explica la carta del Obispado.
- ¿Y qué pretendes con todo eso? Ponte en la situación de que te niegan la anula-ción del matrimonio con Carla ¿Me dejarás?
- Lo que está en juego es la conciencia, y la mia está supeditada a
una creencia.
- ¿Qué quieres decir? Preguntó Jana
- Que llegando la hora de formalizar nuestras vidas no se crispen cuerpos y almas en la unión. Ni yo podré vaciarme sin dolor ni tú podrás estar segura de que no sufro. Nada de esto sucederá si consigo la anulación matrimonial.
- Creo entenderte, dijo Jana. ¿Y si no te concede la anulación ¿Qué?
- Actuaré según me dicte la conciencia.
- Te quiero.
No esperaba Rosso una respuesta probatoria de su relación amorosa. Por su men-te asomó el rostro de Carla, fría, seca, punzante, orgullosa, pero la desplazó con un mi-rar a los ojos de Jana, húmedos, amielados, temblones.
No era noche de fuegos, sino de besos leves, breves. De respeto mutuo.
- ¿Para qué hora tienes la cita? Preguntó Jana.
- Para las nueve de la mañana.
- ¿Quieres que te acompañe?
- No.
- ¿Sabe algo de todo esto Carla?
- No. Ya estuve el otro día con ella para tratar de este tema. Sabe que te quiero. Sabe que aunque te quiero mi obligación moral está de su lado. Que antepondría la norma al sentimiento, pero no me cree.
- No es fácil de su parte. Como mujer entiendo su postura.
- ¿Qué quieres decir?
- Que es más fácil desnudar el cuerpo que el alma. Si ya el cuerpo es un misterio ¿qué será el alma o las dos cosas juntas? Aunque un poco borrosa, creo que tengo tu foto del alma.
Miró su reloj de pulsera y pensó que era hora de marchar para no obligar a Rosso que le acompañara de noche.
- ¿ Te vas?
- Debes preparar tu tesis de mañana.
- No te preocupes, amor. Una sorpresa es una sorpresa. Así como tu siempre me reservas una nueva alegría cada vez que estoy contigo ¿Me permites que reserve una para ti?
- ¿Y no se puede saber? Preguntó Jana. Me tienes intrigada, pero no insistiré. Tu sabrás lo que haces, pero cada vez que te vas de casa siento angustia.
Rosso la apretó a su pecho, y, mimándola, le dijo.
- Es un bien para los dos.
Jana se levantó del asiento para despedirse.
- ¡Hasta mañana!
Rosso fue por la chaqueta de punto de color azulada y se la puso por los hombros de Jana. Un achuchón más remató la jornada.
Uno y otro, ella mientras bajaba las escaleras, él cerrando la puerta, pensaron lo mismo: ¡Qué despedida tan intemporal era ese “hasta mañana”.

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