En vísperas de celebración de aniversario de boda, Carla puso especial cuidado en arreglar la casa y en guapearse.
Al llegar la noche, apoyando su desnuda espalda sobre blandas almohadas, repa-saba con tristeza el álbum de fotos de su época de noviazgo y boda. Cuanto más memo-raba aquellos tiempos, crecía su melancolía. “Mañana puede ser el principio de una nueva aurora romántica que no debió morir nunca“, pensaba, al tiempo que dejaba que un deseo ardiente recorriera su cuerpo con paros febriles en ciertas zonas erógenas que analizaba con complacencia buscando una definición favorable de sí misma. Con este ritual narcisista se quedó dormida con el álbum de fotos de la boda sobre sus muslos y la luz encendida de la habitación.
Al otro lado del continente de Carla, Jana preparaba su noche de fuegos. Un am-plio espejo del baño duplicaba su preciosidad. Quería sorprender a Rosso con su fanta-sía. No tenía nada que ver su cátedra de Psicología que ejercía en el Colegio Mayor de Borja con el doctorado en seducción y erotismo.
La frase lapidaria del Rvdo. Nicolás “Ningún sacramento está vinculado con la ló-gica”seguía golpeando el cerebro de Rosso que era incapaz de retener un solo párrafo del libro “El Derecho Canónico”, sección matrimonial. Demasiadas mariposas en la cabeza para seguir ilustrándose. Así pues, se levantó del sofá, apagó el tocadiscos – leía siempre con música de fondo- y abrió el balcón de par en par para aspirar la brisa nocturna.
Como si la contemplación de los astros le hubiera devuelto la serenidad, se sentó delante de la mesa de su escritorio, sacó de una carpeta azul un folio en blanco y se puso a escribir un poema. Mientras pensaba en el primer verso sonó el teléfono. Una voz sensual avivó en él otro mundo de deseos más concretos que los que pensaba plasmar en el poema. La imagen de Jana se apoderó de él.
Vivía Jana en la zona silenciosa de la ciudad. La algarabia nocturna se celebraba en el lado opuesto. Rosso, camino de casa de Jana, tenia la impresión de que le acompa-ñaba mucha gente cuando en realidad se podían oir sus pisadas sobre el asfalto y los latigazos del P. Nicolás taladrando su mente.
Un sueño en voz alta de Alvaro despertó a Carla. Se miró de nuevo al espejo y no se gustó. Guardó el albúm dentro de la mesilla de noche, se puso una crema por la cara, jugó con sus pestañas y a limar sus uñas. Todo esto en la habitación del chaval para no verse solo y àra que cogiera el sueño lo antes posible..
Jana rodeó con sus brazos el cuello de Rosso que sin mucho entusiasmo saludó en voz baja.
- Hola.
Jana se limitó a mirarle a los ojos, preocupada.
Por el tono de voz intuyó al instante cuál era el ánimo de Rosso quien de un modo espontáneo y psíquicamente abatido, murmuró.
- Me agradaría morir y volver a nacer con la sabiduría que infunde la experiencia del vivir.
Jana enseguida se dio cuenta de que no había servido para nada guapearse suge-rentemente. Rosso sólo tenía los pies en casa de Jana.
- ¿Qué te apetece tomar?
- Lo que tú quieras. Contestó Rosso con la mirada perdida.
-¿Se puede saber qué te pasa? Preguntó Jana acariciando con sus manos las meji-llas de Rosso
. No lo sé. Sinceramente, no lo sé.
- Algo te pasa que no quieres decir, dijo Jana, mientras servía un zumo de naran-ja.
- No trato de ocultar nada. Me encuentro a gusto a tu lado. Es más, te agradezco que me hayas llamado.
- No lo parece.
- ¿Pues...
Sin animo de parlamentar, Rosso no quiso mencionar su cita con el P. Nicolás. Demasiado complejo el tema para una noche de relajación. Y por otra parte, el tonelaje de incomprensión a su problema que notaba a sus espaldas tenía que ver con el tema del divorcio y de la débil teoría del otro que pensó que sería la panacea del problema matri-monial del siglo XXI.
Cuando Jana intuyó que había llegado la hora del diálogo íntimo, le invitó a su dormitorio.
Rosso sin musitar palabra se tumbó en la cama y dibujó una cruz con sus brazos abiertos y cerró los ojos. Aquella posturas de crucificado de Rosso, dormido como un niño que sabe que le vigila s madre, le produjo a Jana un respetó enorme y se dejó estar unos minutois a su lado. Cuando en una de muchas caricias despertó Rosso, al verla sentada junto a él tan atractiva y tan dulce, pàsó la mano por la pierna de Jana y notó en la yema de los dedos el efecto erótico de las medias negras que llevaba puestas.
- ¡Estás muy sugerente.
La actitud de Rosso anunciaba unas décimas de fiebre. Sólo por momentos reco-braba el verdadero sentido de ubicación y compañía y soltaba el sentimiento más inten-so que sentía en ese momento. Todavía bajos los efectos del cloroformo de su cita con el P. .Nicolás se descubría en sus expresiones sin que Jana adivinara de qué iba la cosa.
Trató Jana con paciencia que Rosso retornara a un despertar total y superado el lastre psíquico por el que atravesaba se aviniera al propósito de su llamada. Al darse cuenta de que había caído en una especie de éxtasis, con una doliente sonrisa en sus labios le dio un beso en la frente, apagó la luz roja de la lamparilla que había en la mesi-lla de noche, y mejilla con mejilla, como quien mima a un niño, susurró.
- ¡Duerme!
Aún permaneció junto a él unos minutos más sin que diera señales de querer jugar al amor.
Rosso se había quedado dormido con la imagen de Jana. Movido por el subcons-ciente, alargó el brazo para agradecerle su cariño, pero Jana ya se había ido de la habi-tación a la ducha para liberarse plenamente de él.
Relajada se fue a la cocina, abrió la nevera, bebió un vaso de leche fría y se puso a escuchar la radio. Una mini toalla apenas ocultaba sus encantos. Ella pensaba que la podían ver los astros de la noche, cerró la ventana, plegó las cortinas y se acostó como Dios la trajo al mundo..
Alvaro dormía profundamente. De vez en cuando daba media vuelta llamando a papá. A Carla esta escena le hacía pensar la necesidad que tenía su hijo de su padre que deliraba incomodado con el P.Nicolás que no le había dado remota esperanza a su tesis. Jana, todavía caliente el deseo, era incapaz de dormir. Como impulsadas por una hipno-sis, Carla y Jana decidieron apagar la luz de la mesilla de noche, en tanto se encendía el odio de Rosso al P. Nicolás hasta clavarle un cuchillo por la espalda, acción que le des-pertó asustado y con un grito que desperttó a Jana que poniendose una bata apuró su presencia para saber qué pasaba.
- Perdóname, una pesadilla.
- ¿Quieres alguna cosa?
- Puedes quedarte conmigo.
Jana prefirió regresar a su habitación.
La Luna se habia sumado al botellón de la noche.
Aún había pájaros perezosos durmiendo en sus nidos cuando Carla se levantó de la cama ligeramente nerviosa como aquella mañana de su boda. No había razón para ello que no fuera la data ya que en su corazón estaba la solución al problema. Con los ojos nublados por la cortedad de la noche y la mente embotada por un extraño sueño incapaz de descifrar por picasiano, al ver en la mesilla de noche la foto de Rosso con su hijo a hombros esbozó una sonrisa y se avino a la realidad. La realidad era el grifo de la bañe-ra chorreando agua caliente. Sales, espumas, jabones. Cuando advirtió que estaba to-talmente relajada, se sentó en una banqueta azulada frente al espejo y gustándose a si misma inició la liturgia de la cosmética. Aplicó una científica dosis de cosmética acen-tuando su seducción, aunque no era la disciplina que mejor conocía como mujer al ser educada en la ignorancioa de la sexualidad. No acababa de oir del espejo una aproba-ción con este o aquel vestido. Al final se decidió por un estilo intermedio entre la moce-dad y la madurez, que dejó para última hora. Una falda negra, una blusa blanca, me-dias negras, zapatos de tacón y moño. Un diseño discreto a la vez que resaltable de la figura femenina.
Rosso había sugerido celebrarlo en un elegante restaurante y en un ambiente de sutiles versos compuestos de color, sabor y tacto bajo el título de fantasía. Una cita entre ella y él y el niño en casa de los abuelos. Carla rechazó toda posibilidad de corolarios que reavivaran otros tiempos y decidió que fuera en su casa, que ya estaba ordenada del día anterior. El trabajo, pues, se reducía prácticamente al horno.
Cuando Rosso bajó a la cocina por un vaso de leche, vio a Jana con un mandil provocativo. Se acercó discretamente y estampó un beso sobre su preciosa espalda des-nuda, al tiempo que acariciaba sus senos con delicadeza. Jana mostró su agradecimien-to dando media vuelta para besarle.
-¿Qué tal? Preguntó Jana.
Rosso cogiendo a Jana por la cintura respondió.
- Lo siento.
- ¡Quieto! ¿No ves qué aspecto tengo?
- Precioso.
- Vaya, parece que dormiste bien.
- Ya te dije que lo siento.
A Jana le gustaba oír de Rosso mil veces “lo siento”. Para ella era la prueba mil de que la quería, contra el parecer del guionista de la película Love Story para quien amar era no tener que decir lo siento. Pensaba Jana que como frase era brillantisima pero imposible de que se cumpliera en toda relación humana por muy perfecta que fue-ra, porque en esa im perfección radica la perfección del ser del hombre que le lleva a tener que decir “lo siento” cuando ama y no ha acertado con el estilo y talante debidos.
Seguía latente en el corazón de Jana el deseo de la noche, y pensando que le dedi-caría el día, pidió permiso para arreglarse.
Antes de ausentarse le preparó unas tostadas, una naranjada y un café con leche y se sentó unos minutos para acompañarle.
- ¿Tienes prisa? Preguntó Jana.
- Soy tuyo hasta el mediodía.
- Creí que pasarías el domingo conmigo, dijo Jana un poco triste.
- Imposible. Tengo acordado una cita con Carla. Hoy es nuestro aniversario de bo-da.
Jana sufrió una mutación facial que Rosso interpretó a vuelo.
- Es un compromiso, nada más.
- No tienes por qué darme explicaciones, dijo Jana con gesto de desilusión.
Y sobreponiéndose a la decepción, dejó el delantal de la cocina sobre una banque-ta y con los pechos al aire se fue al baño, sin la ilusión de la noche anterior.
Mientras Rosso esperaba a Jana en el salón, merodeando en la bi-blioteca le llamó la atención el título de un libro “La levedad del ser” y
se puso a ojearlo. Lo abrió al azar.
“Quien afirma que el matrimonio no es otra cosa que un fenómeno sociológico, todo es lícito. Si esto fuere así no habría razón para tipificar en el derecho positivo y canónico ciertas figuras correctivas a la vmente como son, incluso aceptan el cambio que pueda originarse en el futuro. Es decir, lo positivo y negativo del ser humano. De aquí que querer centrar la vida sin el concurso de la mente o del espíritu, es reducirla al instinto que únicamente tiende al placer, como si fuera la panacea de la felicidad. Sobre la base del método comparativo la pareja humana se vería relegada a un plano inferior al del animal por cuanto que el instinto en el ser animal define plenamente su naturaleza mientras que en el ser humano no es más que un componente, una parte del ser.
Durante el noviazgo el ser de uno se adentra en el ser del otro por
vía del amor cruzado. Por cada energía que se transmite se potencia la necesidad de posesión del otro. Una seducción, una belleza, un retoque artístico, una comprensión ocupa su atención amorosa. Surge una especie de reciprocidad religiosa que agranda lo limitado del amor humano por una trascendencia que habita dentro de cada cual con la ayuda del otro. Incluso la demora de un placer consentido retorna a un placer ma-yor y necesario. Esta sensación inquietante y robadora del ser clarifica aquel pensa-miento tagoriano en que la pureza del amor se traduce en el instante mismo en que él se siente ella y ella se siente él sin que uno y otro sea el otro o el uno.
Si toda conquista real o ideal requiere una estrategia adecuada para lograr su ob-jetivo, nada hay más comparable en el mundo que la unión de dos vidas, porque nin-gún ser humano encontrará mejor interlocutor a su ser que otro ser semejante a su ser. Pero la unión de dos naturalezas exige un constante reciclaje para que no se deteriore una realidad que se sustancia en la contingencia. Por eso la pareja animal cumple has-ta la muerte su propio destino sin fallos en tanto que en la pareja humana además de sexo se conjuga otros valores a los que no se tiene dominio total y posesión absoluta”.
Jana se preguntaba ante el espejo del baño qué decisión tomar si la de una rabieta o la de una sabia comprensión.
Al entrar Jana en el salón, Rosso cerró el libro y la contempló con deseo.
- Estás preciosa.
- ¿Y antes?
- Estabas guapa.
- ¿Hablas siempre buscando la palabra justa?
- Lo procuro.
Apenas necesitaba Jana un mínimo retoque para estar preciosa, y cuando se esme-raba un poco más pasaba de preciosa a hermosa.
- No me tientes a romper con mi promesa, dijo Rosso.
- No lo haré, contestó Jana. Por cierto, ¿Qué te ha parecido mi tesis?
Rosso, sorprendido, miró a Jana como si fuera una aparición y preguntó:
- ¿Este libro está escrito por ti?
Antes que le contestara Jana, leyó en el interior del libro el título y a su autor: Jana Róig Summer.
- Ya sé que eres despistadillo, dijo Jana en tono amable, pero es un defecto que te hace más interesante.
Ya en la puerta, mirándose fijamente uno al otro, Rosso se manifestó:
- Te quiero.
- Lo sé, dijo Jana. Pero no entiendo nada.
Temerosa de que la mirada acabara en algo más efusivo, dijo.
- Es mejor que te vayas. Hoy es un día muy importante para ti.
Rosso hizo un intento de besarla, aunque npo fuera más que por cortesia, pero Carla le puso la mano delante de su boca.
-Otro dia.
Rosso abrió la puerta y se marchó. Jana no pudo contener las lágrimas y arrimada de espaldas a la puerta lloró temiendo lo peor
Un arco de la mañana moría en el corazón de Jana y se abría en el corazón de Carla.
Olía todo el cuerpo de Rosso a perfume de mujer enamorada.
Ligeramente contrariado por el triste final con Jana, pensando que era un poco temprano para ir a casa de Carla, entró en una cafetería. Pidió un agua mineral y se puso a leer el periódico que estaba encima del mostrador. Un cigarrillo, otro. El camare-ro decidió regalarle un mechero de propaganda.
Carla con su bata de casa se pasaba la mañana en la cocina. Olía a banquete, a ca-pricho casero, a rompimiento de tripas. Desafinaba en el concierto mental de Carla la reiterada pregunta de su hijo que con voz atiplada no dejaba de incordiar con su sonso-nete.
- Mamá, ¿Cuándo viene papá?
- Pronto, hijo.
A los pocos minutos volvía a preguntar.
- Mamá, ¿Cuándo viene papá?
- Dentro de poco, hijo.
Así pasó toda la mañana la criatura. Carla no sabía qué inventar para que estuvie-ra quieto y callado.
Sobre el mantel de la mesa había dos preciosos candelabros, regalo de boda, con sus respectivas velas. En el centro una bandeja de plata con rosas rojas. Copas de cristal fino y cubertería de fiesta mayor. La música clásica en una tonalidad murmuradora paseaba por toda la casa como señora principal dejando en cada rincón un compás de-terminado. Todo estaba a punto, y nada había que no mereciera un elogio.
Rosso miraba y remiraba su reloj. Tenía la sensación que le señalaba siempre la misma hora. No pensaba igual Carla que no dejaba de mirar al reloj de la cocina te-miendo que la parsimonia de cocción no estuviera a punto y a su tiempo. Era el tiempo un desigual medidor para el corazón de cada cual. Para Jana el reloj se habia parado en el instante en que Rosso se había ido.
El hijo vivía de espaldas al reloj y pegado a su madre a la que seguía por todas partes con un cachivache en la mano no dejaba de preguntar cuándo vendría papá. Ese “dentro de poco” por parte de su madre era una eternidad para él.
Tan pronto sonó el timbre de la puerta, el chaval corrió por todo el pasillo gritan-do:
- ¡Papá, papá!
Carla asoció el timbre de la puerta con la campanilla del monagui-
el día de su boda, y suspiró. No sabía qué hacer. No sabía qué decir. No sabía nada de nada. Se retocó el pelo, se desprendió de la bata de casa, y se encontró con Rosso en el pasillo. Se saludaron sin mucha emoción, protocolariamente, como dos conocidos en la calle.
- Hola.
- Hola.
El brillo de las miradas también era desigual. Distante en Carla. Distraída, en Ros-so. Un cierto pudor se interponía en el deseo común.
Vivía Jana unas horas difíciles. Desde que se había ido Rosso de casa no había dejado de trabajar su imaginación la escena amorosa que podía haber entre Carla y Rosso y que no era otra que la que ella había deseado la noche anterior in éxito por el bajón anímico de su amado. De todos modos era una mujer fuerte, con una formación humanística capaz de soportar cualquiera adversidad. Si Jana nol se había casado no era por falta de aspirantes sino por una exigencia interior por encontrar a una persona que acreditara una vida en común feliz y duradera.
La luz no era igual para todas las retinas. La misma luz que entraba por el venta-nal de un hospital o por la roseta de un templo o por el balcón del hogar enviaba mensa-jes distintos. Así le pareció a Jana que no dejaba de pensar en el saludo de Rosso la no-che anterior: “Me gustaría morir y volver a nacer con la sabiduría que da la experiencia del vivir”. Nerviosa, salió a dar un paseo buscando en la naturaleza cósmica la relaja-ción que le había negado la naturaleza humana.
La música que se oía en casa de Carla suplía el lenguaje medido y espaciado de los dos. Mientras Carla ultimaba ciertos detalles en la cocina, Rosso repasaba con nostalgia el álbum de fotos. Memoraba con los ojos momentos solemnes del ayer con Carla y con su hijo en brazos. Poco después, apareció Carla en el salón-comedor vestida con falda corta, medias negras, ceñida blusa blanca, resaltando sus pechos, tacones altos y el pelo recogido en forma de moño. Estaba encantadora. Con una estudiada sonrisa en el espejo miraba a Rosso al tiempo que encendía las velas sobre los preciosos candelabros que adornaban la mesa y que el hijo apagaba en su afán de jugar y de revolver cuanto le salía al paso. Rosso reservó para sí el efecto que le producía aquel cuello de cisne desnu-do y las seductivas piernas que no tenían nada que envidiar a las de Jana.
Las viandas sobre la mesa anunciaban la hora del almuerzo. Despejada la niebla de los silencios íntimos, sensible el ser, todo se disponía a entrar en un diálogo más allá de las simples formalidades. La superación del deseo habido la noche anterior en casa de Jana, la disciplina impuesta por Jana antes y después del desayuno esta misma mañana, reactivando en su mente los placeres de la primera noche de boda, cuyo aniversario ce-lebraban, Rosso hervía por dentro y soñaba con revivir aquel primer contacto íntimo con el cuerpo de Carla, a ser posible, mejorando la liturgia de la noche de bodas.
- Estás guapa, dijo Rosso con voz sensual.
El hijo, que jugaba con los cubiertos, asintió con voz atiplada.
- Mamá es guapa.
Carla dejó volar el pensamiento al tiempo de los diálogos poéticos, del piropo repe-tido, de la pureza amorosa y, aun cuando no era su intención remarcar ironías de la vida, respondió con una insinuante sonrisa.
- Recuerdo esto mismo muchas veces y durante mucho tiempo.
Rosso no había venido a casa a provocar incendios, y dijo.
- Rectifico, estás muy guapa.
El hijo asintió.
- Mamá es muy guapa.
Rosso y Carla rieron a unísono las gracias del hijo.
Un mínimo silencio retornó a la mesa.
Muchas cosas suscitaban a Rosso al juego pasional: La música bethoviana perfu-mando el salón de cierto romanticismo. La sinuosa silueta de Carla, remarcada por el signo de la seducción. La exquisita carta culinaria. El encendido vino. El olor de la cera que desprendía las velas encendidas. El diseño de los candelabros. El recuerdo de la cu-bertería de la boda, pero, sobretodo, las miradas furtivas de uno y otro buscando un pretexto para revivir la pasión como prueba de felicidad eterna.
Dado que Carla estaba muy discreta y ceñía su conversación a su expresión corpo-ral, Rosso con voz trémula confesó.
- Te quiero.
El hijo hacía de enlace.
- Mamá, papá te quiere.
Y mirando a su padre con ojos de sorpresa le preguntó.
- ¿Y a mí?
- Mucho.
- Mamá, papá me quiere mucho.
Carla se ruborizó. Desde que había nacido Álvaro se podía contar con los dedos de la mano las veces que le había dicho en voz alta “te quiero”.
¡Qué pena que el hijo no estuviera con los abuelos! Pensaba Rosso, deseando estar a solas con Carla. Del bolsillo de la chaqueta extrajo un regalito y se lo dio al chaval.
- Toma, para ti.
- ¡Mamá, mamá, mira, mira que me trajo papá!.
Era un coche eléctrico en miniatura que pronto empezó a rodar por el pasillo de la casa dejando solos a sus padres.
- Te quiero, volvió a repetir Rosso.
Sin la presencia del hijo sonaba distinto. Sonaba a noviazgo y, en línea corta la flecha punzaba con más tino en el corazón de Carla.
Cada vez que Rosso se dejaba llevar por el romance, Carla esquivaba la respuesta tratando otro tema.
- ¿Ya no fumas? Preguntó Carla.
- No, sólo en momentos críticos.
Carla se rió.
- ¿Qué te hace gracia? Preguntó Rosso más distendido.
En medio de esta festiva animación, apareció el hijo en el comedor frotándose los ojos pidiendo cama. En dos minutos Carla atendió a su hijo,
-Dale un besito a papá.
Alvaro apretuó el cuello de su padre y lre estampó un sonoro beso.
Mientras Carla lo llevaba a la habitación Rosso aprovechó el silencio para poner orden a su cerebro y a su corazón, estrujados por los sentimientos encontrados de Jana y de Carla.
Ya en la mesa, Carla echó mano a un paquetito que tenía en una mesita lateral junto a unas bandejas de pastas y botellas de licor y se lo dio a Rosso.
- Es un simple recuerdo.
Se trataba de un mechero de oro. La risa volvió a espumar el ambiente.
- Gracias.
Luego, cambiando de voz, con un deje de vergüenza, mirándola a los ojos, dijo.
- No tengo nada para ti.
Carla esbozó una sonrisa de conformismo.
Tres segundos de silencio fueron suficientes para trocar el ambiente relajado a otro más espeso y tirante.
- Miento, rectificó Rosso. Aquí en el bolsillo de la chaqueta tengo un poema corto que escribí anoche para ti.
- Huele a perfume de mujer, dijo Carla con extrañeza. ¿Tiene alguna explicación?
Rosso se puso rojo.
Adivinando que el silencio de Rosso era una confesión afirmativa, la rompió.
- Debiste de leerla antes, dijo Rosso.
Carla se puso nerviosa y seria.
- Prefería que oliera a tabaco. Contestó.
Arrepentida de su acción que tenía una sobredosis de celos, dijo.
- Perdóname.
Las cosas sucedían vertiginosamente. Cada cual tenía que poner freno a la vorági-ne de sentimientos cruzados que albergaban en su interior. Rosso fue más valiente y giró la conversación por otros mundos más apacibles, dejando de lado el misterio del poema.
- Dime, Carla, ¿Eres feliz?
Carla le quedó mirando perpleja.¿ Cómo le hacia esta pregunta precisamente en este momento?
- No. ¿Y tú?
- Tampoco
- ¿Por qué?
- ¿No crees que deberías responder primero tú?
- Yo creo que ya sabes la respuesta, dijo Carla.
- La mía es igual.
- Ya.
Carla miró a Rosso con dulzura, y entrecruzando sus dedos con los de Rosso, más con el corazón que con la boca, preguntó.
- ¿Sigues con ella?
- ¿Con Jana?
- ¡Ah, se llama Jana! Exclamó ofendida Carla. E instintivamente separó su mano de la de Rosso.
- Sí.
- ¿Vivís juntos?
- No.
- ¿Huele a poema? Preguntó Carla con aviesa intención.
- Huele a mujer.
- Usa un rico y caro perfume.
- No lo necesita.
- Qué me quieres decir , qué es muy guapa?
El fantasma del silencio apagó las risas y los pensamientos amorosos por sensa-ciones nuevas teñidas de sangre.
- Yo no vine a hablar de Jana, sino a aclarar nuestra situación.
- No has contestado a mi pregunta.
Rosso muy serio, respondió.
- Fuera del trabajo utiliza más el chándal que un vestido.
- Si tú lo dices...
Rosso guardó silencio.
- ¿A qué situación te refieres? Preguntó Carla enlazando con la insinuación de Rosso.
- A la nuestra.
- ¡La nuestra! ¿Qué otra cosa hay más importante? Ya sé que la tuya está muy de-finida. No puedo decir yo lo mismo de la mía.
- ¿Qué insinúas?
- Que de ti depende que la cosa se normalice, aunque haya sido yo la causa que ha provocado esta situación.
- ¡La normalidad! Murmuró Carla. Y mirando fijamente a los ojos de Rosso, pre-guntó.
- ¿Qué es la normalidad? ¿Puede esta copa de fino cristal, si la tiro al suelo y se rompe en mil trozos, ser copa? Y en el supuesto que se recomponga ¿Se podría hacer uso de ella? Y admitiendo que se pueda usar ¿No seguiría dañada? Este es mi caso.
- ¿Todo esto, entonces, es una farsa? Preguntó Rosso.
- Tú sabrás, dijo Carla, displicente.
Acto seguido se levantó de la mesa y se puso a recoger los platos.
En la cocina desahogó su pena llorando amargamente hasta el punto que tuvo que ir al aseo para disfrazar su dolor con un retoque de cosmética.
Mientras tomaban café en la sala contigua al comedor, Rosso insistió.
- ¿Revivimos nuestra noche de bodas?
Si algo fastidia al demonio es la felicidad del hombre. Su maldad no le permite que el hombre sea feliz y con astucia, con esa sibilina manera de llegar al corazón de Eva, se metió en el cerebro de Carla por vía del rechazo verbal.
- Soñé con esta petición, dijo Carla, pero no sé que me pasa que algo me ata y me impide contribuir a la ceremonia. Agradezco tu invitación.
Al demonio le había salido bien la jugada. Adivinando la suerte que depararía a Rosso esta aparente religiosa negativa de Carla ordenó a sus súbditos brindar por el éxi-to.
- ¿Lo dices por Jana?
- Otra vez Jana, contestó Carla, herida.
- Yo tengo las ideas muy claras, eres tú la que no acabas no sólo de creer sino de perdonar. El amor es cosa de dos.
- ¿Dos o tres? Pinchó Carla.
- No piensas en lo que dices.
- ¡Ah, sí! ¿Quién nombró a Jana? ¿Quién trajo el perfume de otra tierra que no fuera la suya?
Rosso aguantó sin chistar el pinchazo de la aguja.
- ¿No crees que eres bastante injusto conmigo? Preguntó Carla en tono molesto.
- Oye bien, amor mío, Jana me atrae, pero ayer dormí solo en su casa por respeto a este momento. Y esta mañana lo mismo. He querido reservarme únicamente para ti y, a partir de ya, borrando ese tiempo de juegos tontos, reiniciar el día que celebramos no como aniversario que, quieras o no, es un tiempo ido en presente, sino como si se tratara de la primera vez.
- ¿Y tú quieres que lo crea? Pero ¿Qué dices? ¿Dónde están las flores?
Rosso, aunque dolido por la reacción de Carla, se repuso al momento con digni-dad.
- ¿Qué flores? ¿Hubo flores el primer día que nos conocimos? Te estoy hablando de un presente. Qué empeño tienes por anclarte en el pasado ¡Flores! ¿Dónde pones tú las rosas en el florero o en el corazón?
- En el alma.
- Pues deben estar marchitas.
Rosso se echó sobre el respaldo del sillón y murmuró unas palabras para sí.
- No hay nada que hacer, no hay...
- ¿Por qué rumias que no hay nada que hacer? Pregunto Carla. Si fuera así no te invitaría precisamente hoy. Sólo te pido calma, tiempo, maduración.
- ¿Cuánto tiempo? Preguntó Rosso.
- El necesario, contestó Carla.
- O sea, indefinidamente, según tú. Lo que no entiendo es ese término de “necesa-rio”. Necesario, ¿Para qué?
- Para olvidar a Esther.
- Querrás decir a Jana.
- No, no. He dicho bien. A Esther.
- Esther…Esther. Pronunció en voz baja Rosso mirando al techo de los recuerdos para adivinar quién era. ¿Qué Esther?
- Bueno, ya veo que la olvidaste, dijo Carla punzando el corazón de Rosso. Ahora es Jana, pero ayer era Esther, tu compañera de oficina.
- ¡Ah! ¿Pero aún sigues anclada en aquella tontería de nada? ¡Por Dios, Carla!
- Mi proceder para ti te produce extrañeza, pero bien pronto saltaste de mata para flirtear con Jana, ¿No? ¿Cuánto tiempo necesitarás para olvidarla?
- No lo sé.
- Ese es el tiempo necesario.
Tras una pausa continuó hablando.
- ¿Cómo puedes demostrar mientras realizamos el acto sexual que no estás pen-sando en ella? Porque la defiendes como un gallo de corral a sus gallinas. Tan pronto la llamé “ella” me corregiste poniendo su nombre bautismal. Vosotros los hombres con tener satisfecho la libido no reparáis en nada.
- Mira, Carla, dijo Rosso poniendo las manos en posición litúrgica por parte del sacerdote saludando al pueblo antes de iniciar la misa, sólo escuchas aquello que agrada a tu vanidad. El esfuerzo que hice ayernoche por respetar este día tal vez sea la prueba de amor más grande que podía ofrecerte. Más que flores, más que una gargantilla, más que sangre, pensando que hoy sería un día definitivo en nuestras vidas. Ahora bien, en tu caso yo no iría a una peluquería para ponerme guapa, sino a un cirujano para que me extrajera el pus que hay dentro de tu cerebro. Todo es carcasa. No crees ni en tu Dios que es el mío. Tu Dios sólo es justo. Mi Dios también es perdón. eleidad psicológica de los cónyuges bajo nominaciones varias como el adulterio, la prostitución, los bienes gananciales, y otros relacionados con los hijos. Y quien afirma que el fundamento de la pareja es el amor y que roto el amor por causas desiguales destruye su estructura esen-cial, habría que recordarle que nada nacido del hombre por el hombre es perfecto. En el compromiso, pues, asumen previamente las consecuencias derivadas de la imperfec-ción de las naturalezas vivas del matrimonio, su materia prima, y que, por consiguien-te, conlleva a conclusiones motivadoras de la desunión.
En el acto matrimonial el hombre y la mujer se aceptan mutuamente.

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