- “...hasta que la muerte os separe”.
Carla y Rosso se habían casado recientemente en una preciosa colegiata de estilo neoclásico ubicada en un pueblo pesquero a veinte kilómetros de la ciudad por el reve-rendo Padre Nicolás, sacerdote amable y culto, amigo común de la pareja, asistiendo a la boda además de familiares y amigos, Tobías, Pablo de Tarso, Bach, Mózart, Mendels-son.
En el banquete Rosso dirigiéndose al P. Nicolás, le preguntó:
- Padre, ¿Por qué hasta la muerte y no más allá de la muerte? ¿Por qué no por to-da la eternidad?
A Carla le brillaban los ojos oyendo decir estas cosas a su amado.
El P. Nicolás con el estómago lleno prefirió contestar con una breve cita evangéli-ca
- Amigo, después de la muerte no hay marido y mujer, padre e hijo. Todos sere-mos como ángeles. Y como quien ya no cabe otra pregunta ante respuesta tan categóri-ca, se llevó un pastel a la boca.
A Carla le había disgustao la cita y no dio tiempo al P. Nicolás a que probase otro pastelillo que ya tenía preso entre sus dedos.
-¿Cómo puedo ser feliz en el cielo sin mi marido? ¿Está seguro, Padre?
Con mucha delicadeza el P. Nicolás dejó de nuevo en su plato el pastelito y al tiempo que se que se disponía a contestar, sonó la orquesta obligando a los novios a que iniciaran el baile con un clásico vals de Strauss. Aún así Carla tuvo tiempo para decirle.
- Espero, Padre, que me responda entre un baile y otro.
- Mejor, después. .
Sin dejar de sonreír, emocionados por los aplausos, ella se dejó llevar por él dibu-jando en la pista el compás del Vals. Y con los novios, con más o menos pudor, con mayor o menor estilo, los demás. Estaba tan brillante el salón, que no dejaba de ser un espejo indiscreto y por supuesto sicalíptico.
Era el P. Nicolás un amigo corrector de la conciencia de la pareja. Entre otras fi-guras retóricas, dijo en la práctica: “… si la humanidad fuese como vosotros, Dios no se hubiera encarnado pue certificais con vuestro amor aquel versículo del Genesis: ¡”Y vió que todo era bueno”. Y nació el domingo.
Los que ocupaban el banco aguantaron la risa con dignidad.
Había tema para quemar cigarrillos en el atrio de la iglesia, mientras en la sacris-tía se cumplía el ritual de las firmas.
Alguien farfulló.
- Qué ocurrencias tiene el cura, al tiempo que presumía de mechero ofreciendo fuego a todos.
- ¿Por qué lo dices, por lo del antes o después del domingo?
- Está claro que fue después.
El grupo de curiosos era cada vez mayor.
- Es normal que Dios haya creado a la mujer al ver que el hombre se aburría vien-do únicamente documentales en la tele.
- Pero si no había tele en el paraíso? ¿Qué dices?
- Más fácil me lo dictas. Ya me dirás a qué se dedicaba los fines de semana sin ella.
-A la caza, contestó uno que no sabía de qué iba la conversación.
- ¿Y quién cocinaba, tu mujer?
Eran más los que se inclinaban que el domingo se inventó como consecuencia del esfuerzo por parte de Dios en crear a la mujer.
Aún duraba la rica fantasía del noviazgo a la hora de ofrecerse el uno al otro. En el hogar, ella y él. Fuera del hogar, ella y él. Ya antes de la boda, cuando el amor a compartir íntimamente era sólo una promesa, el mundo se reducía a ella y a él. Esta armonía afectiva se extendía a la idea, al gesto, al lenguaje. No había mirada más linda para él que la mirada de su amada.. Corazón más ardiente para ella que el corazón de su amado. Ambos formaban una pareja tan ajustada que parecía imposible que cupiera en el diccionario un vocablo que tuviera relación con el eclipse.
No hubo, pues, exageración alguna por parte del P. Nicolás, al revelar las virtu-des de la pareja que resultaba ser una calcomanía de la primera pareja bíblica. Lo mis-mo pensaba un empleado de una importante mueblería.
- Si a ti te gusta, amor, a mí me gusta.
Ella le devolvía el fraseo.
- Lo que tu decidas, cariño.
Y en ese juego floral, muchas veces acababan por no comprar nada para desgracia del empleado que dependía más de la comisión que del sueldo base.
Antes de la boda, la conversación entre Carla y Rosso era más poética, menos comprometida. El deseo carnal, aunque abarcaba a casi todas las zonas del ser, no se cumplía en su totalidad. Casi siempre el orgasmo necesitaba de un segundo rito o de un reservado secreto en el juego de las caricias. Casi siempre entre sueños. La virginidad que como un bien supremo había reservado Carla para la noche de boda dificultaba una comunión plena, pero, ahora, sin tabúes éticos, resultaba esplendorosa. Una mujer, Carla, que era fiel, y esperaba. Un hombre, Rosso, que vivía solamente para su mujer. Y en el binomio instrumental del amor, fruto del conocimiento y de las pieles, nació un hijo. De este modo, amable y feliz, se había configurado el triángulo del amor.
Con la presencia del hijo, la vida hogareña sufrió una notable mutación ajena al deseo mutuo, exigiendo a actuar de distinta manera que cuando la relación se ceñía al binomio hombre-mujer. Del rico fruto bilateral del amor, la línea de comportamiento entre la pareja no podía ser la misma. Se había efectuado un nuevo gráfico geométrico, más perfecto pero también vitalmente más complejo. Ya nada era igual a aquella época en que la vida se limitaba al mundo de los dos. Tanto en el orden psicológico como sexual era imposible recuperar el ayer de las relaciones directas.
Antes prevalecía la abstracción poética a imagen de cada cual. Ahora, la realidad no admitía magia ni fantasía. El hijo había dibujado un nuevo planeta, otrora más idíli-co, requiriendo un reparto de besos, una alternativa de miradas, una regulación afecti-va, un ritmo desigual en la amorosa composición musical inspirada en tiempo del no-viazgo. Este cambio requería mucha sabiduría por ambas partes para superar la tibieza, la rutina, bichos supuestamente inofensivos, pero muy peligrosos.
El olor a talco y a colonia era tan fuerte y las agudas notas de violín del hijo llorón tan seguidas que distraían la presencia de una aventura que nada tenía que ver con la tierra prometida.
Carla había pasado la noche velando a su hijo Álvaro que no dejó de darle la ta-barra. Cuando sonó el despertador, Rosso se dirigió al baño. Después de ducharse, alar-gó el brazo al toallero. Al percatarse de que no había ninguna toalla disponible, farfulló unas palabras de desagrado. No comentó nada a Carla que seguía dormida. Tampoco la besó como era costumbre cuando iba al trabajo, ni siquiera su silueta bien trazada por la sábana apretada a su cuerpo que tanto le incitaba al deseo carnal le produjo chiribi-tas.
No sucedió lo mismo al día siguiente. Todo estaba en orden, incluso el reclamo de la silueta femenina. Rosso besó a Carla con más intensidad para reparar el beso que le había negado el día anterior. Esta oscilación psicológica era un aviso de que la vida había sufrido un cambio importante y que había que asumir con otro talante esta reali-dad no buscada por nadie.
La cosa hubiera quedado en una simple anécdota si Carla no se viera forzada a vi-sitar al pediatra y la comida estuviera servida a su hora. Una pena, porque aquella mis-ma tarde Rosso no avisó por teléfono desde su oficina para decirle que tardaría en llegar a casa como era habitual en él cuando por razones de trabajo se producía algún contra-tiempo en el horario laboral.
- ¿Mucho trabajo?
- ¿Por qué lo dices? Contestó él con otra pregunta.
Ella miró al reloj del salón.
- De acuerdo. Debí llamarte. Te pido disculpas.
- ¿Por qué no lo hiciste?
Rosso se hizo el distraído leyendo el periódico.
Acabada la cena que remató en silencio, un beso protocolario puso fin a la jorna-da. No hubo boda en el lecho. No hubo nada. Les separaba un gran trecho anímico a pesar de que dormían pierna con pierna, y espalda con pecho.
Era el sábado el día de la semana más esperado. Había muchas razones para que así fuera. El hijo en casa de la abuela; una relación social fuera del hogar; la hora de la intimidad sin agobios. No dejaba ser el sábado un referente breve del tú y del yo antes de nacer el hijo. Pero esta mañana del sábado había amanecido nublado. Uno y otra, cual dos candelabros colocados a los extremos del aparador adornando el salón, no se movían de sus puestos. Dos jóvenes parejas devolvieron la alegría al hogar. Ella, con ellas. Él, con ellos. Ni él prestó atención a ella, ni ella estaba con ánimo de seducirle con su atonía anímica. Al llegar la noche, en la cama, Carla hablaba de ellas y él de ellos, y apretados pecho con pecho, una vez más vivían en hemisferios opuestos hasta que el sueño los envolvió en la sombra de la noche. Y si bien los cuerpos conformaban un abrazo común, el mundo de las psicologías circulaba por otras galaxia
Cap.4
Aquel amor sublimado del tú y yo ya no era e mismo. Se querían como Adán y Eva después de la herida. Después de la herida, Adán y Eva empezaron a quererse a sí mismos. Lo que estaba viviendo la pareja tenía una cierta similitud con el proceso cós-mico de una mañana de verano.
El cielo estaba azul, limpio, brillante. Invitaba el amanecer estival a romper bri-sas y decidieron ir a la playa con su hijo. Una vez tomado asiento en la arena de la pla-ya, lejos, casi al otro lado del continente de la mirada humana, se podía apreciar una nube blanca del tamaño de un botijo. Minutos después, aquel dibujo artesanal se trans-formó en una especie de carromato para cambiarse en una carpa de circo taponando el azul del cielo. Una nube gris invitando a correr. Seguidamente, un rayo, un trueno, un aviso. Un aviso sin tiempo para nada, porque inmediatamente empezó a diluviar. El desbocado caballo de la tormenta galopaba con más brío de lo esperado e hizo trizas el paisaje.
De regreso a casa, ella contemplaba a través de los cristales de la ventana del salón que nada era igual que antes, aunque el gráfico urbano era el mismo. La misma aveni-da, los mismos árboles, los mismos comercios, las mismas estatuas. Una sutil melanco-lía interior le hacía ver las cosas distintas de como eran. Este mismo extraño efecto sentía con Rosso, aunque no podía saber el por qué.
Cuando Rosso volvió de la oficina y vio a Carla desarreglada, se películó otros ros-tros femeninos. Se llevó al baño una revista porno y salió liberado de tensiones.
Dado que ninguno de los dos se decidían a comunicar sus sentimientos de desagra-do, Doña Eugenia, madre de Carla, que notaba en sus visitas a casa que aquella maravi-llosa unión de la que había ha- blado el P. Nicolás no era como lo había relatado, deci-dió intervenir llevándose el nieto unos días a su casa.
Rosso estaba en la oficina, tiempo que aprovechó Carla para guapearse y preparar una cena temprana al estilo del primer encuentro romántico. Gozaba Carla de un encan-to natural que no precisaba de muchos cuidados para seducir. Acaso le faltaba un mu-cho de fantasía a raíz de una rigurosa formación religiosa por parte de sus padres, miembros del Opus.
- ¿Y esto? Preguntó Rosso mirando fijamente a su mujer que estaba guapísima.
Carla no quiso envanecerse y desvió la pregunta con otra más sencilla.
- ¿Qué tal por la oficina?
- Todo bien. Mucho trabajo. ¿Y el benjamín?
- Está en casa de la abuela.
- Esto lo aclara todo, pero antes dime ¿Qué se celebra hoy que yo no sepa?
- Nada de particular.
- ¡Estás preciosa!
- ¿Qué ves que te sorprenda tanto?¿
Al ver que él no sacaba los ojos de encima, turbada se reafirmó.
- ¡Soy Carla, bobo!
- Hace tanto tiempo que deseaba que...
- ¿Qué?
- ¡Cosas mías! Contestó Rosso sin darle importancia.
- Mío, tuyo... en gramática significa posesión o pertenencia, dijo Carla con cierta ironía.
-Algo de eso hay, pero puede superarse.
- No sé a que te refieres, dijo Carla. De todos modos lo que importa ahora es que te duches mientras remato la obra.
- De acuerdo. Pero antes quiero que sepas que empezaba a añorar aquellas fiebres oliendo a boda.
- Y yo.
Y surgió, tras el baño y la cena, lo natural.
En un mareo amoroso, en ese hueco temporal en que saciados los sentidos inter-viene la conciencia, Rosso confesó a Carla que había cometido una frivolidad aquella tarde en que llamó por teléfono justificando su tardanza.
Carla, turbada, dejó de acariciar el cuerpo de su amado. Y adoptó una actitud dis-tante.
- Una frivolidad, dices.
- Eso me parece.
- ¿Cuál es su dibujo?
Consciente de su culpabilidad, trató de suavizar el grado de la falta.
- Un simple roce con Esther.
- ¿La conozco?
- Sí, es una compañera de la oficina. Te la presenté el otro día en la cafetería.
- ¡Ah, sí. Un roce, dices. ¿Por qué me lo cuentas ahora? ¿Es que te remuerde la conciencia? Porque si es así el roce podría ser algo más profundo.
Acto seguido se levantó del sofá, se puso el camisón, apagó la luz y adoptó su clá-sica postura para dormir.
La sensibilidad de Carla, dañada por la torpeza de su marido, se retrajo a la hora de abrir el corazón. El hecho requería una conjunción de esfuerzos para evitar un su-frimiento mayor. Esta antítesis de efectos había sido un viernes.
Sábado y domingo siguientes la comunicación se redujo a necesidades primarias.
Rosso se había equivocado plenamente. Durante el noviazgo, entre verso y verso, había dibujado a una Carla mitológica y no se preocupó de estudiarla como mujer con una sicología concreta, una ética personal y una sensibilidad propia, atributos que carecen las diosas que viven fuera del tiempo y del espacio.
Carla había relegado a un segundo plano su capacidad de seducción. Trataba Ros-so de reparar el daño dilatando su presencia en el hogar sin resultado alguno.
No había líos, disputas, berrinches entre ellos. En este aspecto, una y otro sabían guardar las formas procurando no rozarse de palabra y de piel. Aún así, el ambiente era insostenible. Se había apagado el fuego de la relación carnal. encendido el fuego de la suspicacia, y no había más conmoción en el hogar que el que causaba el chaval con sus graciosas sugerencias.
Ante esta situación, Rosso propuso a Carla ausentarse del hogar con la promesa de visitarla todos los domingos. A Carla, no le disgustó la idea y la aceptó aparentemente sin tensión alguna. No hubo reparto de bienes. No hubo ninguna transferencia ni papel que fijara los términos de esta separación. Y lo que al principio supuso una promesa cumplida con rigor, al proyectar cada cual su programa de vida, a medida que crecía el gustillo a la propia independencia no buscada, el mes tenía sólo dos domingo.
Rosso gastaba las horas libres en una cafetería cercana al Colegio Mayor de Bor-ja, y por tanto frecuentada por profesores y alumnos del Centro. Sin duda alguna era el más elegante de todas por sus amplias cristaleras a las principales arterias urbanas. Casi siempre llevaba un libro para leer y casi nunca un mechero a pesar de ser adicto al taba-co. A los domingos solía ocupar la mañana desayunando y leyendo los periódicos hasta la hora de visitar a su hijo.
Hoy era domingo. Carla a los domingos preparaba siempre una ración más por si le visitaba Rosso. Si a los cinco o diez minutos de las doce y media no estaba en casa, ya sabía a qué atenerse, pues hasta la fecha nunca hubo un desajuste de horario y de cumplimiento a la cita.
Carla miró al reloj de cocina y señalaba las doce y media. Rosso miró al reloj de pulsera y señalaba la misma hora. El reloj de la cafetería marcaba las doce y media cuando entró Jana a tomar un vermú. Profesora del Psicologia del Colegio Mayor de Borja,y licenciada en Sexologia, llamaba la atención por su distinción, sobretodo cuan-do usaba zapatos de tacón alto resaltando su linea que era muy atractiva. El encanto de Jana era el mismo que el de una rosa que siendo tan hermosa no sabe que lo es.
Carla guardó en la nevera una ración de pescado al ver que el reloj marcaba más de las doce y media. Rosso siguió leyendo las últimas páginas del periódico al ver que ya era tarde para visitar a Carla.
Trataba Jana de encender un cigarrillo sin mechero ni cerillas. Rosso se dio cuenta y le ofreció fuego.
- No me dés las gracias. Estas cerillas me las regaló el barman.
Ella se limitó a sonreír.
- Gracias..
- Me llamo Rosso.
- Y yo Jana.
En el protocolo había un añadido en las miradas de mutua complacencia.
Cuando el camarero al tiempo que le servía el vermú le dijo que estaba invitada, Jana le dirigió una sonrisa.
- Dígale, por favor, si quiere compartir mesa.
En una primera cita Rosso no tuvo ningún reparo en desnudar el alma. A Jana le atraía de él dos cosas: Su sinceridad y su ingenuidad. Su tesis doctoral de corte liberal, bajo el título de la “Levedad del ser” que le supuso la cátedra en el Colegio Mayor de Borja versaba sobre la relación de la pareja. A Rosso le cautivó su cuerpo y su riqueza lingüística cuando el diálogo pasó de la mera formalidad a una empatía anímica.
Quedaron de verse.
Carla al meter la ración de pescado en la nevera, llamó a su madre y se invitó a comer. Le puso una chaqueta al chaval, cogió un taxi, y en pocos minutos compartía mantel con sus padres.
- Hija mía. Conviene buscar una solución al problema. Esta situación es absurda.
- Tiene razón tu padre. Intervino la madre de Carla Y dirigiéndose a su hija, pre-guntó.
-¿Qué propone él?
Carla aspiró larga y profundamente.
- Lo mismo que vosotros, que hay que buscar una solución. ¿pero dónde está y cuál es?
- No te disgustes.
- No mamá, ya os diré cómo va el asunto.
- Sabes que tienes nuestro apoyo.
- Ya lo sé mamá.
Rosso, aunque sentía una fuerte atracción por Jana, en horas de soledad añoraba la ausencia de Carla y de su hijo. Florecía esta voladura del alma al hogar cuando todo su ser se resentía de otros deseos más jugosos que los derivados de su aventura senti-mental, pero tampoco estaba dispuesto a vivir en agonía por exigencias de cumplimiento de la ley canónica que le prohibía rehacer su vida sexual acorde con su creencia.
El domingo, no todos los domingos, seguía siendo data de reencuentro con Carla que se había adaptado a la soledad, aunque aparentara otra cosa al prepararse con igual ilusión que cuando era novia. A Rosso le parecía una prueba evidente de que le seguía queriendo y con esa ilusión acudía a la cita.
Con el tiempo el domingo de la esperanza pasó a ser un día común del calendario sin más resonancia que la de una cita puramente reglamentaria, no redimida de cierta tensión. Si había por medio un demonio capaz de apurar el drama era la costumbre.
A Carla la cama conyugal bo le sugería nada. Si alguna vez su naturaleza recla-maba un cuerpo conocido, lo suplía con la imaginación a su imagen y deseo. No así Rosso que se resentía de la abstinencia sexual, solventada en parte por el flirteo con Jana mujer liberal y docta en el arte de amar.
Carla y Rosso habían fijado una definitiva solución para el día de aniversario de boda.

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