El Reverendo P, Nicolás se sorprendió más ver a Rosso que si le visitara inespe-radamente el Sr. Obispo. Desde el bautizo del hijo no se habían visto. Su cordialidad quedó reflejada en un fuerte abrazo que Rosso agradeció sin tanta efusión, no porque no le apreciara, sino por el motivo que le había llevado allí.
- Bueno, hombre, bueno, cuánto me alegra verte, dijo el P. Nicolás abriendo los brazos y con una sonrisa en los labios para hacer mil copias y distribuirlas por los hospi-tales. A renglón seguido, preguntó eufórico
. ¿Qué tal Carla?
El silencio por respuesta le hizo exclamar al P.Nicolás.
- ¡Uyuyuy! ¿Algún problema?
Antes que le respondiera Rosso le invitó a que se sentara en un viejo pero cómodo sofá que estaba próximo a la mesa de su despacho. Sin perder la sonrisa volvió a repetir.
- Bueno, hombre, bueno, así que... ¿Y el chico?
La vitalidad del P. Nicolás traía locas a las moscas, a los alumnos del Colegio, a la parroquia. Hasta las ratas, cuando salían de la alcantarilla para merodear por la alame-da volvían de nuevo a su chiribitil al oír de lejos sus pisadas, firmes y sonoras como las de un soldado de infantería en una parada militar.
Lacónico, con voz grave, aclaró su presencia.
- La cosa no va bien.
- A ver, a ver, ¿Qué es eso de que la cosa no va bien?
- Lo que Vd. oye, Padre.
El Rvdo.P. Nicolás, con voz paternalista, tratando de insuflar ánimos volvió a pre-guntar.
- ¿Es que está enfermo Álvaro?
. No, no, el hijo está bien.
- ¿Entonces?
- Me refiero a nuestra relación matrimonial. De hecho vivimos separados.
- ¡Qué me dices¡ Tú y Carla...
El tema requería tiempo y seriedad. De todos modos, para que la cosa no revistiera tanta solemnidad pulsó un timbre que tenía encima de la mesa de despacho. Al instante asomó por la puerta Doña Engracia, una señora canosa, menuda.
- Buenos días. ¿Desea alguna cosa, señor?
- Buenos días, saludó el P. Nicolás. Prepárenos un café y un vino de Oporto ¡Ah, procure que nadie nos importune!
- Lo que Vd. diga, Reverendo.
Cuando Doña Engracia cerró la puerta, Rosso se disculpó por las molestias que estaba ocasionando. El P. Nicolás abrió los brazos e hizo saber que estaba a su entera disposición.
Con la moral por los pies, midiendo mucho las palabras, Rosso expuso a grandes rasgos el proceso y consecuencias habido entre Carla y él.
- ¿Y qué tenéis pensado hacer? Preguntó el P Nicolás.
- Como de hecho ya estamos separados, desearía tratar el asunto de la anulación matrimonial. No es que lo quiera ni lo desee, pero solventaría mi vida futura en todos los órdenes.
- ¿A qué te refieres? Preguntó el P. Nicolás.
- A darle contenido formal a mi existencia. Tal como van las cosas me veo perdido en la niebla, dijo Rosso sin dejar de escrutar la mirada del P. Nicolás.
- Te agradecería dejaras de un lado la metáfora, contestó el P. Nicolás, para sa-ber a qué atenerme.
- ¿Me apunta Vd. a sí tengo otro amor por medio? Preguntó Rosso.
- Me atrae Jana.
- ¿Quién es Jana? Preguntó el P. Nicolás.
Al ver que tardaba en responderle, dijo a renglón seguido.
- Bien. Retiro la pregunta. Se trata de una mujer y basta.
Rosso no tenía secretos para el P. Nicolás y satisfizo su curiosidad.
- La conocí después de que Carla y yo acordáramos vivir temporalmente separa-dos. Y es a partir de aquí donde surge mi problema.
- Por lo que me dices, tu problema nació con tu proceder con aquella otra chica de la oficina.
- Tal vez tenga razón, respondió Rosso, si bien consideré aquello como un juego infantil.
- Un juego peligroso, aclaró el P. Nicolás.
- Mi relación con la primera chica no pasó de un simple beso. Sé que no está bien. Se lo dije pero no admite que mi súplica sea sincera.
- Hay quien se cae de un tercer piso y puede acudir por sus propios medios al Hos-pital para que le curen un hematoma. Y quien resbala en una acera de la calle y hay que ingresarle en la UVI. En tu caso ya se había producido en el corazón una herida mortal que tú mismo diagnosticaste de leve.
- Con Jana es otra cosa. Aún así, Padre Nicolás, no ha habido más que un cambio de impresiones. En este paréntesis he tratado por todos los medios de vivir con Carla. Y si ella, prosiguió Rosso, no confía en mí, ¿He de renunciar a otro amor que ordene y de sentido a mi vida?
El P. Nicolás no esperaba una proposición de este calibre conociendo a ambos, pa-reja de convicciones religiosas profundas.
En el instante en que iba a tomar la palabra, apareció Doña Engracia con una bandeja de alpaca y en ella una cafetera con dos pocillos y la botella de vino de Oporto con dos copas de fino cristal, y la puso encima de una mesita redonda, después de sepa-rar unas revistas que había en ella. Humeaba el café y con “un buen provecho” se fue la buena señora ofreciéndose para lo que hubiere menester.
- Gracias.
Mientras el P Nicolás servía café, con voz amable y en tono magisterial, dijo.
- Tú sabes bien que eso no es posible. El matrimonio es indisoluble. Habrá que buscar otras vías de comunión que permitan retornar al amor que os llevó al altar.
- Lo sé.
Tras una pausa breve, aclaró.
- Algunos pasos se han dado al respecto, pero la convivencia no es posible. A lo sumo que se puede conseguir es una coexistencia pacífica, pero no deja de ser un reme-dio falaz.
- No es que sea un remedio falaz, interveino el P. Nicolás, es que no es remedio al-guno, por el contrario, agravaría la situación. Al menos, en la situación presente, previo acuerdo, habeis quedado como amigos.
Tras una breve pausa mientras echaba una cucharilla de azúcar a uno y otro café, prosiguió.
- Comprendo tu situación, pero has de convenir conmigo que no es razón suficien-te para solicitar la anulación matrimonial. Si así fuere, el principio sacramental de que no hay voluntad humana que pueda intervenir en una ley divina iría al garete. O por decirlo de otra manera, el matrimonio no sería indisoluble. Bastaría cualquier capricho por una de las partes para romper la unión.
- Mire Vd., dijo Rosso más metido en el intercambio de conceptos, ¿Y qué me dice acerca de la teoría del otro?
El P. Nicolás se encogió de hombros y con suma extrañeza reflejada en su mirada preguntó.
- ¿Qué teoría es esa?
- Una reflexión personal. O si quiere, una conclusión derivada de la realidad.
- ¿Y en qué consiste esa teoría tuya? Preguntó el Reverendo Nicolás al tiempo que servía el vino de Oporto.
Rosso le prometió sintetizar al máximo para no distraerle de sus ocupaciones.
El P. Nicolás adoptó una postura de escucha.
- Con su permiso, Padre.
- Te escucho.
- El “otro” es ese ser que se cruza en la vida sin autorización. Se trata de una pre-sencia casual, nueva, con estilo propio, diferente al cónyuge y con un potencial de suge-rencias y de sortilegios que brotan de lo desconocido. Generalmente no es ese ser que se busca de modo consciente en un reducido universo. No tiene ubicación fija en el espa-cio. Tropieza uno con él, como tropieza el pie con una piedra en la calle.
-¿A qué te refieres de que no tiene ubicación fija?
- A que ese cruce puede sobrevenir en cualquier sitio del universo. Es el caso de mis padres. El es de Laredo y mi madre de Trujillo. No hubo entre ellos un convenio para conocerse pues no se conocían. Trasladado a Trujillo por razón de trabajo conoció a mamá. De haber sido trasladado a a Australia, tal vez hubiera sido otra persona. No descartable.
- De acuerdo. Puedes seguir.
- No se trata de una búsqueda consciente, simplemente vivía en otro continente, en el suyo propio. De hecho es un ser puramente pasivo que recobra una energía inespera-da cuando conecta con otra energía humana. No hablo de un ser de ficción, sino de un ente común que despierta un afecto y un efecto nuevos. Común y, a la vez, distinto. Semejante, no igual. Contiene, además, lo que falta en el amor conocido: un rasgo, una cualidad, una virtud, un ángel que cautiva y enciende primero deseos de ser abrazado al simple contacto, de poseerlo, después. Acaba siempre por injertarse en el propio ser y por sugerir una intimidad absoluta.
El P. Nicolás estaba ligeramente sorprendido con la exposición de Rosso, no tanto por la fuerza de su argumentación cuanto por su encendida exposición del tema.
-¿Y?
- Ese otro puede ser él o ella para ella o para él. No siempre responde a una con-creción perfecta. La tendencia a ese otro se fundamenta en el ofrecimiento de algo que se deseó en un tiempo. Es como una especie de magia que imanta la voluntad. Magia o hechizo, pero que clarifica sombras y asegura un mayor grado de felicidad. Es lo que se conoce por una gracia, un buen decir, una estética, una simpatía, un modo nuevo de querer, una frivolidad atrayente, una impronta, un despertar del subconsciente entre otros miles de factores determinantes de una vida paradisíaca. Es presencia que se natu-ra en la multiplicidad de los comportamientos humanos y sociales con una dosis de energía que paraliza cualquiera reacción contraria que no sea la posesión.
Quiso intervenir el P. Nicolás, pero Rosso hizo un ademán respetuoso pidiendo permiso para continuar con su tesis a fin de salir del rectorado con las ideas claras.
- Gracias.
Tras limpiarse los labios con una servilleta de papel, en un tono cada vez más se-guro de sí mismo, continuó.
- A veces, ese otro se trata de un reventón de la mente, de una fuerza erótica, de un mundo utópico, de un fuego incontrolado hacia una disciplina del arte, de la política, una intimidad con la ciencia, un derrame poético. Y todo ello con una capacidad de persuasión tan fuerte que imanta más que convence. Este tipò de personaje no atenta a la sustancia del matrimonio, a caso y de manera grave, a la convivencia matrimonial.
- Te refieres a los genios de la ciencia, de las artes.
- Exacto, Padre.
- ¿Acabaste?
- El otro más común es aquel que nada ofrece de originalidad, pero que en un ins-tante se apodera del corazón y arrastra consigo la querencia de una vida íntima. Su ros-tro es gris, provocador de movimientos incontrolados en perjuicio de la armonía conyu-gal. Este fenómeno es tan corriente que no puede considerarse como una fantasía sino como una necesidad vital.
La aparición del otro según el sexo...
Rosso calló al sonar el teléfono. Cada vez que Doña Engracia recibía una llamada del Obispado, le sobrecogía tanto que hacia lo imposible por pasar la llamada al P. Nico-lás, aunque estuviera diciendo misa. “El Obispo, es el Obispo“, decía ella.
El Reverendo P. Nicolás se levantó del sofá, y poniéndole la mano sobre el hombro de Rosso, se disculpó.
Mientras hablaba por teléfono, Rosso, más relajado que al entrar, al verse acogido de modo tan proverbial, se entretuvo examinando los libros de la preciosa librería. Por su titulación dedujo que todo el saber del P. Nicolás abarcaba un triple mundo: el bíbli-co, el teológico, y el canónico. Había escogido bien a la persona para tratar un tema que tenía que ver con la Biblia, con la Teología derivada de la Biblia y, sobretodo y espe-cialmente, con el Derecho canónico al que se veía atado indebidamente. O, al menos, es lo que creía.
Tomando asiento de nuevo el P. Nicolás se dirigió a Rosso.
- ¿Ya está?
- Acabo, Padre.
Y como quien está dando una lección de memoria que se sabe al pie de la letra, Rosso siguió exponiendo su tesis;
-... ese otro, que aparece como un ser de excepción en la vida romántica representa ser la expresión carnal perfecta del amor tantas veces buscado, que testimonia con su correspondencia una necesidad de posesión, la evidencia del equívoco en la elección con-yugal, la apertura de una vida ilusionante.
Rosso hizo una pausa para tomar aliento. El Reverendo no movía las pestañas. Le gustaba el tema, aunque no era nuevo su contenido, pero original la exposición. No sabiendo si había rematado la disertación hizo amago de intervenir.
Rosso se disculpó.
- Termino ya.
Y acto seguido se puso a hablar.
El Rvdo P. Nicolás abrió los brazos regalando tiempo.
- Sé que este proceder implica un peligroso juego en materia de felicidad, ya que supone afiliarse a la filosofía del relativismo, pero ¿qué hay de absoluto en el hombre que no le permita corregir sus errores? Ante esta situación de compromiso que suscita la presencia del otro en perjuicio de la pareja formalizada, habría que considerar cuál es la fuerza de atracción que desvía la atención al cónyuge para unirse a un nuevo amor, y qué garantías de felicidad ofrece ese nuevo amor respecto del primero. Y, por supuesto, en ambos casos, teniendo en cuenta siempre la ética y la creencia que han de prevalecer al instinto y a la pasión. Trato, Padre, de esclarecer para siempre la agonía del hombre y solucionar su destino real y trascendente.
Cuando Rosso terminó de exponer su tesis, el P. Nicolás le miró con espíritu abier-to al mismo tiempo que con cierta admiración por su dialéctica y aguda observación.
- Bien, muy bien. Después de escucharte con atención e interés, observo que has elaborado con la razón una tesis que, por otra parte, se resiste aceptar la conciencia. ¿O no? Si no fuera así no tendría sentido tu visita.
A Rosso le interesaba solventar la lucha existente entre la razón y la conciencia, entre el amor de Jana y la tozudez de Carla, pero, sobretodo, no sentirse culpable cada vez que sentía necesidad de abrazar a Jana y que, luego, se traducía en una inquietud por una ley eclesial que lo censuraba.
A la llamada del timbre se presentó Doña Engracia.
- Engracia, ¿Hay algún problema para un cubierto más?
- No, Reverendo.
Ya en la mesa, la cosa parecía haber perdido ese deje trascendente al tema de la teoria del otro. Rosso estaba ligeramente cohibido del trato que le estaba dando el P.Nicolás que tras una pausa sin dejar de revisar las anotaciones que había tomado du-rante la exposición hecha por Rosso formuló una pregunta de entrada.
- ¿Te has parado a pensar en la aplicación de tu teoría por un tercero afectando tu felicidad conyugal?
- Al principio no, pero a medida que me iba adentrando en el tema, sí.
- ¿Cómo reaccionarias en el supuesto de que te hubieras casado con Jana, y si-guiendo tu tesis te planteara la cuestión para ir con otro? ¿A qué quedaría reducida la célula familiar si el amor se redujera a un intercambio de feria?
A Rosso le había producido pupa las preguntas del P. Nicolás. Pero se rehizo al instante,
- Vd. me menciona a Jana como si realmente mi vida dependiera de ella. El men-saje que le propuse P. Nicolás parte de una obviedad, de una lógica, de la misma con-ciencia que la Iglesia debería tener en cuenta ante situacion límite.
Al tiempo que troceaba un pan, intervino el P. Nicolás.
- Pues bien. Esta teoría, por cierto, muy bien estructurada, queda reducida a pol-vo cuando se asocia a una ley divina. Ningún sacramento tiene vinculación alguna con la lógica. Está creado más allá de la razón. La respuesta que Dios da a un hecho, sino semejante al tuyo sustancialmente igual a la hora de proponer la anulación matrimo-nial, explica bien a las claras que no depende del hombre cualificado ni del hombre en general, cuando dice: “Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre”. Al llegar a este punto, toda filosofía por muy profunda y seductora que sea carece de argumentación válida para retocar lo que procede de la sabiduría divina. Ni siquiera como anormalidad racional es posible trastocar la economía divina. Si todo tuviera una explicación lógica, no existiría la fe que no es otra cosa que el reconocimiento de una esencia superior en sabiduría al conocimiento humano. Dios sabía con anticipación tu propuesta.
Rosso se puso en guardia ante el primer gol que le había marcado el P. Nicolás desde su propio terreno de la dialéctica.
- Lo que tú propones o expones, amigo Rosso, es una solución vital, no una tras-cendencia. Lo vital entra en el plano de la razón, la trascendencia, en el plano de la fe. Cuando te casaste con Carla, recuerda bien las sugerencias que os hice durante la prepa-ración a un acto tan solemne como definitivo. Apuntas que es un imperativo de la con-ciencia actuar siempre por un amor más perfecto que responda a la vida de cada uno. Si así fuere, sería un contrasentido la realidad institucional del matrimonio y todo el apa-rato ritual tanto civil como eclesial del mismo. Pero es que aún existe otra razón más fuerte que contradice tu argumentación: en el sacramento, el amor abarca no sólo lo vital en un sentido puramente humano, sino también el compromiso de la fe que en este caso se extiende al dolor, al misterio, a la gracia, al ser total del hombre. Es decir, a las circunstancias variables de la vida. No es sólo un juramento de fidelidad a la mujer, es también un juramento de fidelidad a Dios. Y por el mero hecho de recibir libremente el sacramento, se acepta incondicional el misterio. El misterio es el mañana después de la boda.
A Rosso no le produjo ninguna contrariedad que le rebatiera en términos genéri-cos su teoría.
La llegada de Dña Engracia con una bandeja de pescado frito impuso una pausa que Rosso aprovechó para preguntarle.
- ¿Me permite, Padre?
- Adelante.
- ¿Qué me salva a mí la creencia o la conciencia?
Intervino Dña Engracia al tiempo que recogia parte del material usado.
.- ¿ Aquí nadie come?
- No se preocupe, Engfracia, está todo exquisito.
- Padre, hay algo que corregir por otra cosa?
- Por mi parte ratifico lo que acaba de decir el P. Nicolás.
- ¡ Como mienten los hombres… masculló la sirvienta mientras se llevaba la ban-deja y los platos de la comida.
- Me preguntabas que salva si la creencia o la conciencia. A bote pronto la pre-gunta parece que está exenta de falacia, y sin embargo está envuelta en esa nube de incienso. Una creencia que no esté impresa en la conciencia es una pura ficción, como tampoco es posible hablar de conciencia si no la mueve una creencia. Pero como sé que me estás esperando una respuesta, después de esta aclaración que tiene más de especula-ción que de vivencia, te diré que la conciencia.
- Comprendo lo que me dice, pero si Carla no me admite y la naturaleza me empu-ja al diálogo sexual, ¿Puedo ir contranatura? ¿Acaso puedo dejar de amar por un amor equivocado? ¿He de renunciar a la felicidad como si ésta fuera un pecado?
Tras una leve sonrisa por parte del Reverendo, al ver a Rossos tan apasionado, contestó.
- Yo creo que lo que importa en este momento y en tu caso concreto, no es alterar la concepción teológica existente en la ley divina del sacramento matrimonial, sino sa-ber si existe facultad humana para separar una unión que permita unirte a Jana y reha-cer tu vida en plenitud.
- Eso es, dijo Rosso, esperando una respuesta positiva a su tesis.
- Pero esa facultad humana desde el prisma de la creencia no existe.
Rosso detuvo la cuacharilla de las natillas en el aire como prueba de su extrañeza.
- Me preguntabas antes qué salva la creencia o la conciencia. Pues bien, una y otra son siamesas. No hay manera de separarlas sin que sufran mortalmente. La con-ciencia está educada desde la creencia. La creencia obliga a actuar en conciencia. En cuanto al deseo de tu parte a que secunde tu teoría hábilmente expuesta, no exenta de sofismas, te diré que no tengo facultad para complacerte.
Rosso ni se inmutó.
Un gesto por parte del P. Nicolas al ver su reloj de pulsera, apuró la despedida por parte de Rosso.
En la puerta, con actitud paternal, el Reverendo dijo.
- Confío en una solución a tu problema.
Rosso, besándole la mano, respondió.
- Lo intentaré, Padre.
Antes de que todo acabara en un mar de intenciones, Rosso dejó entrever una in-quietud mental.
- ¿Cómo se explica, Padre, ese pasaje del evangelio “Lo que atareis en la tierra será atado en el cielo y lo que desatareis en...” ¿Acaso la iglesia no tiene facultad para des-atar algo mal atado?
- Cristo va a responder por mí cuando dice:“ Por la dureza de vuestro corazón os permitió despedir a vuestras mujeres, pero no se hizo así desde el principio“. Mira, hijo, ni en una época de abusos, Jesús deja de reafirmarse en la aplicación de la Ley divina. De haber enseñado otra cosa, resultaría absurda su propia apelación a la institución primitiva. Cosa curiosa: es el único sacramento instituido desde el principio de la crea-ción en forma y fondo definidos.
- Está bien. No le molesto más. Gracias por todo.
- Rosso, sabes bien cuanto te aprecio. Te conozco y sé que vas a seguir sometido a una teoría aparentemente inviolable bajo el punto de vista filosófico. Para mí hay algo más sublime y a la vez oculto del matrimonio: No se atisba un solo motivo que permita que esa unión pueda efectuarse ni siquiera en los casos que define el Derecho Canónico. Vuelve cuando quieras. Saluda a Carla.
Del bolsillo sacó unos caramelos.
- Para Álvaro.
- Gracias.

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