domingo, 11 de enero de 2009

El triángulo de cristal - cap-.19-20

Cap.19

A las nueve de la mañana, hora fijada en carta oficial, Rosso se personó en las oficinas del Obispado. Aunque tuviera a Hans Kung de abogado le hubiera invitado a su defensa. Se sentía maduro y con estudios para rebatir las caducas argumentaciones del Tribunal, que sumanba más de doscientos cuarenta años. Tuvo que esperar media hora. Exigencias del desayuno de los ancianos. Cuando hubo llegado el momento, se acercó un joven sacerdote de la Curia y previa presentación de sus credenciales le acompañó a una pqueña sala en cuya parte superior de la puerta de entrada y en letras metálicas de color dorado, se podía leer: Tribunal Eclesiástico.
Olía a rancio, a historia primitiva, a carcoma. El aspecto de la sala era sombrío, inquisitorial. El mobiliario de color carbón era de madera noble. Cada elemento estaba repujado con alegorías veterotestamentarias que sólo podía entender un experto en exé-gesis bíblica y lenguas judias. Tenía la sala una gran similitud con los coros catedrali-cios. Demasiados animales repujados y ninguna alusión a la esperanza. No habia resuci-tados con su frase confirmando el más allá. Confirmaban la ultra vida dos alegorias sobre el infierno según las llamas perpetuas sobre retorcidos demonios. Lo de siempre, dolor y muerte e infierno.
Sobre una tarima de madera gruesa había una tribuna con sillones regios, tapiza-dos en rojo, con inscripciones latinas de fácil traduccion: “Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre”; y símbolos remarcando el poderío eclesial. Un crucifijo de bronce de grandes proporciones alertaba con su presencia las conciencias de todos. Sobre la mesa, un atril con los libros de los Evangelios de pastas gruesas y repujadas en oro. Y casi impèrceptible, al lado del atril, un martillo delgado, de punta plateada como referente de un guirigay.
Por un rosetón ojival entraba a regañadientes la luz solar dividiendo la sala en dos partes: sombría la parte que ocupaba la jerarquía eclesial, luminosa la del exami-nando. Imponía el lugar, pero más la presencia del tribunal eclesiástico, formado por hombres de edad avanzada, de mirada penetrante, fijos como postes de madera evocan-do con sus ademanes la dureza histórica de los vigilantes de la doctrina de la iglesia. A Rosso le produjo una extraña sensación. Mientras esperaba al Tribunal, pensaba que estaba allí para ser ajusticiado y que los que le iban a examinar eran judíos. Todo muy aparatoso. Un marketing de dominación realmente extraordinario. Buscaba la Curia con este marco que el solicitante de la anulación matrimonial lo dejara para otro mo-mento o que su exposición no pasara de un titubeo ante un decorado más acorde con el Apocalipsis que con el Génesis.
El joven sacerdote dejó sólo a Rosso tras indicarle el asiento que debería ocupar que no era otro que una silla con respaldo que había en el pasillo central, distante de la tribuna.
Como en las lúgubres cárceles o películas de miedo, cada vez que el joven sacerdo-te cerraba o abría una puerta estremecía el ánimo.
La entrada del Tribunal eclesiástico por una puerta lateral impuso respeto. En procesión, a paso lento, revestidos de sotana, birrete y otros abalorios simbólicos del poder judicial subieron tres escalones, hicieron una leve inclinación ceremonial y toma-ron asiento con parsimonia.
El secretario, con voz solemne y acento dominante, procedió a la lectura del do-cumento que había redactado con anterioridad.
- “Tras detenida lectura de su escrito de fecha 7 de agosto, este tribunal con po-deres de decisión irrevocable a tenor del artículo del Derecho Canónico nº X y por las facultades que le son propias por concesión de la autoridad episcopal, no considera argumentación válida ni razón suficiente para que su matrimonio sea anulado al no existir ninguna causa sustancial de forma y fondo”.
Después de un breve silencio, aflojando las gafas para dejarlas al borde de la nariz, sin perder de vista a Rosso que estaba más quieto que una imagen de escayola que había en un ángulo de la sala, vestido de Obispo y con el báculo firme junto a sus sandalias, prosiguió.
- “Este Tribunal, si bien reconoce la posibilidad de una separación jurídica, apar-tado que no es incumbencia nuestra, sino libre decisión de la pareja, en absoluto facul-ta relación carnal con otra mujer sin cometer adulterio, pues sigue latente la unión sacramentl de por vida “.
Otra pausa.
“Ateniéndonos al artículo X. del capítulo general, este tribunal deja en situación provisional su pronunciamiento hasta agotar las alegaciones que Vd. crea que deba hacer corrigiendo, rectificando o complementando su escrito que motiva este acto, bien remitiendo otro escrito suplementario, bien oralmente con este tribunal.”
Y dirigiéndose a Rosso, preguntó.
- ¿Desea posponer esta resolución por escrito o prefiere dilucidar oralmente esta cuestión?
Rosso decidió resolver la cosa por via oral.
- Vd. tiene la palabra.
- Desearía saber, de ese tribunal: 1) Si ha considerado minuciosamente la teoría del “otro” que expongo en mi solicitud como argumento racional suficiente, pues siendo un factor potencial y ajeno a la voluntad humana, ¿Qué religión es aquella que prefiere que el hombre viva una vida de perros a conculcar una ley canónica? 2) Qué tiene pre-visto la iglesia respecto al placer natural de quien poniendo su esfuerzo por solventar el problema no es correspondido por parte del cónyuge. 3) Hasta qué punto una voluntad ha de estar supeditada al capricho de uno de los cónyuges cuando se niega a compartir vida común.
El tribunal eclesiástico, más preocupado en no rozar la heterodoxia que en solu-cionar una cuestión vital, con voz clara, pausada, usando un lenguaje preciso, intervi-no.
- En todo contrato sacral entra en juego lo potencial. Lo potencial abarca todo lo que es posible, es decir, lo real y lo futurible. En lo posible entra el bien y el mal del ser humano, actúe consciente o inconscientemente. El sacramento difiere del contrato jurí-dico en que se perpetúa el compromiso más allá de la promesa puramente humana, pues lo eleva a categoría trascendental. Este tribunal sólo tiene potestad de anular el matri-monio cuando no se ajusta a las leyes canónicas establecidas antes o en el ritual litúrgi-co por parte de uno de los cónyuges y que ha de probarse después, nunca por una poste-rior convivencia incompatible. Además, sin ánimo de herir susceptibilidades y con sumo respeto a su sensibilidad, este tribunal piensa que la teoría que expone usted se basa en premisas falaces, como falaz es el resultado que se deriva de ella, y por tanto, inadmisi-ble.
Ante la tozudez del tribunal a refutar todas las propuestas de anulación del ma-trimonio, Rosso contrapuso su situación de conciencia.
- Con todos mis respetos a ese Tribunal y sin vanidad alguna, no admito de lo que me acaban de decir de que mi “Teoria del otro” es una falacia por cuanto que es un pro-ceso natural de la vida, que se da frecuentemente, que implica una reflexión sobre la realidad contraída. Otra cosa, Señores del Tribunal, es que de admitir esa teoría, que no es una invección mia, sino una senciilla observación del vivir de la humanidad contraiga efectos contrarios al pensamiento rígido de la iglesia sobre la institución matrimonial.
- Sr. Rosso, le regamos sea más pausado y si es verdad que nos apuran otros tra-bajos de similar naturaleza, es obligacion de este Tribunal no poner fecha de termina-ción sin antes de estar de acuerdo las partes.
En cuanto a lo Vd dice, precisamente porque esta “ Teoria del otro” ya estaba vi-gente cuando se instituyó el sacramento, Cristo no propuso otra via de posible consuelo ante situaciones como la suya.
- Con el permiso de ustedes.
- Usted dirá.
-No se colige de las Sagradas Escrituras la existencia de la teoria del otro por cuanto que al parecer la indisolubilidad del matrimonio no es consecuencia de su insti-tucion sacramental como se desprende el referente a esta situación puntual que se hace en el evangelio.
- No hemos hecho otra referencia que no sea al sacramento.
- Disculpen. Permitame una pregunta.
- Vd dirá.
- ¿A qué debe atenerse el hombre en su relación con Dios, a su conciencia o a la de la autoridad de la iglesia? Pero, especial y puntualmente respecto de la muerte y jui-cio consiguiente: ¿No es la intencionalidad el agente esencial para que un acto humano sea justo o injusto a los ojos de Dios? ¿O es que fuera del contexto eclesial la esperanza de salvación no existe? Si ese Tribunal relee mi escrito podrá observar que mi actitud no es un capricho carnal, sino una exigencia del alma y de la razón de vivir en armonía con la propia conciencia, pues la libertad que requiero con la nulidad matrimonial la tengo sin recurrir a este acto de mutua comprensión..
- Conforme al derecho natural, intervino el presidente del tribunal, el matrimonio es indisoluble en todo tiempo y manera, es decir, sin excepción, en tanto se haya rubri-cado el compromiso fielmente. Este concepto, bajo el prisma de la religión católica, no es un añadido del hombre, sino que proviene de Dios que no impone nada que contraríe el derecho natural. De aquí que, aun cuando la razón humana elabore razones que con-cuerdan con la lógica, desde el momento en que ésta llega solamente a la frontera del misterio, no al corazón del misterio, el hombre haya de someterse a un principio supe-rior que el de la razón. Es misión de la iglesia docente que representa este tribunal orientar a los fieles en la pureza de la fe, cuyo sometimiento a verdades reveladas no debe condicionarse a la comprensión de las mismas.
Para que su pregunta quede aclarada, es voluntad de este tribunal actuar de modo definitivo, sin que la sentencia de nuestra parte presuponga coacción o intromisión a la conciencia de usted que por vía de una sutil dialéctica con apariencia de verdad lógica concuerda con su ética personal. No obstante, su conciencia debe aceptar, pese al dolor real que implica la obediencia al proyecto divino todo aquello que es revelación divina y que desde la racionalidad parece un contrasentido. Todo el acontecer de Dios en la histo-ria está jalonado de misterios, provocando la ilógica insurrección del hombre. Pero es que el error precisamente está en querer racionalizar la fe.
Tras una pausa, prosiguió.
- Por supuesto que es la conciencia y no la docencia eclesial cuya misión es corre-gir desvíos humanos la que salva o condena su propio destino. ¿Pero qué entiende Vd. por conciencia?
- Conocimiento interior del bien y del mal. Contestó Rosso con firmeza.
. Dice Vd. bien, pero conviene una aclaración al respecto.
El Presidente concedió la palabra a uno de sus miembros, que seguidamente dejó patente su doctorado en teología.
- Si Ud. repara en un libro de teología, verá que lo que importa es resolver el pro-blema de si el juicio concreto de la conciencia conoce o no conoce de una manera verda-deramente adecuada la verdad misma. La iglesia, en la situación postadamitica concreta del hombre, tiene un conocimiento fácticamente claro y elaborado de la naturaleza del hombre como norma de sus actos morales naturales, que sólo puede alcanzarse con la ayuda de la revelación de la palabra de Dios.
Rosso alzó la mano.
-Vd, dirá.
- Le agradceeria una traducción más sensilla de lo que acaba de decir.
Los miembros del tribunal se miraron unos a otros, sonrieron y esa
sonrisa la contagió a Rosso.
- Dicho de otra manera, el hombre “per se” no puede tener conocimiento exhaus-tivo del bien y del mal, por lo que su conciencia debe estar educada desde la tribuna de la iglesia.
Rosso se acordó del P. Nicolás : : “ Ningún sacramento está vinculado a la lógica”.
Aprovechando la buena disposición de los miembros del tribunal que no había hecho amago de rematar el diálogo, preguntó en tono dubitativo.
- Según Uds. el matrimonio es un sacramento a perpetuidad. ¿Podría decirme en qué fundamenta la indisolubilidad si en el sacramento o en su naturaleza institucional?
- Mire usted, la Biblia está llena de citas explicando cómo desde todos los tiem-pos el matrimonio fue considerado indisoluble. Posteriormente, San Pablo deja entrever en sus cartas que el sacramento no altera en absoluto la naturaleza institucional del matrimonio, simplemente lo magnifica en el orden de la economía divina lo que ya es-taba definido de manera concisa, precisa y determinante en el Génesis. La inmutabilidad moral – entiéndase por moral natural- mantiene alejada de Dios toda modificación de la decisión eterna de su voluntad, pues Dios conoce en un acto inmutable el acontecer variable del tiempo en que está inmerso el hombre al no haber temporalidad en su esen-cia. Y aun reconociendo que el amor humano es esencial, no agota su sustancialidad, ya que de lo contrario el matrimonio estaría sujeto al vaivén gradual del amor humano.
Quiere aclarar este tribunal que en la pública aceptación libre – usted no alude que haya sido coaccionado real o moralmente – sabedor de la contingencia existente en la querencia, acepta también esa contingencia.
A Rosso no le sorprendía la actitud del tribunal eclesiástico. Lo presentía. Ya se lo había dicho el Reverendo Nicolás. Y Jana.
- Con todos mis respetos a sus señorías, estarán de acuerdo que en la Biblia que ci-tan ustedes como fuente teológica acerca de la naturaleza indisoluble del matrimonio, hay episodios que se contradicen con la revelación al respecto.
Los miembros del tribunal se miraron entre sí preguntándose quién era este hom-bre que se atrevía a dar lecciones bíblicas y a poner en tela de juicio la objetividad de la sentencia.
Ante una señal de Rosso, preguntó.
- ¿Ustedes no creen que la iglesia debería encarnarse más en el drama humano que en la exégesis bíblica con su interpretación variable de la historia hasta la formulación de postulados que por su carácter tradicional convierten en dogmas abandonando al hombre a una vida de perros sin dueño? Si es cierto que el matrimonio se desarrolla en plenitud respetando las leyes que lo determinan, es indudable que no debe asumirse co-mo un dogma que, al fin y a la postre, tiene su asiento en Dios mismo, máxime, cuando en el transcurrir de la historia pre-eclesial se toleró el libelo y otras larguezas que hoy están consideradas en el derecho canónico como transgresiones de la ley y castigadas con penas graves para el que las comete. Dedúcese de esto, que la naturaleza del matri-monio no se ajusta a una ley natural, y que toda su concepción socio-eclesial está en-vuelta en el sofisma. Si esto es así, debería ese tribunal reconsiderar la sentencia negan-do la anulación de mi matrimonio.
Intervino el tribunal.
- Usted convierte una falsedad en una verdad subjetiva que, luego, traspasa al co-razón y del corazón a la conciencia. Desde la creación del mundo, la unión de la pareja ha tenido siempre carácter sacral, esclarecido, después, por medio de la doctrina cristo-lógica en que se asienta la iglesia.
Ateniéndonos a su personal y curiosa interpretación de las Sagradas Escrituras en que se relata ciertos hechos contrapuestos a la tesis que defiende este tribunal, queremos puntualizar.
1) No hay dogmas en todo aquello que se refiere al hombre, sino a Dios que, como tal, por medio de la fe, son aceptadas por el hombre, aunque jamás comprendidas por la razón, y que da una cierta solidez a la creencia. 2) El contexto histórico es fundamental para entender con más precisión ciertas desviaciones que se entresacan de su exposición literaria, habida cuenta del sentimiento de Israel por preparar la avenida del Mesías anunciada por los profetas. 3) La revelación cristológica devuelve claridad a ciertos puntos obscuros bíblicos, y que en el Nuevo Testamento se especifica cuál debería ser la actitud de la pareja humana en el matrimonio.
Rosso, ante un gesto del hablante de que había terminado, intervino con voz cada vez más clara y segura.
- Dicen ustedes que no tienen potestad para separar lo que Dios ha unido. ¿Acaso no ha recaído en ustedes la facultad de atar y desatar aquello que conviene o no convie-ne al hombre? ¿Es que no hay pecados más graves que el cometido por ignorancia o desacierto en la elección de la pareja o movido por una energía más fuerte que la volun-tad humana, es decir, por una falta de visión profética de la vida? ¿No es razón suficien-te que se anule el matrimonio cuando lo que fluye de él es el desamor?
Con el permiso de sus señorías, deseo manifestar que por encima de la casuística, del imperativo legal, de conclusiones apriorísticas, de inercia al evolucionismo, debe primar la felicidad humana cuando, con sana intención, serena reflexión, limpieza de conciencia, justificación del cambio y consiguiente ejemplo de vida, responde a una necesidad y exigencia de la vida misma, con la obligatoriedad de devolver esa prestación con beneficios. Otra premisa sustitutoria llevaría a la creencia de un Dios sin corazón.
A lo que el tribunal eclesiástico respondió.
- La facultad de atar y de desatar no es omnímoda y, por supuesto, mucho menos en aquello que supone una prioridad del hombre a Dios. Debe aceptar que en nuestra voluntad no existe ninguna terquedad en prolongar el dolor, su dolor, pero es evidente que no reside en nosotros la posibilidad de alterar la sabiduría divina por una incom-prensión humana, porque aquella es perfecta en su origen y finalidad y la incompren-sión humana una limitación del conocimiento de esa verdad inmutable. No somos hom-bres totalmente propios en nuestra actuación, sino transmisores de una verdad que ha de respetarse por dolorosa que sea.
- Y si, pues, intervino Rosso, un sacerdote en el devenir de su vida toma conciencia de su equivocación, ¿Por qué a él le está permitido rectificar, y, por el contrario, se le ha de negar a los cónyuges la misma posibilidad de elección, a sabiendas de que en nuestro caso es más proclive, puesto que no depende de una sola psicología o conciencia, sino de ajuste de dos vidas que se desconocen y que en la convivencia sufren desavenencias que no son posibles de determinar con anterioridad? O lo que es igual, ¿Si la felicidad depen-de del “otro” que aparece después con una fuerza de arrastre superior a la humana, clarificando su posición cósmica e interrelacional con Dios mismo, es justo renunciar a ella?
- A este tribunal, respondió el presidente, le parece que lo que usted propone son dos temas que no guardan ninguna semejanza entre sí. Mientras en el sacerdote lo que se analiza es un error vocacional sin que afecte a terceros, en el matrimonio, la propues-ta de anulación, no siempre nace de la pareja como unidad, aunque afecte a ella en su totalidad. En el sacerdote, el problema abarca única y exclusivamente a su conciencia individual, en tanto que en el matrimonio la conciencia es plural, y conviene estudiar minuciosamente si la propuesta es o no arbitraria por parte de uno de los cónyuges, aun movido por una conciencia recta, pues, al mismo tiempo que se hace justicia a uno, puede ser injusta para el otro que no es causa de la situación “ad hoc”.
La iglesia estima que debe pronunciarse independientemente de las causas secun-darias que provocan la solicitud de anulación matrimonial, ya que lo contrario sería fomentar el libertinaje o provocar al mínimo contratiempo un liberalismo contraprodu-cente. Bastaría un instante de desamor, un vicio contraído, un equivocado enamora-miento, la volubilidad de carácter, un capricho, un desdén, cualquiera cosa que produje-se antipatía para romper la consistencia de una institución que por su naturaleza intrín-seca refuerza la disciplina de la pareja para actuar como pareja, sin menoscabo de la personalidad de sus miembros. Desde esta perspectiva unitaria del matrimonio, no desde la pluralidad de los miembros que la componen, sentencia el tribunal la diversidad de propuestas, humanamente comprensibles, pero desde la función magisterial, inacepta-bles.
Tras una breve pausa, el tribunal se revistió de un paternalismo insulso para los objetivos de Rosso.
- Este tribunal es consciente de que su situación es penosa, y que el divorcio, que en el plano civil puede solventar en parte una convivencia imposible, no advierte en su petición razón suficiente para separar lo que Dios ha unido.
Rosso que esperaba esta frase final mucho antes como síntesis de la postura rígida del tribunal, se levantó del asiento y con voz entrecortada, dijo.
. Les agradecería una puntualización final.
- Diga Vd.
- Gracias.
Había dejado Rosso el tema de la sexualidad para el final buscando una solución a su vida más que un razonamiento a su propósito de nulidad matrimonial.
- Según sus señorías mi matrimonio se ajusta al Derecho Canónico y no ha lugar a su anulación para poder reordenar mi vida. ¿Cómo contempla la iglesia mi situación sexual? ¿Permite la masturbación como remedio de pecado mayor, caso de que exista graduación en el pecado – o de domar cual potro salvaje mi naturaleza carnal incluso el deseo de relación con otra mujer? ¿No creen Uds. que esta ascesis es ir contranatura?
- Plantea Ud., dijo el presidente del tribunal, una cuestión compleja. El Pentateu-co está plagado de citas sobre el contenido moral de la vida sexual extramatrimonial.
Abarca todas las variables de la conducta humana y consiguiente castigo aplicable a todos los tiempos para salvaguardar la dignidad del matrimonio. Con el tiempo, ciertos accidentes patológicos o normales de la vida sexual fueron considerados como faltas cultuales, porque interrumpían la comunidad externa y legal con Dios.
Disculpe.
Y sacando del bolsillo de la sotana un pañuelo se puso a limpiar las gafas. Se tra-taba de un remedio conque refrescar su memoria.
- Y pues Ud. ha puesto por orden, continuó, la masturbación como remedio de la concupiscencia para evitar un mal mayor como pueda ser el adulterio, le recuerdo el pecado de Onán. Desagradó a Yahveh y por eso le hizo morir. Vea el caso en Génesis 38,9. En el Lev. 15,1/15 el hombre se vuelve impuro por la efusión patológica del semen, y en el mismo capítulo por el derrame normal.
Rosso levantó la mano para intervenir.
- Gracias.
Desafiando las miradas escrutadoras de los miembros del Tribunal, aclaró.
- Yo y Uds. pertenecemos al N. Testamento. Me recuerdan una forma de vida sexual de un tiempo que ha sido abolido por la cristología.
- Que no contradice lo que le acabo de exponer, interrumpió el Presidente.
- Con todos mis respetos, difiero de Uds. por cuanto que en el N.T. han sido aboli-das las prescripciones acerca de la vida sexual, porque según la doctrina de Cristo, no son las acciones naturales del cuerpo las que manchan al hombre, sino solo el corazón malo. Luego, no es el acto, sino la intencionalidad, única defensa que me queda con el proceder de Uds. De todos modos, gracias por la atención que me han prestado.
- Es nuestro deber.
El tribunal eclesiástico se puso en pie, y con mucha parsimonia correspondió a Rosso con una reverencia litúrgica. Acto seguido, se ausentó de la sala por una puerta secreta que había detrás de la tribuna, sin que los ojos de Rosso se resistieran a fotogra-fiar las sombras de sus cuerpos ancianos, físicamente tiernos, intelectualmente pétreos y aparentemente insensibles a la tragedia humana.
Cap. 20

Si por una parte el amor a Jana definia una vida feliz, por otra le acusaba la con-ciencia de violar su creencia con la iglesia que acababa de decirle que se atuviera a sus consecuencias. Paseaba por las calles como si tuviera plomo en los zapatos. Al llegar a casa, abrió la nevera, cogió un bote de zumo de naranja, puso un disco de música clási-ca y sentándose en el sofá dejó volar el pensamiento a su antojo. Hubiera deseado com-partir con Jana la decepción que le produjo la sentencia del tribunal eclesiástico,. De hecho la llamó por teléfono que colgó tan pronto oyó la voz de Jana y decidió pasar el fin de semana a un pueblo pesquero.
Al amanecer preparó el neceser, dobló cuatro piezas de ropa, metió todo en un bolsón y se dirigió a la estación de autobuses.
En el trayecto maduraba la posibilidad de tratar el asunto acudiendo a Roma di-rectamente, pero ¿a quién le iba a interesar su caso? Además había que cursar la peti-ción a través de la oficina del Obispado con la consiguiente resolución del tribunal ecle-siástico.
Paseaba por el malecón y se distraía viendo a las gaviotass revolotear sobre el mar. La estampa no podía ser más relajante. Tenía este pueblo todos los encantos para hacer olvidar penas y decepciones y de acentuar el deseo de compañía de Jana cuando no tenía con quien compartir mantel o sábanas.
Jana estaba nerviosa. Sabía la hora y el día en que Rosso tenía su encuentro con el tribunal eclesiástico, y no le había llamado. Creyendo que debía de ser Rosso quien le llamara, prefirió esperar a que esto se produjera, aunque le preocupaba la variable psi-cología de Rosso según le fueran las cosas.
Rosso se levantó al amanecer. Desayunó en el Hotel y se puso a pasear por el espi-gón. Luego, sentado en un banco de piedra, sin dejar de contemplar el mar, buscaba mentalmente una nota, un dato, un detalle, un cambio gramatical, alguna insinuación permisiva en las Sagradas Escrituras por si hubiere lugar a un nuevo encuentro que rectificara la sentencia del tribunal eclesiástico.
Para Rosso la tesis del tribunal eclesiástico estaba muy sobada. Y su cerrazón mental. Si había algo confuso en la exposición religiosa acerca de la indisolubilidad del matrimonio por parte del tribunal era precisamente la fuente bíblica. Primeramente porque fue Yavéh quien presentó al hombre la primera mujer y la unión conyugal era designada como pacto o alianza, sin que obligara a perpetuidad. Se habían olvidado de la primera premisa. Tampoco era muy exacta la razón que esgrimió el tribunal eclesiás-tico de que Dios había creado a la mujer únicamente para la procreación. El primer pensamiento bíblico, cuando Yahvéh creó a la mujer habla de hacerle compañía, aun-que estaba implícita la idea de la procreación. En este punto tenía razón Jana con su sensualidad ilimitada como instrumento del disfrute de la pareja. Tampoco dio una ex-plicación amplia a la frase del Génesis “ y serán una sola carne”. Cuando Yahvéh pre-sentó al hombre la primera mujer, habla de pacto o alianza, términos que no derivan la indisolubilidad. Durante muchos siglos el pueblo de Israel y oriente no aceptaron el ma-trimonio como un asunto público y religioso, sino privado. Existía el matrimonio polí-gamo. Se dice que Yahvéh permitió una cierta generosidad en la relación matrimonial por la dureza del corazón del pueblo. Si todo había sido así, ¿Qué razón había para que el tribunal eclesiástico fuera tan rígido con él? Las olas traían y llevaban sus pensa-mientos y nada se aclaraba.
El tiempo más ardiente seguía siendo la noche en la que todo su ser, sumido en la oscuridad, requería a su amante que estaba viviendo la misma cruz que él. Este vacío nocturno lo suplía con la imaginación bien matando las horas en un bar cercano a su casa, bien dejándose llevar por la complacencia mental.
De regreso a casa, limado por el viento sano del pueblo, sin saber cómo y por qué, vino a su mente el rostro de Carla, y sintiendo necesidad de jugar con su hijo Álvaro, decidió visitarla. Hacía unas horas que el chaval había salido con sus abuelos propieta-rios de una finca en un pueblo rural a veintidós kilómetros de la ciudad a disfrutar de los últimos días del verano con su perro “Pepas”, su mejor amigo.
- Pasa, dijo Carla, seria como siempre.
Los dos en el salón se limitaron a cambiar impresiones de cosas triviales. Notaba Carla que Rosso estaba muy inquieto y trató de ofrecerle con reiteración toda clase de bebidas para romper el hielo ambiental.
En una de esa breves pausas inaguantables en que el pensamiento vive su propio hemisferio sin conexión alguna con el momento presente, Carla preguntó a Rosso al verle ligeramente demacrado.
- Hace tiempo que no venías a visitarnos. ¿Has estado enfermo?
- No. Respondió Rosso. ¿Por qué me lo preguntas?
Carla alteró la verdad.
- Por nada. Simple curiosidad.
Dándose cuenta que Rosso no le respondía, condujo la conversación por otros ve-ricuetos.
- Te agradezco que seas fiel cumplidor de las disposiciones legales.
- ¿Qué dices? No existe ninguna disposición legal. No hay divorcio, no hay anula-ción matrimonial, contrato privado. Además, es lo menos que puedo hacer por vosotros. Por cierto, ¿Dónde está el chaval?
- Se fue con los abuelos a la casa de campo. Ya sabes como goza con el perro “Pe-pas”.
- No sé nada. Contestó displicente Rosso.
- ¿Cómo que no sabes nada?
- Bueno, si el chaval no está en casa, me voy. No quiero fastidiarte.
Esta última palabra hizo pupa a Carla con tensión.
- Estás en tu casa.
- ¿Mi casa?
Este segundo puyazo lo soportó con más dureza.
- Si quieres, siéntate.
Rosso accedió a la petición de Carla que de nuevo tomó la palabra.
- Dices que es lo menos que puedes hacer. No has dicho que es una obligación y eso te ennoblece. Pero aún así, no siempre el deber, aunque sea un dios que no admite ateos, se cumple en la forma que lo estás haciendo tan puntual y constante.
Acto seguido salió del salón.
- Un momento, que te preparo un café.
Está bien.
Lo de tomar café tenía más de relajación que de adicción.
Durante unos minutos de espera, pensaba Rosso si sería oportuno comentar su ex-periencia y resultado de su petición de nulidad matrimonial al tribunal eclesiástico. Y si era justo moralmente silenciar su visita al Reverendo P. Nicolás. Después de todo, tras la sentencia del tribunal se veía en la necesidad de definir su futuro.
En estas cosas meditaba Rosso, cuando apareció Carla con el café. Olía toda la ca-sa a café de calidad.
-Espero que no te parezca mal pero deberías informarme más a me-
nudo de nuestro hijo. Que yo recuerde, ni una sola vez me has llamado por teléfono, y pienso que es hora de retocar posturas ambiguas sobre nuestra situación. ¿O es que pre-tendes que sea de tu propiedad?
Cada vez que Rosso tomaba la palabra era para censurar.
- Está bien, tomo nota.
- ¡Carla, que no estamos en una oficina estatal!
- ¿Qué quieres que te diga? Preguntó Carla levantando la voz. Te prometo que tan pronto venga el domingo por la tarde te llame a casa. Le hará ilusión. Sabes que te ado-ra.
- Espero que sea así.
- ¿Qué quieres decir?
- Que también es hijo mío.
- ¡Por supuesto!
A Carla no le gustaba el tema y cambió de conversación.
- Por cierto, aún tienes muchas cosas tuyas que seguramente te interesarán.
- ¿Quieres que me las lleve? ¿Tanto estorban en la casa? Por lo que me insinúas, la posibilidad de un reencuentro es cada vez menor.
- Noto que estás muy susceptible. Se trata de un simple recordatorio, aclaró Carla.
- Todavía no he planteado dividir los bienes caseros.
Carla hizo un gesto de no importarle lo que a Rosso le importaba.
- Ibas a salir?
- Es que a las siete tengo una reunión con mis amigas en la cafetería Martillen.
Rosso miró la hora en su reloj de pulsera.
- Aún queda tiempo.
Mientras Carla removía el café con la cucharilla, Rosso, mirándola de reojo, estu-diaba el modo y manera de pasar la conversación a cuestiones más acorde con sus últi-mas vivencias que eran intensas. Pero antes de abordar temas de fondo, prefirió rondar mundos de cercanía con el corazón.
- Volviendo atrás. Deberías procurar, si no te molesta, ponerme más al tanto del chaval. Es más, habría que buscar una fórmula para que de vez en cuando esté conmi-go.
- Me parece buena idea.
¿Pregunta por mí?
- ¡Tonto! ¡Claro que sí!
- Que sí ¿Qué?
- Que no te preocupes. Lo verás más a menudo.
Y, cambiando de voz, preguntó.
- Y ¿tú? ¿Cómo te van las cosas?
- Bien.
El “bien” de Rosso estaba impregnado de una cierta melancolía y de una traduc-ción intencional distinta de su contenido literal que Carla captó al momento.
-Entonces estarás de acuerdo conmigo de que la decisión tomada
fue la mejor.
- Sólo dije bien, no mejor ni excelente. Tanto en el dolor como en felicidad el ba-remo es muy amplio.
Carla no quería perder el tiempo con sutilezas.
- Y ella ¿Qué tal?
- Ella se llama Jana. Muy comprensiva.
- ¿Sólo?
- Y muy cariñosa.
A Rosso no le gustaba el tema, y amagó.
- Y el hijo ¿Sigue tan travieso como siempre?
- El normal de un chiquillo que goza de buena salud. Muy preguntón.
- ¿Sobre qué?
- Sobre ti.
- ¿Y le has dicho la verdad?
- No. Es muy crío todavía.
- La verdad no es una cuestión de edad, apuntó Rosso tremendamente serio y ca-tegórico.
- La verdad en sí misma es igual siempre, pero el dolor que produce en algunas ocasiones puede ser más o menos leve.
- Tal vez sea como tú dices. Siempre has tenido razón.
- ¿Inclusive en lo nuestro?
- Eso es un asunto al que tendrás que responder a ti misma. Desde luego, aclaró Rosso, la motivación original hace presumir que tienes razón, pero en el orden vivencial creo que deberías corregir tus criterios que me parecen opusianos.
A renglón seguido, volvió a ver la hora.
A Carla le intrigó que cada poco tiempo mirara y remirara la hora.
- ¿Tienes prisa?
- No.
- Observo que miras cada poco tiempo el reloj.
- ¿Y?
- El tiempo vuela. Cada minuto que pasa miro al reloj por si puedo retrasar tres segundos que nos permita disfrutar de la vida.
Carla obsesionada volvió a insistir.
- ¿Sigues con ella?
- ¿Otra vez? ¿Cuántas veces tengo que decirte que tiene nombre. Merece un respe-to.
- ¡Rosso! ¿Qué te pasa? Ni he hablado mal de Jana ni tampoco le estoy faltando al respeto.
- Vamos a ver, y pues lo que no pueda aclarar el lecho, lo aclaren los conceptos, dijo Rosso. ¿Qué motiva esta estúpida manera de comportarte? Dime, contesta, respon-de. Pégame, y si quieres gritar, grita, pero decídete de una puñetera vez. Con esa actitud de mártir no te aguanto una semana más.
No se habían ido todos los piojos de verbena como creía Rosso, y si habían ido to-dos, merodeaban algunas avispas escondidas en los recovecos de la lámpara del salón durmiendo la siesta.
- ¿Por qué me dices eso? ¿Por qué levantas la voz? Preguntó Carla levantando la voz.
- Es que si no se trata de una broma o simple curiosidad morbosa, ¿A qué viene el nombre de Jana a una petición amorosa? Pero no me callaré: Tú y el tribunal eclesiás-tico.
En la sílaba “co“ sonó el teléfono. Carla se levantó pronto pidiendo disculpas a Rosso que estaba muy serio, y con decisión firme de dejar las cosas definitivamente aclaradas. Era una de sus amigas disculpando su ausencia.
Ocupando el mismo asiento, con dominio de sí misma, enlazó la conversación.
- ¿Qué es eso del tribunal eclesiástico? ¿Qué pinta en nuestras vidas que no sepa? No será lo que estoy pensando, ¿verdad?
- Sí.
- Entonces has solicitado la anulación matrimonial.
- Aunque en esencia la solicitud había que enfocarla desde esta perspectiva para que me atendiera, no es lo que buscaba.
- ¿Qué buscabas? Preguntó con curiosidad Carla.
- Una aclaración a mi vida.
- Perdona que te diga que este paso que has dado contradice tu deseo de reencuen-tro, de la vuelta al paraíso. O me lo explicas mejor o no pasa de ser un acertijo.
Mirando a Carla, sabedor de que había que enfrentarse tarde o temprano con un tema que le estaba haciendo daño, le recordó la hora
e su tertulia en la cafetería.
- No es una reunión vital.
- Está bien. Mi presencia en el Obispado pretendía mediante la anulación matri-monial un estado de libertad de conciencia para rehacer mi vida en el supuesto de que persistieras en la idea de la separación.
-¿Y?
- Me obligan a quererte.
- ¿Y tú me quieres porque te obligan?
- A veces pienso que eres una afiliada a los Testigos de Jahveh.
- No entiendo nada.
- Literas las palabras de tal modo que para hablar contigo hay que ser un acadé-mico de la lengua.
- Ya me dirás a que viene todo esto. Respondió Carla.
- A que por obligación a quererte se entiende que no hay posibilidad de anulación matrimonial. Cuando la recepción sacramental del matrimonio no tiene vicio de fondo ni de forma, lo que pueda suceder después de haber realizado el coito, no motiva la diso-lubilidad. Al menos, por lo que se ha tratado el asunto, es un principio inmutable para la iglesia. Lo otro, la separación de lecho y de mesa, es una facultad cívica de los con-trayentes con el beneplácito de la iglesia, pero sin opción ninguna a reconstruir la vida.
- ¡Ya! Y nuestro casamiento ha sido perfecto en todo.
- ¿Lo dudas? Yo diría que maravilloso.
Carla levantó un poquillo la falda enseñando parte de sus muslos procurando una distracción mental en Rosso.
- Si te hubiesen concedido la anulación ¿Te casarías con Jana?
- Al menos no estaría en deuda con nadie, respondió Rosso. Lo que vendría des-pués, no lo sé.
- Entonces...
- Entonces, ¿Qué?
- ... es un problema de conciencia, apuntó Carla.
- Yo diría que es un problema vital.
- O sea, que no es una cuestión de conciencia.
- Querida mía, contestó Rosso con voz cansada, un problema vital afecta a la con-ciencia, al corazón, al cerebro, a la sexualidad, a todo el ser.
- Ya.
El ”ya“ de Carla estuvo acompañado por las campanadas del reloj del salón anun-ciando las siete de la tarde.
- Es tu hora de cafetería, recordó Rosso,
- No te preocupes. Aún no es mi hora.
- Como quieras.
Carla tomó la palabra.
- Según tú, un problema de conciencia es un problema vital. La iglesia no piensa así.
- Ya lo sé, pero no deja de ser vital.
- No comparto tu opinión.
- ¡Por supuesto! ya lo sabía.
- ¿Entonces?
- ¡Carla, por favor! La conciencia es un ojo vigilante del vivir. Pero tú la has sepa-rado del contexto vital y actúas, no valiéndote de ella, sino de unas premisas religiosas fundamentalistas. La tienes como cincelada por otra mente superior que se asemeja mucho a los grupos radicales del pueblo de Israel. Como si fuera prestada, y en esto ra-dica tu error. En tí la conciencia es una espada, no una esponja.
- Lo que tu digas, respondió Carla, con rostro serio.
La acidez de Carla quedó patente cuando dijo.
Pero si tanto aprecias la conciencia, empieza por respetar la ajena.
- Parece que estás molesta.
- ¿Yo?
- Reconozco que acabo de hacer un juicio de valor que no debiera. Te pido perdón.
El orgullo de Carla se dejó notar con una respuesta marginal.
- No dejes de venir cuando te apetezca, el niño te lo agradecerá. Le diré que has es-tado aquí cuando regrese con el abuelo.
- De acuerdo.
Mientras Rosso bajaba las escaleras, aún pudo oír a Carla que le decía desde la puerta.
- El domingo el chaval ya estará en casa.
- De acuerdo
- ¡Rosso!
Rosso subió las escaleras para saber qué quería Carla.
- Te recuerdo que el abuelo y tu hijo llegarán de noche. De todos modos yo estaré en casa.
- Está bien. Adiós.
- ¡Rosso!
- Dime.
- Entra un momento.
En el mismo hall de la casa, Carla le dio un beso.
Rosso intentó ampliar el afecto desabotonando una blusa blanca de seda para aca-riciar los pechos desprotegidos del sostén.
-¡Rosso!
Carla le permitió llegar hasta donde empieza la pasión. Y cuando parecía que la li-turgia podía llegar a su punto álgido, amagó en sentido negativo.
- Otro día.

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