domingo, 11 de enero de 2009

El triángulo de cristal - cap. 13-14-15


Cap 13


Al despedirse de Carla, Rosso pensó que lo más saludable era dar un paseo por la alameda para relajarse. Después de un corto recorrido a la sombra de un arbolado espe-so, vio a Jana sentada en un banco de madera siguiendo con su mirada el movimiento de patos y de algún que otro cisne en un pequeño lago artificial. Rosso dudó acercarse a ella. Antes de decidirse, la revisó de abajo arriba y estaba preciosa. Un vestido blanco sin mangas, corto, y unas sandalias también blancas. El pelo oscuro recogido en forma de cola de caballo le daba un aire de niña mayor. Apenas se movía. Combinaba el tiem-po conectando con el cosmos y la lectura de un libro que se había traído de casa.
- Hola, saludó Rosso sin mucho entusiasmo.
Jana dio un giro de cuello de ciento ochenta grados y al ver que era Rosso le res-pondió con una leve sonrisa.
-¿Vienes sólo?
Rosso se fue por la tangente.
- Es bello este lugar.
- Aquí, precisamente, en primavera suelo preparar mis clases, dijo Jana.
A cinco, diez, quince metros, de frente, a la derecha, a la izquierda, detrás, en la hierba, en el banco, en la terraza de una cafetería próxima había muchas parejas de jóvenes jugando a quererse, unos más apasionados que otros.
Jana moría de curiosidad por saber el proceso de la estancia de Rosso con Carla.
- ¿Lo pasaste bien?
Llevaba veneno la pregunta.
Rosso se limitó a acariciar la mano de Jana como respuesta.
- Llevo el día sin probar bocado. ¿Vamos a casa?
- Y ese ayuno ¿a qué se debe? Preguntó Rosso. Ahora mismo vamos a la cafetería.
- Prefiero la comida que dejé en la nevera, dijo Jana. Además, ya estoy envuelta de aire y de sol, de aves y de ánades, de mirto y de abetos.
- Te dejas el sauce llorón.
- Es que más que un árbol me parece un corazón humano, una compañía sentida.
- Estoy de acuerdo.
Y cogiéndola de la mano, insistió.
- Deja lo de la nevera para la noche. En la cafetería El Olivo preparan buenos ca-prichos.
A Jana le brillaron los ojos lo de compartir de noche la comida de la nevera.
- Está bien.
Y acto seguido, Jana pidió un bocadillo de jamón, un café con leche y unas pastas. Todo rociado con agua fria. No se encontraba cómoda y apuró lo que pudo para regresar a casa. Durante el paseo los silencios eran más largos que las palabras.
- Creo que comí más de la cuenta. Me apetece llegar pronto a casa.
- Yo todavía estoy en plena digestión.
- ¿Se puede saber el menú?
- Marisco, salmón y carne. Lo más pesado fueron los pasteles.
- Una fiesta.
- ¿Quieres que pidamos un taxi?
- No vale la pena; además asi llego en mejores condiciones.
- Según lo analices. He de reconocer que estaba todo muy exquisito, pero la fiesta es algo más que mantel y bodega.
- ¿Qué es ese “algo más”?
- El ánimo.
- ¿Qué faltó entonces?
- El baile de corazones. Le faltó ritmo, apretura y empatía. O sea, la sustancia de una fiesta.
En el paseo quedó todo aclarado. No hubo reconciliación.
Queriendo Jana recuperar la noche perdida, con natural seducción empezó a abrir un botón de la camisa de Rosso. Dos. Tres. Al cuarto botón, Rosso hizo un gesto de que no apurara el juego.
- ¿Qué te sucede? Preguntó Jana.
- Nada de particular. Me encuentro bien a tu lado.
- Yo no diría lo mismo.
- ¿Por qué dices eso?
- ¿De verdad que no lo sabes? No parece que hayas salido de casa esta mañana, di-jo Jana.
Ya veo que tu doctorado en Psicología más que una analítica es una evidencia.
Al ver que no reaccionaba, Jana subió insinuante su vestido blanco. Al rozar con la mano la pospierna de Jana sintió un deseo ardiente que curó con un beso largo hasta agotar el oxigeno pulmonar de Jana.
Contenta de que su artimaña hiciera efecto, Jana trató de meterse en el corazón de Rosso.
- ¿Qué piensas hacer?
Rosso, sumido en un mundo de nudos, dijo en tono amable y a la vez serio.
- Pasear por una playa desierta, pero ¿dónde la encuentro?
Jana se ofreció.
- Yo soy esa playa. ¿Por qué no paseas por ella esta noche?
--
Cap.14

No había manera de levantar el ánimo de Rosso. Ayer el P. Nicolas; hoy , Carla.
- Vamos a ver, dijo Rosso que no era capaz de liberarse del giro copernicano que habia dado Carla con el perfume.
- Dime, amor.
. Si yo quiero a Carla pero te amo a ti, qué solución hay para que estos sentimien-tos cruzados no aprieten mis sienes hasta producirme dolor de cabeza.
A Jana no le agradó que nombrara a su mujer, y desde lo más profundo de sí misma, transmutándose, respondió silabeando al oído:
- Muriñéndome yo.
. Pero no es tu problema.
Jana se arrimó insistiendo en el juego erótico sin recibir respuesta por parte de Rosso que sumido en su filosofía de la vida, preguntó.
- No me siento bien.
- Hay un remedio infalible.
- Aplícalo ya.
Jana se levantó del sofá, abrió el mueble bar y pùso sobre una bandeja de alpaca un licor y dos copas.
- Es esa la solución? A mi no me afecta. Necesito una cuba para empezar a ma-rearme.
- De acuerdo, pero mientras filosofas la vamos a vaciar entre los dos.
- Tú también?.
- Mitad y mitad.
- Querida Jana voy a tener que llevarte en brazos a la cama.
Jana adoptó una postura sugerente que a Rosso no le supuso ninguna tentación.
- ¿Está tu animal complacido por Carla?
- Por qué lo dices.
- Bebe y no te escaquees.
- Yo no te he visto beber una copa entera y yo voy en la cuarta.
- ¡Uuyyuyuyyy” Ya empiezas a delirar.
- Rosso que empezaba a notar los grados del licor sintió una repentina atracción por Jana y dejando de lado toda cuestión filosófica y ética, la cogió por la cintura y le estampó un beso de pasión.
- Deberías hablar menos y besar más, dijo Jana complacida.
Y sin mediar palabra, guardó de nuevo la botella en el mueble-bar
y las copas las llevó a la cocina.
Jana no quería a Rosso sólo para oír sus lamentos ni para que cada vez que la visi-tara escenificara a Hamlet. Deseaba algo más. Este algo más tenía que ver con la efu-sión carnal.
Como un sonido de trompeta sonó en el corazón de Rosso la delicada confesión de Jana acerca de su virginidad y le parecía imposible que tan bello animal no fuese herida por mil cazadores siendo por otra parte una mujer liberal, sin sujeción a una ley religiosa. Esta reserva por parte de Jana la hacia todavia más atractiva y deseada.
-No sé como reparar mi estupidez, dijo Rosso.
- Olvídalo.
- ¿Qué quieres decir?
- El tiempo empieza para ti y para mí.
Difería el amor de uno y otro en que Rosso condicionaba su entrega a Jana siem-pre y cuando Carla se acogiera definitivamente a su metáfora de la copa rota y decidiera admitir primero el divorcio y posteriormente la anulacion matrimonial, aunque en boca del P. Nicolás parecia cosa improbable, mientras que para Jana Rosso era el amor de su vida que deseaba compartir a través de una relación plena y total. no a cualquier precio o por simple exigencia sensual, sino por vía del conocimiento del ser.
Pero no era cuestión de parlamentar toda la noche, sino de vivir la noche.
Jana desabrochó su blusa y dejó rozar sus pechos sobre el torso desnudo de Rosso que se sentía muy complacido y pensó que estaba acabado el primer acto. Con voz sen-sual, al tiempo que jugaba con los dientes una orejae de Rosso, dijo.
- Te reservo una sorpresa.
- La noche es tuya, dijo Rosso.
- Nuestra, rectificó Jana.
- Nuestra, ratificó Rosso.
Y se dejaron estar apretados mientras escuchaban música romántica.
- ¿Qué te parece si hablamos menos y nos besamos más? Preguntó Jana rozando sus labios por el torso desnudo de Rosso.
Rosso se preguntaba para sí dónde había aprendido el arte de seducir siendo vir-gen.
Sin música, los besos eran más sonoros.
Marcaba el reloj la hora justa de pasar del prólogo a la acción directa.
- Cariño, mientras me arreglo elige la música que quieras.
- ¡Pero si estás muy guapa!
- Bueno, dijo Jana, siempre se puede mejorar el superlativo por otro superlativo absoluto.
- ¿Tu? No creo.
No había niño en la casa que repitiera el piropo como en casa de Carla: Jana es guapa.
- Lo que tú digas, amor. Por más que te propongas no vas a impresionarme, dijo Rosso, metido en harina del deseo mutuo.
- Una mujer, dijo Jana, siempre está en grado de merecer. Nunca se agota la belle-za en ella.
- Amor, prefiero que me dejes el libro que vi esta mañana que se titula...
- “La levedad del ser “.
- Ese mismo, afirmó Rosso.
- No creo que sea el libro más apropiado para leer en estos momentos. Es más no estás en condiciones de retornar al mundo de los pensamientos de alto voltaje.
- Está escrito por ti ¿No?
- Sí, pero no quiero pensar esta noche, ni que la filosofía entorpezca lo que es tiempo de fantasía.
Rosso no estaba dentro de la ola marítima del corazón de Jana que deseaba al me-nos por una noche que el mundo fuera un cuerpo compartido, no un ente abstracto.
Distraída Jana, Rosso se levantó del sofá, la cogió por la cintura y bailaron un bo-lero.
- Te prometo regalar un ejemplar para que te lo lleves a casa, pero hoy no. Una ascesis mental te viene bien.
- Lo que tú digas.
Acabado el baile, mientras se dirigía al baño, pasillo adelante, modeló con la cera caliente de su fantasía un bello demonio.
En la espera, Rosso peleaba consigo mismo. Apenas habían pasado cinco horas de una casa a otra, de una mujer a otra, y esto le ponía nervioso. Se disponía a buscar un refresco a la cocina, cuando el salón quedó a oscuras. Había sido Jana para hacer su entrada triunfal. Invitó a Rosso a que encendiera la lámpara que tenía al lado y en me-dio de una luz muy tenue, hizo su aparición. Cuando la vio acercarse insinuante y espec-tacular la contempló como si se tratara de una diosa del Olimpo sin decir nada.
- ¡Tonto!
Convencida del hechizo que había visto en el espejo de su alcoba, sin prisas, como lo había ensayado su imaginación, acarició los muslos de Rosso con sus guantes negros de seda. El corazón de Rosso estaba a punto de estallar. No pudiendo contenerse, sin dejar de dibujar con la yema de sus dedos las curvas eróticas del cuerpo de Jana, casi sin voz, le dijo.
- Detén el reloj.
En el juego de las caricias, Jana se detuvo en el órgano genital de Rosso. Por el tamaño y dureza sabía que estaba dominado y que había llegado la hora de fundirse. Era sólo el comienzo. No tenía nada que ver con la noche de boda con Carla. Entonces la emoción y el misterio residían en la mente en mayor intensidad que en las pieles. Ahora eran los ojos el centro de la pasión. Lo que veían sus ojos era arte, sensualidad, células calientes, humedad, gritos.
Se ceñía el erotismo de Jana en el mimo conque había tratado su cuerpo. Un baño de colonia suave y un ceñido, negro y transparente vestido largo resaltando sus pechos y con aberturas laterales desde la cintura a los pies dejando entrever sus alargadas pier-nas. Y para más morbo, guantes. Los guantes eran parte del ritual. Nada de esto tendría sentido sin estilo. Rosso a punto de sentir el orgasmo solicitó a Jana el coito.
En principio Jana sentía una morbosa complacencia verle sometido a sus encan-tos, pero luego pensó que aun cuando el sofá de tres cuerpos no era el tálamo nupcial apropiado se avinieron al primer estallido pasional.
Cuando hubo acabado el acto, despues de seguir abrazados durante quince minu-tos en silencio absoluto Jana se confesó.
- Acabas de apropiarte de mi virginidad-
- ¿Pues?
- Espero que más tarde experimente el placer.
- ¿Qué dices?
- No te preocupes deseaba que sucediera este instante con el hombre a quien amo. Sabrás que no se pasa nada bien, aunque tampoco senti molestias.
- Lo siento, dijo Rosso turbado.
- No hablasteis de este tema la noche de bodas?
- Nunca se trató esta cuestión antes ni después de casarnos.
- Y?
- No se dice que era un tema tabú? Nosotros estabamos en ese número infinito de españoles.
- Pero eso era en la época de Pio XII y del franquismo y el P. Astete.
- Ya.
- Te olvidas del Opus Dei.
- De acuerdo.
- De todos modos siento que…
Nada de eso. Me siento muy feliz. Sin esta experiencia estaría siempre en la misma situasción de espera. Sé que esta noche me harás más feliz.
Primer acto.
El segundo acto no estaba previsto por nadie. Surgió de la necesidad de fundirse para siempre.
Jana esbozó una sonrisa.
- ¿Qué haces? Preguntó Rosso.
Jana cogió un cubito de hielo de la cubitera que había en la mesa y lo pasó por la espina dorsal de Rosso. Sólo tenía un propósito esta noche, borrar el recuerdo de la no-che de boda con Carla. Y dado que no podía parar el reloj como se lo había pedido Ros-so, mientras se auto complacía de su hermosura, preparó una cena fría que llevó a su habitación.
La escena no era la que había escrito el día anterior, sólo el argumento. La idea fe-tichista que pasó por su mente la pospuso para otro día.
A todo esto, cuando Rosso salió de la ducha, como no tenía otra muda pidió un sustitutivo de un slip, pero Jana no tenía otra cosa que una fina minibraga negra.
- Si no tienes vergüenza, quédate como viniste al mundo, dijo Jana.
Y se quedó mirando como la ponía.
- Estás guapísimo, dijo Jana, viendo como resaltaba sus testículos. De la relaja-ción al deseo ardiente sólo distaba el canto de un folio.
Estaba la mesa colocada frente a un espejo y se veían duplicados para deleite de los ojos.
No había un bocado sin caricias y miradas cómplices. Tampoco alargaron la esce-na habiendo una cama al lado. Y así fue. Rosso hizo un amago de iniciación y Jana le detuvo para alargar la feliz estancia de mirarse deseándose uno al otro. Llegado el mo-mento Jana pidió a Rosso que fuera delicado.
Aun quedaba noche para abrazarse. El momento más sublime de la pasión fue cuando Jana sintió el orgasmo y toda su hechura corporal gritaba de felicidad.
Sin dejar de contemplar el bello rostro de Jana que dormía el éxtasis de una noche plena de juegos amorosos, Rosso echó mano del libro que había dejado en la mesilla de noche. Admiraba de Jana que no era un simple sujeto de placer, sino, también, una mente despierta y con las ideas claras conque vivir la vida en toda su grandeza.
Abrió el libro, “La levedad del ser”, al albur.
“El drama de la pareja – dormía Jana – generalmente se basa en el concepto oceánico del amor de fácil aceptación y de difícil aplicación vital.
Es en el rito de la boda cuando los novios deberían confesar públicamente la co-rresponsabilidad mutua hasta la muerte de manera concreta. ¿Y tú, mujer, quieres a tu hombre en el amor complaciente del placer humano y en el amor doloroso de su naturaleza egoísta? ¿Sabes que amor eres tú misma a través del dolor del parto? ¿Le aceptas en la salpicadura del amor a través de caricias y en la salpicadura punzante de la discrepancia de pareceres? ¿En la transfiguración biológica de tu carne atendida y en la tibieza de la sensación distraída?
¿Qué es para ti, mujer, el amor? ¿Un rechazo a la soltería? ¿Independencia tute-lar? ¿Protección amorosa o una exigencia natural del ser por amarle en su limitación? ¿Sabes que lo que aceptas más que una continuidad de la magia romántica es un mun-do concreto semejante a ti, al de tus progenitores donde el cachete y la ternura se con-jugan por igual? ¿Estás segura de que el amor que te profesa el hombre, a quien te entregas por vida, puede marginarse a favor de otros hechizos que le salen al paso? ¿Aceptas seriamente su elegancia y su cortesía, su romance y su virilidad igual que su temperamento y su desdén, su aburrimiento y su inspiración, su cuerpo y su indiferen-cia?
¿Y tú, hombre, aceptas el amor de ella como hembra sabedora de tus deseos y con la convicción de que su provocativa hechura corporal se deformará con el embara-zo, al tiempo que se potencia en ti exigencias en otra arqueología humana que no es la suya? ¿Qué clase de amor juramentas que pervive en tu cerebro la fidelidad como una utopía? ¿Sabes que juras amor de vejez y de desvíos de atenciones en favor de los hijos? ¿Reconoces que con la presencia del hijo se rompe definitivamente el binomio del amor por otro más diluido? ¿Sabes que ella no es la síntesis de esa belleza que ena-mora tu mirada al paso de otras mujeres por la calle? ¿Aún tiene cabida en tu poro mental el divorcio como solución posible al desinterés o fricción? ¿Qué unes, ahora, vidas o episodios de la vida? ¿Personas o cuerpos necesitados? ¿Sigues en la creencia de que boda es lecho sin otro valor añadido? ¿Qué te enamora de ella, sus ojos, su silueta, su desnudo o su dulzura anímica, su hálito femenino, su juventud madura, su persona-lidad distinta a la tuya? ¿Qué es para ti ella, un complemento o un precioso animal?
¿Y tú, mujer, y tú, hombre, a quién juráis amor? ¿Qué argüiréis después cuando se debilite el deseo, porque el misterio ya ha sido revelado muchas veces y la inercia os lleve a la indiferencia?
Si os aceptáis así, que la bendición de Dios abunde para siempre en vuestros co-razones
Y es que, aun en la etapa de las altas fiebres amorosas puede suceder, es fácil que suceda, de suyo sucede, y esta contingencia es parte del juramento formulado, el amor abarca la realidad y la posibilidad. Y nadie puede condicionar un rito sagrado sin pro-fanar la sacralidad del hecho si no se acepta en la promesa de él y de ella, de ella y de él, lo que hay dentro de cada cual de grandeza y de miseria, de creatividad y de anima-lidad, de sacrificio y de asesino, de cariño y de crueldad, porque, en definitiva, resume la esencia del matrimonio que se conforma en el instante del contrato formal“.
Cuando Jana intentó abrazar a Rosso y no sintió su cuerpo, entre sombras miró a Rosso sentado y le dijo:
- ¿Por qué no duermes? Anda, no leas más. ¿Es que no te fatigas nunca?

Cap.15

Rosso reparó en la desnudez del cuerpo de Jana y pensó que era motivo mayor de otra lectura más sugerente. Así, pues, dejó el libro sobre la mesilla de noche, apagó la luz, y abrazó a Jana. Entre juegos y palabras el reloj acortó la noche y alargó la maña-na que recobró la luz solar.
El análisis crítico del libro “ La levedad del ser “ con que Rosso había pasado un tiempo leyéndolo le había espesado el cerebro tanto que automáticamente se levantó de la cama cuando el reloj marcaba las siete y media de la mañana para ir al trabajo. Jana se despertó en el instante mismo en que Rosso se dirigía al baño y, abriendo los ojos de sorpresa, preguntó:
- ¿Adónde vas?
Rosso estampó un beso en los labios de Jana, y en voz baja dijo.
- Duerme. No me entretengas que tengo el tiempo justo para ir a la oficina.
Jana espetó una risotada que a Rosso le pareció que estaba viendo la Luna llena.
- ¡Pero si hoy es fiesta local!
Ante noticia tan gratificante se metió de nuevo en la cama. A punto estuvieron las chispas de producir un incendio en el lecho.
A Rosso le traía en jaque la tesis de Jana. Después de repasar el mapa de los cuer-pos, Rosso quiso aclarar una duda.
- Dime, Jana, ¿De qué manera puedo conjugar tu arte de seducción y tu libro “La Levedad del ser?” Tu animismo y tu cultura. Tu imaginación y tu tesis.
- ¿A qué viene esta conversación a estas horas de la mañana? Contestó Jana con otra pregunta. ¿Hay algo de anormalidad en mi proceder que te resuñte extraño?
Se ladearon mirándose frente a frente hasta transferir sus alientos.
Rosso se quedó con la última pregunta de Jana.
- No sé que decirte contestó Rosso, pero advierto una dicotomía entre teoría y práctica.
- Mira, cariño, no hay cosa más peligrosa que filosofar el amor. O sí o no. El amor es acción volitiva y sensitiva. En el primer caso es una querencia al ser de la persona. En el segundo caso, una expresión vital de esa querencia. Y sobre este punto se asienta la estabilidad de la pareja.
- No sé que me quieres decir.
-Simple y llanamente que la asignatura principal para que una pareja sea estable es la del arte de amar.
-Ya. Tendrás que enseñarme.
Rosso regresó al punto de partida de la conversación desviada por Jana que quería retenerle atado de pìes y manos pero sin sujeción que no fuera la mental.
- Pero tú en el libro defiendes la indisolubilidad del matrimonio incluso en mo-mentos críticos. Si es así, y perdona que sea tan bruto, ¿Puedo aceptar tu conducta acorde con tu tesis? ¿O es sólo aplicable a tu vida?
Algo debió advertir Rosso en los ojos de Jana que para no herirla jugó con el dedo índice la comisura de sus labios. Jana hizo un leve movimiento de separación.
- ¿Qué quieres insinuar?
- Tu amor sobre otro amor legitimado.
-¿Podrías hacerme la pregunta de otra manera?
Rosso la pensó por unos segundos.
- Si para ti el matrimonio es irrompible partiendo de la condición humana ¿Cómo es posible que no infiera en tu conciencia tu amor por mí?
La conversación adquiría una cierta tensión obligando a los dos a sentarse en la cama.
- No es mi caso. Mi actuación de anoche no fue una veleidad. Esta es la diferencia entre el amor de una mujer puritana y una mujer liberal. Entre mi convicción y la fan-tasía.
- ¿Qué traducción tiene lo que acabas de decir?
- Que en el supuesto de nuestra formalización como pareja estoy disponible a que sea hasta el final por inviable que llegue a ser la relación.
- O sea que según tú, Carla no debe ceder al divorcio, y menos aún, a la anulación.
- Eso es cosa vuestra. Si en el aniversario de vuestra boda no hubo lecho ¿Puedes censurar mi total entrega a ti?
Tras una breve pausa, prosiguió.
- A ti te preocupa más la forma que el fondo. Además no es cierto que mi tesis sea tan categórica.
- Forma y fondo. ¿Qué es eso?
- Imaginación mental y contenido. ¿Qué pensaste de mí cuando recurrí a la suges-tión?
- Que eres un bello animal.
- ¿Sólo eso? Preguntó Jana cogiendo a Rosso por la cintura.
- ¿Qué otra cosa se pretende con la sugestión que no sea la atracción del otro?
Estás equivocado, contestó Jana segura de sí misma. Estás en el
círculo de los eticólogos para quienes el fetichismo es una desviación mental, y con él otras fantasías que alimentan el deseo carnal.
- Tengo la impresión de que estás a la defensiva y no quieres ir al núcleo de la cuestión, dijo Rosso buscando una aclaración definitiva a su problemática.
- Tal vez no sepa explicarme mejor, y es que el amor para mí es algo más que una fórmula legal. La unidad espiritual de la pareja. Una definición. Para mí es fusión en un aspecto y otro. Animal y ángel. Puede que esta idea sea utópica. Para el ángel no hay una norma, un canon, una ley. ¿Por qué tanto tabú en el juego pasional? Y es aquí don-de está la suerte de la pareja, aunque no pienses así.
- No te enfades, dijo Rosso al ver a Jana tan seria. Sólo trato de encontrar la salida del laberinto en que me encuentro.
- Pues esta soy yo. Ayer y ahora.
A Rosso le produjo cierta sonrisa la pasión que ponía Jana en el asunto. Asi que, sin previo aviso acudió a abrazarla y cambiando de tema estuvieron transfiriendo célu-las uno al otro sin saber cuales eran unos y eran otros. La cosa no dejaba de ser una fórmula química o biológica importante en la fusión de la pareja.
Mientras desayunaban en la cocina, Jana quiso aclarar algunas cosas respecto a la conversación que habían tenido en la cama.
- Quiero que sepas que comprendo tu problemática y que mi amor por ti no atenta a tu vida con Carla. Ojalá vuelvas a tu nido, aunque me duela tu ausencia, pero si deci-des volver has de saber que mi noche de ayer no ha sido más que el prólogo de un libro interesante. De un libro por leer lenta y sensitivamente.
- ¿Pero aún puedes superarte?
- Mira, majo, el cuerpo es un misterio. No basta el tiempo de la vida para conocer-lo. Y no me refiero sólo al placer, sino al mensaje que deriva de ese placer.
- ¿Todo esto se sabe estudiando psicología?
- Sin que margine otros valores que conforman la vida humana, pondré especial énfasis en la relación sensorial, antes, en y después, o sea, siempre. Si regresas, has de acercarte con la lección aprendida para que la unión sea total. Independientemente de la creencia, me inte-resa disfrutar de la magia celular haciendo caso omiso a ese legajo reducionista de la felicidad.
- Está bien.
- Y, por favor, no me hagas culpable de tus culpas.
Tras una pausa, aclaró.
- Sé que cuando soluciones tu relación con Carla todo discurrirá más sosegado, al menos de tu parte y, por consiguiente, de la mía. La futura unión que pueda derivarse entre los dos ha de fundamentarse en el conocimiento no sólo potencial sino real.
- Insistes mucho en lo mismo.
- Porque uno de los puntos débiles de la pareja es la ignorancia de los bienes ocultos en la relación amorosa. Mira sino es importante el cuerpo que cuando no se ajusta al otro tiende a buscar otro como el pie con el zapato.
- Si esta noche fue tu primera experiencia ¿Quién o cómo sabes tanto?
Jana sonrió.
- Esta ciencia no requiere Universidad.
- Pero tú fuiste a ella.
- No a estudiar mi cuerpo, sino arte.
- Que en ti abunda.
- ¡Bobo!
- Más el gótico que otro estilo.
- Vas a conseguir que me ruborice. ¿Te pongo otro café?
Mientras complacía a Rosso, se explayó.
- Voy a ver si atino con la respuesta a tu pregunta que chispea al no saber cómo armonizar virginidad y sexualidad.
- Soy todo oído.
- Así como basta analizar la hechura que define un arte determinado, del mismo modo sucede con el conocimiento por el hecho de ser mujer. Entre Carla y yo nos dife-rencia la personalidad, pero como mujeres somos las mismas.
Rosso frunció el ceño.
- ¡Santo Dios! ¿Cómo puedes decir eso si me parecéis dos mundos opuestos?
Jana esbozó una sonrisa.
- ¿A ti te parece la misma catedral la de León que la de Milán? ¿Verdad que no? Pues pertenecen al gótico. ¿Qué las diferencia? ¿El sexo? No. La geometría y el ropaje. Geometría y ropaje en íntima conexión con el alma humana. ¿Acaso has visto algo dis-tinto en mí desnudez que no tenga Carla? Y si es así, ¿En qué radica el misterio del cambio? En su expresión. El cuerpo exige una comunicación más culta. No se trata de un coito animal., Tiene su liturgia, su arte, su ropa, su culto. Apenas se sabe del cuerpo que no sea la inexorable ley de la muerte.
Jana se quedó mirando a Rosso que a su vez la miraba como a una estatua.
- ¿Te aburro?
¿Me notas cara de aburrimiento?
- No. Acaso un cierto matiz escéptico.
- Es que tengo la impresión de que no hay mucha conexión entre lo que hablas y la tesis “La levedad del ser”.
- ¡Ah, ¿no?
- No.
- ¿En qué te basas?
- Me parece una autodefensa de la experiencia que acabas de vivir, y no tienes que justificarte ante mí.
Jana hizo una pausa sin dejar de mirar a los ojos de Rosso.
- Un equilibrista, un contorsionista, un deportista... ¿De cuántas maneras se puede educar el cuerpo? Mil !Ojalá tú y yo, como un poeta, un artista, como un amanecer, ofreciéramos en vida una forma nueva de quererse anímica y carnalmente. Me refiero, sobretodo, a eso que llaman sensualidad.
- Te invito a comer, dijo Rosso, así no tendrás que trabajar.
Jana acarició a Rosso.
- Guapín, gracias por tu intención, pero…
- ¿Prefieres cocinar?
Jana cogió la mano de Rosso, y apretándosela, contestó.
- No sé en qué terminará todo esto. Me agrada más tenerte en la intimidad. No hay universo más acogedor que la casa.
- Está bien..
- Aquí sé lo que tengo, fuera es un mundo de sorpresas. No necesariamente hay que hacer el amor para sentirse bien, asi que si me ayudas cuando sea su hora expiamos la nevera.
- No sería mejor empezar por expioar la nevera?
- Me has pillado, respondió Jana.
- ¿Qué quieres que haga?, preguntó Rosso.
- Pues… No, no me pidas el libro por favor, prefiero que me hagas la cama, que…
- Será con tu ayuda.
- Es que no la haces en tu casa?
- Si sí, pero no consigo sacar las arrugas a las sábanas.
Jana cogió de la mano a Rosso y se pusieron a arreglar la habitación.
- Bueno, ya veo que eres un buen alumno. Si te parece bien, mientras acabo de ul-timar detalles puedes ir preparando el baño. A Rosso esta última idea le gustó.
Durante más de veinte minutos el único cantante de la casa era el grifo de la bañera.

No hay comentarios: