domingo, 11 de enero de 2009

El triangulo de cristal - cap.25/26


Cap. 25
Aquella llamada de teléfono no debió producirse nunca.
Estaba Rosso reestudiando el proceso habido con el tribunal eclesiástico, rebuscando en diversos libros argumentos a su pretensión de nulidad matrimonial, cuando sonó por dos veces el teléfono. Y dibujó el rostro de Jana.
- El señor Rosso, por favor.
Aquella voz femenina era desconocida para Rosso.
- ¿Con quien hablo?
- ¿Es Ud. el señor Rosso?
- Sí. Dígame Ud.
- Le habla la clínica del Doctor Álvarez.
Mil cosas acudieron a la mente de Rosso en décimas de segúndo..
- Usted dirá.
- Un momento, por favor. Le pongo con el Doctor Álvarez. Gracias.
- ¡Buenos días! ¿El señor Rosso?
- El mismo. Usted dirá.
La voz del doctor era suelta, joven, sonora, radiofónica.
- Soy el Dr. Álvarez.
- Dígame.
- Le agradecería con el fin de tratar un asunto de interés para Ud. una visita a ser posible esta misma tarde.
Hubo acuerdo en la hora de la cita. Antes tomó nota de la dirección, nombre, sala.
Rosso había intentado indirectamente saber el motivo de la cita, pero la sagacidad del doctor le dejó “in albis”.
No había transcurrido cuatro horas, cuando Rosso saludó en el despacho al Dr. Álvarez. Y, menos aún, cinco minutos, aproximadamente, en conocer la noticia de que Carla sufría un cáncer irreversible. En la mente de Rosso, a la velocidad del rayo, se produjo un nuevo contraste apocalíptico: Pasión, igual a muerte. Noche con Jana, igual a cáncer. El corazón con una arritmia fuerte le pedía calma. Y la conciencia, solución. Todo esto en millonésima de segundo.
- Quiero significarle, dijo el Dr. en tono amable y sugerente que su mujer me ha pedido que le silenciara su mal. Le rogaría la mayor prudencia, si está decidido a tomar alguna determinación al respecto.
- No se preocupe, Dr., dijo Rosso, pausado y sereno, sólo estamos separados, pero seguimos siendo buenos amigos. Guardaré su confidencia como si se tratara de una confesión.
- Gracias.
Un apretón de manos puso fin a la entrevista.
Al salir a la calle, Rosso no reparaba en nada. En el despiste general, una antigua amiga común del matrimonio, Natalia, le saludó efusivamente para a renglón seguido anunciarle la grave enfermedad de Carla. Rosso fingió sorpresa.
- ¿No lo sabías? Preguntó azorada Natalia temiendo haber cometido una imprudencia.
- Habrá querido no darme este disgusto. De todos modos, te agradezco que me lo hayas dicho, dijo Rosso.
Y se despidieron con una sonrisa.
Cuando después del trabajo regresó a casa, hasta la hora de dormir estuvo analizando los pros y los contras de su visita a Carla.
Con cierto temblor pulsó el timbre de la casa.
- Hola.
- Hola, respondió Carla.
Rosso se quedó en la puerta mirando a los ojos de Carla como quien está ante una aparición.
- ¿Quieres pasar?
Ya en la sala, Rosso tomó la iniciativa.
- ¿Qué tal estás?
- Me estoy recuperando. ¿Y tú?
- ¿Qué te dijo el médico?
Carla, sorprendida, quedó sin aire.
- ¿Qué sabes? Preguntó Carla.
- Lo que tú hayas contado a tu amiga Natalia.
Carla no se inmutó.
- Desde que empecé con las sesiones de radioterapia, me encuentro mejor, contestó Carla con serenidad. ¿Es por eso por lo que has venido a visitarme?
- Me alegro de todo corazón. Sí, vine a interesarme por ti tan pronto tuve noticias.
La cosa estaba muy fría. Carla le ofreció un café.
- No quiero ser una carga. Prefiero invitarte a tomarlo en una cafetería.
- ¡Bah, no me alarmes! Me encuentro bien. Además, contestó Carla, ¿Dónde se está mejor que en la propia casa?
- De acuerdo. Me apetece. Nadie lo hace tan rico como tu.
A Carla el piropo le supo a café.
- ... con una condición, de que comamos juntos en el Restaurante “Joldri”.
- ¿Y eso?
- No hay respuesta. Se invita, se acepta, y.. en paz.
Mientras Carla preparaba el café en la cocina, Rosso no sacaba la mirada de la foto de su hijo Álvaro, un primer plano, sonriente, ojos de pillo y postura jocosa. Luego cogió otra que estaba al lado, de Carla. Y pensaba, mientras la remiraba, “Carla está enferma”. Bastaba comparar la cara de la foto con la que tenía ahora para darse cuenta del bajón que había sufrido. A punto de introducirse en la instantánea de la foto que tenía en sus manos, apareció Carla en la sala con una bandeja de alpaca y dos juegos de café, regalo de boda.
- Me agradaría solventar algunas cosas de interés, dijo Carla, mientras servía el café a Rosso.
- Tú dirás.
Aspiró profundamente y con voz vergonzosa, dijo.
Te pido, por favor, que perdones mi torpeza. Sé que cometí una gran equivocación.
Rosso la escuchaba con atención.
- ... no es que la cosa resultara fácil, pero si para las faltas del espíritu siempre hay un perdón, no sé por qué tanta resistencia a comprender y perdonar las debilidades del cuerpo.
Iba a intervenir Rosso, pero Carla le detuvo haciendo una señal con la mano.
- ... lo peor de todo es el mal que haya podido causarte, porque nunca he dejado de quererte. Ahora que tengo los días contados...
El llanto le quebró la voz. Rosso no reservó para sí su sensibilidad y, cogiéndola de la mano, un poco avergonzado, dijo.
- No está tu muerte anunciada antes que la mía. Además, no creo que debas pedir perdón de nada.
- Sí, sí.
- La causa fue mía.
- Y mía.
Las causas segundas, dijo Rosso, no tienen tanta importancia en un análisis objetivo del problema. La culpabilidad en un drama se funda siempre en la causa original, y nuestra situación la provoqué yo.
Carla se dejó acariciar la mano. No había tiempo para curar heridas mortales.
- Aun estamos a tiempo de recomponer el puzzle, dijo Rosso.
- Ya no hay tiempo, contestó Carla. Sólo en situaciones límites aflora el corazón humano todo lo que hay de bueno en él, pero la vida ya está marcada.
Intervino Rosso.
- Un segundo es mucho tiempo. No sé por qué dices eso. En un segundo se nace y en un segundo se muere.
- ¡Rosso!
- Entonces, dime ¿Qué deseas de mí que pueda ofrecerte en reparación de tu desgracia?
- Tu perdón.
- No es culpa tuya, Carla. Yo no puedo perdonar nada que no has cometido. Comprendo tu postura. A lo sumo que puedo reprocharte es tu empecinamiento en algo que debió cancelarse a su tiempo.
-¿Te refieres a mi intransigencia a tus intentos de reconciliación?
- Sí. Pero te disculpo porque has obrado según tu conciencia. Lo principal es ser coherente con uno mismo.
Al oír las campanadas del reloj del salón, Carla hizo ademán de irse.
- Es hora de sesión médica.
- Hoy ¿sábado?
- Se trata de una breve sesión de radioterapia.
- Te acompaño.
Carla se resistió.
- Está bien, dime a que hora sales para recogerte.
- Una y media.
- De acuerdo.
-¡Ah! No quiero en ningún momento que se roce el tema de la relación, advirtió Carla.
Rosso alzó las manos.
- Lo que tú quieras.
Se trataba de un cáncer de mama detectado a destiempo.
Los efectos de la quimioterapia eran varios. El más insoportable era la depresión anímica que duraba dos o tres días.
En las afueras de la clínica Rosso esperaba a Carla con la mente en blanco. Cuando apareció con una sonrisa, Rosso la recibió con un beso en la mejilla. Carla se dio cuenta enseguida del afecto y no puso mayor interés en que la cosa produjera un efecto más saludable que el de un acto de cortesía.

Ya en el restaurante “Joldri”, buscaron un lugar reservado. Rosso acompañó a Carla en el menú que, por razones obvias, era muy ligero y corto.
Frente a frente, la conversación giró, primeramente, sobre el mal de Carla. Luego, se memoró el accidente del abuelo, y entre una y otra cosa, algunas estampas del pasado: el día en que se conocieron, el cómo se conocieron, la geografía paradisíaca de sus paseos de novios, el anuncio del embarazo, el embarazo, las promesas de fidelidad, algunas fiestas. Y todo ello mezclado en la coctelera de un pasado maravilloso. A Carla el recuerdo del ayer la rejuvenecía.
Rosso propuso dar un salto cabalístico en el tiempo del pasado al presente, y pensó que el momento era el más apropiado para esbozar el dibujo del mañana.
- Te pido, por favor, que me perdones que transgreda mi promesa.
Carla se resignó.
- Compasión aparte, dijo Rosso, creo que es de justicia que nos agarremos al presente corrigiendo torpezas y que pensemos en el futuro copiando el prólogo del pasado.
- Amor, si casi no tengo presente ¿Qué futuro se puede prever? Pero di lo que tengas que decir.
- Sigo teniendo relaciones con Jana. La quiero. Me complace, pero no me admite sin que antes solucione mi problemática personal, porque la jurídica es soluble, pero no la eclesiástica, originando un problema de conciencia.
- ¿Qué quieres decirme? Preguntó Carla, sorprendida.
- Que te decidas definitivamente a voluntar la búsqueda de nuestra felicidad.
- Lo que muere, contestó Carla, no es que caiga sobre la nada, porque sería cosa fácil empezar de nuevo. Lo que muere origina un nuevo ente, otra cosa, aunque sea de su misma especie, y ya no es posible recobrar nada igual. Quiero decirte con esto que tú eres para mí como una copia de ti, no tú. No quiero callar que tu presencia me produciría sentimientos gratificantes, pero tengo el convencimiento de que serían por vía refleja.
- Apruebo tu sinceridad, pero disiento frontalmente de tu modo de pensar.
- En qué te basas para estar tan seguro de ti mismo, dijo Carla.
- En tu propia creencia que es la mía. Con la muerte empieza la vida. Diría más, conlleva una resurrección que la hace más perfecta. Y si esto se cumple en el ámbito de la trascendencia ¿qué no será posible en el orden vital, donde el mundo de las ideas y de los sentimientos está al socaire de la voluntad humana?
La presencia del camarero ofreciendo variedad de postres permitió a Carla reflexionar la respuesta.
- No, Rosso, no. Dibuja el alma de los ángeles que siempre produce un efecto agradable, magia donde hay vulgaridad, la palabra en preciosas melodías. ¿Qué tienes? Poesía. Nada más que poesía. A veces, es letal, porque desprende un perfume proveniente de un mundo irreal. Si es irreal, es nada. Por decírtelo de otra manera, la poesía es como una seta venenosa que se desconoce y mata. A nosotros no nos casó el amor, sino la poesía.
¡Poesía! ¿Cuál sería la sentencia del tribunal eclesiástico si Carla confesara que la boda tuvo un defecto sustancial?
- ¿En qué piensas? Preguntó Carla.
- Cosas mías sin importancia.
- Recuerda, dijo Carla, lo del vaso de agua con aceite.
Rosso intervino rápido.
- ¿Y tú, recuerdas tú lo que te dije?
- ¿Qué me dijiste?
- Que ante una necesidad grave esa agua violada de que tú hablas podría convertirse en agua de manantial. Pero sigue, te escucho.
- Cada acción del hombre, bajo el prisma humano, es irreversible, por cuanto que no tiene vuelta atrás, como también su repercusión. Ni siquiera nuestra amistad tiene la virginidad de aquella otra que nos catapultó al noviazgo y del noviazgo al matrimonio. Creo que lo que ha pronunciado el tribunal eclesiástico tiene que ver con la trascendencia no con la vida, entendida esta como un todo temporal. Agradezco tu interés, tu porfía, es más, te dignifica, pero la suerte ya está echada. ¡Por favor, no hurgas más en el tema!
De vuelta a casa, a la salida del restaurante, vio a Jana a lo lejos y se puso de espaldas para que no le viera.
Carla estaba débil. Las sesiones de quimioterapia se dejaban notar en la falta de entusiasmo por las cosas. Ella misma distanciaba voluntariamente las reuniones con sus amigas. Rosso sabía que a quien llevaba del brazo era la muerte vestida de mujer de agradable apariencia.
- ¿Estás cansada?
- Bueno, no estoy para hacer deporte.
- ¿Nos sentamos en esta terraza?
- Para mí una tisana, dijo Carla al camarero.
- A mí un café largo, pidió Rosso.
- No quiero irme sin saber a qué atenerme.
- Con respecto a qué.
- Nada es igual que antes, pero lo que sea debemos cogerlo con las dos manos y bendecid a Dios por lo que nos queda y hay.
- ¿Qué te mueve, la compasión?
- No, pero aunque así fuera, ¿Acaso es un pecado?
- Mira, cariño, dejando de lado lo que pueda haber de dialéctica en el orden moral, lo único que me apetece, que siento como necesidad, es vivir tranquila. Mi sexualidad la tengo superada. Te diré más, no me reclama interés. Yo no puedo obligarte a una abstinencia sexual. Jana te puede complacer. Siempre que vienes a casa hueles a Jana. Sé que no es correcto, pero ya no me perteneces.
- ¿Por qué no escribes al Tribunal Eclesiástico que lo que nos unió fue la fantasía y que añoras no meterte monja?
-¡Rosso! Exclamó Carla.
- No creo que sea una actitud merecedora de premio celestial vivir sujeta al sacrificio y al dolor como si no hubiera otra manera de ser santa.
- Como Jana ¿No?
- Por supuesto.
- Y tú, también.
- Esta es mi cruz.
- ¡No digas tonterías!
- ¿Sabes qué pasa, amor?
- ¿Qué pasa?
- Que en cierta manera tú tienes tu vida arreglada.
- ¡No me digas!
- Si tienes el problema de la sexualidad superada, y por haches o por bes, no precisas de la ayuda de nadie, ¿Qué importancia puede tener para ti mi problema?
- Toda.
- Aclárate.
- Pues muy sencillo. Toda, a imagen y semejanza de aquel otro de quien me enamoré.
- Que es el mismo.
- No, cariño, no. Mi catarsis es fruto de tu engaño.
- Ya te pedí perdón un millón de veces.

- Y perdonado estás, pero esto no quiere decir que sigas siendo el mismo.
- No sé qué embrollo tienes en la cabeza. Lo que sea requiere una pronta atención psicológica.
- Si no te molesta mañana mismo voy a ver a Jana.
- ¿Qué dices?
- ¿No es psicóloga?
- ¿Y qué hago yo?
- Búscate una fórmula similar a la mía. Cambia de credo que te permita vivir con Jana. Yo qué sé.
El “yo qué sé “ de Carla explotó en el cerebro de Rosso como una bomba.
- Te vendré a visitar, dijo Rosso resignado.
- Llámame antes por si no estoy en casa.
Todo quedaba visto para sentencia.
Rosso no quiso hacer ningún juicio de valor, y aplicaba esta
intransigencia de Carla a un conjunto de factores de tipo humano. Y albergó una esperanza: la visita que tenía prometida al Reverendo Lluc, único capaz de influir en ella.
Pero el Rvdo. Nicolás no pertenecía al “Opus Dei” y Carla amigaba mucho con la Torah.
La presencia de Rosso en casa de Jana descubría que era débil de cerebro y fuerte de corazón. Su afán de amigar tiempo y eternidad le causaba angustia.
Cada vez que visitaba a Carla remataba en casa de Jana. Trataba de suplir el vació por el amor de Jana. Unas veces con el cuerpo dispuesto, otras pidiendo socorro el alma. Casi siempre en tensión. Esta vez no había nada que le inquietara y después de la última charla con Carla pensó que había llegado la hora de vivir maritalmente con Jana.
El sábado era el dia de la semana más deseado por Rosso y para
que nada y nadie interfiriera en su agenda llamó por teléfono a Jana que brincaba como una niña alegre al saber que era Rosso. Era la primera vez que tomaba una iniciativa de esta clase.
- Me invitas a comer mañana? Quiero hablar contigo. Y por qué no vienes esta noche?
- De acuerdo.
Tan pronto colgó el teléfono Jana inspeccionó todos los rincones de la casa para cerciorarse que todo estaba en orden. Empezó por la cocina, el baño después y su habitación. No faltaba nada en la nevera que no fuera la nata. Del baño no hubo que comprar nada que no fuera el ánimo de repetir la noche de los brujos amantes. Y de su habitación revisó los cajones del tocador y adelatándose al deseo dejó encima de la cama unas ropas sugerentes.
Rosso estaba muy tranquilo. Compró un vino exquisito y un postre frio y se dirigió a casa de Jana. Eran las ocho de la tarde, la hora ideal para respirar en verano. De hecho los pajaros seguían revoloteando como si acabaran de levantarse. Jana esperaba a Rosso ligerita de ropa. Una hora antes habia gastado el espejo del baño con sus visitas de revisión facial.
- Me alegra mucho que me hayas llamado, dijo Jana.
- He decidido…
Rosso se extrañó y deshizo la frase-
- ¿Y el anillo?
- Acompáñame.
Jana lo cogio de la mano y lo llevó a la habitación. Abrió el cajon de la mesilla.
- Me lo pones?
-Adónde pensabas ir?
- Por qué lo dices.
- Por la ropa…
Jana se vió descubierta, y le vino los colores a la cara, pero Rosso no era hombre que se fijara en esos matices.
-Ya veo que piensas en todo. Me apetece, estoy cansado de pensar.
- Estás eufórico, eso facilita las cosas, dijo Jana.
- Por cierto, te traje una botella de vino y unos pastelitos.
- Ya los puse en la nevera. Gracias.
- ¿Quieres ir a algún sitio que te apetezca?
- Contigo prefiero no moverme de casa.
En el salón mientras tomaban un zumo se dedicaron a oir música y a no soltarse las manos. Lo que parecia una buena detrminación al verse libres y dueños de sus corazones empezaron a tener calor producto del deseo de abrazarse. Esperaba Jana cuál había sido el aprovechamiento de la lección erótica de la última vez, si realmente se acordaba del decálogo del arte de amar. No se había equivocado Jana del nivel receptivo de su amado.
- Iniciamos el decálogo, dijo Rosso dominante.
Jana no se hizo esperar y dejó que volara por el salón unas sandalias de verano y rogó a Rosso que le desabrochara el mivestido que llevaba. Y sabedora de esta apertura erótica se quedó desnuda a los ojos de Rosso, un poco más lento en el ritual. El cuadro ya tenía otro color más fuerte y más intenso.
Tenia Jana no se sabe si por estudios o por pura observación que para este tipo de cosas lo mejor es cerrar con llave la puerta de entrada y de cerrar las ventanas con las persianas corridas, acentuando el ambiente pasional sin una posible molestia siquiera de un parásito. Rosso habia hecho una promesa de no mencionar a Carla en la conversación y de darle al primer contacto de vida marital con Jana una atención plena, empezando por bailar un bolero bien ligaditos. Luego se pusieron un quimono para preparar una cena. Ultimada esta escena, dicidieron invertir el orden natural del proceder de la gente común, que es bañarse y luego cenar. Rosso le propuiso a Jana como novedad cenar algo y luego bañarse. Y resultó la cosa.
La novedad de esta estancia después de dos horas juntos consistia en que ninguno de los dos habían iniciado conversación sobre lo de siempre, lo de siempre era la efervescencia amorosa, las justificaciones, la iglesia, Carla. La no intervención coloquial de nadie en el juego amoroso procuraba una mayor tensión intencional por el otro.
Uno a uno, con intervalos de justeza corporal, se iba cumpliendo el decálogo, en sus enunciados no en su despliegue. Para esto último estaba Jana doctorada con nota de mérito cum laude.
Llegada la hora y sin que todavia rozaran conversación que les obligara pausas ajenas al requerimiento orgásmico, se refocilaron como
quien entran en una nueva existencia llena de transmutaciones, punto esencial que ya queria poner en juego Jana la noche de la desvirginidad.
En el baño diseñaron la metamorfosis que querian que se produjera en ellos. La cosa era muy sencilla: lograr que los dos sexos se confundieran hasta el extremo de sentirse cada cual total y sin dependencia del otro y para que esto alcanzara el mayor exponente pasional lo hicieron por separado.
Y no se separaron durante toda la noche porque habian superado lo imaginable en el fondo y en la forma.
De vez en cuando un vino y un pastelito, pero sobretodo la nata, intervenían como instrumentos básicos para irrumpirse en el éxtasis. A partir de ya, la indisolubilidad de la pareja era un axioma. A este punto queria llegar Jana con Rosso.
Su tesis doctoral, “ La Levedad del ser “ era irrefutable.

Cap.26

La mañana era radiante. A través de las cortinas de la habitación los tibios rayos de sol despertó a Jana abrazada por Rosso. Discretamente se deshizo de él, se puso una bata sobre lo que llevaba puesto de la juerga anterior y preparó un desayuno. Antes se retocó el pelo.
Una vez que estaba todo preparado en el comedor despertó a Rosso que hizo lo mismo que Jana y se dispusieron a desayunar, cambiando impresiones sobre la noche de las revelaciones del placer carnal. Se gustaban tanto que siguieron seduciéndose mutuamente en prin- cipio sin tanta pàsión.
- Quisiera visitar el cementerio, dijo Rosso a Jana.
-Me parece bien, mientras tanto arreglo la casa, me desarreglo yo y voy al mercado.
- De eso nada, dijo Rosso.
-¿ Qué quieres decir?
- Que hagamos las tareas juntos,
- Me parece muy bien.
Dicho y hecho dejaron la casa como una patena, se desvitieron voluptuosamente uno al otro, se ducharon y se fueron al cementerio. Jana en este punto guardaba siempre el máximo respeto a Rosso que después de depositar una rosa sobre la tumba del abuelo y otra sobre la de su hijo decidieron ir a hacer unas compras para el fin de semana.
Salían por la puerta principal del camposanto cuando se encontraron con Carla que tambien llevaba un ramo de flores. En el saludo protocolario entre Carla y Rosso, Jana hizo un quiebro para alejarse de la pareja, pero Rosso la detuvo.
- No te vayas.
- Muy guapa, dijo Carla con voz desilusionada.
En la presentacion mutua por parte de Rosso no hubo besos, sólo miradas revisoras.
A Carla lo que mas le irritaba era el olor a la colonia del poema, no porque no fuera agradable sino por lo que significaba en la relación con Rosso que le pidió unos minutos a Jana para acompañar a Carla su visita a la tumba.
En el recorrido Carla puyaba a Rosso con sus comentarios.
-Yo creo que ganas mucho más con ella que conmigo.
- No digas tonterias.
-Me alegra porque esto supone que tienes arreglada tu vida.
Jana no dejaba de examinar el movimiento de Carla cogida del brazo por Rosso. Esta intimidad no lo digería bien.
De vuelta, Jana se hizo la distraida. Cuando Carla subió a un taxi, Rosso se sintió más libre para cumplir con la agenda.
Al principio Jana no quiso hacer ningún comentario, pero no podía disimular el desagrado de ver como se cogian del brazo cual dos enamorados.
-La sigues queriendo, verdad?
- Jana
- Que.
-Me quieres preeguntar si la sigo amando. Pues sí, la quiero, pero no la amo.
- Es muy linda.
- Lo fue más. Lleva un tiempo con sesiones de radioterapia.
- …sesiones de qué?
- De radioterapia, unas veces, de quimio otras.
-. Qué me cuentas. ¿Y lo sabías? Por qué no me dijiste nada.
- Para no alterar nuestra relación amorosa.
Dentro del mercado prefirieron centrar toda la atención en la compra de los artículos que necesitaba la casa.
Entre tanto Carla hablaba con el P. Nicolás de su situación psicologica respecto al amor y a la enfermedad.
- De todos modos, trataré de reconciliarme con él esta misma noche.
- Hija, me das una gran alegría. Sabes cuánto os aprecio y para mí seria como casaros de nuevo.
- Para esa fecha, tal vez ya no esté en este mundo, dijo Carla compungida.
- ¡Qué dices, hija! Ilusiónate por vivir y vencerás Hoy el cáncer ya no es esa enfermedad mortal de hace veinte o treinta años.
Doña Engracia apareció en el despacho anunciando el almuerzo.
Al tiempo que Carla y el Rvdo. Nicolás cambiaban impresiones en la mesa.
Colocadas las cosas en su sitio Jana que se habia levantado con muy buen humor y dispuesta a prolongar la fiesta hasta el agotamiento, sufrió un cambio brutal al ver a Carla y al saber de qué padecia.
- Debiste decírmelo tan pronto lo supiste.
- ¿Por qué?
- Primeramente, dijo Jana con rostro preocupante, porque todo lo que a ti te afecta, a mí me afecta, a no ser que tuvieras el propósito de renunciar a nuestra relación presente y futura.
- Tal vez tengas razón.
- Esta noticia cambia el dibujo de tu propuesta, dijo Jana temblándole los labios.
- No sé por qué, contestó Rosso.
- ¿Hablaste con Carla?
- Sí.
- ¿Y qué dice Carla?
- Que no quiere compasión. Que no es motivo para retornar al ayer.
- ¿Sabe algo de lo nuestro?
- Sí. De todos modos no es tema para tratar con ella, sino contigo, dijo Rosso con voz segura.
A Jana no le gustó la respuesta.
- Creo que no sólo deberíamos posponer la boda para un tiempo mejor, sino espaciar nuestra relación actual por respeto y sensibilidad.
- Por mi mente cruzó tu pensamiento, pero que Carla tenga cáncer no quiere decir que vaya a morir antes que tú, que yo. Como ella, todos tenemos los días contados.
- Es distinto, aclaró Jana.
- En cuanto a la forma puede que sí, no en cuanto al fondo.
- Ya, siempre igual. La forma debería ser la rúbrica del fondo, apuntó Jana. La expresión requiere un arte que define el ser de la persona.
Jana trataba por todos los medios meterse en la médula de Rosso, un poco terco en la idea.
- ¿A qué tienes miedo? No es que me oponga a un deseo que sabes muy bien que me ilusiona, pero debemos ser mínimamente cultos. Después de todo, ¿Qué nos apura a ello?
- Tu misma has hecho la pregunta clave que tira por tierra toda dialéctica accesoria. ¿Qué nos apura? Y cogiéndola por la cintura a Jana se invitó a quedar a comer si no era un fastidio.
- Sabes que no.
Jana encendió un cigarrillo y se lo dio a Rosso. Otro tanto hizo
Rosso para Jana.
- ¿Qué nos apura? Preguntas. Y es aquí en donde se plantea una cuestión de conciencia. De si esta relación encaja con mis creencias. Y de cómo he llegado a la conclusión de que por encima de la ley canónica está la propia conciencia. A mí no me salva una legislación, una formulación, sino la pureza intencional. Pienso que ha llegado la hora suprema de que responda al grito del cuerpo y del alma, de que hagamos camino a la eternidad cogidos de la mano.
A Jana la sinceridad de Rosso le produjo contento. Nada más. Agnóstica, el drama de Rosso sólo le afectaba en el humor. Por supuesto, no estaba dispuesta a casarse en tanto no se lo consintiera la iglesia. Otra cosa era compartir vidas en común que deseaba espaciar hasta saber cuál era la situación real de Carla. Rosso, que venía arrastrando hacía tiempo la contrariedad vital, no pudiendo aguantar más, dejó de lado el problema ético y decidió abrir paso a la vida como mejor le dictara la conciencia.
- El otro día me pedías espaciar la relación. Hoy me pides que ponga fecha de boda. Si no fuera que estamos en verano y el clima es estable, te diría que eres como una veleta bailando al son del viento.
- Puede que sea así, pero las noches las dedico al análisis de mí mismo con Dios, de mí mismo con Carla y, particularmente, de mí mismo contigo.
- ¿Y a qué conclusión llegaste ayernoche? Preguntó Jana
- Ayernoche me di cuenta del contrasentido entre la lógica y la teología y decidí por lo concreto y real que eres tú en mi vida. Dios está al margen de la ideología en que está envuelta la creencia porque lo único que le interesa del hombre es el corazón. Y mi corazón te pertenece y contigo rendiré cuentas el día del Juicio Final.
- Esto que me estás diciendo no tiene que ver con la frase del Rvdo. Nicolás de que el sacramento no está vinculado con la lógica? Rercodó Jana.
- De acuerdo, dijo Rosso, pero conviene meditar el grado de verdad que hay en todo esto. De otra parte, pienso que la argumentación del tribunal eclesiástico se fundamenta en una normativa canónica que difiere en muchos aspectos de la revelación bíblica, pues está redactado con óptica temporal desusada a mi tiempo. La conciencia no es capaz de trasladarse a aquel tiempo y me resisto a que mi vida sea otra distinta a la mía.
- Es la hora de partir juntos la cebolla, dijo Jana cambiando de tema.
Y sin dejar de hablar de cosas, se pusieron a mondar patatas, batir huevos, machacar la carne, aliñar una ensalada a...
Jana se sentía amada y Rosso feliz de sentirse útil como marido.
A Carla le había preocupado las últimas palabras de Rosso, cuando en la última visita que le había hecho, bajando las escaleras, le oyó decir: “Tú amas más la Torah que el Evangelio”. Este resultado final la catapultaba al infierno. Temerosa de cuanto se cocía en su interior, buscó el bálsamo de la instrucción teológica del Reverendo Nicolás que sin dejar de paladear las exquisiteces de Dña. Engracia quería ganar tiempo en el propósito de la visita de Carla.
- Querida Carla, cuando uno recibe un sacramento se supone la creencia. En este caso tuya y de la de Rosso es cristiana. Cada uno es responsable del otro, aquí, en el mundo, ahora. Allá, en la otra orilla de la playa, no hay dependencia, todo es plenitud. Dices que ha insistido en volver a tu lado y que tu psicología no admite.
El P. Nicolás no quiso discriminarla del trato que había tenido con Rosso, y repitió con ella el mismo ritual.
Carla no tenía teorías, discursos, preparación previa, análisis, nada de nada. Lo único que llevaba con ella era la voz de Rosso: “Tú amas más la Torah que el Evangelio”.
- Mi función, dijo el Reverendo Nicolás es respetar vuestras conciencias. De ningún modo puedo ladearme de un lado o de otro, eso supondría subjetivar el problema. He de limitarme a los hechos y con las luces que Dios me ha dado sugerir bajo el punto de vista doctrinal el camino de la felicidad.
- Le entiendo, Padre. Cada vez que intento hacer un esfuerzo por atenderle, asoma en la conversación el nombre de Jana. Que si la quiere, pero que me quiere más a mí. Que si no hubo cópula por respeto a nuestro aniversario. Que si recibiera la anulación del matrimonio, se casaría con ella. Noto, padre, que vive entre dos aguas y que elige aquella cuya temperatura se ajusta a sus deseos.
- ¿Y antes? Preguntó el Reverendo Nicolás. Porque según lo que me cuentas, pocos días después, ha venido solicitando tu perdón.
- Cierto. Tal fue mi decepción que antepuse mi orgullo al perdón.
- Está bien, está bien, Carla. En ti está que todo vuelva a la armonía. Deberías recapacitar esa actitud intransigente por otra más flexible y recobrar aquella ilusión, sino por la carne por el cariño que, al fin y a la postre, es más duradero, más entrañable.
- No sé si tendré coraje. El otro dia se fue de casa con definitiva intención de formalizar relaciones con Jana.
- ¿Te lo dijo él directamente?
- No.
- ¿Crees que si no te amara te iba a visitar para decirte tal cosa?
- No lo sé.
- ¿No crees que en el fondo lo que te lleva a pensar así es un problema de celos?
- ¿Y eras tú quien me apremiaba antes? Preguntó Rosso ligeramente contrariado.
- Y, ahora, también.
- Pues como no te aclares no consigo entender lo que a simple vista parece una contradicción.
- Es una cuestión de...
- ... ¿imagen? Apuntó Rosso.
- Yo diría que más bien de elegancia moral.
Tras una pausa, dado que Jana deseaba dejar todo atado y bien atado en tema tan crucial para su vida, solicitó de Rosso que pusiera la mesa.
- Si quieres comemos en el comedor, dijo Jana.
- Me siento muy a gusto en este rincón. Huele mejor.
- ¡Tonto!
- No sé por qué me encanta esta escena.
- ¿Qué escena?
- Comer aquí, estar juntos, desplazar todo rito con sabor a visita. Paladear tu ciencia culinaria.
- Pero tú no has venido a piropearme.
- Por supuesto, que no. A mucho más. A consagrarme.
-¿Qué es lo que te impulsa a tomar una decisión tan largamente cuestionada durante este tiempo?
- Pues...
- Mi cuerpo es tuyo, dijo Jana.
Rosso estaba por encima de toda carnalidad.
- ... el deseo de oír la misma música que tú cuando me ves y leo en tus ojos la partitura.
Jana no se dejó sorprender.
- Esa partitura no es mía, procede de ti. Lo único que tienes que
hacer es cantarla y voz tienes.
Rosso empezaba a sentirse cansado de que no comprendiera su argumento. Y sin mucho control de sí mismo, respondió.
- Sencillamente, deseo romper con este montaje del amor que la iglesia ciñe a un conjunto de leyes que no derivan precisamente de una visión teológica, sino sociológica, como abolir esa mole casuística que desde la perspectiva mesiánica me parece un contrasentido.
En el postre, el Reverendo Nicolás, preguntó a Carla.
- ¿Dices que se fue a casa de Jana a formalizar relaciones? ¿No habrá querido ponerte a prueba?
- No, padre. Si no lo ha hecho antes es porque hasta hoy estuvo hurgando en los libros y con el tribunal eclesiástico su capacidad de libertad para tomar una resolución.
- Que le ha sido negada, según me dijo de soslayo el otro día cuando estuvo en tu casa la noche del fatal accidente.
Carla no pudo evitar que se le aguaran los ojos. El Reverendo Nicolás la cogió de la mano, y en tono paternalista, le dijo.
- Perdóname. No quise recordarte fecha tan triste.
Carla se limitó a ofrecerle una sonrisa.
- Me extraña mucho que Rosso haya tomado una decisión tan fuerte, tan contraria a sus creencias.
- Pues ya ve, Padre. Así están las cosas.
Doña Engracia apareció en el comedor con el café humeante.
- Uf, sopló Jana.
Rosso no se sintió ofendido.
- Vamos a ver, dijo Jana en un tono coloquial, activa y amorosa ¿En qué te sientes herido para violentar tu credo?
- Tu amor.
- ¡Pero si ya es tuyo!
- ¿Entonces qué discutimos? Preguntó Rosso mirando a Jana con deseo.
Jana se dio cuenta de que la mirada de Rosso era muy profunda y extraña, y se calló.
Rosso entendió que aquel silencio era una negativa de Jana e hizo un amago de irse. Jana buscó un remedio más fácil.
- ¿Por qué no vamos al salón y, luego, cuando pase unas horas, nos bañamos juntos y ...
A Rosso no le pareció mal la idea como juego de distracción mental, y aceptó.
Ya en la puerta, el Rvdo. Nicolásc hizo hincapié por tener noticias amables.
- Llámame cualquiera que sea el resultado.
Carla le cogió del brazo, y le pidió que quería confesarse. Si podía hacerlo en su despacho.
- Cualquier sitio es válido para recibir un sacramento.
Y con la esperanza de que el agua bautismara el cerebro de su amante, a punto de estallar por las bombas de pensamientos cruzados, Jana se llevó al baño una abundante espuma de alegría y el jabón de los deslizamientos lujuriosos.
Dentro del tálamo de la bañera, se pasaron lentamente los minutos, enjabonando teorías contrarias, borrando con la esponja manual terquedades psicológicas y recobrando el potencial de la mutua atracción como broche a una estancia llena de crispaciones teoréticas. La espuma los vistió por igual.
El primer paso estaba dado, y nada hubiera ocurrido, si el espejo del baño no hubiera reflejado en la semisombra el fuego oculto de un cuerpo tan bonito como el de Jana, que salía de las aguas como una diosa. Rosso sonrió con lujuria a Jana, que se vio doble en las pupilas de su amado.
Aún estaba caliente el placer visual y la relajación no había tenido su tiempo para calmar los deseos. Rosso creyó que era el momento más adecuado para clavar la estocada a Jana y rendirla a sus pies.
Carla quiso arrodillarse y el Rvdo. Nicolás no se lo aconsejó.
- No es necesario. Sentada estarás más cómoda.
- Padre...
- No es el cuerpo quien se confiesa, sino el alma, y el alma ya está arrodillada.
Carla obedeció.
Carla se vació hasta levitarse, y el Espíritu la llenó de luz. El reverendo pudo detectar cuán esponjosa se encontraba, y la despidió con una sonrisa que Carla guardó en el bolso como recuerdo. Se había operado un milagro en el corazón de Carla que nunca expresión tan repetida como “Ve en paz” conque el confesor despide al penitente, tenía un valor tan profundo y directo.
- Después de todo esto, preguntó Rosso, ¿no ye parece justo que la
vida en común adquiera ese sello de la oficialidad por ambas partes?
Jana retocó el pelo, y con su brazo desnudo, abrazó a Rosso por el cuello y con voz susurrante, le dijo.
- Todavía es temprano y ya hemos discutido bastante. Dejemos que las cosas fluyan sin violencia. Nos queda la noche y un sueño por medio para ultimar voluntades.
En esta ocasión las sinuosidades de la serpiente no produjeron el efecto inmediato.
- Gracias, Padre, lamento no haber venido antes.
- Siempre se está a tiempo para renovarse. Espero noticias tuyas.
Carla le regaló una sonrisa afectuosa.
- Saludos a Rosso.
- Se los daré de parte de Vd.
- No seas tonto, intervino Jana. Yo no tengo dudas y por mí no hay inconveniente que desde ya inicies la boda sin notorios alardes que no sea el silencio de los cuerpos.
- Lo que me sugieres es, dijo Rosso un poco apenado, que hasta que no muera Carla no estás dispuesta a darle contenido formal al...
- ¿Y te parece una incongruencia que piense así?
-- Espero llamarle mañana mismo, dijo Carla liberada de prejuicios.
- Que sea así.
- Adiós, Padre..
- Adiós, y ánimo..
- No, dijo Rosso rotundo, pero en este caso concreto primas a Carla sobre mí.
Jana lo cogió del brazo, lo arrimó voluntariamente a sus pechos calientes, y contestó.
- El alma también tiene su pudor.
- ¡El alma! Musitó Rosso.
Jana no sabía qué hacer para levantar el ánimo a Rosso que en poco tiempo había recibido dos bofetadas: la del doctor Álvarez, y la de Carla que fijaba para siempre la separación.
Carla tan pronto llegó a casa llamó al teléfono de Rosso y colgó al ver que no contestaba nadie. Intentó llamar al teléfono de Jana, pero cuando estaba sonando lo colgó. No era sitio adecuado para noticia tan hermosa que guardaba en su corazón después de la charla con el Rvdo. Nic olás, cuya penitencia que le impuso a Carla no era otra que abrirse al corazón de Rosso.
- Dime, ¿Qué te gustaría en este momento que te cincelara en la gloria? Preguntó Jana con deseo de vivir más que de filosofar.
- Morirme en tus brazos...
- Empieza ya, dijo Jana irónica, provocativa, insultante.
- No sé que me pasa, Jana, es mejor que me vaya.
Jana le retuvo.
- ¡Por favor! ¡Por favor!, Insistió Jana que empezaba a preocuparse del cariz que tomaba la cosa. No quiero que te vayas así.
Y sin previo aviso, como pertenencia suya, acarició las zonas erógenas de Rosso.
Rosso accedió.
Jana puso en juego toda su sapiencia para renacer un nuevo clímax más audaz.
- No te vayas. Espérame.
-¡Jana!
- De acuerdo, partamos la cebolla juntos.
Y llevándole cogido de la mano a la cocina prepararon un chocolate espeso que tanto gustaba a Rosso. Luego, sobre una bandeja cubierta por un mantelito pusieron los cubiertos y pastas variadas.
- ¿Me lo llevas al salón?
- ¿Qué vas a hacer?
Jana no contestó. En segundos apareció en el salón oliendo a colonia, a bruja, a la suelta de palomas locas.
Rosso se ladeó donde estaba el cuerpo sugerente de Jana para mirarle a los ojos.
Rosso intentó hablar.
- Si...
Jana le cortó al instante.
- No hables, recobra fuerzas.
A Jana la mirada de Rosso le preocupaba. Le parecía ver en el fondo de su corazón un oleaje mortal.
- ¿Te animas? Preguntó Jana.
- ¿A qué?
- A vestirme.
Rosso perdía la serenidad cada vez que Jana le pedía que la vistiera. El ritual de las medias le hacía perder los sentidos. Se avino a la causa y resultó un tiempo gratificante. Domada la naturaleza, en el mismo sofá del salón, Jana tomó la palabra.
- No sé si lo que voy a decir cava mi sepultura, pero...
Rosso se puso en guardia.
- ... no puedo por menos que ser consecuente conmigo misma y mi conciencia me dice que no puedo vivir sin ti que no sólo me has dado amor, sino, también, ganas de vivir. Me ha enamorado tu inquietud, tu alma confusa, tu energía vital, el tacto de tus manos y sé positivamente que...
Algunas lágrimas de Jana llegaban a su cuello. Rosso la contemplaba como un artista contempla su obra. Y con los ojos cerrados, parecía aún más hermosa.
- Sé que estoy jugando mi felicidad. Por favor, no dejes de amarme, pero te ruego que...
Jana rompió en llanto.
- ... hasta que no se conozca el destino de Carla, lo mejor será... que me sigas amando sin traicionar tu creencia. Como tú, aunque en el juego de la carne te parezca una prostituta, Dios...
Rosso respetó la dormición de Jana. Se levantó despacito sin hacer ruido para no despertarla. Al cerrar la puerta de la casa Jana se inquietó al escuchar un runrún como si se abriera la puerta que daba a la cámara de gas. Al no ver a Rosso, exclamó.
- ¡Oh, Dios!

























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