martes, 7 de octubre de 2008

CARTA AL NONATO- Félix J. Eguía

Querido ser:


Si no tuviera la certeza de que eres, aunque no hayas nacido, te escribiría, que no es un nombre, un apellido, un certificado, condicionantes para ser. Con esta fantasía, que no es tanta como parece, son muchas cosas las que quiero expresar. Una primera, un tanto egoísta, porque me entretiene mucho, como si fuera un juguete, hurgar en la esencia. Una segunda, porque quiero hacerte partícipe de la comunidad humana en la línea de los seres que han nacido y muerto. Y una tercera, porque está implicada directa y equivocadamente en el freno de tu existencia que no es otra persona que la mujer. Y un estrambote a esta trilogía temática: manifestar gratitud a mis padres.
No advierto diferencia consciente entre el neonato y el feto que no sea su ubicación en el espacio, en el tamaño de su cuerpo y la visión ocular que no dejan de ser meros accidentes que en absoluto alteran a la esencia. Quiero decir que en el momento de la concepción ya eras persona con una naturaleza embrionaria. De todos modos he de confesarte que necesito hacer un gran esfuerzo mental para dirigirme a ti sin un cuerpo conocido, soporte principal del dibujo humano que permite un referente concreto, la individuación aunque todo esto ya existe en periodo de perfeccionamiento biológico. Así pensaba hasta que la know-how permite conocerte realmente, lo que presupone una naturaleza, sin los rasgos provenientes de la genética que derivan de la gestación. Eres y existes sujeto a una biología sabia y a la vez ciega esperando que tu individuación se concrete sin el concurso del lazo umbilical.
Cuando una mujer espera un hijo es porque está en juego elementos vitales. Si sólo fueras ser no serías definido de ninguna manera, pues todavía no se ha inventado un artilugio que detecte la esencia exenta de los accidentes que componen la naturaleza del ser, por eso creo que tu desunión con el mundo no es total se ultime o no el proceso natural el tránsito de la potencia al acto que conforma la vida. De aquí que, al dirigirme a ti asoma ella como causa de tal desdicha, nunca debidamente justificada salvo que ella despreciara la vida y no queriendo para ti la traslación de sus males, deliberadamente anticipara la inmolación a través del aborto. Aun así habría que analizar su contexto psicológico que le ha llevado a tomar tan grave medida.
Esta carta tiene un receptor mas allá de ti mismo, porque hablar o escribir sobre la vida humana siempre esta presente la mujer como agente principal de la vida y de la muerte al ser la muerte un corolario de la vida.
Quiero en el tú sinnombre especular sobre un hecho que todavía cuando reparo en él me produce una cierta sacudida si mi madre, agotada biológicamente habiendo cumplido con creces su maternidad en número de trece hijos antes que yo naciera fijara su cupo. Preocupa al nacer, el morir, pero no es menos apasionante pensar en el no vivir habiendo nacido.
Aquí no se plantea el “ser o no ser” de Hamlet, sino el ser o el existir. Sugiero al Nóbel de literatura en potencia un símil literario al de Skaespeare para sensibilizar a la mujer el prodigio de su obra de la fecundidad rebatiendo de forma categórica la idea errónea de facultar su potestad sobre la vida o muerte del nasciturus. Porque sobre el “ser o no ser” no es dependencia exclusiva del hombre en tanto que sobre el ser o el existir reside en la voluntad humana.
Tú no has nacido por un aborto voluntario, siendo ya. También eras cuando las leyes biológicas intervinieron de secreta manera frustrando una querencia maternal. En uno y otro caso, el resultado es el mismo, no así el proceso que determina un agente distinto: libre y ciego, antinatural y natural. Sólo en el primer caso debe intervenir el poder legislativo para determinar su ilegalidad, ya que con ser el aborto un problema que nace y termina en la individuación, no hay ciencia con una concepción más universal que la ética o el derecho natural que establece el derecho a la vida y a la que no se puede inculcar arbitrariamente cuando es evitable que esto suceda.
“Toda ley que va contra la razón o la naturaleza se convierte en corrupción de la ley con lo que se priva de validez jurídica” (Evangelium vitae) La simple admisión de un hecho por parte del hombre en la mutación sustancial de un bien natural, como es el derecho a la vida, es imputable no sólo a la madre, causa primera, sino también a los que contribuyen su permisividad sin que la justicia actúe inflexiblemente como concausa. Pues la usurpación del derecho sobre la vida humana esta absolutamente prohibida por la ley moral-natural en razón de la subordinación metafísica del hombre. Sólo por un valor superior puede exponerse la vida a favor de la vida misma, pero nunca exterminándola en una situación de impotencia por la criatura afectada, pues el derecho a la libertad tiene su fundamento en el derecho de la libertad del otro.
Por ser se entiende aquella perfección por la cual algo es ente. Ya Platón tildaba de ignorante a quien consideraba como ente aquello que podía coger con la mano. Lo único que distingue de la nada a una cosa es que posee ser o es un ser. ¿Es el feto un ser personal - feto sinónimo de criatura - o no? Nadie se pronuncia al respecto. Caben opiniones de toda clase, pero ninguna reveladora del misterio que subyace en el fondo y que se entiende por vida. Está en juego, pues, la duda de un posible crimen a través del aborto. El principio filosófico “in dubium, libertas”no tiene carácter absoluto por cuanto que acogiéndose a una sociología compulsiva o a un relativismo moral, las consecuencias no son equiparables. La naturaleza no puede introducir excepciones en el acontecer legal. La razón exige que el hombre se rinda a la ley moral por propia convicción no por mera coacción externa, que reconozca a su vez una fuerza superior, fuente originaria de la vida.
El aborto implica antes una conducta relacional libre que, a su vez, potencialmente puede generar vida que luego por un interés egoísta trata de abortar. Y en el supuesto de una violación, que nunca generaría una estadística tan escandalosa, ¿se solventa el problema con una acción punible con otra intrínsecamente reprobable? ¿No sería más provechoso resolver por medios legales el quebranto sociológico y humano de quien sufre las secuelas del daño no deseado?
El alma humana es un ente potencial – existe una jerarquía en el concepto del ser – que depende de una naturaleza biológica humana, como la planta y el animal en sus categorías. La relación entre alma y cuerpo, o sea, la relación óntica, - relativo al ente – plantea siempre a la filosofía una profusión de problemas, si bien la teoría aristotélica, continuada por la escolástica, resuelve en parte la, composición del ente corpóreo que es un todo natural integrado por materia –hyle – y forma- morphe como componentes naturales.
El hecho de no reconocerte que no sea por una ecografía, es óbice para considerarte al margen de la humanidad, igual que cuando se muere un ser querido deja por eso de ser. Así, pues, tu inexperiencia existencial en absoluto deriva otra cosa que no seas tú en la fecundación, gestación y exclusión por el aborto.
Me sentiría halagado si tu inexistencia no buscada libre- mente despertara en la mujer su dignidad suprema como madre y no causara en ella nunca más la duda del aborto como solución a problemas de orden social, de nula esperanza de felicidad asentada en una experiencia personal difícil, susceptible de arreglo sobre la base de una estrategia más justa y humana.
Entiendo que el concepto de persona se establece en el instante supremo de la fecundación, aunque no pueda explicar el cómo y el por qué, y todo ello por una razón muy sencilla. Nadie puede explicar a sí mismo, ni siquiera en la delirante mente que funda la existencia al azar. Tampoco la iglesia tiene argumentos científicos para definir el ente personal en el seno de la mujer. Esto sería explicable si para ser persona dependiera de un feliz parto, o en el seno materno no se diera la simbiosis de las dos naturalezas que comporta el ser persona. En ti se ha dado el componente básico de una naturaleza espiritual no la actual conciencia de sí mismo. Filosóficamente no hay diferencia entre la criatura que crece en el seno materno del que felizmente nace a su tiempo que no sea la conclusión de un proceso natural. Es la misma vida con una expresión acabada. Es de suponer que la infusión del alma espiritual no se opera en el instante en que el feto grita su encuentro con la vida sino en el instante mismo de la fecundación. Si no fuera así, sobraría todo debate político sobre la legitimación del aborto al considerar la criatura como un nódulo, ganglio, turgencia o carnosidad sin un añadido dignificador cual es su naturaleza espiritual que constituye el ser persona. Nadie, cuando nace la criatura y se le tiene recién nacido en sus manos, está esperando que se insufla en él la naturaleza espiritual, so pena que no se quiera creer en lo que se entiende como ser persona, lo que abocaría a aceptar la criatura como un mero animal cual si se tratara de una cría de un cerdo, vaca o cualquier otro animal del Arca de Noé y los que no estuvieron en el Arca de Noé y superaron el diluvio buscando protección en una estrella.
Hasta aquí un grito a la sinrazón del aborto que hizo posible que re escriba sin remite, sin saber tu nombre y sin una estructura biológica acabada.
Y pues creo que eres y que exististe en el seno materno, me dirijo a ti como referente de la grandeza de la fertilidad, cualquiera que sea el proceder de la madre que decide no empadronarte en la lista ingente de la humanidad. Porque la vida en sí es hermosa. Es desde el abismo de la propia psicología y de la historia en general como se la puede degradar. Me explico.
La felicidad plena es una utopía. La vida se haya envuelta por nimbos que impiden ver el cosmos limpiamente. Lo mismo se puede decir del cerebro más relajado en la ignorancia que en el conocimiento al multiplicar por mil los misterios que devienen del saber. El cuerpo en sí, no digo que sea la cárcel del alma como lo ha llamado algún filósofo y muchos místicos, pero nunca está disponible en plenitud a la salud y al deseo cumplido. En él converge la miseria y la grandeza como siamesas de imposible separación quirúrgica. Para el creyente en la ultra vida no deja de ser un alivio tu tránsito de la vida a la vida, que vida había en el seno materno cuando la progenitora se ofreció a que se utilizara los instrumentos de la muerte temprana. Y en la medida en que la naturaleza humana asciende por las gradas del calendario, las dificultades por amigar la naturaleza con la ética, con la conciencia, con la moral, con el espíritu no acaban nunca. Y aún así, la vida es tan bella, tan única, tan gratificante que se aferra uno a ella y, a poder ser por siempre. ¿Dónde está, pues, el encanto de la vida? ¿En qué punto sustancial se basa para amarla con toda energía? El que está sano, no se lo pregunta. El que goza de bienes hasta donde alcanza su capacidad mental si le acompaña la salud, tampoco. El enfermo vive con la esperanza de recobrar la salud. El pobre, por mejorar su estrechez. El rico por incrementar su riqueza por una inconsciencia vital perdurable. El desgraciado, que no tiene abrigo, por superar el invierno. Es una lucha que muchas veces apresura la muerte pero distinta de la que provoca la abortista o el tirano.
Dicho así, parece que es inevitable el dolor, y reconociendo que su erradicación es imposible a escala planetaria, podría darse este prodigio si se voluntara una acción humana como la obra más importante de la historia del hombre. De todos modos, el padre que trabaja en la mina, en una cantera, en una panadería, en una Academia, y así, en miles y miles de profesiones más, no admite esta sujeción disciplinar laboral como un dolor sino como un bien. Y el que se ofrece a misiones más redentoras, una liberación de sí mismo. Y quien se desgasta, como la madre, durante todo el día por su familia, ama la vida. ¿Por qué? Nadie filosofa sobre ella. Se trata de una propiedad gratuita que ni la propia muerte es capaz de apoderarse de ella, pues en el supuesto de la nada tras la muerte, la vida dejaría de ser y la muerte no heredaría nada de ella.
Habría que preguntar a la mujer embarazada que luego decide abortar si realmente lo que siente es un cólico o a un ser personal. Si ha vivido con esta duda con su progenitora. Si realmente no quiere que viva porque altera su agenda o rompe los esquemas de la suya. Y si tanto aborrece el embarazo por qué se expone a un placer que le va a originar una desgracia.
Salvo los clásicos, obras literarias que siempre están vigentes por el pensamiento universal vertido en ellas, no es normal acudir a otros libros que tienen por su contenido un valor temporal. Pues bien, editado en 1.971, abro las páginas del libro “Europa, pecado y virtud, por Enrico Altavilla y leo en Pág. 83: “Se calcula que el número de los niños a los que no se consienten ver la luz rebasa cada año, un millón, número igual, o a veces ligeramente superior, al de los nacidos vivos, incluso en estos tiempos en los que el aumento de la natalidad no hace ya a cónyuges con un solo un hijo la típica familia francesa. Y aclara: Pero en Francia no cabe imaginar una revolución legislativa semejante a la que permite en Inglaterra conseguir el aborto legal sin excesivas dificultades y suministrar a veces la píldora anticoncepcional a cargo de la Seguridad Social”.
Dejo para otra ocasión la cuestión pildoral anticonceptiva para no divagar en un tema tan concreto como el aborto. Sí quiero hacer hincapié en las cifras. Y me mareo. Y no puedo por menos que imaginar dos dibujos al final de los tiempos. Uno primero, con la consunción del planeta y la vida humana, la nada. Nadie va a reprochar a nadie porque sólo hay nada que al pensarlo en vida da la impresión de que es algo, pero no deja de ser un espejismo. Y dos: que la vida sigue, que el feto abortado recobra su plenitud y puede resultar contable los vivos que los abortados. Es decir que lo que cabe en un folio tantos miles de millones de seres vivos no caben los que no vivieron. Unos por omisión, otros por acción. No cabe pensar que no tengan asiento los que siendo personas no vieron la luz de la vida extrauteral. Desconozco de qué manera actuará la justicia divina.
Siento desde esta instancia vital que no hayas podido gozar de los muchos bienes que ofrece la vida, como ver amanecer, oler una flor, escuchar a un pájaro, degustar un pastel, estrenar un vestido, cantar en un coro, pasear por un malecón, leer un libro, compartir el mantel, soñar dormido, fantasear, besar, bailar, vivir la vida con un corazón al lado como el de tu madre que te despreció creyendo que eras un grano en vez de persona. Si la cosa fuera así, se podría llegar al exterminio de los infelices en número de millones de seres que pueblan la tierra pasando la segadera por sus cuellos. Qué diferencia puede haber entre un ser y otro ser existente si a éstos se les priva de la luz por la oscuridad del hambre hasta convertirse en nichos vivientes de insectos.
El dominio de las ciencias sobre la metafísica es incuestionable. Por metafísica el hombre se siente atado a las leyes de la naturaleza, pues la metafísica no permite corolarios contrapuestos, en tanto que por las ciencias el abanico de actuación es más amplia, pero, a la vez más insegura y fluctuante. La metafísica no deja espacios a la versatilidad de proceder del hombre, en tanto que la ciencia que está en constante evolución consiente cierta liberalidad en cuyo tambor caben todos los presupuestos por absurdos que sean hasta el extremo de justificar lo injustificable, creando una sociedad con una máxima inversora a la máxima paulina de “No puedes hacer lo que quieres” por un lema pagano:” Haz lo que deseas”.
Dado que ahora toda la Biblia es un cuento y nada explica que no sea fantasía, se repite la historia cuyo final no puede ser más pavorosa empezando por uno mismo. Tal vez te sirva de consuelo el no haber nacido si no fuera que con esta actitud se explicita otros desastres de tipo sociológico al no respetar el derecho primario y fundamental como es el derecho a la vida.
Me turba la idea cada vez mayor de que la mujer se crea propietaria del hijo que nunca sería total en el mejor de los supuestos de su tesis. Por el contrario, sabedora de que con su proceder pueda contraer un embarazo y de que no tiene opción la criatura a elegir la vida, ella misma se arroga una responsabildad que la condiciona hasta su independencia. Ni siquiera puede acogerse al principio de “in dubium libertas” cuando se trata de definir si la criatura es persona en el seno materno o no. O si realmente es obra humana o participa la divinidad en la conjunción de sus naturalezas carnal y espiritual. Viene a colación este apunte porque en la decisión no juega en absoluto el feto y por ello ha de respetar la libertad del nasciturus.
Poner en cuestión la vida humana es el mayor desastre personal y social que se pueda cometer en esta vida, sobretodo, si es por un amor egoísta de la propia vida. Un hecho de este calibre impide disfrutar de la vida con categoría, como alzar la vista al cielo para contemplar los astros, dialogar con el amanecer en una playa, recrearse en las artes liberales, llorar la pena del amigo, recoger las esencias del silencio, verse al espejo con mirada materna, esperar una dulce muerte. Es volverse la espalda a lo mejor de la vida y vivir con un tumor en el corazón y acidez de carácter. Y a no soportar el más mínimo dolor que la seguirá acompañando en una soledad gris, aunque haya solventado una situación puntual.
Yo te pediría, en plenitud de facultades como todos los vivos, que actuaras agradecido por ser. Sus miedos a una situación límite, a una sociedad perversa, a una incomprensión familiar, a un desajuste psicológico te ha impedido gozar de la vida que esperabas acurrucado para no molestar a tu madre. Te voy a decir algo para que lo escuchen los demás: en el planeta somos muchos, posiblemente podríamos ser el doble o el triple, y sobraría espacio y pan.
Ahora te das cuenta que importante es ser y cuánta riqueza anímica ha perdido la mujer que decidió envolverte en la sombra del misterio olvidándose de que donde tú estás la luz es tan fuerte que no podrías soportarla de haber nacido. Quiero pensar que es así lo que no puedo defender racionalmente. Ello no rebaja la culpa de negarte un nombre y unos apellidos, aunque estos fueran los de tu madre.
Un abrazo como se comunican las almas.



Félix J. Eguía
Publicado por Felix en 13:58

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