miércoles, 24 de diciembre de 2008

II PARTE/CARTA DE SANDRA

Querido Félix:

En un precioso y agradable jardín de la casa de campo de mis padres me recupero de una grave enfermedad. El lugar es luminoso y el clima saludable. Noto que empieza a ser todo más bello que antes. Digo antes, y no fijo tiempo al tiempo, por la sencilla
razón de que esta particular situación produce estados de ánimo cuya medida es atípica.
El jardín, repito, es una preciosidad. Hubo interés general por parte de la familia para que el hábitat fuera de mi agrado. Del conjunto hay cosas que me atraen sobremanera. El mirto, artísticamente tratado por la tijera maestra de un paisano de esta aldea, bordeando la propiedad de la finca. Un primoroso sauce llorón, cuyo tronco se eleva por el hueco circular de una mesa de mármol que hace de comedor y de escritorio. Su melena abundante y rubia, sedosa y abatida me ofrece una grata sombra que agradezco cuando aprieta la canícula. Sus ramas tiran lánguidas a la tierra deseando regresar a su origen. La hierba es tupida y de un verdor desigual según la tonalidad de la luz solar. En un rincón hay un rosal que es un placer a los sentidos. Precisamente ahora tengo una rosa roja junto a tu carta. Su aroma me traslada a un tiempo feliz y a sentir tu latido de amigo. Es un rosal de media altura, de cintura de avispa, y muy creativa. Apenas ocupa espacio en un vértice del jardín. Procrea rosas rojas muy prietas; algunas, negruzcas y con un aroma que ambienta esta deliciosa postal. Y un canario. El aspecto en general es el de un pequeño edén.
Advierto que a mis espaldas me vigilan unos ojos de apacible mirada que se torna en una cariñosa sonrisa cuando giro hacia atrás y la sorprendo. Es Assemia, la ama de llaves. Durante muchas noches, en el límite del ser y del no ser, fue mi almohada, mi lámpara de noche, la voz, el rezo, el atril, una virtud amorosa. La empatía entre ella y yo es total. No necesito decirle nada para saber qué quiero. Se anticipa siempre a mis deseos. Basta un parpadeo, un movimiento de labios pata complacerme. A ella le debo mi mejoría anímica.
Cuando me trae un zumo, una revista, un vaso de leche, me fijo en sus ojos y reparo que aún perduran las ojeras causadas por las vigilias durante mi crisis. Si la enfermedad supuso para mí un tiempo de dolor, para Assemia supuso una vejez prematura. Este sentimiento último me sobrecoge. A veces pienso que ha vivido más allá de sus fuerzas. Le pido que me tutee y se molesta. También se enfada si la invito a compartir la mesa. Cuando a veces le recuerdo que gracias a ella vivo, amuequea y mira a otro lado. Sé que con esa mueca quiere disimular una emoción.
Dialogando con ella, pude saber que estudiaba bachiller superior que no remató por la inesperada muerte de su madre a quien tuvo que reemplazarla para atender a sus dos hermanos menores. Su padre había fallecido siendo niña. No se siente humillada por tener que ejercer labores domésticas a domicilio.
Filosofa que cualquier trabajo es un servicio y que no afecta a la persona si se realiza con dignidad.
Cumplía siete años cuando vino a casa, y desde el primer instante nació una extraña complicidad entre ella y yo. Esta afectividad mutua creció al mismo ritmo que crecía yo, y con su colaboración me permitía ciertas libertades que disgustaban a mi padre, serio y distante en demasía. Aún tengo presente aquel día en que recibió un aviso de papá culpándose de una chiquillada que había cometido. Yo la miré con dulzura, y ella me sonrió.
Estoy rodeado de corazones queridos donde la pureza prevalece sobre las demás cosas. Assemia, las rosas y el canario conforman una trilogía primorosa. Y el microclima. Con estas fuerzas nutritivas la vida va recobrando en todos los aspectos su propia energía.
No silencio que por mi mente haya cruzado el demonio del suicidio como respuesta a la razón de un vacío envolvente. Pero la pelea (siempre hay una pelea en el suicida) se ladeó por vía del ensueño. El ensueño, aunque no concuerde con la Real Academia Española, es algo más que una ilusión o fantasía. Es una fibra mágica, al tiempo que cerebral, sensible. O sea, una esperanza.
Vivir es lo que me importa y ocupa mi atención en este tiempo de dudas importantes. Recuerdo mi tiempo de crisis en el que no sólo no podía mover las manos o apoyar los pies en el suelo o mariposear los párpados por una aguda debilidad orgánica. Ahora que detecto la sedosidad de los pétalos de una rosa o el resbaladizo cuerpo de un bolígrafo, siento un renacer en mí que asumo con lujuria. Intuyo cuál pudo ser la causa del cambio. La más próxima, mi hija Tanner. De súbito me pareció verla perdida en la niebla llamándome insistentemente. Después de todo vino al mundo sin su permiso y no la podía dejar sola. La concausa, tu carta que recibí en el momento crucial en que mi ánimo sufría el zarpazo letal de la muerte. A ella me acojo ilusionada para escribirte. No puedo silenciar la callada labor de Assemia en tiempo y cariño, ausentes mis padres en uno de esos muchos viajes que le permite una sólida economía.
Del dolor aún queda el poso de la sabiduría que aporta y procura una conformidad que antes no tenía. Sé que de la superación de esta crisis abundará una felicidad mayor.
Tanner es una niña que cumplió en abril tres años. Su venida al mundo contrajo una fuerte tensión de orden familiar. Tanto papá como mamá, por motivos puramente sociológicos, han mostrado una cierta frialdad. Vive en casa de los padrinos, ya que el hombre a quien amé no reconoce su paternidad. Desde que marchó de casa nunca más supe de su paradero. De vez en cuando me visita un fin de semana que aprovecho para amarla intensamente.
Los padrinos son una pareja de la Universidad, compañeros de estudios; se casaron unos meses antes que yo y son felices aunque no puedan tener hijos.
El disgusto del corazón afectó al cerebro. Al atomizarse estos contratiempos no pude acabar con el último curso de Filosofía en la Universidad. Tan pronto me recupere, trataré de licenciarme. Ya te diré cuando.
La ruptura del lazo umbilical afectivo con mis padres me produjo una visión distinta de la vida. La sangre vertida en aquella instancia sublime había subido hasta la misma garganta originándome una asfixia que me impulsó a una solución rápida. La cosa es que el subconsciente se resistía a la lógica consciente y se pudo evitar el drama.
Tengo tu carta sobre la mesa de mármol para consultar ciertos apartados, pues a pesar de haberla releído, contiene pensamientos bastante oscuros como para memorizarlos. Se nota que no has podido sacudirte del lenguaje académico y si bien aporta riqueza lingüística no siempre se muestra entendible en una primera lectura. Y como una ofrenda personal, una rosa roja entre las cuartillas. Su presencia natura tu ausencia. Es como pasear cogidos del brazo. Esta frase es tuya, lo sé. Te la robé del libro que escribiste “Más allá del fin del fin”.
Antes de entrar en materia, un ruego. No me visites por ahora. Estoy tan escuálida que, a veces, llevo las manos a los pechos para cerciorarme que los tengo. No lo tomes como una frivolidad, es que estoy hecha un asco, y aunque Assemia no se cansa de piropearme, el espejo no me engaña. Ya le dije que cuando haya un hueco y fuerzas la llevo al oculista. Lo arregla todo sonriendo. Si entre carta y carta recobro mi silueta, serás el primero a quien llame por teléfono para que se cumpla el mutuo deseo de vernos, pero por ahora siento necesidad de estar sola.
La soledad, cuando no es impuesta, revierte favorablemente el crecimiento de la personalidad., Ayuda a amigarse con la poesía. Enriquece la mente. Espesa la metafísica. Reduce la ansiedad. Asume el ser y lo sustancia. El amor que se siente aporta otros valores más universales y nacen hijos de toda raza en el corazón. Te agradezco, pues, que esperes un poco a que me sienta con ánimo y fuerzas. Mientras tanto, acepta la rosa roja como un precioso y singular latido real en la diversidad de intenciones.
Al no tener interés en mi vida el tema religioso, mi formación no es tan sólida como para ahondar cuestiones teológicas a tu nivel, aunque el residual de una educación recibida en un anticuado colegio de monjas, el exprimido “kempis” del dolor habido, la catarsis sufrida a una edad primaveral y mis escarceos filosóficos en la Universidad componen una base para matizar algunos temas que viertes en la carta y promover temas que te enamoran. Tu inclinación por la teologia es evidente.
Además de no ser una cuestión principal, cuando empezaba a entender algo en el colegio, nació pareja el romance requiriendo otros intereses más concretos. Y en este aspecto fue tal su potencialidad que relegué a un último plano de mi vida lo místico y lo mítico (aunque lo platónico es una simbiosis de ambas cosas) sin que por ello tuviera alguna inquietud. Se imponía el vitalismo a la reflexión, el impulso a lo trascendental, el “ah hoc” (¿se dice así?) a la casuística. Y para más “inri” contaba con medios económicos suficientes para satisfacer cualquier antojo. Ahora bien, siempre hay un instante en la vida del ser humano que le empuja a revisar el ayer para no cometer tonterías.
Para sintonizar con tu carta, también te escribo con música de fondo, pero de canario, que no deja de ser un microsurco maravilloso. Es un pajarillo saltarín incansable. Le falta cuerpo y le sobra vitalidad. Tiene por instrumento musical una garganta portentosa. Envidio su chispa vibrátil Es un prodigio que en un cuerpo de alfiler quepa tanta gloria. Cuando reparo en esta miniatura volador, mi curiosidad por conocer el tamaño de su corazón es mucha. En los días nublados del alma procuro reponerme aplicando en mí su ánimo. Es un amago mental por mi parte para no dejarme abatir.
Siguiendo tu consejo leí tu carta con música clásica de fondo que me sugieres en nota aparte. Pero rosas, luz, pájaros, mirto, sauce inspiran una melodía tan hermosa que la prefiero a las de las orquestas sinfónicas. Es otro enfoque de la vida. No me refiero únicamente al entorno ambiental. Sexo, talante, psicología, marco familiar, tiempo, son factores que condicionan una óptica variada igual que acontece con los directores de orquestas musicales. Ninguno de ellos interpreta igual una pieza, ni siquiera cuando se ajustan a la partitura. El arte tiene mil caras. En este caso de la música cada director expresa la inspiración de la obra según su talento y sensibilidad que tiene su rúbrica en el uso de la batuta, movimiento corporal, ritmo del corazón. Y esto no es repetible nunca jamás.
Juntamente con “Carta al padre” de Kafka, tu carta me parece preciosa. La encuentro valiente, sincera, sentida, fresca. Muy interesante. Y complicada, también. Un retrato de ti. Creo que esa unidad metafísica del ser que tanto te preocupa tiene su expresión acabada en ella. Conversaré contigo estos días.
Voy a sorprenderte. Liberada ya de la hipocresía social, me adentro en tu mundo mágico de contradicciones metafísicas y vitales empezando por literar - esta es mi sorpresa – mi carta que silenciaste a mi ruego. No es que tenga costumbre de hacer copias de ellas. Sucedió que al encontrar en la mesilla de mi habitación “Agonías”, ese libro que lo peor que tiene es el título, pues su contenido es un chorro de poesía, al abrirlo me encontré con un borrador, y como motiva el parto de tu carta, te la recuerdo para que este paseo tenga un principio y un final acabado. Decía así:
“La sombra se espesa cada vez más en mi cerebro. Intuyo que se acerca el Apocalipsis dentro de mí. Del vacío total me agarro a un cuerpo en un nombre. Ni una nube que se materia; ni una rama de árbol al que agarrarme; ni una estrella en el cielo por la que orientarme. Noto que se tambalea el esqueleto; que El se aleja y que la muerte asoma al final del pasillo, y tiemblo. No te importe la causa, sino la necesidad de descubrir la razón de vivir. Háblame de El, si existe. Inventa un dios, si no existe. Escríbeme, aunque haya muerto. Sandra”
Al reproducirla siento un escalofrío por todo el cuerpo. Reviviendo aquel momento creo que me hubiera agarrado a una serpiente venenosa con tal de no caer en el vacío. Tal era mi desolación.
Hacía tiempo que la fiebre del alma tenía visos de tragedia. Que me mantenía en pie por la criatura que llevaba dentro de mí. Que la mente estaba agotada. Me veía fea en el espejo escupiéndome a la cara. Para mí que Dios estaba entretenido explicando teología a los ángeles. Tampoco lo buscaba, pero alguna vez gritaba el corazón para que se dejara ver. Además El tenía que saber cuando lo necesitaba. Al parecer no interviene si no se llama a su puerta. Es Dios, y el respeto que tiene a la libertad del hombre es tan exquisito que si no se requiere su presencia se inhibe de todo, cualquiera que sea el final de la criatura. Piensa que no hay nada que añadir o cambiar de lo revelado por su Hijo. Es curioso su proceder.
El vacío se extendió por los cuatro puntos cardinales de mi vida como un gas. Giraba como un trompo sobre mí misma y no me reconocía. Al encontrar tu libro buscando otra cosa, me acordé de ti. Y te grité. Y me escuchaste. Y tú no eres Dios.
Leyendo tu carta, al principio me produjo cierta desazón. Una segunda lectura me descubrió que la vida es un precioso don que amiga con la muerte. Gemelas al nacer y gemelas al morir. Y aunque ligeramente abatida, mejoraba mi ánimo. Tal vez ese desplazamiento del instante dramático mientras leía tu carta nutria mi corazón de un alimento más sano. De todos modos no me resigno a hacerte una pregunta. Si lo que te pedía era amor, vida, calor, poesía, piropos ¿Cómo es que se te ocurrió hablarme de la muerte como fuente de energía? Me has abierto los ojos como platos. Esto es lo que me dice Assemia cada vez que me ve leer tu carta.
Algún curioso que lea tu libro querrá saber cuál ha sido la causa primera de nuestra amistad. Y cómo ha surgido. A mí no se me ocurre otra cosa que nominarle a Cátulo “Poemas”, a Tito Livio “Ab urbe cóndita”, a Ovidio •”Metamorfosis”, a César “Bellum civile”. Lo que nunca te dije entre subordinaciones gramaticales y diccionario en mano fue que ciertas evidencias metafísicas cobraban cuerpo en mí y una oculta admiración personal a ti por el enfoque que le dabas a materias tan complejas. De un modo más acabado, cuando dibujabas con tus manos ciertos arabescos poéticos dando permiso al alma para que volara por el salón al tiempo que reforzabas tu creencia con salpicaduras teológicas. Este recuerdo ha sido lo que motivó en mí para que hicieras de Mesías, lo que contrasta con la definición que haces de ti mismo “como un ser hecho de temblores”. En “En el todo y en la nada, Dios era Dios”, escribes. Que yo sepa no conozco a ningún pensador que haya cumplido una tesis por medio de conceptos confrontados. Ahora empiezo a entender que no hayas tenido dificultad para definir a Dios como “El ser que nunca muere”.
Lo que a simple vista parece una violencia metafísica, lo simplificas por arte de la contraposición armoniosa. Y sobre la base de esta pirueta dialéctica o “por esa fe genética que viene dada a toda criatura”, según tú, edificas tu vida. Y si Dios es el ser que nunca muere, ¿dónde estaba a la hora crucial de mi crisis? ¿En qué nube se había escondido para que no le viera en el trance más doloroso de mi vida? ¿O es que el hombre tiene la virtualidad de producir un eclipse de Dios? ¡Ah, si, ya me lo has dicho, Dios no interviene si no se le llama. Sigo con el tema.
No hay contrario más exacto que el existente entre el ser y la nada. Durante muchas noches he estado especulando sobre este juego conceptual, y cuando estaba a punto de lograr una obviedad, esa nada aparecía como una naturaleza total. La nada es el todo mismo. Ahora entiendo el doctismo de Eckart cuando a Dios da el nombre de nada para razonar seguidamente que no existe el ente finito y nombrable. Espero que este ejemplo lo explique mejor, de lo contrario hazme una corrección de tu parte.
Cumplía cuatro años. Había salido con mamá en vísperas de Navidad. Al ver en el escaparate de una juguetería una preciosa muñeca, mostré mi alegría por tenerla. A los dos días, al pie del luminoso y ataviazo abeto navideño, con otros regalos más, estaba la muñeca. Dormía conmigo. Jugaba con ella a todas horas. Era como una pegatina. Con el uso y el abuso, un día mamá la tiró al cubo de la basura. Al acostarme, reclamé la muñeca pues sentía un gran vacío y consiguiente malestar. Le había añadido a lo que era un simple juguete el todo vital para mí. Su ausencia se trocó en vacío, y lloré. Antes de que mamá me hubiera regalado la muñeca tenía todo. Sin la muñeca sentía vacío.
Toda tu vida teológica y afectiva gira alrededor de una trinidad. Caty, Moira y Mely. Según la silueta y el rostro diseñas mundos nuevos. La muerte temprana de Caty despierta en ti la creencia en Dios. La sensualidad de Moira es tan fuerte que no puedes imaginarte una cita entre Moira y la muerte como la que se produjo en Caty. Mely es la armonía planetaria con la que te gustaría compartir vida. Tengo la impresión que del dibujo de la mujer depende la querencia. De Caty no dices nada y pienso que no había en ella una belleza que te atrajera. Lo contrario con Moira cuya animalidad te excíta y que no te atreves a tener un romance con ella por culpa del alma que te está regañando con el infierno. Te quedaba Mely, pero al desplazarse tu familia a vivir a otro barrio te impidió rematar un sueño. Forzosamente la naturaleza tenía que resentirse.
Cuando hablas de la muerte, por un mecanismo del corazón lo anidas en el cerebro y perpetúas su presencia en tu quehacer vital. . Y convencido de que la perdurabilidad del ser se infinita, adobas tu biografía deseando amistarse con ella. Y me parece bien. Hay tanta animación en ti que todo gira alrededor de la inmortalidad. Y como no cabe en el planeta, lo transportas al mundo escatológico y la muerte deja de ser un afilado cuchillo para convertirse en un traje de novia en la ultravida.
Para ti la muerte no parece que sea tanto una preocupación anímica, superada la inercia de una educación eclesial de crespones negros, según escribes, cuanto una resurrección anticipada, ofrecida ya por el mero hecho de ser. Dices:”No sabía como asimilar el caso ni como ordenar las ideas cuando estaba en juego la muerte. Durante la noche me esforzaba por resucitarla”. Con qué dulzura debe estar mirándote la chepuda Magge que tanto te atraían sus ojos de lluvia! Está clara tu obsesiva inquietud por entender la muerte como una variante de la vida sin que ésta sufra por ello.
En tu visión de la muerte, la vida acoge más luz y más tiempo. Ahora entiendo tu queja de por qué la iglesia no se reafirma más en el carácter pascual de la muerte a través de la liturgia y se entretiene con salmos y rezos de desilusión.
¡El no ser de la muerte! Insistes una y otra vez por creer en Dios como una vida que desearías poseer y gozar mediante la certeza absoluta o revelación directa. Es tal la totalidad teologizante del ser, que te opones a la misma evidencia de la realidad humana, hasta el punto de que la muerte de tu madre ha sido “un bellísimo retoque artístico”. No sé como asimilar el hecho. Por una parte, siento un deseo de apropiación de la frase. Por otra parte, no quiero ser testigo ocular de muertes de aquellos a quienes amos. Repito. “Un bellísimo retoque artístico” la muerte de tu madre. Llevo dias intentando descifrar qué has querido decir que no hayas dicho. Tal como lo expresas quiero entender que ha sido una muerte dulce, esperada, deseada, anunciada. Tú lo dirías en una palabra: litúrgica. De todos modos no deja de asombrarme.
Hay un tiempo en tu tiempo muy revelador. Me refiero a ese momento en que “con Mely se produjo el tránsito de lo imaginativo por el conscientismo y que origina en ti la dualidad de dioses. Mas tarde, sabedor de que lo que debería ser un todo unitario y perfecto, por una manía pedagógica de educación religiosa se trueca en un drama vivencial. Por suerte nunca fuiste “el hombre es y sus circunstancias”, porque te las hubieras comido como si fueran galletas. Ya lo apuntas: “No podía aceptar sin un síntoma de pasión que la circunstancia ejerciera un extraño dominio sobre la voluntad”. En cierto modo yo también actué como tú y ya ves el resultado.
Dado que el pulso se resiente y Assemia me reclama para el almuerzo, te dejo con la rosa para que le dediques un poema. Te la describo: es un oscuro rojo su piel; su geometría plástica se aproxima a la de un pitiminí; el tallo es grueso y espinoso, mide casi 50 centímetros; su perfume es exquisito; tiene una mirada musical; en conjunto su belleza es serena y amable. Nada hay en ella con ser la reina del jardín de vanidad. Cuando la huelo tengo la impresión de que me habla y me mima. Mándame el poema. Me sobrecoge cada vez que Assemia me ofrece a primera hora de la mañana tu foto en una rosa.
--------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- Hablando de Assemia te relato una anécdota curiosa. Coma ya te dije, Assemia es un encanto de mujer. Tan pronto tiene unos dineros en la mano procura gastarlos haciendo regalos. Como ya estaba aburrida de regalarme cajas de bombones y flores, (respecto a esto último ya le llamé amorosamente la atención pues el rosal es muy dadivoso), se le ocurrió comprarme unos zapatos de tacón alto. Me sorprendió más que si el canario me dedicara una canción italiana. No sabía qué hacer con ellos. Assemia se dio cuenta que se había adelantado al tiempo y trató de convencerme de que lo mejor sería devolverlos por otro capricho. No seas tonta, le dije, me los voy a poner y vamos a pasear un poquillo. La vi más animada. Y así hice, los calcé, me levante con su ayuda y como quien aprende a patinar en una pista de hielo me ladeaba hacia uno y otro lado hasta que di con el culo en el suelo. Assemia me cogió cariñosa, momento que aproveché para abrazarla fuerte. Le prometí que tan pronto pueda me los pongo. La pena la dejamos en la caja de cartón. Además de pechos no tengo pilares firmes. Como ves mi estética está totalmente desarticulada.
Dejo la rosa sobre tu carta. La abro al azar y leo: “Me limitaba a estar y ser”. Traduzco: Aceptar la vida conscientemente.
Atardece. Alzo la vista al cielo y me parece un brillante azulado precioso. La tibia luz acaricia las plantas que agradecen sumisas. Canta el canario un himno de acción de gracias desde lo alto del columpio. No se mueve. Sabe que le estoy mirando. Son sus trinos como gotas de agua sobre un estanque en medio de un silencio sepulcral. Cuando eleva su pico al cielo extrae una melodía de ángeles que vierte con trinos límpidos y claros y se diva imitando al violinista del “Benedictus” de la Missa Sollemnis de Beethoven que tanto te gusta. La rosa conserva su piel sedosa y su aroma de enamorada. El beso y mis labios saben a rosa. Aspiro una y otra vez su fragancia, exhalo aroma de rosas. Cierro los ojos y pienso en un mañana alegre que no sé cuando será. Me acuerdo de mi hija Tanner y el abrazo con el pensamiento. Son unos minutos que desearía eternizar. Y en esta quietud siento necesidad de explicarte sin prisas el proceso de esta instancia inesperada de un cuerpo frágil. El vivir no es un acto libre y por consiguiente no hay opción potencial para elegir ser o no ser. No existe, pues, una dependencia total del naciente con su progenitor, aunque esté insita una corresponsabilidad amorosa. La limitación de la autoridad paterna no es más que un corolario de su innegable finitud. Estoy de acuerdo que como miembro de una comunidad doméstica debo ajustarme a unos principios de vida común. Y así es. Respecto a la ética, al pensamiento, a la creencia no hay autoridad humana o divina que la propia conciencia, sin desoír a la conciencia de los demás. Mi padre pensaba distinto. Antes del romance, era su hija. Al ser madre, una frívola. Pero cualquiera que fuere el resultado de su intransigencia no estaba dispuesta a que dispusiera de mi voluntad o que me impusiera su ética personal como propia. Que por ser padre abusara de su “imperium” que la tradición ha conferido al “pater.familias” de modo alarmante e injusto.
El drama surgió por algo tan querido que mi padre no quiso aceptar por no ajustarme a sus normas. Resulta que el ser, nacido del amor libre, es fruto de la pasión, del pecado. Sin el parabién social, un escándalo. ¿Por qué esta manía de etiquetar la conducta humana? Otra cosa es que no se haya plasmado con el rigor debido el cuadro de la familia.
No quiero aburrirte y leo: “Instintivamente amaba la soledad”. Aun sabiendo que vas a morir de amores siempre estarás atado a la poesía. En ti no es un añadido casual o buscado. Ha nacido contigo. Procura que la pureza de corazón retorne al planeta y, si es posible el orden y la simetría tan bellamente relatados por Ovidio en “Metamorfosis”.
Lo que viene te lo digo al oído. No te bastaba con que tradujera bien a Ovidio que en cada capítulo te detenías a explicar la creación del mundo y del hombre. Nunca tenías prisa. Tu hora de clase no acababa nunca a la hora convenida, no se ceñía a lo estipulado. Para ti la hora duraba noventa minutos. Ya no se estila esto. Ni antes tampoco.
Me complace tu grito que debería repetirse a coro: ¿Cómo podía vivir una parte de mi mismo que no fuera yo mismo? Yo no me lo había planteado así. Me limitaba a vivir sin interrogaciones filosóficas.
Siguiendo tu ejemplo tras la crisis sufrida me hice una pregunta similar. ¿Quién podía asumir la facultad de enjuiciar mi conciencia? Si vivía en la lógica impuesta no me dejaba pensar por mí mima. Si trastocaba la lógica común, me comían las moscas. Si vivía según ellos, dejaba de ser yo. Si vivía según yo, había sangre incruenta. ¿Qué hacer? ¿No es esta situación lo que los sociólogos llaman problemas de identidad?
Miro al canario y calla. Luego, le regalo una sonrisa y salta. ¡Que verá en mis ojos que cuando le miro se encoje o se estatúa! ¿Pena? ¿Azoramiento? ¿Éxtasis? Sonó como una trompeta de entre los violines”. Así empieza tu carta. ¡Cómo me gustaría despertar con esta música a temprana edad! Hay tanta animación en esa pugna de niño pasmado por extraer la esencia del vivir que al morir Caty te adentras en ella tan ardientemente que parece que vive. Yo no sé si es que estoy tan débil que cuando hablas sobre la muerte esta huele a flor naciente. Yo creo que la muerte para ti más que una motivación preocupante es un juguete del cerebro para que no se oxide. Por eso el nonismo ha pasado delante de ti como un viento emigrante. Yo trato de estrangularlo, pero el crimen deja siempre la huella del criminal. Tú amagas, yo me enfrento. Tú lo saboreas, yo lo escupo. Tú dialogas, yo le prohíbo que pase al jardín. Seguramente no asimilé bien el todo y la nada y me superaba la idea del vacío.
Me recuerdas un poco al canario que por su- gestión ha transformado la jaula en el universo y no llora la prisión. Demasiado pronto has madurado para que ahora cualquier contratiempo afecte a las neuronas
. “Dejaba, en fin, mis primeros doce años de vivencias profundas para meterme de cuajo en otro mundo original, tanto por su decoración como por estilo de vida”, escribes. Voy a intentar educar a mi hija en el lenguaje de la filosofía con una dosis abundante de fantasía. Lograr por este canal de la simbiosis que mi hija sea consciente del valor esencial de la vida y no como consecuencia del azar y a que la enriquezca con el oro de la poesía, una fórmula invariable de dignificarla y, sobretodo, transfigurarla.
La tarde ha perdido su lozanía y el canario se encoge en forma de ovillo.
Me advierte Assemia el diagnóstico del médico. En este orden de cosas es inflexible y no se deja vencer por nadie ni por nada. Cuando se enoja la hago rabiar todavía más para decirle que lo que ella quiere es verme pronto estrenar los zapatos de tacón. ¿Tú crees ¿me pregunta. Y mientras la cojo por el cuello la mimo. ¡Boba! Luego le sugiero que la anochecida es un tiempo bellísimo y que rezuma poesía por doquier. Ha asumido tan a pecho la función de enfermera diplomada que se esfuerza en la voz y en el gesto para darme orden de que descanse. La miro con dulzura, sabedora de que te escribo y que me relaja. Y accede a mi ruego.
Te decía que es todo un rito como prepara el canario el sueño. Se retira a un rincón de la jaula, se estatúa, abola su cuerpo y duerme. Es una delicia ver como se adecúa su naturaleza a los plazos del tiempo. Contemplado este acabado arte natural del canario, me tienta la idea de corregirte la definición de Dios “El ser que nunca muere” por “El ser que siempre vive”. Es más tangible, más intimista, más próximo. La duda que tengo es que con mi definición desplazo del vivir humano la prueba de la muerte a la que hay que tratarla con igual cuidado que la salud. Te devuelvo la definición. A veces pienso que si el hombre se preocupara por desplegar la la chispa divina anidada en el espíritu todo iría mejor. La vida recobraría su encanto y la muerte sobrevendría amorosa. Esto se podría lograr en parte mediante una reconversión teológica de la materia eliminando el mal genético inexistente que no sea en el plano ético. Lo que me recuerda tu pregunta: ¿“Estaría distraído Dios cuando creó al hombre”?
La noche posa sobre mis hombros. Assemia recaba mi presencia. Duerme el canario y abriga su garganta dentro del plumaje ovillado. Oigo la tuna grillera. Aprieta el vientre el rosal y nace una rosa. Se abrazan luz y sombra como dos amigos. Dejo tu carta que huele a rosa madura. Me llevo en los labios el beso amigo de la brisa. Siento una quieta animación después de haber charlado contigo.
Assemia me ofrece un hombro. Insisto que alargue su generosidad y me contesta: Mañana es otro día.
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Mañana es hoy. He hecho uso de la cosmética. Tuve un presentimiento de que vendrías a verme. El espejo esta vez ha sido bastante complaciente, pero no me veo deseable. Noto que recobro mi imagen de ayer, y esto es bueno. Estoy mentalizada para que la vida recobre su energía. También me guapeé, que el canario me espera todas las mañanas. El no se cansa de acicalarse y de estar a punto para darme los buenos días. Y como respuesta al rosal que se renueva por mí y para mí. Pero, sobre todo, porque me acosté con ganas de romper con la monotonía.
Con la intención no se resuelve nada, es necesario aplicarla. Fue lo que hice esta mañana con otra disposición que la mera costumbre del aseo personal. Por decirlo de otra manera, me dediqué a mí misma más allá de la medicación y de la mente, dando el cuerpo el tratamiento que se merece. Por algo se empieza. La misma Assemia aplaudió mi iniciativa.
Hasta que me venció el sueño estuve releyendo esa parte de tu carta en que decides tras un tiempo largo de análisis vocacional abandonar los estudios. Y sonreí al leer lo que sigue:” Con el convencimiento de que había que romper con ataduras por amorosas que fueren y de sufrir el riesgo potencial a lo que me sobrevenía me propuse ser mayor”. Yo creo que ya lo eras cuando sin pretensión vana – copio de ti –te sumaste al coro de los filósofos para definir a Dios. Más adelante esa seguridad mental parece que se debilita: “…cuando la expansión biológica se enfrenta a una religión negando en su base el valor esencial del bien natural”. Lo explica la siguiente frase: Primaba el temblor de la muerte y se remarcaba el carácter demoníaco a todas las tendencias naturales del vivir”. Mi actitud sobre el particular era la de una indiferencia total. Te lo dije al principio. Creo que en tema delicado de la fe o de la creencia hay que evitar el simplismo. Digo esto porque durante mi estancia en la universidad algunos compañeros rechazaban de plano a Dios, y sin causa racional se afiliaban con pasión enajenante a un dogma político. Rectifico, a una ideología política. Otros se inclinaban por una secta más liberal, consecuencia de una primitiva formación teológica y de una deformada asunción de la ciencia eclesial.
Los teólogos creen poseer la exclusiva de la verdad. Cerrados en la urna del pensamiento son incapaces de traducir a las gentes su conocimiento y cuando lo hacen actúan como si la iglesia discente fuera tonta. No son pedagogos. Prueba de lo que digo es que los cismas más dolorosos han sido provocados por escuelas excluyentes de la verdad dogmática. Y como nunca parten del principio elemental del relativismo racional, prefieren vivir en otra galaxia.
A medida que iba creciendo reducía a unos pocos principios la teología del vivir. Yo no pretendía utopías como tú, sino claridades que iluminaran mi conciencia que ha de ser sólo ella la que ha de responder el día del Juicio Final. Principios como: Dios no molesta a nadie y nada niega. La ética no es materia de los teólogos, sino un imperativo de la ley natural de la conciencia. Del contexto bíblico no se extraen leyes morales, sino pronunciamientos proféticos. Sólo hay un mensaje universal que traduce toda la mística universal, la pureza de corazón en el obrar, no el acierto o el desastre de esa acción. El cuerpo es tan importante en el ejercicio de su entidad temporal y escatológica como el alma. Una y otra se necesitan “Inter se” necesariamente. La inmortalidad consiste en la plenitud de la vida del ser del hombre no del ser de su ser. Vivir en la fe es reconocer a Dios por vivir en libertad. La sexualidad es un bien de entre todos los bienes de comunicación humana y afectiva. No ha profetas, hay hombres que hablan en nombre del Dios-Profeta.
Paseando por la historia, hay un personaje que me cautiva. Me refiero a Tales de Mileto que preocupado por encontrar el principio de las cosas lo aplica al agua. El agua es un elemento esencial para las plantas, para el fruto. Purifica el aire. Colabora con la vida. Produce energía. Pues bien, en el orden personal Dios era para mí el agua de Tales de Mileto. Otra cosa es que cuando corregía mi programa de vida, abría el paraguas para seguir obrando a mi capricho. Tú como le defines por el “es”, lo moldeas a tu imagen y semejanza y siempre te aparece como un reflejo amoroso de ti mismo. Pero es El quien se acomoda a ti, no tú a El.
A mi entender decir que Dios “es” no deja de ser una definición fría. La esencia de Dios no se modifica según tu pensamiento o el mío, de Hegel o de Descartes, de Tomás o Kant, si bien no deja de ser un atractivo inmenso reconocerle como lo hiciera en su tiempo Tales de Mileto. Ahora bien, ¿de qué sirve creer en Dios si cuando se interpone en el quehacer humano se abre el paraguas para que no moleste? Hablo de mí.
Sigo paseando del brazo contigo y repito para mí tu frase: “Tampoco era problema de fe mi fe”. Y con mucha delicadeza te acompaño en tu agonía vocacional y tu esfuerzo por retornar a la creencia original de Dios. Dices: “Difería la fe, nacida a la muerte de Caty, en que ya no estaba apoyada en el dilema del todo o nada, sino en un acabado vital pleno”. Sin duda alguna, a la luz de la creación Dios es el exponente máximo de la razón, del sentimiento y del éxtasis.
Me llama Assemia. Es la hora de la medicina plural.
------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------ Prosigo mi carta desde la habitación, mi segundo jardín. Ligeramente cansada, ruego a Assemia que me deje sola. Pongo música de Grieg y noto como si algo faltara al corazón y una pena me envolviera como una nube. Me turba esta oscilación psicológica sin causa real que no sea el clima, la soledad, la música y que por otra parte busco y deseo como agentes notables en el largo viaje al in terior del ser.
El psiquiatra, un hombre genial, hombre de mi tiempo, insiste en que me aleje de todo lo que provoque alergia del vivir, porque es lo que retarda mi recuperación orgánica. Dice que un cuerpo débil tiende a reducirse si recae sobre él memorias poco gratificantes. Siempre que me visita tiene por costumbre saludarme con una sonrisa que emula a Assemia en afecto y confianza. Es como una linterna escondida en la oscuridad. Luego con mucha sencillez y simpatía va logrando que la cosa discurra sin tensiones. Reconozco que tiene el arte de infundir un optimismo que transfiere una positiva fuerza psicológica. Nunca diserta, entretiene. Si insinúo algún tema que me afecta, lo coge con las dos manos y seguidamente las abre para que vuele por otras latitudes. Si advierte que me reservo en el diálogo me ofrece su mano, me piropea y logra su propósito. Si lloro, guarda silencio por unos segundos para que me desahogue. Cuando cree que estoy receptiva humorea hasta hacerme reír. Llegado este momento me dice: Esa eres tú.
No sé que encanto tiene este silencio nocturno que me parece que me adentra en una nueva creación de la que no quisiera salir nunca. ¡Me sienta bien esta preciosa ubicación henchida de poesía y de virginidad no exenta de una tierna melancolía que me traslada a esa parte de tu vida de final de curso
Ahora mismo paseo contigo por esa azotea del seminario en tu noche final. Empieza así: “Olía aquella noche a enamorada”. En femenino. Lo exclusivo del romance siempre tiene matiz del sexo contrario. ¿Por qué será? ¿Quién enamoraba a quién? Pura curiosidad, nada más. No será porque la noche es femenino, y la sotana, y la despedida, y Moira. ¡Moira! ¡Qué forma mas elegante de encubrir el sexo, su necesidad de comunión con el pensamiento”-
A medida que se adentra la noche en tu mente y sensibilidad, aumenta tu vena poética. “Se había dado cita lo pulcro”, dices. No aguantas tanta felicidad y abrazas a toda la humanidad. También es femenino. “Entendía que la fe era un bien necesario que no podía negarse a nadie. Que siendo la fe la que da acceso a una verdad superior no podía depender de un credo determinado, de una iglesia determinada, de una civilización determinada por ser una pertenencia “ex natu”, dices.
Tu deseo de salvación planetaria es evidente. Pregunto: ¿Podrías reafirmar en tu clase de teología o proclamar desde un pulpito de una iglesia esta conclusión teológica sin que te suspendieran “a divinis”? A mí me parece muy bien tu tesis. Ya sé qué tengo que hacer con mi fe que cual mariposa anda volando a media altura.
¿Qué has querido decir: “Olía a enamorada”? Por una parte te atrae la sensibilidad de la noche y te abrazas a una mujer en una estrella. Por otra parte, el misticismo subyacente recuerda tus soledades en la capilla. Perfecta simbiosis. Demasiado bello, pero crucificante su puesta en escena. Nunca serás feliz si no te abrazas a tu propia ilusión. Y menos con Moira, horizontalmente en el camastro de tu celda. No es culpa tuya ni mía, sino del cáncer mortal a la hora de convivir alma y cuerpo. Tu fe tiene otros mejunjes que el de una creencia intransigente con el amor humano.
“Por cada adiós a las cosas, dices, sentía que algo sutil moría en mí. Y como paradoja tenía la sensación de resucitar a una nueva vida”.
Ya me dirás como has hecho para que todo este mundo genético de fuerzas encontradas no te haya afectado como me han afectado a mí. Y cómo se puede caminar por la vida sin que hayas sufrido una embolia. Nada te sujeta y a todo eres esclavo. Amplías tu libertad y te mueve en círculos concéntricos. Gritas como un profeta en el desierto y te emociona un jilguero. Precioso trompo en movimiento al que no tiene acceso la muerte que no sea como un himno triunfal. La muerte en ti sigue viviendo cual estrella rutilante. Tomo nota.
Sonrío, y no sé por qué, cuando te imagino paseando del brazo de Kelbe, Mely o Patty. Tu moldeabilidad para dialogar con Smetana o Grieg, Beethoven o Mendelsson. Tu empeño por amigarte con Tagore o Neruda. Arte, música, poesía, universo, y Dios, como un gas, participando en todo. Y esto a sabiendas de que no era un pan cotidiano del vivir. Sin este talante original y bullidor no exento de contraste dudo que pudieras componer un poema o permitirte el lujo de darle un puesto de privilegio a la poesía indebidamente criticada. “Tengo la impresión, dices, de haber nacido en un tiempo fuera del tiempo”. Insisto en la preexistencia de tu vida.
“A medida que avanzaba la noche me abrazaba al deseo de quedarme, pero sin libertades dirigidas, a mi estilo, retocando el orden establecido por otro más acorde con la cristología”. Voy a intentar a trasvenar tu pensamiento porque si antes no veía estas cosas no sólo me parecen bellas sino necesarias e interiormente deseadas.
Se adentra la noche. Me asomo a la ventana, aspiro la fragancia del rosal y me dejo envolver por la brisa nocturna emulando tu paseo por la azotea del seminario.
Oigo pasos de Assemia. Mañana volveré contigo.
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Como ya te apunté me rondaban los epicúreos que rechacé por un principio de dignidad. Curaba el fuego del deseo con nieve en el corazón. No rehuía del deseo natural, simplemente deseaba que tuviera categoría superior al del animal común. Pasión y capacidad de elevación de esa pasión Deseo y facultad de expresión anímica. Sentidos y conocimiento. Persona.
Cuando creí que había encontrado al hombre que compartía mi filosofía de la vida, se unieron nuestras vidas. No necesitaba voces, dogmas. Amaba a él y él a mí. Cuando se da este binomio no hay nada que filosofar. Crecía según él y él crecía según yo, y nada era propio sino común. Duró la unión el tiempo justo de la complacencia mutua. Esta complacencia generalmente, aunque no muere del todo, se diluye con el embarazo. Se trastoca la silueta que no deja de ser un reclamo a la pasión. Infiere en la psicología femenina. No lo sabía. Mi tiempo no es tu tiempo. Ahora el amor no repara en la variedad de los hechos sino en el bienestar pasional.
Hay un apunte en tu carta que evidencia el cisma existente entre esta manía doctrinal de la dualidad irreconciliable de las naturalezas y tu empeño por fundirlas en una síntesis de definición del ser. Dices: “De aquí que, cuando asomaba la poesía en su estructura femenina y la idealización potencial de su ofrecimiento el ser apuraba el logro exclusivo casi nunca alcanzado por temor a herir la conciencia espiritual. Quien más sufría hasta reducirse a una avellana era el corazón. O sea, la vida.
¡Temías herir la conciencia espiritual! ¡Qué cosas dices! Lo tuyo es de psiquiatría. Esa obsesión por naturar la utopía no deja de ser una característica singular habida cuenta que en esta guerra la peor parte recae en el corazón. Y en el corazón está el nervio vital. En este juego preciosista de las ideas en un mundo en que lo que priva es la inmediatez no tienes sitio. Pero me alegra que no seas del montón.
Assemia esta intrigadísima. El otro día me dijo: ¡Pobre chico, cuando reciba tu carta ya será abuelo! En otra ocasión, apurándome para que me sentara en la mesa, me sopetó: Qué demonios escribes que no se haya escrito ya. Esta niña… (Siempre me llama niña). Yo me limito a sonreír y cuando da media vuelta noto que le ríe la espalda. En una ocasión le pregunté si estaba celosa. Hizo un mohín graciosísimo y se fue. Te aprecia. No hay secretos entre ella y yo y entre tu carta y ella.
“De plano, escribes, en el mundo de las realidades cada que vez que asomaba al cerebro el efecto de un posible movimiento de un goce perfecto, se naturaba el profeta doctrinando la inconveniencia de su aceptación” He aquí el drama.
Desde siempre me pregunté qué era esta evidencia de mi cuerpo. Cuál su destino. Para qué y de qué servía. Cuál era su función principal. Por qué lo protegía más que el alma. Qué parte tenía en el juego de las decisiones solemnes. Estas preguntas a los quince, dieciocho años son tremendas. Nadie te explica nada por vergüenza o por ignorancia.
Me atrae la filosofía hinduista al afirmar que el cuerpo es radicalmente distinto del alma, pero solidario con su mismo destino metafísico, Dicho así, resulta una tesis que contradice la teoría de la reencarnación. La iglesia en esta cuestión es más extraña. Al tiempo que doctrina que es un componente de la persona humana, le achaca todos los males de la persona. Hablo de una iglesia que persigue el maniqueísmo como herejía. Y lo fija en la tierra con un rito fúnebre. Es pues consolador que entre tanto ruido feriante, surja una voz, tu voz, afirmando que el alma no puede realizar su destino final sin el concurso del cuerpo hasta el extremo de seguir manteniendo una relación virtual después de la muerte y antes de nacer la criatura humana. Y que el alma ha de esperar su encuentro con el cuerpo para su ubicación escatológica como persona. ¡Teoría del uniser! He aquí toda tu obsesión epistolar.
Si efectivamente la naturaleza humana interviene por igual que el espíritu en los planes de la historia y de la escatología, ¿por qué las leyes afectan al cuerpo y sus consecuencias al alma? Los que predican el placer no creen en el alma; los que creen en el alma, rechazan el placer. Por ninguna parte se palpa una educación del uniser como definición perfecta de la persona. La persona no aparece como sujeto de la pedagogía, sino parte de ella. A ti te preocupa porque desde siempre has visto dos mundos en ti que se dan de cachetes. Forzosamente desconoces la felicidad. Bueno, yo también sin planteamientos filosóficos, pues si me hubieran hablado de este tema del uniser que en ti es una pesadilla tal vez no sufriría el drama que hizo posible esta relación epistolar.
Pensaba que la pureza de corazón bastaba para justificar cualquier despliegue afectivo y que abierto el alma como cuando se abre un libro de par en par la unión de pieles no merecía reproche alguno. Es por esta razón por lo que deduzco la importancia que ha habido en ti a la muerte de Caty:” Sonó como una trompeta de entre violines.” Ese primer cuerpo a los ojos convertido en esencia. Y esa crispación al saber que podía verificarse en Mely provocó en ti una inusitada curiosidad por lo trascendente.
Si tanta importancia tiene el cuerpo como elemento esencial del vivir ¿A qué viene anteponer una bomba a un beso, una ley a un abrazo, una cruz a una rosa, una navaja a una sonrisa, un litigio a un apretón de manos, una orden a un ruego, una bofetada a una caricia, un insulto a un piropo? Si el vivir es una catarata de efectos y afectos ¡por qué ha de estar sujeto al miedo, al grito, a la sinrazón, al ritualismo, al formulismo, a la crítica acerba? Tu respondes por mí cuando escribes:”La pretensión religiosa de espiritualizar la materia como si esta tuviera capacidad de superación ontológica me parecía una barbaridad, una irrelevante manera de amputar al hombre una parte de su ser”.
Cuando apago la luz y me pongo a pensar en lo que acabo de escribir podría ser otro libro, otra carta posiblemente más bella, pero no pasa del cerebro y del sentimiento de ese momento. Lo siento.
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Te invito a un zumo de naranja que me trajo Assemia. Me dice que desde que me puse a escribirte he mejorado bastante. No sé si pensará lo mismo el psiquiatra. Lo que pasa es que nunca se me ocurrió realizar un viaje al interior del ser y ciertamente, es un viaje maravilloso. No hay vacíos cuando analizo tu carta. Tampoco, la nada. Es. (Traduce este “es” que aplicas a Dios al hablar de El)
El psiquiatra cuando me visita adopta dos actitudes diferentes. Una primera de salutación, sonrisa chispeo gracioso, distensión total. Nadie diría que viene a ver a una paciente. Es una introducción de diez minutos gratificantes. Las pregunta que hace son de circo. Me encanta verle a los ojos limpios como patenas. Y una segunda, más profesional. No se fija en mi poderío orgánico (que tanto preocupa a Assemia) sino en mi mirada, en el matiz de mi sonrisa, en el equilibrio argumental a su test. En este apartado sabe que el yo es una unidad formada por lo íntimo, lo anímico, lo espiritual, lo sexual y aunque parezca alentador el progreso en uno de estos factores no lo menciona siquiera. Sabe que mi salud depende de una armonía de todos estos factores humanos. Para él soy una gramática, pues siempre me habla de la conjunción como detector de mi situación personal.
Un efecto ambiental me trae a la memoria tu crítica musical en la que defendiendo a Beethoven me decías que lo que más te gustaba de su inspiración eran los adagios después de los gritos cósmicos del resto de la composición sinfónica Y también recuerdo que me decías que la vida recobra su esplendor cuando la naturaleza tras el reventón de la tormenta vuelve a su calma habitual. Y en cuanto al signo zodiacal del geminismo. Disiento frontalmente de esta teoría. No hay por qué violentar nada para que el orden, la armonía, la serena quietud con que fue creada la vida y el cosmos puedan saborearse en su justa valoración sin la experiencia de efectos contrarios. Y no contradigo con esta afirmación de que ahora sienta vibraciones nuevas tras el drama. Sé que se trata de una fenomenología psíquica que tengo que curar por vía reflexiva.
A la pregunta, pues, qué es el vivir, podría resumirse diciendo que es el arte de concordar la gama de causas y efectos de modo que el acto humano no lastime el dibujo cósmico y vital. De aquí que nunca haya amado tanto mi órbita espacial como desde que por el reposo médico propicia la reflexión y el crecimiento espiritual. O dicho de otra manera: Vivir es una placidez anímica que se logra por vía de muerte de todo aquello que produce ansiedad. Coger cariñosamente con las dos manos el instante como tiempo único del vivir y con honda pasión asumir la gloria que despide la creencia de ese momento maravilloso. Por eso, en la opción Mozart-Beethoven me inclino por Mozart. Con Beethoven te veo en actitud de pelea académica con el claustro de profesores, con la iglesia, con la sociedad, contigo mismo. Yo necesito de otra terapia más relajante.
Cuando el psiquiatra detecta mi espíritu en calma itera: Esto va bien, esto va bien y suena su voz en mis oídos como trinos de canario
“Lo que amaba se trocaba en dolor”, escribes. Y tropeceo otra frase “…y lo puro sólo habitaba en la imaginación”. Toda una profecía de mi vida. Yo misma no hubiera sabido expresar con tanto acierto esta experiencia dolorosa. ¿Es que no hay manera de evitar en vida que el dolor participe en ella como un atributo inherente y necesario? Dios no es un sádico. La vida no debe ser sufrimiento. Ni el dolor la llave de la salvación. No entiendo por qué la historia no está regida por santos y poetas. Santo y poeta de mente planetaria.
Así la cosa ¿cómo podría explicar a mis padres que mi amor más que una exigencia puramente biológica – que no silencio – lo que prevalecía en mí era una donación incondicional de mi ser por otro ser a quien amaba? ¿Qué diría mi padre o el mundo si dijera en voz alta que del abrazo de dos cuerpos había sentido la más alta comunión espiritual? ¿Por qué aquello pertenece al alma y este otro pertenece al cuerpo y una y otra cosa no pertenece al ser humano? ¿Es que no participa el ser personal en todo su quehacer sin tener que dividir o clasificar en trozos como si se tratara de construir una casa con ladrillos? Está tan prostituido el cerebro del hombre que cuando nace una idea virgen la desflora.
Escribes: “Por cada romance ajado nacía o renacía un sentimiento de efecto místico”. Yo sólo tuve una experiencia y el efecto sigue todavía suspendido por la pena y la desesperanza. Pero como muy bien dices: “Valía la pena la provocación con el fin de conseguir mi propósito de identificación” y que en mí se ha definido a través del dolor.
En este tiempo de juventud por edificar un mundo propio, se olvida el mañana. Y es que todo se mueve como las aspas de un molino en acción loca triturando el trigo de las sensaciones. Se sueña con muchas cosas y no se reflexiona ninguna. Ni siquiera una universitaria como yo tratando de profundizar en el pensamiento humano. Desconocía la serena quietud de que disfruto ahora. Hoy, este rincón, cual una joyería de brillantes, me ofrece mucho más que oro. Me ofrece su esencia orgánica que tanto necesito. El perfume de la rosa no es comparable con el perfume de una perfumería. El canto del canario con la batería de una orquesta. El terciopelo de la hierba con un abrigo de visón. La caricia del sauce con un beso de ansiedad. Y todo esto en armonía con el aire, la luz solar, la bóveda azul y una mujer, Assemia, sana y buena desde el parto. En este rincón Dios no necesita de truenos, de rayos, de mareas, de astros para dejarse ver, aunque no tengo todavía claro su rostro.
En ese punto y aparte que permitían Cicerón, Horacio, Virgilio, dijiste:”Yo me considero importante ante Dios y pequeño ante los hombres”. Me sonaba a blasfemia. Luego aclaraste que millones de hombres te superaban en todo, en cambio, como prueba de amor divino, Dios se había encarnado para hacerse amigo tuyo. Siempre tan sutil.
Una de las pequeñas alegrías que tenía como estudiante era observar a la gente desde la azotea de una cafetería. Me preguntaba ¿qué somos realmente? La respuesta no era gratificante. No me pidas una explicación racional. Déjalo en una intuición, en un efecto sin probatura científica porque seguramente carece de ella.
No te apunto los matices del atardecer que suavemente cae sobre mis hombros por el símil con el de ayer, anteayer. Alargo el silencio mientras el rosal esparce su aroma y el canario me ofrece una de sus bellas melodías. Lo inmutable es azul. Aquí y ahora, trastoco ligeramente tu idea intencional, sin la creencia en Dios resulta difícil penetrar en la esencia poética de la naturaleza y de su sustento sin una mano artista superior al del hombre.
Oigo voces. Me llama Assemia. Espero que no me tenga preparada una fabada.
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Han pasado cosas importantes en estos días en los que, tras voces, análisis, visitas, vuelvo de nuevo a mi liturgia epistolar, a la compañía de las reflexiones sentidas. Y siempre, como una promesa que me he impuesto cumplir hasta el final, la rosa roja supliendo tu ausencia.
La presencia de Tanner ha violado el mundo del silencio en que estaba plácidamente. Tanner es una niña que no pregunta nada; besuquea, salta, mira y según lo que mira, gitanean sus ojos. La amo sin pasión. La adoro sin ceguera. Me anima que sea una vida y aunque un poco triste me adelanto a su tiempo. Procuro – cosa difícil - cuando hablo con ella que la palabra sea justa para que entienda las cosas como son. Siempre que duerme, con el pensamiento agrando su cuerpo de habichuela y la sitúo en el siglo XXI, o sea, mañana. Y no sé por qué, imprime en mi corazón una extraña tristeza al verla perdida en la niebla gritando que por qué ha nacido y me siento culpable. Al psiquiatra esta idea no le va a gustar.
“A medida que crecía, escribes, llegaban voces nuevas, voces ajenas a la de los pájaros o vientos amigos, ajenas a la libertad total”. Y me pregunto: ¿Viviré lo suficiente para adelantar lo que se barrunta en el horizonte nada halagüeño? Porque entre papá y yo aun existe una diferencia de pensamiento abismal. De su talante dependerá que la cosa no se tense. Espero que al encontrarme con más fuerzas y después de esta larga y amena reflexión contigo acabe en un feliz entendimiento de vidas inexistente desde hace mucho tiempo. No estoy por la labor de doblegar mi conciencia por nada ni por nadie porque entiendo que es lo más rico de mi misma y porque de ella depende mi destino. Mira si no es importante la conciencia que ni Dios se entromete en ella sabedor de que es a través de ella donde el ser humano fija su destino libremente. Te digo en voz baja porque me da vergüenza: creo que es la primera vez que reparo cual es su misión y para qué sirve en la vida. Te digo esto porque la justicia no repara en la conciencia, sino en la objetividad del hecho para sentenciar. En la iglesia, lo que importa en el sacramento de la penitencia son las veces que se quebranta un mandamiento. Dentro del ámbito familiar nadie lleva al médico ante cualquier desajuste de conciencia. Quiero decir que se trata de un instrumento esencial para lograr el fin último, el principal., aunque para esta vida planetaria no parece que sea así.
También me ha visitado el psiquiatra con su sonrisa habitual y se ha ido con un semblante de dolor. Mi escepticismo tiene fundamento. Assemia insiste en que me decida a explotar el cerebro para que se avive el corazón. ¿De qué me sirve? Le pregunté. ¿Acaso te inspira un poema un árbol seco, una flor mustia, un río de aguas sucias, el vacío de una estrella o un canario afónico? Al ver que se le humedecían los ojos la cogí por el cuello y le dije: No te preocupes por mí, venceré. Y se puso a llorar. Es una lacrimógena.
Yo creo que no está lejos la hora del regreso a mi tiempo feliz, al equilibrio y al uniser. La idea de que esto se nature me anima a seguir soñando despierta.
Me preocupa Tanner. Me preocupa la vida y el mundo, y la vida en el mundo. La muerte no tanto, a veces acaba por ser deseada. Nunca tuve pena por arrancar un rosa del rosal. Sé que sabe cuál es su destino. He aquí la razón metafísica de la muerte. Ser consciente del destino, y no es difícil adivinarlo Hablando del psiquiatra, hoy ha estado clavante. Al tiempo que tomaba un café conmigo en el jardín, durante un diálogo informal me preguntó como quien no quiere la cosa qué retenía en el subconsciente que retardaba mi recuperación. Debí estar pensando en las musarañas, el caso es que intervino de nuevo diciéndome que no tuviera reparo en sincerarme con él. Bien sabe Dios que además de médico es para mí un sacerdote. Nunca le había visto tan serio.
Además de médico y sacerdote debía ser un buen abogado, pues cambiando de voz y de pose, mirándome fijamente a los ojos me preguntó si tenía alguna ilusión en la vida. Le dije que sí. Me rogó que concretara. Le respondí que por vivir la vida. Al darse cuenta que me encogía de hombros asestó: Vivir la vida es un imperativo categórico. Le contesté que nunca había habido para mí tan honda significación como en este presente. Te creo, me dijo.
Por el cristal de la ventana de la cocina, Assemia seguía con atención la charla. No oía nada. Tampoco le importaba mucho. Se limitaba a adivinar por mi cara si la cosa iba bien o mal. Si reía, ella sonreía. Si estaba seria, ponía cara de preocupada. Sigo con el psiquiatra. ¿En qué descansa el corazón? Me preguntó En Tanner, mi hija. No basta, me dijo, antes que madre has sido mujer. Como mujer has de enfrentarte a la vida, aclaró.
Como no era cuestión de convertir una visita médica en un parlamento filosófico, seguimos hablando de cosas más sencillas, si bien cuando me dejó sola me pareció leer en el aire mi nombre: ¿Qué quiso decir que debería responder a la vida como mujer? ¿Es que se puede ser madre sin ser mujer?
Me regaló una semana de tiempo para que le diera una respuesta concreta y formal, tras sugerirme que ampliara el hábitat de mi estancia. Cuando comenté con Assemia lo que el médico me había diagnosticado en cuanto al salir del jardín, me propuso al momento un programa. Mañana iremos a comer al campo, dijo. Y al día siguiente, en taxi, visitaremos el pueblo turístico a tomar un refresco. Y al otro día… ¡Está bien, está bien, le dije. Esta afirmación de mi parte le animó tanto que me dejó sola tarareando una canción de su bisabuela. Seguro que está sacando los zapatos de tacón de la caja.
Amén de la visita del médico, vino a verme Esther, amiga de estudios, Licenciada en Filosofía. Muy guapa. Entró por casa hasta el jardín hablando sola. Tenía un andar seductor. ¡Cómo la envidiaba! Apenas pude intervenir, pues más que un diálogo era un monólogo vivaz, atropellado y trivial. En cuanto hubo agotado su entusiasmo, a medida que la charla giraba por temas más profundos, resultó que se trataba de una cosmética para ocultar la tremenda herida del alma. Nada coincidía entre paisaje y célula, impulso y espejo con lo que anidaba en su interior. El amor a las puertas de los treinta años si no se sustancia, produce una gran melancolía. Se despidió de mí con lágrimas en los ojos. La abracé amorosa- mente y le invité a que compartiera su soledad. Era la antítesis de Javier, templado, amable, atento, preocupado por mí, de voz pausada y palabra meditada. Me ofreció lo mejor de sí mismo para mimarme, animarme, reanimarme. En ningún momento aludió a nuestro pasado romántico. Me puso al corriente de la Universidad. Se interesó por el canario, por la rosa, por tu carta, por mis glóbulos rojos, por Tanner, por todo lo que amaba y me hacía compañía. Le día las gracias mil veces. Las miradas, ancladas en el pasado, eran limpias. Me sentí querida, me sentí mujer. La confusión que tenía entre madre y mujer empezaba a clarificarse de manera insospechada, pero rotunda.
Al irse me puse la pulsera y en mi interior estalló una aurora de luz. Esta pulsera tiene su historia. Con motivo de mi pase del Ecuador en la Universidad, tiempo en que había una mutua querencia, me la regaló con una dedicatoria. : A ti, yo. Sin nombres, sin fecha.
Relee el comienzo de mi carta. Digo ayer y no limito tiempo al tiempo por la sencilla razón de que lo vivido entre latidos fija estados de ánimo y cuya medida temporal es atípica. Un día cualquiera me enfadé con él y se la devolví. Suele pasar esto cuando se quiere más a la persona a quien se le hace un desaire de esta clase. Han pasado tres años y la pongo como si fuera el primer nacimiento al amor, pero sin añadido alguno. Tengo que vigilarle para que no se me vaya definitivamente. De todos modos ya sé donde habita un planeta incontaminado. Como ves, demasiadas pulsaciones, voces, sensaciones, recuerdos para saber en qué punto te dejé. No creo que te importe mucho. Me basta con abrir tu carta para reanudar la mía. Y así lo hago y leo:”Cuando apuntaba que estaba hecho de temblores definía una caracterología del ser”. Y rematas: “Intuía que mi soledad no era una exclusiva del signo zodiacal, sino que respondía a una medida del tiempo de civilización concreta”.
Me estás diciendo que no te adaptas al pensamiento de la historia y que debiste haber nacido en otra época. Ya lo sé, es tu calvario, pero aprende a llevar la cruz con la misma elegancia que me pides a mi que lleve la MIA. No conozco a ningún poeta que se haya adaptado a su tiempo por eso cuando escribe su poesía no arranca aplausos. Acaso, con el tiempo reviva el tiempo que no vivió pero que dejó escrito en sus versos.
Y otro aspecto diferencial con la historia es el ritmo. Aun sigues anclado en el mundo del silogismo que necesariamente tiene que chocar con el mundo del impulso. Mientras te esfuerzas por formular un silogismo según las reglas de la lógica, el mundo ya ha dado tres o cuatro vueltas alrededor de sí mismo. Esta es la razón por la que no encuentras tu ubicación.
Ya estoy de nuevo metido en tu galaxia. Automáticamente todo se esfuma y un nuevo planeta sale a relucir cada vez que dirijo la mirada a tu carta. Acerca de lo que sugieres para que esto suceda es necesario adquirir una disciplina interior muy fuerte. Y aún conseguida, tener los ojos muy abiertos para que ninguna brisa amorosa interfiera este logro. El peligro de esta marginación social es que al debilitarse la energía humana se amplía hasta el infinito la soledad que si no está sustentada en valores superiores puede impulsar al vacío.
Me enamora tu talante romántico. Envuelto por la nube virginal de la poesía, elevas a categoría de dignidad suprema una comunicación ineludible en la relación humana, nacida a la luz de las artes como expresión de un arte mayor, pero a destiempo. Nada se fija en la sangre por medio de la eternidad. Te lo digo con conocimiento de causa en base a una experiencia vivida con todos los pronunciamientos favorables, si no le acompaña otros factores contrarios a los suyos. El amor es actualmente volumen, casi una matemática sentimental. Su estabilidad depende del grado del deseo. En este punto o se renueva la doctrina sociológica o el animalismo racional va a imponer su imperio, un imperio delicado al estar en juego el placer como la razón de vivir. Es muy sugeridor y atractivo este movimiento de filosofía de la vida. Es inferior inclusive al epicureismo de la Antigua Grecia porque con Epicuro había una filosofía por medio, pero es que en el animalismo vigente nada justifica tal regresión del ser humano.
Voy a respetar tu andadura del corazón. Mely, la mesura; Caty, el sentimiento vertical; Kelbe, el orden y la femineidad; Patty, la dulzura; Fanny, la definición. Vale la pena pararse en esos tiempos tintados de feminismo en que el corazón se eleva poéticamente. ¿Tienes ya un adjetivo para mí? No como novias sino como alumna.
Venceré, dije a Assemia que está muy atareada en preparar las cosas para salir mañana al río.
Recojo la rosa roja y la guardo entre tus cuartillas. Llevo en el alma la música del canario saltarín. En la mente, la orden del médico. En el corazón, la mirada de Javier. En todo mi yo, a Tanner. En el espíritu un salmo de acción de gracias por vivir un día más. Y todo este bagaje envuelto en un círculo de luz creciente que nació en el túnel de las crispaciones entre el vacío y la nada. Y cuando veo una nube huidiza entorpeciendo el azul celeste, la rechazo con mi ánimo renacido a su habitáculo de donde nació: en el rio.
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Mañana es hoy. Una creación en miniatura conforma esta postal del río y su entorno. Duerme Assemia su obesidad, y grita la hierba su osamenta. El agua del río está como un espejo. El órgano susurrante de la naturaleza silencia mis sentidos y vitamina el alma. Y pienso en un planeta animado por su virginidad fecundante y en el primer punto de luz que irrumpió desde la más oscura noche de los tiempos. Me culpo de mi torpeza de no ser pincel para dibujar esta estampa preciosa. Por eso cuando nació el hombre, Dios gritó: Ya. Y regresando de nuevo a sí mismo dejó que la vida pasara por los cauces de la libertad que añora el pájaro en su jaula, el pez en su pecera, la rosa en un búcaro. Al borde de este río anónimo siento una inmensa necesidad de diseñar la utopía de la felicidad, exenta de imaginación, de toda vinculación con el ego. Una utopía realizable mañana a poco que el hombre se esfuerce por recobrar la cordura y desee superar la mediocridad en que vive
Assemia se ha despertado de su larga siesta alertando a los pájaros, erizando la hierba, perturbando a los peces del río, aunque nadie huye de ella. Me reprocha que te escriba y me invita a pasear. Necesitas andar, niña, necesitas andar, reitera. Y tú, también, contesté. Y nos reímos. Ella para adelgazar, yo para engordar. Paradojas de la vida.
Guardo tu carta, recojo mis cuartillas y lo mezclo todo dentro de una carpeta. La rosa roja que traje del jardín la llevo conmigo. La aspiro mil veces. Una manera saludable de conectar con el ayer, de estar contigo, de cumplir mi promesa.
Durante el paseo sugiero a Assemia salir mañana. ¿Adónde? Me pregunta. Al pueblo turístico, contesté. ¡Uyuyuyuy! Le menciono a Javier y no se le ocurre otra cosa que decirme: Eso es bueno, eso es bueno.
A Javier le sorprendió mi llamada por teléfono. La apertura de corazones se produjo de forma espontánea. Estuvo prudente. La charla ratificó mi juicio de siempre: una mente virgen y un espíritu amplio. La pulsera que me regaló parece que brilla más. Abarca el recuerdo de ayer, su presencia cuando está ausente y una intención por realizarse. Es bueno que la vida recobre su pulso normal.
De regreso a casa me acordé del médico y de su advertencia: Antes que madre fuiste mujer. Y revoloteando como un pájaro terco – y aquí quiero conectar con Javier – me vino a la memoria una de tus vivencias: “De este continuo golpeo vibratorio de latidos sin tiempo a cubrir espacios temporales había nacido mi propia filosofía del mañana”. La vida toma cuerpo en mí y la adoro. La semana de prueba con el médico había llegado a su fin.
Aquella mañana sorprendí al médico. No me esperaba. Tan pronto me voy me saludó afectuosa-mente. Después de bastante tiempo le hacia una visita a la clínica. No me atreví a poner tacones, pero me guapeé como si fuera a una boda. El se dio cuenta y certificó para sí: esto va bien.En un abrir y cerrar de ojos pasó del tono familiar al profesional. Le narré el sueño que había tenido la noche anterior de que Assemia estaba muy contenta al ver que había calzado los zapatos que me había regalado y como después de un vals, vencida por el cansancio, caía en brazos de Javier. Que mientras la chusma estudiantil aplaudía, Javier mostraba su agradecimiento sin saber que estaba muerta en sus brazos. Al terminar, en tono amigable, me preguntó a qué tenía miedo. Al amor, contesté. Lo sé, me dijo. Al advertir mi extrañeza, aclaró: Era preciso que tú lo reconocieras, pues conocida la causa, lo demás es fácil de remediar. ¿A qué conclusión llegas? Preguntó. Mientras no deja de ser una potencialidad mi unión con él, todo me parece sano y hermoso, pero temo el cambio que pueda sufrir lo que ahora me parece bello. Sin dejar de mirarme a los ojos, me dijo. ¿Qué hay en el orden cósmico o humano que no esté sujeto a la contingencia? La misma vida está condicionada a un mañana incierto, a un corte mortal, a una sorpresa. ¿Acaso tiene Javier la garantía de que tú serás igual que ahora? La vida está programada sobre supuestos no sobre evidencias. Tú, él, yo, todos somos una contingencia y con esta idea hay que vivir. Y sentenció: Sé tú cada instante del vivir y no quieras someter la libertad del otro a tu libertad personal. Y prosiguió: Si lo que comenzó por ser una aurora boreal se trueca en tormenta, empieza de nuevo como empieza la mañana siguiente a la mañana. ¿Acaso usas paraguas o gabardina en verano porque pueda llover? La vida se compone de millares de supuestos. En materia de amor, más. La vida es la única película que no tiene un guión conocido. Sonreí cuando puso el ejemplo del paraguas y de la gabardina. Le bendije desde lo más íntimo de mí ser.
Al detectar el brillo en mis ojos, me dijo: Ya te puedo dejar sola, no me necesitas. Siempre hay un tiempo para ser mayor de edad o para nacer de nuevo. Estaba tan contenta con su diagnóstico que al despedirme le di un beso en la frente. Mi confianza con él nació con mi desgracia.
Entre salidas al río y médico han pasado unos días. Reflexiono sobre mí misma y advierto que el reingreso al mundo de movimientos locos empieza a ser una realidad. Y que aquella placidez de espíritu se ha tornado ligeramente inquieta. .Que mi amor a Javier, sin dejar de ser una necesidad comunicante, se carnifica. Dices tú: “Sin el sustento intimista ¡qué otra nutrición supera la comunión de personas?
Me gustaría, no obstante, sin tener que llegar a esa edad mayor, ser ese poema que dedicas a tu madre: “Ya hacía tiempo que era un latido dulce, fronterizo, inefable. En ella ya no cabían muerte parciales que en mí eran reiterativas”. Pero como parece que esta simbiosis es un corolario del tiempo que no me pertenece, tal vez pueda transferir esa otra energía maravillosa que define parte de tu vida: “Naturaleza y teología conformaban una simbiosis perfecta que en el ámbito de mi vida seguían siendo una dualidad enfrentada”.
Lo que te voy a decir puede que apure una urgencia psiquiátrica. Me refiero a que cada vez que me encuentro mejor advierto cierta nostalgia de mi debilidad. Al principio es cierto que no podía valerme por mi misma pero esto solo desde el punto de vista de la acción inmediata, a cambio entre el silencio y la anemia el mundo interior era cada vez más universal. Ahora ya empiezo a sentir deseos más vulgares que en absoluto me llenan interiormente pero que la natu- raleza a medida que se va encontrando a sí misma exige y requiere. Es una sensación nada más, no una filosofía para poner en práctica. Como tú estoy todavía muy lejos del uniser.
Se oculta el sol al otro lado orbital. Estalla el capullo y brota una rosa roja para mañana. Liturgia el sueño el canario. Crece invisible la hierba. Estoy mínimamente aturdida. Me dispongo a dormir. Cuando me despido de Assemia, siempre atenta, me pregunta: ¿Qué te pasa? Y sin yo proponerlo me adentro de nuevo al principio de tu andadura por los bordes del pensamiento del “Dios que nunca muere”. Durante casi media hora que tardé en conciliar el sueño hablaba conmigo misma qué razón había para que de súbito sintiera una cierta inquietud anímica y Dios por el medio.
Al fin me quedé dormida con la compañía de Assemia que sentada en un butacón esperó a que la serenidad de la noche entrara por la ventana y me envolviera con su innata poesía. Al entrar la poesía se fue Assemia a su alcoba.
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Mañana es hoy. Le pregunté a Assemia si tenía algo contra la poesía y me respondió: No, pero al entrar en tu alcoba es como si te diera unos masajes para quedarte dormida, y porque no es la misma poesía la que tú vives que la que yo siento. En la medida en que te vea crecer y sanarte se va componiendo mi soneto.
Desperté con el alba. Bañe mi cuerpo con agua clara. Ya puedes visitarme, pero ante avísame. El espejo no miente. No es como el tuyo que devuelve una imagen distinta escupiéndote a la cara. Metáfora. Ojalá los espejos reflejaran el alma y no se complacieran con devolver cuerpos.
Acabado el aseo, bajé al salón y leo en un disco cogido al azar:”Concierto para violín en re mayor”. Me siento en el sofá y me extasío. Por la ventana entran tibios rayos de sol en cuclillas.
La deliciosa obra de Beethoven se hizo añicos con la presencia de Assemia. Me pregunta si me sucede algo especial. Nada, contesté. Cómoda en el sofá, cierro los ojos mientras Beethoven me habla al oído. Delicioso momento interrumpido por el desayuno que me trae Assemia. Le pido que me acompañe y lo hace gustosa. Me encuentro un poco cansada. Vamos al médico, me dijo. No, tengo una cita, le dije. ¿Con Javier? Preguntó. No, le contesté. ¿Puedo saber con quién? No, es que no lo sé. Tengo necesidad de alguien y quiero pasear. ¿Sabes que vienen hoy tus padres? Sí, me lo dijiste ayer. ¿Vas a salir? Sí. ¿Te acompaño? No. Está bien está bien y se fue refunfuñando. Aun me quedé un buen rato escuchando a Beethoven.
Durante el paseo, muy receptiva, asumía cuanto de poesía natural asomaba a mis ojos. Aspiraba el aire como si se tratara de una bebida espiritosa. Un olor a campo envolvía mi cuerpo. Postales rurales y el eco de las campanas de la iglesia parroquial acompañaban mi soledad. Después de mucho tiempo era el primer paseo que hacia sola. Y que conocía una parte del pueblo a pie. La verdad es que el camino no se prestaba para estrenar los zapatos de tacón y que mejor hubiera sido que vistiera chándal y tenis, pero al acordarme de ti de que la cosmética y el vestir eran signos de amar la vida y del médico de que “antes que madre fuiste mujer” no me encontraba cómoda. Y después de recrearme en la variedad floral y del olor a los pastos me detuve en el atrio de la iglesia, y sentada la contemplé en todos sus detalles y dejé volar el pensamiento sin detenerme en nada concreto. Luego di un paseó alrededor de la iglesia y volví a sentarme en el mismo sitio que antes. Terminaba la misa. Unas mujeres susurraban un saludo. Eran cuatro y un labriego. De nuevo, sola, en la duda de si entrar o no entrar, entré. Me senté en el último banco de madera junto a la puerta. Me sentía bien. El retablo era precioso, lleno de alegorías bíblicas, y las imágenes de los altares laterales, unas birrias. Después de tantos años veraneando en esta aldea, era la primera vez que pisaba el interior del templo. Por su amplitud y arquitectura pudo ser un palacio feudal. Se estaba bien de temperatura y sentía una energía especial, una especie de cosquilleo sin saber de donde provenía. Minutos después se acercó un cura y me saludó. Me insinuó si precisaba de sus servicios y le hice una negativa con la cabeza, y se dirigió al altar. Era alto, espigado, modales finos, bien trajeado. Volvió de nuevo a mí y con un perdone me preguntó si era del lugar. Al presentarme hizo un ademán de saber quien era. En el atrio me revisó de abajo a arriba, como todos los hombres. Le pedí un tiempo y se ofreció incondicional. Tras un breve silencio le dije: No sé cómo empezar. Ya lo has hecho, me dijo con una sonrisa y abriendo los brazos. Aguda respuesta de su parte. Le pregunté qué diferencia había entre hablarle en el atrio o arrodillarse ante un confesionario. Tajante su respuesta: ninguna. Es una cuestión de actitud interior. Le dije que era la misma. Sonrió. Rápido de reflejos, tenía una mirada tan limpia que pronto me ganó su confianza. En un cruce de ideas le confesé mi teoría de la religión. No se detuvo a corregirme. Al hablar de la desconfianza o indiferencia con la Iglesia no me riñó, me respondió: Yo también desearía una naturaleza más perfecta. En pocos minutos me había metido tres goles a lo Zarra, aunque la noticia que tengo es que gol, lo que se dice gol importante, que dio la vuelta al planeta, el que metió a Inglaterra de cabeza en un campeonato mundial, en tanto que este cura recién salido del horno del seminario me habia metido tres golazos, ganando yo, según él, por tres a cero. Además de avispado, ingenioso. No conocía yo esta
faceta de la Iglesia.
De regreso a casa, noté que tenía el cuerpo más brisado, aunque no dejaba de preguntarme por qué había hecho lo que hice.
Papá y mamá ya había llegado. Mamá vació la maleta de besos y papá, poniendo sus manos sobre mis hombros, me dijo: Estás muy guapa. Sin dejar de examinarme sacó del bolsillo de la chaqueta una cajita y me la dio: De Nassau. Una sortija preciosa. Mamá me cogió de la mano y me llevo a mi habitación. Parecía la mañana de Reyes. Regalos por todas partes. Después de hacer un inventario de todo lo que había traído, más seria, me preguntó qué tal me encontraba. Le dije que era feliz. Papá está muy preocupado, me dijo. No hice ningún comentario. Tenía el pensamiento en la iglesia y en el cura. Mi madre adivinó mi seriedad y me dejó sola. Pensó que era por mi padre, cuando en realidad era que me sentía muy cansada.
Tumbada en la cama, conectando con el impulso místico de esta mañana, recordé uno de tus pensamientos sobre el pecado, nulo en teología, rico en poesía: “Pecado es todo aquello que es, y no es nada”. Aquí la nada no la puedo engarzar con el todo. Partiendo del hombre, la nada es nada. Repaso mí ayer y siento una inmensa tristeza.
Assemia me avisa que es la hora del comedor. Hice un esfuerzo por estar presente en la mesa. Temía este encuentro con papá que estuvo distraído relatando cosas de escaso interés. Una vez agotado el libro de sus memorias, me preguntó cuál era mi estado de salud y qué proyectos tenía. La intervención de mamá fue providencial. Espera a otro día que la niña está muy cansada. Y así se hizo.
Roto el nudo que impedía mi recuperación rápida, muerto el afecto de un amor que quise perpetuar, recobrados los senos el volumen estético, vencido el verano y su sol de imperio, acogida a la aceptación reflexiva por las cosas, trillada y cumplida mi naturaleza a tu cariño, había llegado la hora de enfrentarme a la vida como “mujer antes que madre”.
Mañana es vida o muerte. Mañana es células. El cuerpo, mi cuerpo, reclama una atención mayor. No estoy de acuerdo contigo, aunque te haya empujado el deseo de animación, cuando escribes: “ Lo que no implica una cierta angustia por querer conocer el misterio de ver crecer la hierba que, por nacida, le espera la muerte como a ti y a mí. Más lejana en ti porque naciste ayer, pero que por la fe o sin ella lleva a un mismo destino”. ¡Bobo! ¿Desde cuando la muerte es un problema de aritmética? ¿En quién pensabas cuando escribiste esto, en Mely, en Moira? Me apoyo en mi intuición femenina para decirte que tienes miedo de que yo muera porque no vas a morir tú y eso sería “otra muerte parcial”. Pero gracias por tu aliento. A nadie llamé bobo, pero tampoco le di un abrazo tan efusivo como el que lleva dentro de sí el término.
Son las doce de la noche. El silencio es tan fuerte que
oigo el reventón de un capullo del rosal. Y el latido del corazón de lenteja de mi canario. El aleteo de la brisa abanicando mi habitación. Me noto ligeramente extramundana. Me clava en el tiempo, Javier.
Papá y yo frente a frente.
Papá no aprueba mi esquema de vida. O te ajustas a unas normas, dice, o inicias tu vida en un mundo que lo consienta. Tú no puedes insertarte en un mundo futuro inexistente. La instancia histórica rechaza toda clase de utopía. No dejo por eso de quererte. Con estas palabras resumo su tesis. ¿? Qué le propuse? Vivir con Javier una vida común. Y después de la experiencia vivida, me preguntó: ¿Y él piensa como tú? ¡Papa! Exclamé. Mi creencia está por encima de toda afectividad y ese tipo de unión no me parece bien, me dijo serio y convencido. A renglón seguido, me preguntó: ¿Cuál es la tuya? Y yo que de un tiempo a esta parte me veo envuelta en tus ideas le contesté sin reflexión previa: cristológica. Quedó sorprendido. Le aclaré: cristológica, no eclesiologica. Creo que no estuve acertada, pues me pareció que estaba un poco aturdido. Insistí sobre lo mismo. Trato de respetar la libertad en su máxima dimensión real. ¿De qué modo? Preguntó. Ofreciéndome incondicionalmente. ¿Y qué altera el ritual? La imposición de la norma por la norma, respondí. ¿Tanto daño te procura la norma?, preguntó. Prefiero la autenticidad. No es suficiente, me dijo. Pues para mí es esencial. Se trata de una conexión de brisas, no de signos, aclaré. Ya, pero Cristo instituyó unos sacramentos, me dijo. Lo sé, y en razón de esa gracia trataré de fundamentar mi existencia, pero no en el sentido ritual. Tras un breve silencio, valiéndose de las manos, me dijo: Yo ya no tengo potestad sobre ti ni sobre tu creencia. No te negaré por eso lo que en justicia te pertenece. ¿Y qué me pertenece?, pregunté. La herencia, contestó. ¿Sólo eso? Tu libertad no es patrimonio mío, ni tu fe, ni tu cerebro, me dijo. Lo sé. Y a continuación le pregunté y si es así ¿por qué no respetas estas facultades sin el rechazo a una convivencia común e íntima? A lo que me contestó: Porque supone un consentimiento explícito contrario a la voluntad que no se aviene a tu esquema de vida. ¿Y actúas así en todo y con todos? Solamente en la medida de unas exigencias determinadas, me respondió. ¿Y estás contento con este método interesado? No siempre la libertad debe estar superando la libertad misma, porque una ahoga a la otra, me dijo. ¡Ya! ¿Y qué ámbito abarca tu libertad en este caso particular? Toda y ninguna. Toda en tanto exista una dependencia. Ninguna, en tanto voluntariamente adquieras la tuya. Y no es posible sobre la base del entendimiento una convivencia amable en la pluralidad de criterios? Pregunté. Teóricamente, sí. Realmente difícil, no tanto porque exista disparidad de criterios, cuanto por la dificultad de que las cosas se deslicen al gusto de cada cual en un ámbito de exigencia de unidad de conducta. Mira, hija, cada cual obra según su conciencia, y me parece bien siempre y cuando no sea origen del desorden. Rumiando sus palabras le pregunté. Entonces ¿cómo se realizan de forma con- junta las distintas leyes de la naturaleza tan perfectamente? Por la sabiduría ontológica de imposible cambio al fin propuesto, me contestó. ¿Y la libertad reflexiva del hombre es de menor entidad que la ley natural? De hecho, sí. O sea que tú no admites que la decisión humana diferente de la tuya posibilite una estancia favorable a nadie. A lo que me respondió: Si tiene una proyección más allá del ámbito individual te diré que mi postura es de rechazo. Según tú ¿qué debo hacer supeditarme a tu voluntad afectando a la mía o romper el lazo natural que implica toda relación paterno-filial? Pregunté. Hizo una pausa y a renglón seguido me contestó. Ese dilema es tu dilema. Ya, pero quiera o no conlleva una ruptura, le dije. En esta situación concreta, sí. ¿Tan poca moldeabilidad existe en el ser humano que toda decisión ha de pasar por el yunque del dolor? Pregunté. Desde una óptica real y objetiva es inevitable. No sucede lo mismo desde el montaje utópico. Y si invirtiera el agente de esta polémica ¿qué harías? Sobre un hecho hipotético no acostumbro a dar respuestas porque carece de ellas.
Fue un duelo dialéctico en que la pelea se anuló por deterioro de las armas. El método socrático no resolvió nada. Al salir del salón le pregunté ¿Puedo invitar a Tanner?
Sí, claro, es tu hija. Es mi hija, no dijo es mi nieta. No se lo he oído decir nunca. Eso no quiere decir que no la quiera.
Como puedes ver hoy ha sido un día muy intenso. Hay días que sólo sirven para envejecer. Ese tiempo es el que más se añora porque es como si se viviera en estado de coma. Es obvio que cansada como me encontraba no podía gritar ante su intransigencia o modales de cierto “imperium”. El psiquiatra me ha surgido que vea siempre el lado bueno de las cosas. Así que con la grata sensación que supuso ver a mi padre tan ecuánime, tan esponjable, apuré el sueño cuanto me fue posible.
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Temprano fui a la clínica a que me efectuaran un análisis de sangre. Antes metí en tus cuartillas una rosa roja recién parida. Como iba en ayunas, al salir de la clínica fui a una cafetería a reponer fuerzas. Me sobrecoge tu inspiración para superar situaciones límites: “Hasta qué punto podía repercutir en mi psicología apartarme de toda vinculación histórica, era algo que ni siquiera me lo había planteado, si bien no podía ocultar la dolorosa sensación de sentirme marginado de ella”. Y ¡zás! Sin previo diagnostico médico, por vía del “footing” te alejas del mundo que no te emotiva y te adentras en las mismas entrañas de la poesía con tu poema “Gavotta”. ¿Me puedes decir en qué parte de tu ser reservas esa vitamina tan prodigiosa para solventar tensiones? Y dices que estás hecho de temblores! Presumo qué te hace falta a ti para ser feliz, otro tú. Como te lo propongas lo creas ya. Sonrío. Me tientas a comprar un chándal. Platón era, a su manera, footista. Es bueno que los ritmos naturaleza y mente se amiguen.
Te apropias de la virginidad cósmica. Esponjas tu cerebro para exprimir las ideologías confusas. Te desplazas de la historia para vivir tú tiempo. Expulsas toda ambición que te sujete a la tierra, luego metes todo en la coctelera, la agitas, y logras situarse en esa línea fronteriza entre lo humano y lo escatológico. Y así en ese día, dices, en que todas las bombas nucleares vertían el astro sol su calor, asumes la muerte de tu madre como “un retoque artístico de la vida”. La verdad que no eres de este tiempo. Ojalá no lo seas nunca.
De regreso a casa Assemia me entregó una carta. No tiene desperdicio. Me dice: “Estoy ultimando la tesis doctoral de Historia. Me apura alcanzar pronto mi objetivo para, luego, matrimoniarme contigo. Espero que no te sorprenda esta confesión de mi parte. Por Esther sé cuál es tu pasado. Por la Universidad, tu pensamiento. Por mis ojos, tu belleza. Por el dolor, tu calidad humana. Por aquellos besos, tu sensibilidad. Lo otro es un mundo que no merece una atención especial. No motiva nada importante. Tanner encarna y rubrica y dignifica tu presencia en el mundo. Y en el mío. En el respeto a la libertad asiento mi amor.
La posibilidad del equívoco ha de solventarse civilizadamente. No soy profeta. Del mañana me atrae la experiencia de hoy. Que el cultivo de la cultura sea el abono fértil en la cosecha de la vida común. Y el diálogo, el trigo que nutre el espíritu. La diversidad de creencias, en base a un Dios único, la razón de nuestra fusión íntima.
Confío en que tu padre acceda. Javier.
Me bulle la sangre de alegría. Assemia está contenta de mi contento. Me promete sus servicios. Lo comenté con papá y me ha dado su aprobación. Mamá se suma al coro de los aleluyas. Necesitaba de este momento para darte un fuerte abrazo en acción de gracias y un beso detrás del rosal. Contrasto el vacío de ayer con el todo de hoy y la sensación que experimento es de un gozo inefable. Me veo dentro de la utopía. Es un mundo real. Todo brilla y nada ciega.
Conecto con tu carta y leo: “Y como quien siembra un árbol y se queda junto a la semilla para dialogar con su crecimiento, así siento la gozosa alegría de centrar todas mis energías en la evolutiva configuración del mundo más entrañable”. Con otro estilo e intencionalidad tú y Javier tenéis la misma rúbrica. Hoy todo el jardín es un hosanna. Se lo dije a todos: A la rosa. al canario, a la hierba, al sauce, a la piedra, al aire, a todos estos agentes generadores de vida. Ya te gustaría ver al canario en su columpio como pasmado por la noticia. El sauce se esforzaba por alzar sus ramas al cielo. La rosa, púdica donde las haya, acrecentó su aroma por este microcosmos del jardín. Assemia trajo unas lambonadas de fiesta y entre las dos vaciamos las migas que quedaban en la bandeja. Tenía hambre. Tenía canción. Tenía ritmo de samba en las piernas. Luz en el cerebro y cosquillas en el corazón. Veía al cura bailar al compás de las campanas de la iglesia repicando a gloria. Y al psiquiatra repitiendo en el altar “Antes que madre eres mujer”. Un beso al psiquiatra.
No pensé en el análisis de sangre. Habituada a un esquema de vida me levanté muy temprano. Al ver que el paisaje se repetía al de ayer, al de anteayer, me vino a la memoria un pensamiento tuyo: “Era el tiempo breve en el gozo y largo en el dolor”.Hoy al canario le acompañan un millón de pájaros coreando sus trinos.
Después de comunicarle a Tanner mi alegría que para ella consistía en el brillo de la mirada o en una blanca sonrisa, la dejé con sus fantasías corriendo por la casa y el jardín y me retiré nuevamente a mi habitación. Tumbada sobre la cama me propuse sumar las veces que escribes en tu carta la palabra “muerte” y el verbo “morir” y me perdí. Y como ya te dije el efecto en mí fue lo contrario. Porfía Assemia que se celebre mi cumpleaños. Me opongo. Assemia arguye que hay una razón para que se celebre. Le pregunto cuál y me contesta que mi amor a la vida. Me intereso por el programa. Me propone una merienda-cena en el jardín. Le pregunto qué tengo que hacer. Nada, únicamente decirme el número de invitados. Repaso mi época universitaria. Total, dieciséis. Assemia hubiera preferido invertir los números. Con tal motivo tuve que posponer mi visita a la clínica.
Mi alegría subió de tono cuando me llamó Javier confirmando su presencia. Faltarás tú y el cura (no me atreví a invitarle) Lo siento mucho. Te digo en voz baja que preferiría celebrarlo contigo y nadie más. Te reservo una cita que la recordarás por bella y confesional. A cambio te cito una vez más: “Sé tú en plenitud a la luz de la fe en quien hizo de ti que tú seas la bien amada de su amor universal”. ¿Has visto a Dios?
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Cumplo años hoy. ¡Qué pequeño es el corazón cuando quiere abrazar el universo convertido en verso! Me levanté con el despertar del sol y me dirigí a la iglesia. Con otra intención sentía en el alma tu poesía interior: “Me llenaba de alegría la acogida del paisaje de esta introducción litúrgica del cosmos.” Y en la misma aula del pensamiento lo que sigue: “de este continuo golpeo de latidos sin tiempo a cubrir espacios había nacido mi propia teología del mañana. Estaba claro que todo el montaje existencial tenía carácter trascendente”.
Camino arriba recibo el saludo de la campana de la iglesia. Para algo ocupa el lugar que ocupa, y como si quisiera anunciar al pueblo que era mi onomástica – sonaba alegre – qué casualidad – anunciando la misa matutina. Al entrar en ella vi a cuatro mujeres y un labriego fieles a sus creencias. Ni un gato o perro merodeando por este atrio. Me limité a estar. Nada de lo vivido me obligaba a la confesión. Acordándome que Dios no molesta ni niega nada, me apunté al banquete de los creyentes. M encontraba bien. Me sentía bien. Ni siquiera notaba el cansancio que tenía al levantarme de cama. Así que me quedé un rato más, pensando en nada.
Acercándose el cura me dijo que con mi presencia rejuvenecía el rostro de la iglesia. No tenía prisa y le esperé en el atrio. Seguía siendo hora temprana. El silencio ambiental me permitía oír el latido de los árboles y el susurro del riachuelo, mi respiración y la del cura cuando se sentó a mi lado. Esta clase de música no sólo acentúa un sentimiento gratificante, sino, también, horada el alma y todo el ser experimenta una catarsis indefinible. En un ambiente así sólo se puede hablar de Dios, principal agente de esta postal. Yo creo que se habló más de poesía que de teología. Pero es que al hablar de poesía se hace también teología pero mas sencilla que con palabras académicas. Silencié al cura que era mi cumpleaños. No procedía. Lo encontré atractivo, abierto y por su mirada afirmaría que le gustaba. Natural.
De regreso a casa reviví una de tus angustias más fuertes: “Podía estar seguro de una ética o de una teología creada por mí? ¿No suponía con esta actitud rechazar el cristologismo fundando mi propia iglesia? Ya me explicarás algunas cosas de tu carta. Te digo esto porque siempre me he regido por mi conciencia y creo que tus preguntas tienen que ver con mi proceder. Esta actitud creo que está mas en la línea del protestantismo que del catolicismo, pero si uno y otro camino llevan a Dios ¿qué importa la terminología? Espero una puntualización al respecto.
Creo que esta mañana había hecho mi primera comunión. Sin vestido prenovial. Sin fantasías. Tal vez el alma, con una dieta tan larga, no haya podido aguantar tanto tiempo el ayuno y se atracó de sacralidad.
El olor que salía de la cocina anunciaba fiesta. Assemia me abrazó, me besuqueó, me achuchó y me regaló una miniatura de crucifijo con una cadena de oro. Me la hizo poner. Estaba tan atareada con sus menús que tuve que decirle que mirara a los pies. Al ver que me llevaba puestos los zapatos que me había regalado, sonreímos como niñas y lloramos como mujeres. Las lágrimas de Assemia sabían a sal. Las probé mientras bailábamos un no sé qué.
Dos aspectos de tu vida estaban operándose en mí: “La inmersión del ser en un tiempo inmutable y el inicio de la vida en mí cuando ya había cerrado una parte de ella”.
Me esperaba una tarde de reacciones inesperadas, y me propuse descansar. Me recogí en el salón para oír música. Música tuya, música que inspiró tu carta, música para naturar tu ausencia. Me aproxima a lo bello y todo lo humano se sitúa en ese intermedio existente entre lo místico y lo sensual. Si el cuerpo apura un cuerpo, lo espiritualiza y el placer supera las limitaciones por una ilimitada presencia del ser amado. Si el espíritu se eleva, lo natura y el sueño inconsciente se trueca en un sentimiento abrazando al ser. Siempre me transporta más allá de lo terrenal y limita la ascensión para quedarme en ese espacio exclusivo de las aves, que tampoco es tan lejano.
Con el pensamiento había dado orden al reloj para que no apurara el minutero, pero no me hizo caso. Cuando más centrada estaba en el tema de la música, apareció Tanner con un regalo y una sonrisa. Me regaló un marco de plata con una fotografía suya que besé delante de ella para recreo de sus ojos. Poco después, se acercó papá para felicitarme. Me dejó un cheque en blanco. Seguidamente mamá me abrazó y me regaló un precioso collar.
Quise memorarte y puse el disco “El Archiduque, de Beethoven y te añoré. Ojalá me sorprendieras con tu presencia, pero no lo harás porque te recuerdo a Moira y eres muy tímido. En este punto estoy de acuerdo de que estás hecho de temblores. Tú sabes por qué te lo digo. Los demás que piensen lo que quieran. “Instintivamente amaba la soledad. Desconocía la causa o causas, escribes “. Por momentos deseaba que todo acabara para estar sola y apropiarme de tu sentimiento: “La percepción de la belleza inserta en el silencio sobresalía a todo deseo por encontrarme con Moira. Pero no podía ser que una parte de mí conformara el todo y por medio del proceso mental me sobrepuse al dominio del alma”. Hoy, en este instante, me gustaría vivir la gloria del uniser no imaginado por nadie que no fueras tú y yo. Ya es una gloria que se viva de pensamiento.
Apuré un vino y salí al jardín a jugar con mi hija Tanner.
A través del cristal de la ventana de la cocina los ojos vigilantes de Assemia participan del contento general.
Se acerca Javier. Un beso sella nuestra querencia.
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Cada cual fue dejando un obsequio según el latido motivador de la amistad y psicología. Me sorprendió el título de un libro que me regaló el Psiquiatra: “Vida después de la vida.” Esther me trajo un osito que hizo feliz a Tanner. Loreto me regaló una caja grande de bombones que abrí al momento. Le dije que los repartiera y que dejara uno al canario. (No sé si los canarios comen bombones). Luis, un precioso jarrón. Ya llevaba puesta la sortija, regalo de Javier.
Excepto Javier y tú, y tú antes que él, nadie conocía mi drama. Sabían que estaba en periodo vacacional. La mayoría de mis amigos se extrañaban cuando les presentaba al psiquiatra, buscando un ángulo del jardín para ajustar ideas de todos los colores. Qué miedo suscita la palabra psiquiatra. De hecho ya se le cambia por otra más suave que es Psicólogo. No impone tanto. Hay una diferenciación bastante fuerte como para asumirlos como sinónimos. Esta situación se vio paliada por el ritmo creciente de la fiesta. Más bien por los vinos. En el revuelo de las sonrisas, copas, voces, piropos, se acercó Assemia para decirme que un señor preguntaba por mí. Estaban todos los invitados en el jardín. No adivinaba quién podría ser. De haber venido tú te hubieras presentado como uno más de la casa, pues llevas el verano ocupando un lugar preferencial en el pensamiento y en el afecto. El canario te conoce por tu nombre. Pues bien, al verlo en el vestíbulo de la casa creí que me faltaba la respiración y el corazón empezó a latir a ritmo de moto en competición. Era el cura. Desconocía el cura que se celebraba una fiesta pero se acordaba del día de mi cumpleaños. Se lo había dicho en la charla de la mañana sin que me atreviera a invitarle, pues aunque se hacia querer por su talante humano pensé que no procedía por lo que hay de frivolidad en este tipo de fiesta.
En el jardín música, dulces, canapés, recuerdos, moda, cava. Mucho ruido.
Si la presencia del Psiquiatra había levantado revuelo entre lo invitados adivinando cuál pudiera ser la clase de mi mal, con la presencia del cura mucho más. Los siseos corrían por doquier y la gente no se avenía al caso. Si no fuera porque el agnosticismo se imponía en todos los asistentes se hubiera producido un cisma. Después de todo qué es un cisma sino una división de opinión que nunca debiera provocar ningún drama de convivencia humana?
En plena ebullición festiva, guiñé un ojo a Javier para que no se celara e invité al cura a bailar. Tú no te hubieras atrevido con una monja, es más, te parecería una descortesía, aunque esa monja fuera Audrey Hepburn, pero quise saber hasta donde llega la apertura humana de la iglesia. Vaya sorpresa. No me atreví a preguntarle donde había aprendido a bailar de lo bien que lo hizo. Estaba guapo con el clergman. Durante el baile no dejé de mirarle a los ojos para adivinar el interior de mi iglesia que representaba y no aprecié otra cosa que un ansia de ser mejor. Me impactó su personalidad, su saber estar en situación tan comprometida para él y su coraje. El aplauso fue general. Así las cosas con este cura sería más fácil de entender la teología. No había un momento de sosiego, ni espacio para la intimidad. Se mezclaba toda clase de sentimientos. No se acababa una frase ni se remataba una pregunta. ¡Qué una respuesta!
Invité al cura a un vino. Javier se unió a nosotros. Le dejamos entrever la idea de casarnos. No se pronunció al respecto, se limitó a sonreír y a aprobar con un leve movimiento de cabeza nuestra decisión. Assemia iba y venia dejando viandas, refrescos y otros. Assemia tentó al cura con un prodigio de su cocina pero el cura apuntó la idea de ausentarse y le acompañé hasta la puerta. Antes de despedirse me entregó un detalle y me dio un consejo: No cambies, consejo. Abrí una cajita de plata que contenía una pequeñísima ramita de un árbol y una inscripción:”Jerusalén, Huerto de los Olivos, año 33. Detalle. Emocionada le estampé un beso en la mejilla. Me habia ganado el corazón.
De vuelta al jardín pensaba para mí que ojalá no se lavara nunca esa mejilla y me recordara siempre, sin necesidad de llegar a ese estado anímico de que hablas en tu carta: “No conocía el pecado y todo yo era una culpa alargada”. De nuevo con mis amigos tuve que soportar bromas e ironías.
Assemia estaba tan animosa que la fiesta parecía que tenía su nombre. Su sonrisa era larga como la estela de un trasatlántico.
En uno de esos repetidos ires y venires de la cocina al jardín, del jardín a la cocina noté una inmensa pena en su mirada y me preocupó. En Assemia la sonrisa había sido siempre su piel. Desconocía motivo de cambio tan brusco.
A punto de conectar con ella para saber si tenía alguna pena, se acercó papá rogándome que le acompañara al salón. Presentía algo, pero no me pronuncié. No era corriente que papá se molestara por algo pues llevaba con cierto rigor lo del “Pater- familias” según la concepción filosófica de aquella época. Mis amigos seguían con su calentura festiva. Al llegar al salón y al ver que mamá lloraba y que junto a ella estaba el Doctor Ricardo, Jefe de la clínica donde había efectuado el análisis de sangre, anuncié mi propia muerte: ¡Cáncer! Nunca hablé tan bajo y resonó tan fuerte, como si hubiera estallado una bomba. El Doctor Ricardo se acercó a mí y poniendo sus manos sobre mis hombros asintió con la cabeza. Seguidamente me dijo: Cáncer no es muerte, es peligro de muerte, nada más, y se fue junto a mi padre.
“Cumplir años es cercanía de infinitud “, escribes. A mamá le pedí por favor que no llorara. Pasé la mano por el pelo canoso de papá que estaba hecho un flan y regresé al jardín después de pasar por el tocador para borrar emociones. Seguía viva, seguía cumpliendo años. La diferencia entre saber o no si tienes cáncer es que si te avisan a tiempo y puedes renovar tu programa de vida en orden a una data de infinitud. En el segundo caso se vive como si no se fuera a morir nunca.
Apreté la mano de Javier como cuando te pedí que me hablaras de El, pero esta vez llena de El. El mismo grado de urgencia tenía otra significación. En aquella ocasión el vacío


ocupaba mi suerte. En esta, el todo era un infinito.
Hoy es un día del baile loco de las neuronas. Llorando el corazón y sonriendo los ojos me detuve unos segundos ante el canario para comunicarle la noticia. Debió entenderme que se dejó estar en un ángulo de la jaula de espaldas a mí.
La muerte como el nacimiento son dos gritos tan fuertes que pronto se entera todo el mundo sin anuncio de ángeles. Tienen una conexión tan íntima con el cosmos que este se inteligencia para transmitir sin palabras la consiguiente emoción. “Esta condición del saboreo de la gloria, escribes, a través del dolor descubría un nuevo matiz de la muerte más teológica que lógica, más religiosa que científica”. Me gusta la frase. La siento plenamente. ¿Sabías que me iba a pasar lo que te estoy escribiendo? Mucho de lo que has dicho se está operando literalmente en mí y debe ser esta la razón de que a través de la revelación epistolar haya asumido con temple el diagnóstico médico.
Recordando tu pensamiento te hice presente sin la rosa roja por otra más intimadora que sangraba por dentro. Nunca fuiste parte de mí como en este instante. Y a igual que dijiste a Patty según tú en aquella mañana memorial, le dije a Javier: Lo siento. Me pareció leer en sus ojos el mismo efecto que advertiste en Patty. Pero el todo y la nada lo había asimilado tan bien que mi ánimo literó tu reflexión al respecto: “¡De qué forma más dulce y suave se apresuraba la naturaleza para salir a su cita! Y me prometí llevar hasta sus últimas consecuencias tu latido: • la fe, entonces, no sólo servía como engarce con la divinidad, sino, también, como factor principal del quehacer humano”.
Nadie se despidió deseándome “feliz morir”, no muerte, sino morir. Esta disección terminológica me ha abierto los ojos. Tampoco lo hubiera dicho aunque supiera la verdad. Javier insistió en quedarse. Le rogué que no lo hiciera, y siempre tan delicado, se despidió de mi con un beso último.
Papá y mamá me esperaban en el salón. Antes pasé por la cocina donde estaba Assemia ultimando la limpieza. Tenía los ojos hinchados por el llanto, Cuando le dije que, llegada mi hora, me pusiera los zapatos de tacón que me había regalado y que se quedara con el crucifijo que me regaló esta mañana, que Cristo ya había resucitado, rompió a llorar con tanta emoción que la tuve abrazada a mí durante unos minutos. Deberías apoyar el proceso de beatificación con Assemia.
Con la muerte no acaba nada. El título del libro “Vida después de la vida” es una definición metafísica. La mayor dificultad, aún llevándola conmigo (todos la llevan consigo) es comprenderla en vida. Fijar otra estancia distinta de la que se conoce. Que perviva una parte del yo sin ser yo.
Al entrar en el salón papá se levantó del sillón y salió a
mi encuentro. Mamá clavaba sus ojos en mí como si viera a un fantasma. Yo tenía en el cerebro tanta universalidad que no comprendía cómo cabía en él.
Y ocurrió en estas dos horas de intimidad familiar lo que no tuve en veintisiete años que cumplo hoy. Papá sufrió una catarsis tan fuerte que no me parecía el mismo. De todo lo que me decía lo único que me importaba era saber que me quería. Me pidió perdón por su proceder conmigo cuando nació Tanner; su frustrante empeño porque pensara como él en religión y en política. Su dejación en compañía que merecía. Y que le pidiera lo que quisiera que fuera atendida al instante. No dejaba de acariciar la mano mientras hablaba. En otra situación no lo hubiera hecho. Mamá no podía hablar.
Al llegar a la habitación abrí la ventana y un chorro de poesía nocturna me dio en pleno rostro. No pudiendo resistir tanta emoción me dejé caer en la cama y lloré hasta quedarme dormida. Antes me acordé de tu pregunta: “ En qué mágico temblor y posible estancia cabía la unípresencia dicotóminica de la vida y de la muerte como un único fenómeno armónico? “
Yo nunca me lo pregunté. Ya tienes la respuesta.
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De nuevo estoy contigo.
No recuerdo nunca un despertar con una visión tan acogedora del mundo como la de esta mañana última de septiembre. Cosas que ayer tenían una enorme importancia porque constituían mi bagaje histórico y sentimental, sin ningún esfuerzo de mi parte, han pasado a un plano secundario. El osito de Loreto, el jarrón de Luis, la sortija de papá, el collar de mamá. El crucifijo de Assemia. Por mencionar algo más próximo en mi vida. Ayer mismo .Y los apuntes de filosofía, el historial académico, la foto principal.
Este fue mi despertar.
Al levantarme de cama adoré al sol que entraba por los cristales de la ventana. Aspiré todo el aire que cupo en mis pulmones. Una aspiración hasta dejar sin oxígeno al planeta. Una mirada de envidia sana al rosal, una al canario, una sonrisa una confidencia al sauce, un canto a la hierba, una despedida coral. Trataba de fijar en mi memoria una postal que me acompañara mi ingreso a la clínica.
Música, voz, forma, tacto, a partir de ahora tiene otra dimensión anímica. Pero con ser todo esto una experiencia nueva, el cuerpo se amiga con el espíritu y nada chirría en el engranaje metafísico.
De nuevo enlazo con tu carta. Me refiero a ese apunte kafkano del “status formalis post mortem”. Nadie sabe la hora en que vendrá el ladrón (mimetismo evangélico). Ni la rosa una mano enemiga, y no se queja. Es más, ofrece a cambio, como el pájaro espino su mejor trino, su perfume final .Mi creencia en Dios no deja paso al vacío de ayer. Un Dios más cálido, más tangencial en la brisa y en el pensamiento. Igual que tú en aquella noche última del seminario paseando por la azotea: “Olía a enamorada”. En síntesis, noto que la naturaleza humana se amolda a los pliegues de la muerte sin crispación.
Insistes tanto en tu carta sobre el influjo vital de la muerte que ahora que se trocea a cada instante de mi vida empiezo a entender que es la misma vida, pero de otra manera. Y aun cuando alguna vez aflora al cerebro la incertidumbre, la idea de la nada, Dios ocupa conformando el todo. El vacío ya no cabe dentro de mí. Es imposible ya.
Con feliz éxito perdura en mí tu carta mesiánica en el buen sentido del término. Voy a intentar que ese instante supremo acuda con ese tono lírico de ese solo de violín del “Benedictus” de la Misa solemne de Beethoven, dejando la impronta de la dulzura del corazón de Dios. En absoluto la lírica va entorpecer mi propósito de que el equilibrio de unidad sustancial se rompa por ningún franco.
Tengo necesidad de asirme a este pueblo redentor que no tiene ninguna similitud con tu pueblo de Nina y que supuso para ti la hondura maniquea con la presencia de Moira y el tañer de las campanas de la iglesia anunciando muerte. Aquí la luz es un torrente de vida.
Antes de dar un paseo por el pueblo le pedí a mamá
que Assemia participara de la mesa. Ha vivido para mí. Nunca la consideré menos que nadie. Participamos juntas de las alegrías y de las penas como posiblemente no lo haya hecho con nadie.
Camino de la iglesia aspiraba con enorme placer los gérmenes de la tierra. Fijaba en mis retinas los lienzos del paisaje. Bendecía la suerte de tanta poesía del lugar.
En el atrio de la iglesia no había nadie. La puerta de la iglesia estaba cerrada. Y me dejé estar. A los pocos minutos apreció el cura con las llaves de la iglesia. El diálogo fue breve pero rico en sabiduría. Desconocía mi mal. Le dije que era irreversible. Que no cumpliría los 33 años que apunta el detalle de mi cumpleaños. Solicité sus servicios. Se limitó a mirarme como quien mira una catedral gótica. Sin mediar palabra, abrió la puerta de la iglesia. Encendió todas las luces del templo como si fuera fiesta mayor. Puso un C.D. a todo volumen de Mozart, “Laudate Dóminum”. Se puso la estola más rica. Me trajo la comunión al banco. En el presbiterio se puso de rodillas en un reclinatorio. Duró la liturgia casi un cuarto de hora. Acababa de nacer de nuevo sin reencarnación por medio. Inexplicable todo. Hoy es un dia bello. Se lo dije al cura: No puedo vivir sola esta felicidad. Me sonrió. Se está operando el uniser con dulce melodía de fondo.
En el jardín, mientras amortajaban los muebles, miro al canario que me mira, y cada cual eligió la imagen que quiso. Beso la rosa roja y la injerto en el rosal para que viva siempre. Acaricio la melena del sauce bajo cuya sombra nació una nueva vida. Inmerso en el más allá es mundo que sólo pertenece a Dios. Esperaré a dominar ese otro lenguaje para escribirte de nuevo si entonces aún no me han presentado a Neruda, Tagore o a Beethoven.

Te quiero

Sandra.